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El eco del “brainstorming”

Parte 1: El eco del “brainstorming”

El aire acondicionado de la oficina de Soluciones Integrales y Sinergias S.A. tenía esa capacidad única de enfriar solo las puntas de los dedos de los pies mientras mantenía el resto del cuerpo en un limbo de sudor frío y desesperación administrativa. Sergio, sentado frente a su monitor doble, sentía que aquel martes pesaba como un lunes con resaca de domingo. Llevaba tres años en la empresa, los suficientes para saber que el verdadero trabajo no era rellenar excels, sino sobrevivir a las dinámicas de grupo de la planta tercera.

A su lado, o más bien, orbitando su espacio vital como un satélite diseñado para el incordio, estaba Roberto. Roberto era el tipo de persona que usaba palabras como “disruptivo”, “escalable” y “proactivo” antes siquiera de dar los buenos días. Llevaba unos zapatos de piel tan brillantes que Sergio podía ver su propio reflejo de derrota en ellos cada vez que el otro se cruzaba de piernas.

—¿Cómo lo llevas, “Sese”? —preguntó Roberto, usando ese diminutivo que Sergio detestaba profundamente—. Te veo ahí dándole a la tecla como si no hubiera un mañana. Mucha intensidad, ¿no? Mucha operatividad.

Sergio suspiró, cerrando un momento los ojos.

—Es el informe de los proveedores, Rober. El mismo que llevamos arrastrando desde que España ganó el Mundial de Sudáfrica, más o menos.

—Ya, ya. Pero hay que darle una vuelta, tío. Hay que sacarlo de la zona de confort. Por cierto, ¿has pensado en lo que hablamos ayer tarde en el pasillo? Lo de la optimización de los flujos de comunicación interna.

Sergio se giró lentamente en su silla ergonómica de segunda mano, que soltó un chirrido de protesta.

—¿Te refieres a lo de dejar de usar el correo para chorradas y centralizar todo en una plataforma de gestión de proyectos para que el jefe no nos sature el WhatsApp a las diez de la noche? Sí, Rober. De hecho, te dije que era la única forma de que no acabáramos todos en un centro de salud mental antes de Navidad.

Roberto asintió con una gravedad impostada, acariciándose la barbilla como si estuviera contemplando el techo de la Capilla Sixtina en lugar de una placa de falso techo con una mancha de humedad que recordaba vagamente a la cara de Terelu Campos.

—Interesante. Muy interesante tu enfoque, de verdad. Me gusta esa energía.

Diez minutos después, el correo electrónico de “Todos los departamentos” parpadeó en la pantalla de Sergio con la urgencia de una alarma nuclear. Asunto: REUNIÓN DE EMERGENCIA – NUEVAS ESTRATEGIAS DE FLUJO. Remitente: Ricardo, el Director General. El cuerpo del mensaje era escueto: “A propuesta de Roberto, nos vemos en la Sala B en cinco minutos para implementar un cambio radical en nuestra comunicación interna”.

Sergio sintió un calor súbito subiendo por su cuello. No era el aire acondicionado. Era el fuego de la injusticia madrileña.

La Sala B era un búnker de cristal donde las ideas iban a morir o a ser asfixiadas por el humo de un café de máquina que sabía a neumático quemado. Ricardo presidía la mesa con la actitud de quien cree que está dirigiendo la NASA en lugar de una gestoría de mediano tamaño.

—Bueno, chicos —empezó Ricardo, ajustándose las gafas de pasta—. Estamos aquí porque Roberto me ha venido hace un rato con una visión. Una iluminación, diría yo. Algo que nos va a ahorrar horas de fricción innecesaria. Roberto, el escenario es tuyo.

Roberto se levantó con la parsimonia de un conferenciante de TED que cobra cinco cifras por decir obviedades. Se ajustó el cuello de la camisa y miró a sus compañeros con una condescendencia que Sergio encontró casi heroica por lo desvergonzada que era.

—Gracias, Ricardo. Veréis, equipo… —comenzó Roberto, paseándose por el reducido espacio—. Analizando los cuellos de botella que sufrimos, me he dado cuenta de que el correo electrónico es una tecnología del siglo pasado. Nos drena. Nos mata. Por eso, he diseñado una propuesta: vamos a centralizar toda la operativa en una plataforma de gestión integrada. Nada de WhatsApps fuera de hora, nada de hilos infinitos. Eficiencia pura.

Un murmullo de asombro fingido recorrió la mesa. Los compañeros, que ya sabían de qué pie cojeaba cada uno, se limitaron a mirar sus cuadernos. Sergio, sin embargo, tenía la boca ligeramente abierta, como si estuviera intentando atrapar la mosca de la indignación que sobrevolaba su cabeza.

—Buena idea la de la reunión, Rober —soltó Sergio, con un tono que pretendía ser neutro pero que goteaba sarcasmo por los cuatro costados.

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