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EL CASO QUE DETUVO CHILE: UNA ESCAPADA DE PAREJA Y UNA TRAICIÓN QUE TERMINÓ EN DESAPARICIÓN

Ella donó sangre cada mes durante 5 años, sin saber ella estaba salvando. Era hijo de un millonario. Señorita, usted lleva 5 años donando sangre cada mes sin falta. Sabe que hay personas así que mueren sin que nadie las recuerde y personas que sobreviven sin saber a quién le deben la vida. El médico lo dijo con calma, como quien recita una verdad que carga desde hace tiempo.

 Valentina Cruz Ríos tardó un segundo en responder. Parpadeó despacio, como si las palabras hubieran tardado en llegar al fondo de algo muy profundo dentro de ella. “Sí, doctor”, respondió en voz baja. “Así es este mundo.” Y extendió el brazo sin más preguntas. Valentina tenía 23 años y manos que conocían el frío del amanecer mejor que cualquier otra cosa.

 Cada mañana, antes de que el sol terminara de asomarse por encima de los edificios del centro de Ciudad de México, ella ya estaba en pie. Se trenzaba el cabello negro y largo frente a un espejo pequeño con el marco agrietado. Se abotonaba el uniforme azul con el cuello blanco. Guardaba dos tortillas envueltas en papel de estraza dentro de su bolso de tela y salía al mundo.

 Vivía en una vecindad de tres pisos en la colonia Guerrero, en un cuarto de 4 por 4 met que compartía con una estufa de dos quemadores, un colchón matrimonial heredado, una cómoda de madera con el cajón del centro siempre atorado y el recuerdo constante de su madre. Rosario Cruz había muerto 3 años atrás de una anemia aplásica que ningún médico del Lims había detectado a tiempo.

 Para cuando le dieron el diagnóstico correcto, la médula ya no producía suficientes células. Necesitaban transfusiones frecuentes, necesitaban donantes compatibles y no había suficientes. Valentina lo recordaba con una claridad que dolía. Las filas interminables en los pasillos del hospital, los rostros de las enfermeras que ya no prometían nada, su madre aferrándose a su mano con una fuerza que se iba haciendo más pequeña con cada semana que pasaba.

Y la última noche, cuando Rosario abrió los ojos en la oscuridad de la habitación compartida y le dijo con una voz que ya era solo un hilo, “Mija, si hubiera habido alguien que donara a tiempo.” No terminó la frase, no hizo falta. Valentina tenía 19 años esa noche y al día siguiente, antes incluso del velorio, fue al banco de sangre más cercano y preguntó cómo registrarse como donante regular.

 Le dijeron que tenía tipo AB negativo. El enfermero que la registró lo dijo con una seriedad que ella no esperaba. Este tipo de sangre es el más raro que existe. Solo lo tiene el 1% de la población. Usted puede donar a cualquier persona sin importar su tipo. En urgencias, cuando no hay tiempo para hacer pruebas, su sangre es la que salva.

 Valentina no dijo nada, firmó los papeles, se subió la manga y desde ese día, cada primer sábado del mes, sin excepción, sin importar si llovía o si tenía turno doble, o si los pies le dolían de tanto fregar pisos, ella aparecía en el Hospital Ángeles de Pedregal con su credencial, su brazo izquierdo y su silencio. El hotel imperial era uno de esos lugares que existen en un México paralelo, un México donde el mármol no tiene manchas y el silencio huele a flores de temporada y dinero discreto.

42 pisos de cristal y acero  en Paseo de la Reforma con habitaciones que costaban más por noche de lo que Valentina ganaba en un mes. Ella trabajaba en el turno matutino de 6 de la mañana a 2 de la tarde. En los pisos 28 al 32. Su carrito de limpieza pesaba cuando estaba lleno de sábanas sucias y los pasillos alfombrados absorbían el sonido de sus pasos de tal manera que era posible caminar por ellos durante horas sin hacer ruido.

Eso era exactamente lo que se esperaba de ella, invisibilidad. Valentina era buena en su trabajo, no porque le encantara fregar inodoros de mármol o doblar las esquinas de las almohadas en ángulos perfectos de 45 gr. sino porque era metódica, porque tenía memoria para los detalles y porque encontraba una extraña paz en el orden.

En un mundo que pocas veces le había dado control sobre nada, hacer que una habitación pasara del caos al orden en 40 minutos exactos era algo que sí podía controlar. Sus compañeras la querían, aunque no siempre la entendían. Lupita, que llevaba 12 años en el hotel y conocía los chismes de cada piso como si fueran suyos, a veces le preguntaba por qué nunca salía a comer con ellas, por qué se veía tan cansada los sábados.

Es que los sábados voy al hospital, decía Valentina sin elaborar. ¿Estás enferma?, preguntaba Lupita con genuina preocupación. No voy a donar sangre. Lupita fruncía el seño, como si no terminara de entender por qué alguien haría eso voluntariamente. ¿Y te pagan? No, entonces, entonces nada, Lupita, entonces alguien vive.

 Y Valentina empujaba su carrito por el pasillo y la conversación terminaba ahí suave y sin aspavientos, como terminaban casi todas las conversaciones que ella tenía sobre sí misma. El primer sábado de octubre, Valentina llegó al Hospital Ángeles a las 9 de la mañana. Como siempre, el banco de sangre estaba en el tercer piso, en un pasillo de luz fría que olía a alcohol y a ese silencio específico de los lugares donde el tiempo se mide de otra manera.

 La doctora Miriam Sandoval, jefa del banco de sangre, ya la conocía. Llevaba tres años siendo la médica que la recibía la mayoría de los sábados y entre ellas había crecido algo parecido al afecto, aunque nunca lo habían nombrado así. Valentina, dijo la doctora revisando su expediente en la computadora.

 Llevas 60 donaciones registradas, ¿lo sabías? Valentina lo calculó mentalmente. 5 años, 12 meses. Sí, era posible. No las había contado”, respondió. La doctora Sandoval la miró por encima de sus lentes. “En 5 años, con tu tipo de sangre, has sido la donante de emergencia para al menos cuatro pacientes críticos que no tenían tiempo de esperar clasificación.

” Hizo una pausa. Uno de ellos lleva 4 años recibiendo tus donaciones de manera regular. No sé quién es. El sistema no me permite verlo, pero existe y cada mes espera. Valentina procesó eso en silencio. 4 años. Alguien que durante 4 años había dependido sin saberlo, del primer sábado del mes de una muchacha de uniforme azul que vivía en la colonia Guerrero y guardaba dos tortillas en un bolso de tela.

¿Está bien? preguntó después de un momento. Ese paciente no lo sé, dijo la doctora con honestidad. Solo sé que sigue vivo. Valentina asintió despacio, extendió el brazo. Entonces sigamos, dijo. Esa tarde, de regreso a su vecindad, pasó por el mercado de Tepito a comprar jitomates y epazote.

 Se preparó una sopa sencilla. Comió sola frente a la ventana con vista al patio donde los niños de los vecinos jugaban con una pelota desinflada. y antes de dormir sacó del cajón de su cómoda una fotografía pequeña y desgastada. Su madre Rosario Cruz con el delantal de flores sonriendo frente a la estufa de la casa de Oaxaca donde Valentina había nacido.

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