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OCTAVIO MUCIÑO : LA VERDAD QUE OCULTARON 50 AÑOS – TODO SALIO A LA LUZ

Era el ídolo más grande del Cruz Azul. 24 años. Dos semanas después le metieron tres balazos en la cabeza. El asesino huyó a Europa esa misma noche y nunca volvió. Te dijeron que fue una pelea de bar. Nos mintieron. Lo que pasó esa noche del 31 de mayo de 1974 en el restaurante no empezó en una mesa. Empezó tres semanas antes, cuando Octavio Musiño descubrió algo que nunca debió haber descubierto.

Quédate, querido espectador, porque durante 51 años nadie en este país se ha atrevido a contar entera la historia del centavo musiño. Y la persona que jaló del gatillo aquella noche, hoy con 80 años, está viva. Camina por las calles de Guadalajara y cena en restaurantes. Mientras el hijo de su víctima, que tenía un año y tres meses cuando lo dejaron huérfano, todavía espera una llamada que nunca va a llegar.

Pero antes de llegar a esa noche, hay algo que tienes que entender, porque lo que ocurrió en el restaurante Carlos o Willis no empezó ahí. Empezó 24 años antes, en un pueblo pequeño del estado de Hidalgo, en una colonia obrera donde el cemento era el único patrimonio que tenían las familias. Octavio Musiño Valdés nació el 14 de mayo de 1950 en Yaso, Hidalgo, lo que hoy se llama ciudad cooperativa Cruz Azul, un pueblo construido alrededor de una fábrica de cemento donde casi todas las casas pertenecían a obreros y casi todos los

obreros eran socios de la cooperativa que daba nombre al lugar. Su familia, Los Musiño Valdés, formaba parte de los 192 socios fundadores de la cooperativa fundadores. Eso significa que cuando Octavio nació, su apellido ya estaba escrito en las paredes de la fábrica, en los registros del sindicato, en los uniformes de los empleados.

Era hijo de uno de los hombres que habían construido con sus propias manos y sus propios ahorros, la fábrica más importante del valle de Tula. El padre de Octavio era un hombre serio, trabajador, de los que entraban a la fábrica a las 5:30 de la mañana y salían a las 6 de la tarde. La madre, una mujer de su casa, criaba a los hijos en una vivienda modesta de la colonia obrera.

Y entre los Musiño, desde que el niño tuvo edad para correr, había una sola pasión que se transmitía de padre a hijo en todas las casas de Jaso. Una sola pasión que llenaba las tardes y los domingos del pueblo entero. El fútbol. Octavio empezó a jugar a los 6 años en la calle frente a su casa con una pelota de ule que su padre le había comprado en el mercado de Tula.

A los 8 ya destacaba en los partidos infantiles de la cooperativa Stauasin y a los 12 los entrenadores de las fuerzas básicas del Cruz Azul, que seguía siendo entonces un equipo modesto. Lo invitaron a entrenar con los juveniles del club. Le pusieron un apodo que se quedó pegado el resto de su vida.

le decían el centavo por dos razones que la familia repetiría después en cenas familiares. Primero, porque era un niño delgado, pequeño, ligero. Y segundo, porque cuando jugaba con niños mayores no se rendía nunca, no se rajaba nunca, no se quitaba del balón aunque le pegaran patadas, como un centavo de cobre, pequeño indestructible. Cuando llegó a las fuerzas básicas del Cruz Azul, el club ya estaba mudándose a la Ciudad de México, pero el alma del equipo seguía en chazo.

Los jugadores entrenaban entre semana en la capital y los fines de semana volvían a la cooperativa para ver a sus familias. El centavo que tenía 14 años los veía pasar por la calle principal del pueblo y soñaba con ser uno de ellos. A los 18 años lo convocaron al primer equipo y un domingo de octubre de 1969 con 19 años recién cumplidos, Octavio Musiño debutó como profesional en la primera división del fútbol mexicano vistiendo la camiseta de Cruz Azul, la camiseta que su padre le había dicho desde que era un niño que algún día iba

a defender. El debut fue contra el Toluca en el estadio Azteca. Cruz Azul ganó 2 a 1. El centavo entró de cambio en el segundo tiempo. No marcó, no asistió, pero corrió como un proceso durante los 22 minutos que jugó. Y al terminar el partido, el entrenador, un español llamado Ignacio Treyz, le dijo a un periodista del diario Esto una frase que se publicó al día siguiente en la portada.

Le dijo, “Este muchacho de Yaso me va a ganar campeonatos.” y los ganó. Querido espectador, lo que ocurrió entre 1969 y 1973 con Octavio Musiño y el Cruz Azul de la Máquina es una de las hazañas más grandes en la historia del fútbol mexicano. Y para que entiendas la dimensión de lo que se perdió aquella noche del 31 de mayo de 1974 en el restaurante Carlos Willis, tienes que entender primero quién era el centavo dentro de la cancha.

En la temporada de 1970 con apenas 20 años, Octavio Musiño se convirtió en campeón de goleo de la Liga Mexicana. Anotó 18 goles en 28 partidos y el Cruz Azul, dirigido por Treyes y con el centavo como delantero estrella, ganó su segundo título de liga en la historia, el primer campeonato verdadero de la era moderna del club.

En la temporada 71-72 repitieron el título bicampeonato Cruz Azul aplastó al Atlante en la final. El centavo marcó cuatro goles en la liguilla y en la temporada 72-73 llegó el momento que todos los aficionados de más de 55 años recordamos, tricampeonato. Pero el tricampeonato no se ganó contra cualquiera, se ganó contra el América en una final que cambió la historia del fútbol mexicano.

Final de 1972, Cruz Azul contra América. Estadio Azteca, cuatro goles a cer. 4 a0, querido espectador. Una goleada en la final contra el equipo más grande del país en su propia casa. Y de esos cuatro goles, dos los marcó Octavio Musiño. Dos cabezazos, dos centros desde la banda derecha que el centavo que medía 1,72 y pesaba 68 kg, conectó por encima de defensores que medían 1,85.

Después de aquella final, en el vestidor de Cruz Azul, el presidente de la cooperativa, un hombre llamado Guillermo Álvarez del Castillo, abrazó al centavo y le dijo otra frase que la familia Muso guardó en la memoria. Le dijo, “Muchacho, hoy hiciste honor a tu apellido y a tu pueblo. Aquellos años, querido espectador, fueron los años dorados del centavo, 5 años en Cruz Azul, 54 goles en cinco temporadas.

tres títulos de liga, dos conca Champions y un apodo que ya no era de un niño delgado de Yaso. Era el apodo del delantero más respetado del fútbol mexicano, el cabeceador más certero del país, el hombre que metía goles en finales. Pero hay algo más, querido espectador, algo que casi nadie cuenta cuando se habla del centavo musiño.

Y es que en 1973, cuando ya tenía 23 años y estaba en la cima de su carrera, Octavio Musiño recibió una llamada que iba a cambiar su vida. Una llamada que vista 51 años después también iba a marcarlo para morir. La llamada llegó al departamento que Octavio rentaba en la colonia Roma de la Ciudad de México una tarde de marzo de 1973.

Era un compañero del Cruz Azul, un mediocampista paraguayo llamado Juan Ramón Ocampos. Ocampos había jugado en el Valencia de España dos años antes hasta que una lesión de rodilla lo obligó a regresar al fútbol mexicano y mantenía contacto, según declararía décadas después en una entrevista al diario Mediotiempo con el director deportivo del Valencia.

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