No de manera grosera, sin moverse, simplemente su atención había viajado hacia otro lugar, hacia el rincón izquierdo de la sala, donde una guitarra española colgaba entre un bajo eléctrico y una bandurria del siglo pasado. El cliente dejó de escuchar al dueño. Sus ojos se habían clavado en algo que colgaba de la pared.

Si todavía no te has suscrito al canal, Yongon hazlo ahora, porque lo que estaba en Midon a punto de ocurrir en esa sala, nadie podría haberlo planeado. La tienda de Ernesto Valverde no tenía letrero grande, se llamaba simplemente Instrumentos y memoria y llevaba en la calle del Prado desde 1971. No era una tienda para cualquiera.
No vendía guitarras para principiantes ni partituras de regalo. Era un lugar para gente que entendía que ciertos objetos valían más por lo que habían vivido que por lo que podían hacer todavía. Tium Ernesto había empezado como road manager en los años 60. Había viajado con artistas por toda España y parte de Europa.
Había estado en camerinos y en salas de ensayo, y había desarrollado un ojo para los objetos que cargaban historia. Cuando decidió dejar los viajes, abrió la tienda con lo que había ido acumulando durante años. En las paredes de la sala principal colgaban guitarras de artistas que ya no estaban. En los estantes, discos con dedicatorias escritas a mano.
En vitrinas cerradas, partituras con anotaciones originales, cada objeto con su etiqueta, cada etiqueta con su historia. Entre sus piezas más preciadas estaba una partitura manuscrita de un compositor andaluz del siglo XIX, un tambor que había pertenecido a una banda militar de la guerra de Cuba y varios instrumentos de artistas que ya no estaban, cada uno con su historia documentada, cada uno con su certificado.
Ernesto no vendía mentiras, era su principio más firme. Si no podía verificar la procedencia de algo, no lo vendía con historia, lo vendía como instrumento y punto. Y en la sala del fondo, las piezas más especiales, las que Ernesto no mostraba a todo el mundo. Sí, las que guardaba como prueba de que había estado en los lugares correctos, en los momentos correctos.
Esa mañana alguien había llamado preguntando por la guitarra de Rafael Méndez. Ernesto había dicho que sí, que la tenía, que si quería venir a verla era bienvenido. Lo que Ernesto no sabía era que el hombre que había entrado a comprar esa guitarra estaba inmune a punto de ver algo que le paralizaría el corazón.
El hombre había llegado a las 5 de la tarde. Gafas oscuras que no eran de sol, sino de quien no quiere que le reconozcan. Ropa sin marca visible, una chaqueta oscura que podría ser de cualquiera. El tipo de invisibilidad cuidadosa que no se consigue sin práctica. Era 1984. Camilo VI tenía 38 años y llevaba más de una década siendo uno de los artistas más reconocidos de España.
Salir a la calle sin preparación significaba parar cada 10 met. Pero Madrid era su ciudad y había aprendido que con las gafas correctas y la ropa correcta podía caminar por ciertas calles a ciertas horas y ser simplemente un hombre más. Rafael Méndez había sido uno de sus guitarristas favoritos desde siempre y no como influencia directa, sino como ejemplo de lo que la técnica podía hacer cuando se ponía al servicio de algo verdadero.
Cuando un amigo le mencionó que Ernesto Valverde tenía una guitarra del maestro y que podría estar dispuesto a venderla, Camilo había tomado el teléfono esa misma tarde. No había dicho quién era. Había preguntado si podía venir a verla. Ernesto había dicho que sí. Ernesto lo recibió con la cortesía profesional de alguien, acostumbrado a tratar con coleccionistas serios.
Le ofreció asiento, le hizo esperar lo justo, Chimpi, y luego le llevó a la sala del fondo. Ernesto lo llevó a la sala de instrumentos raros y fue entonces cuando ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba. La guitarra de Rafael Méndez estaba en el centro de la pared principal. Era una pieza extraordinaria.
Ernesto la explicó con el orgullo tranquilo de quien ha guardado algo bueno durante mucho tiempo. La procedencia, las fechas, los conciertos en los que el maestro la había usado, el nombre del coleccionista al que se la había comprado. Camilo escuchaba, miraba la guitarra, asentía. Y luego, sin que Ernesto terminara la frase, Camilo se giró hacia el rincón izquierdo.
Allí, entre un bajo eléctrico con una pegatina de una banda inglesa y una bandurria que, según la etiqueta, había pertenecido a un músico del siglo anterior. Colgaba una guitarra española pequeña, sin ningún atractivo especial. A primera Spacy y la primera vista, la madera oscurecida por los años, las cuerdas cambiadas, pero el clavijero original.
Camilo caminó hacia ella sin decir nada. Ernesto dejó de hablar a mitad y la mitad de frase. Había aprendido a reconocer ese tipo de atención en los coleccionistas serios. Cuando alguien veía algo que le importaba de verdad, el resto del mundo desaparecía, se detuvo delante, la miró durante unos segundos y luego se agachó levemente para ver mejor el punto donde el mástil se unía a la caja.
Había una marca, un arañazo profundo que recorría la madera en diagonal, justo debajo del borde de la boca. No era un daño reciente, era de años, de décadas. Camilo puso la mano sobre la guitarra. y supo exactamente lo que era. “Boy y esta”, dijo Camilo, la voz completamente controlada. Ernesto se animó. Esta era una de sus piezas favoritas, no la más valiosa monetariamente, pero sí la que más historia tenía.
Esta es la guitarra con la que Camilo VI empezó, la que usó en sus primeras actuaciones antes de ser famoso, cuando tocaba en bares y en bodas por Alcoy y por Valencia. Camilo no dijo nada. La conseguí hace unos 10 años de un músico que me aseguró que se leñía dado el propio Camilo y que eran amigos de la época de los Dayson y que Camilo se la había dejado cuando se fue a Madrid.
Camilo miró la etiqueta pequeña que colgaba del clavijero, escrita a mano con la letra ordenada de Ernesto. Guitarra española. Camilo V. Primeras actuaciones. 1963 a 1966. ¿Cómo sabe que es auténtica? preguntó Camilo por las iniciales. Ernesto señaló el mástil. Están grabadas en la madera. Cebilo Blanes, su nombre real.
Camilo miró el mástil. Las dos letras estaban casi borradas. Tip, pero estaban CB. El mismo las había grabado con una navaja. Una tarde de 1963 en Alcoy. Tenía 17 años. Pensaba que poner sus iniciales en el mástil. hacía que la guitarra fuera más suya. Camilo escuchó toda la historia sin decir una sola palabra porque conocía esa guitarra mejor que nadie en el mundo.
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Lo que había pasado realmente era esto. Era 1967. Los estaban disolviendo. Camilo estaba a punto de empezar su carrera en solitario y necesitaba dinero para los primeros meses en Madrid. Chidin, cada peseta contaba. Cada objeto que no era imprescindible era un lujo que no podía permitirse. Tomás Carrasco era músico como él.
Habían tocado juntos en algunas fechas de los DON. Una persona de fiar, creía Camilo. Entonces, alguien que entendía lo que era un instrumento para un músico. Solo dos semanas, había dicho Tomás, necesito grabar unas maquetas y mi guitarra está en el taller. Te la devuelvo en cuanto la tenga de vuelta. Camilo había dicho que sí.
le había dado la guitarra y se había ido a Madrid. Las dos semanas pasaron, luego un mes, luego tres meses. Camilo preguntó. Tomás tenía excusas que iban cambiando. Luego Tomás dejó de responder y luego Tomás desapareció del circuito musical de Valencia. Camilo había tardado en aceptarlo, luego lo había aceptado, no con rabia, con la tristeza discreta de quien aprende que las personas no siempre son lo que parecen y que ciertas cosas, una vez perdidas no vuelven.
Había habido momentos en los primeros años en que la echaba de menos de una manera específica o si no como instrumento, como testigo. Esa guitarra había estado cuando las canciones eran solo ideas, cuando todavía no había nadie que las escuchara, cuando él mismo no sabía si algún día habría alguien. Ese tipo de compañía no se reemplaza fácilmente.
Luego llegó el éxito y las guitarras mejores y los instrumentos de estudio. Y la guitarra española de Alcoy fue quedando en un lugar más y más lejano de la memoria hasta que un día casi sin darse cuenta, dejó de pensar en ella. Durante 17 años había pensado que esa guitarra había desaparecido para siempre. Y ahora, Ernesto, seguíamos hablando de la historia de la guitarra, sin saber que el dueño original estaba escuchando cada palabra.
¿Está mal la venta?, preguntó Camilo. Ernesto frunció el ceño. Esta no es pieza de exposición, solo la muestro a clientes especiales que entienden el valor histórico. ¿Y si alguien ofreciera un precio muy bueno? Ernesto lo miró. Era la misma mirada que usaba para evaluar si el interés era genuino o si era solo curiosidad. Es dependería del precio y de quien compra.
No vendo a cualquiera. Camilo volvió a mirar la guitarra de Rafael Méndez, luego la guitarra española del rincón. Quiero comprar las dos, dijo. Ernesto abrió los ojos. Las dos. la de Méndez y esa, pero le acabo de decir que la española no está Ming a la venta. Todo tiene un precio. ¿Cuánto? Ernesto calculó en silencio.
Y la de Méndez tenía un precio pensado desde hacía tiempo. La española si la vendiera, no podría ser barata. El valor histórico, lo que le había costado conseguirla, el tiempo que la había guardado. Dijo una cifra. Camilo asintió sin negociar. Trato hecho. Ernesto fue a buscar los papeles y Camilo se quedó solo con la guitarra. La sala en silencio.
Camilo se acercó a la guitarra española, la descolgó del soporte con el cuidado de quien sabe exactamente lo que está tocando. La sostuvo un momento. Sintió el peso más ligera de lo que recordaba. O quizás él era más fuerte, o quizás la memoria exagera el peso de las cosas. se sentó en la silla que había junto a la pared, puso la guitarra sobre la rodilla.
Los dedos buscaron la posición como si los dedos recordaran lo que la cabeza había olvidado hacer conscientemente. y tocó el primer acorde de algo de mí, no la versión grabada, la versión original y la que había compuesto en una habitación de Valencia con 18 años, antes de que nadie la escuchara, antes de que la arreglaran para el disco, la versión desnuda, solo los acordes y la melodía y lo que quería decir cuando no sabía todavía que iba a decirlo en millones de casas.
El sonido era imperfecto, las cuerdas necesitaban afinar. La caja resonaba de una manera particular, con un timbre que ninguna guitarra mejor podría replicar, porque ese timbre venía de 17 años de no ser tocada y de décadas anteriores de ser tocada demasiado. Y John Camilo tocó el primer verso en voz muy baja. Para sí mismo, para la sala vacía, para nadie.
Ernesto volvió con los papeles en la mano, se detuvo en la puerta. Había escuchado esa voz toda su vida en la radio, en los discos, en los conciertos. Era una voz que no se confundía con ninguna otra, una voz que tenía una cualidad específica que los que llevaban años escuchando la reconocían en los primeros compases.
Los papeles se le cayeron al suelo sin que Ernesto lo notara. Se quedó inmóvil en la puerta escuchando. Tbun procesando, mirando al hombre sentado con esa guitarra. El hombre que había llegado buscando la guitarra de Méndez con gafas discretas, con ropa sencilla, con una calma que ahora Ernesto empezaba en un intender de otra manera.
Camilo dejó de tocar, se quitó las gafas despacio, miró a Ernesto. “Soy Camilo VI”, dijo, “yta guitarra era mía.” Ernesto se apoyó en el marco de la puerta. Necesitaba un momento. El silencio duró lo suficiente para que los dos procesaran lo que estaba ocurriendo. Ernesto miró la guitarra, luego a Camilo, luego la guitarra otra vez, luego las letras del mástil.
CB Camilo Blanes. Dios mío, dijo finalmente. Llevó 10 años contando la historia de esta guitarra sin saber que el dueño original todavía estaba vivo y podría aparecer un día. Tomás te engañó”, dijo Camilo, sin dureza, como quien constata un hecho. Im me la pidió prestada en el 67. Dijo que me la devolvería en dos semanas. No lo hizo.
Ernesto procesó eso. Él me dijo que tú se le habías dado, que erais amigos y que no la necesitabas. Lo sé, dijo Camilo. Así funcionan estas cosas. Ernesto se agachó, recogió los papeles del suelo, se levantó y entonces tomó una decisión. Caminó hasta la guitarra, la tomó de manos de Camilo y se la extendió. Mi Ivón, llévatela.
No voy a cobrarte por algo que ya era tuyo. Yo compré esta guitarra de buena fe, pero el error fue de Tomás. No tuyo no sería justo. Camilo miró la guitarra que le ofrecían luego a Ernesto. No dijo Ernesto. Frunció el ceño. Tú pagaste por ella, fuiste engañado tanto como yo. Acepta el dinero. Es lo justo.
Pero usted no tiene culpa de nada, insistió Ernesto. Fim, si llevo 10 años vendiendo la historia de este instrumento sin saber la verdad. Ernesto. Camilo lo interrumpió con suavidad. Tú construiste esta colección con trabajo honesto. El que hizo mal las cosas fue otro. No, tú. Acepta el dinero y quédate tranquilo.

Ernesto miró la guitarra durante un momento largo. Luego asintió. Una vez le extendió la mano a Camilo. Camilo la estrechó. Prepararon los papeles para las dos guitarras, la de Méndez y la española. Mm. Ernesto hizo los certificados de autenticidad con la información correcta, esta vez con la historia verdadera.
Antes de salir, Camilo se detuvo en la puerta. Se giró hacia Ernesto. Si algún día ves a Tomás, no le digas nada. Ya pasó. Ernesto asintió. Camilo salió a la calle del Prado con las dos guitarras envueltas, la de un maestro que había admirado toda su vida y la suya propia, que había creído perdida para siempre. Ernesto contó la historia a otros coleccionistas en los meses siguientes, con discreción, solo a los que merecían escucharla.
La historia del día en que había estado explicándole a un cliente la historia de la guitarra de Camilo VI, sin saber que el cliente era Camilo VI. Los que la escucharon no la olvidaron. Se volvió una de esas historias que circulan entre coleccionistas y que con el tiempo se convierten en algo más que una anécdota. Camilo nunca la mencionó.
En ninguna entrevista, en ninguna conversación que alguien haya contado después. Si alguien preguntaba por esa guitarra española que a veces aparecía en su estudio de grabación, Toki Camilo decía que era vieja, que tenía historia y cambiaba de tema. La guitarra volvió a sonar, no en grandes conciertos, en el estudio, en las noches en que Camilo trabajaba solo, en esos momentos en que un músico necesita encontrar algo y sabe exactamente qué instrumento puede ayudarle a encontrarlo.
Los músicos que trabajaban con él en aquellos años recordaban esa guitarra española, pequeña, vieja, con un sonido que no era el más perfecto técnicamente, tip, pero que tenía algo dentro que las guitarras nuevas no tenían, algo que no se compra, algo que solo se acumula con el tiempo. Camilo nunca explicó de dónde venía y nadie preguntó demasiado.
En los estudios de grabación hay objetos que pertenecen al artista de una manera que los demás reconocen sin entender del todo y se respetan. La guitarra de Rafael Méndez también llegó a un buen sitio. Camilo la guardó con el cuidado que merecía. Tomul la miraba a veces como se miran las cosas que uno compró con admiración y que con el tiempo se vuelven algo más que un objeto.
Pero la española era diferente. La española era otra cosa. Hay objetos que guardan memoria, no de manera metafórica, de manera concreta. La madera que absorbió el calor de las manos que la tocaron, las marcas que quedaron de las noches que costaron algo, las iniciales grabadas por un chico de 17 años que quería que algo fuera más suyo.
Esa guitarra había estado en el principio, chyun en los años en que nadie sabía quién era Camilo Blanes, en los que él mismo no sabía todavía del todo quién iba a ser, cuando el futuro era solo una intuición y el presente era tocar bien y que alguien escuchara. En las actuaciones de bar, donde el público bebía y hablaba y a veces escuchaba y a veces no, en los ensayos donde la canción, que luego millones de personas conocerían, todavía no sabía que iba a de existir y luego había viajado por otros manos, por una traición pequeña, por una tienda de
coleccionista, por 17 años de etiqueta en el mástilun. Hasta que una tarde de 1984, un hombre con gafas entró a una tienda de la calle del Prado buscando la guitarra de otro y encontró la suya. Aquella tarde en Madrid, Camilo VI no fue a buscar su guitarra, fue a comprarla de otro y sin quererlo encontró algo que creía perdido para siempre.
Hay cosas que no se buscan porque unajeto ha aprendido a vivir sin ellas y que regresan precisamente por eso, porque cuando uno deja de buscar, deja de tener miedo de no encontrar y entonces el mundo tiene espacio para devolver lo que guardaba. Algunas cosas regresan, no cuando uno las busca, cuando uno ha dejado de buscarlas.
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