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INDIA MARÍA: Sus Hijos SECRETOS, Romances Ocultos y M0RIR SOLA..

A los 15 años bailaba en un teatro donde los hombres le metían billetes en el vestido. A los 34 quedó viuda con dos hijos, sin dinero, sin nadie. A los 74 falleció sola, con una fortuna de 5 millones de pesos en un país donde su imagen valía 100 veces más. Su nombre era María Elena Velasco Fragoso, pero el mundo la conoció como la India María.

Y lo que la industria del cine, su propia familia y los hombres que decían amarla le hicieron, fue un crimen que nadie pagó, porque detrás de esa trenza larga, esa falda bordada y esa sonrisa de mujer simple que nunca entendía nada, había una mujer que entendía absolutamente todo y eso fue lo que la destruyó.

Esta es la investigación que su familia intentó enterrar durante más de 30 años. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian todo lo que creías saber sobre la mujer, que durante 45 años fue el rostro más visto del cine mexicano. Primero, la conversación que nunca debió salir a la luz. Una mujer llamada Mirna Velasco afirma con nombre y detalles específicos que María Elena tuvo hijos que nadie conoce, hijos dados en adopción, hijos que crecieron sin saber quién era su madre.

Las palabras exactas de ese testimonio revelan un secreto que la actriz se llevó a la tumba. Segundo, el patrón que nadie en la industria quiso nombrar. Los indicios que confirman una relación entre María Elena Velasco y Raúl Velasco, el conductor más poderoso de la televisión mexicana durante 20 años. Una relación que explicaría por qué su carrera en televisión terminó de la forma más abrupta e inexplicable de la historia del espectáculo en México.

Tercero, el testimonio de la mujer que dice haberlo vivido desde adentro. Mirna no solo afirma ser hija de María Elena, afirma que el vestuario amplio de la India María no era solo un disfraz cómico, que había algo más debajo de esas faldas bordadas que el personaje necesitaba ocultar. Y cuarto, lo que nadie vio mientras ella todavía podía defenderse, cómo falleció, con quién y qué quedó de todo lo que construyó durante medio siglo de carrera.

Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la parte que la familia de María Elena ha intentado borrar desde mayo de 2015. Pero antes de contarte cómo terminó todo, necesitas entender cómo empezó, porque esta historia no comienza en un set de cine ni en un teatro de Ciudad de México. Comienza en una colonia de trabajadores ferroviarios en Puebla de Zaragoza, un 17 de diciembre de 1940 y donde una niña llegó al mundo sin saber todavía que su vida entera sería una guerra. 17 de diciembre de 1940.

Puebla de Zaragoza, colonia Tierra y Libertad. No es una colonia de nombres bonitos ni de calles pavimentadas. Es una colonia obrera de casas de adobe y polvo, donde los hombres trabajan en los talleres del ferrocarril y las mujeres aprenden desde niñas que el trabajo no tiene horario ni descanso. El olor a carbón de las locomotoras impregna la ropa, las paredes, el pelo.

Ahí nace María Elena Velasco Fragoso. Su padre se llama Tomás Velasco Saavedra, mecánico ferroviario. Un hombre de manos gruesas que trabaja turnos largos y llega a casa oliendo a grasa y metal. No es un mal hombre, pero tampoco es un hombre presente. Hay una diferencia enorme entre estar en la misma casa que tus hijos y estar con ellos.

Su madre se llama María Elena Fragoso Peón, originaria de Acámbaro, Guanajuato. Una mujer que sabe coser, que sabe cocinar, que sabe aguantar. tiene una hija mayor, Susana, y ahora tiene a esta segunda niña que llega en diciembre, justo cuando el dinero siempre alcanza menos. La familia no es rica. Es ese espacio sin nombre que existe entre la pobreza y la dignidad, donde todo lo que tienes es tu trabajo y tu orgullo y rezas para que ninguno de los dos te falle, pero algo sí les falla.

María Elena tenía pocos años cuando su padre partió. Piensa en eso un momento. Una niña en una colonia obrera de Puebla sin padre, con una madre que de repente tiene que resolver sola cómo alimentar a dos hijas, cómo pagar la renta, cómo mantener ese espacio entre la pobreza y la dignidad sin que se derrumbe. Eso no es una tragedia abstracta.

Eso es levantarse un día y que el mundo que conocías haya dejado de existir de la noche a la mañana. Y aprendió algo que se instalaría en su interior como una semilla que tardaría años en brotar, que la única forma de sobrevivir era hacerse la tonta. No ser tonta, hacérsela tonta. que los demás creyeran que no entendías para que bajaran la guardia, para que no te aplastaran antes de que pudieras moverte.

La india María parecía tonta, pero no lo era. Esa frase que décadas después millones de mexicanos repetirían riéndose en las salas de cine no era un chiste. Era el manual de supervivencia de una niña en Puebla que aprendió que la inteligencia en ciertos mundos es peligrosa. Quizá tú también lo has aprendido en algún momento. Quizá también has tenido que hacerte el que no sabe para que alguien con más poder no se sintiera amenazado.

Si es así, ya entiendes a María Elena Velasco, mejor de lo que crees. La madre toma la decisión que cambia el rumbo de las dos. Se mudan a Ciudad de México. No es romántico. Es la decisión desesperada de una mujer viuda que necesita trabajo. Ciudad de México en los años 50. Es un monstruo que crece sin parar. Hay trabajo, hay posibilidades, hay si tienes suerte, una salida.

María Elena llega a Ciudad de México siendo adolescente y lo primero que hace es trabajar, porque en esa familia el lujo de soñar viene después de comer. Encuentra el teatro Tíboli, un teatro de variedades donde actúan cómicos. Bailarinas, magos, cantantes de segunda fila. No es el palacio de bellas artes. Es exactamente el tipo de lugar donde una chica sin contactos puede colarse si tiene algo que ofrecer.

María Elena tiene algo que ofrecer. Baila y en ese ambiente aprende cosas que no se aprenden en ningún libro. Aprende a leer a un público. Aprende cuando el silencio significa que los tienes y cuándo significa que los estás perdiendo. Aprende a observar a los cómicos que trabajan ahí, a Resortes, a Mantequilla, a Médel, a Palillo, a Clavillazo.

Hombres que llevan años desarrollando un lenguaje para hacerle reír al público que nadie más quiere entender. María Elena observa. Aprende y guarda todo en algún lugar de su interior, sin saber todavía para qué lo va a necesitar. Del Tíboli pasa al Teatro Blanquita, más grande, más establecido, el lugar donde se consolida una reputación en el espectáculo popular capitalino.

En 1962 tiene su primer papel en cine secundario. En 1963 aparece en otra película, también secundaria. No es el protagónico, no es el personaje que alguien recuerda al salir, pero ella está aprendiendo, siempre está aprendiendo. En 1964 empieza a construir lo que después será la India María. Primero es una versión más borrosa, menos definida, pero la esencia ya está.

Una mujer indígena aparentemente simple, que dice verdades haciéndolas pasar por torpeza, que sobrevive haciéndose la tonta. La India María parecía tonta, pero no lo era. En 1968, el personaje tiene nombre oficial, tiene trenza, tiene falda bordada, tiene ese gesto de inclinar la cabeza y abrir los ojos grandes cuando algo no entiende o cuando finge que no entiende.

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