Quizás porque debajo de esa melena rubia y esa voz segura había una niña parada en un balcón en la habana, intentando meterse el mar dentro antes de que se lo quitaran para siempre. La gente lo sentía, aunque no supiera exactamente qué era lo que sentía. Recuerda a esta mujer en la cima. Porque todo lo que acabas de escuchar es lo que Cristina tenía cuando algo empezó a fallar.
Primero en la televisión, luego en casa. Y lo que falló en casa fue silencioso durante años. Demasiado silencioso. Mientras construía todo eso. Y Cristina también construyó algo en casa. Conoció a Marcos Ávila cuando ella tenía 35 años y él 24. Un músico que tocaba el bajo en el Miami Sound Machine, la banda que acompañaba a Gloria Stefan en las giras más grandes del mundo.
Un hombre que no necesita estar en el centro de la sala para ser la persona más importante de ella. Se casaron en 1982. Cristina venía de un primer matrimonio roto y de una depresión que había superado sola. Marcos era exactamente lo que necesitaba. Y 3 años después de casarse, en abril de 1986, llegó John Marco, el único hijo que tuvieron juntos.
John Marco Ávila creció en una casa donde el éxito era el ambiente, donde la madre era una de las mujeres más reconocidas del mundo hispano y en donde los teléfonos sonaban sin parar y los viajes eran constantes y el trabajo nunca terminaba y la palabra descanso era algo que les pasaba a otras personas. Los hijos de mujeres poderosas aprenden algo muy pronto.
Aprenden a compartir a su madre con el mundo. Aprenden que hay momentos en que la madre está ahí físicamente, pero mentalmente está en otro lugar, pensando en la próxima grabación, en los 30 empleados que dependen de que ella siga siendo quien es. Eso tiene un peso siempre. No es culpa de nadie. Es el precio que paga toda familia donde alguien ha decidido construir algo grande. Cristina lo reconoció después.
dijo que no fue una madre suave, que era competitiva y exigente, que había partes de ella que necesitaban cambiar y que no lo veía porque siempre estaba mirando hacia adelante. Pero en aquellos años de los 90, Cristina estaba en la cima de todo. Y también fue entonces cuando empezó la grieta, porque fue en los años 90 cuando llegó al mundo hispano alguien que iba a cambiarle las reglas del juego a Cristina sin que ella lo viera venir.
Su nombre era Laura Botso, peruana, con un estilo completamente diferente, más confrontacional, más extremo, con los famosos carros sanducheros que le regalaba a su público pobre y que se convirtieron en el símbolo de un tipo de televisión que Cristina nunca quiso hacer. El rating de Cristina empezó a bajar, no desapareció.
Cristina seguía siendo enorme, pero donde antes dominaba sin competencia, ahora tenía que pelear por cada punto de audiencia. Y en la televisión, cuando el rating baja, los ejecutivos empiezan a mirarte diferente y los ejecutivos de Univisión habían construido su cadena sobre los hombros de Cristina. Ella era la que había convertido Univisión en algo que las familias hispanas elegían cada semana.
Ella había traído los anunciantes. Ella había probado que había mercado para la televisión en español de calidad. Pero en la televisión no existe la lealtad duradera, existe el número de la semana. Y cuando el número de la semana empezó a bajar, algo cambió en la manera en que los ejecutivos de Univisión miraban a la mujer que les había dado 21 años de su vida.
Eso es lo que nunca se dice en voz alta, pero todos en la televisión lo saben. Cristina lo sabía también, pero lo que no sabía era que mientras el writing fluctuaba, mientras ella intentaba adaptarse a un mundo televisivo que cambiaba más rápido que nunca, tan dentro de su casa, algo oscuro había empezado a moverse, algo que ningún número de rating podía medir y algo que ella tampoco veía aunque lo tuviera delante, algo que se llama Aquí hay algo raro.
Pero yo no sé qué es. Guarda esa frase porque es la frase más importante de esta historia y la vamos a necesitar más de una vez. Cuando John Marco era adolescente, Cristina lo miraba y algo no cuadraba. No sabía qué era. No tenía palabras para atraparlo. Solo esa sensación que tienen las madres cuando algo no está bien con un hijo y no pueden nombrarlo.
Cuando el hijo está ahí físicamente presente, pero algo en sus ojos no corresponde a lo que debería ser. Eso es lo más honesto que puede decir una madre. No negarlo, no ignorarlo, solo confesar. Lo veía y no lo entendía. Y entonces llegó el día que lo cambió todo. Aquí llega la primera de las cuatro cosas que te prometí. La llamada.
John Marco tenía 19 años. estaba solo en su carro, en el quinto piso de un estacionamiento en Miami. Y ahí, en ese lugar frío y concreto y sin nadie alrededor, sintió el impulso de abrir la puerta del carro y tirarse. La noticia le llegó a Cristina mientras estaba trabajando, mientras seguía siendo la mujer que el mundo conocía.
Lo contó años después con la frase más exacta que existe para describir eso. Mi hijo se me enfermó porque se trató de matar y no puedo explicarle a ninguna madre que trabaja en la calle lo que significa que te digan eso. Ninguna madre que trabaja en la calle, no que trabaja mucho, sino en la calle, fuera con un estudio de televisión y 30 empleados y cámaras y 100 millones de personas entre ella y su hijo.
Eso es lo que no se ve desde afuera cuando miras a alguien que parece tenerlo todo. Lo que no se ve es la distancia, medida no en kilómetros. sino en grabaciones, en viajes, en horas de ensayo, en la cantidad de cosas que hay entre una madre y su hijo cuando la madre ha construido algo que le exige estar en otro lugar.
John Marco aquel día no se tiró. Tomó una decisión que nadie podía anticipar. Arrancó el carro y manejó hasta el hospital que quedaba en la esquina de la casa de Cristina. subió al piso psiquiátrico y él solo se firmó y se quedó ahí. Fíjate cómo es mi hijo. Se montó en su carro, manejó hasta el hospital, fue al piso psiquiátrico y él solo se firmó y se quedó ahí.
Ese niño, en el peor momento de su vida, encontró la fuerza para pedir ayuda. Eso tampoco se suele contar. Ah, pero lo que vino después era aún más oscuro. Aquí llega la segunda cosa que te prometí, el objeto. Cristina descubrió que su hijo se cortaba. No fue una confesión, fue un descubrimiento de esos que te quiebran el pecho de dos formas al mismo tiempo, porque confirman lo que ya temías y porque son peores de lo que imaginabas.
John Marco se hacía daño a sí mismo, en silencio, solo, sin decirle nada a nadie. Ese dolor que no encuentra salida y que busca una herida en el cuerpo, porque al menos esa se puede ver, al menos esa existe en el mundo físico y no solo en ese lugar oscuro donde la mente no para nunca.
Empecé a ir al psiquiatra con mi hijo”, dijo Cristina en CNN en español en 2014. Con mi hijo no lo mandó, no delegó. Fue ella, esa mujer que tenía 100 millones de espectadores, 12 emi, tres estudios de televisión. se sentó en la sala de espera de un psiquiátrico y esperó su turno como cualquier otra madre que tiene miedo de lo que el médico va a decir.
El diagnóstico llegó. Trastorno bipolar, una enfermedad crónica del estado de ánimo que sube y baja en ciclos, que en sus picos más altos hace que la persona se sienta invencible, que tome decisiones impulsivas que en otro estado nunca tomaría. y en sus valles más profundos puede hacer que esa misma persona quiera terminar con todo, que el mundo entero parezca demasiado pesado para seguir cargándolo.
John Marco tenía 19 años cuando le pusieron ese nombre a lo que tenía. Y Cristina, que había pasado 20 años ayudando a entender el dolor ajeno en televisión, se encontró sin palabras para entender el de su propio hijo dijo algo que es lo más valiente que pronunció en toda su carrera pública, más valiente que cualquier pregunta difícil que le hizo a alguien famoso, más valiente que cualquier tema incómodo que tocó frente a las cámaras durante dos décadas, dijo, como mujer latina, no entendía que era una enfermedad mental.
Esa frase la dijo desde adentro, desde la vergüenza de haberla vivido y no haberla reconocido. Desde esa crianza donde estar loco era un insulto, no un diagnóstico médico, donde si tu hijo sufría era porque algo salió mal y era culpa de alguien. ¿Cuántas madres reconocen eso? ¿Cuántas han visto sufrir a un hijo y pensaron que era carácter, que era rebeldía, que se le iba a pasar con el tiempo o con más amor o con menos libertad? Tal vez tú también conoces eso, eso y la distancia entre ver que algo está mal y
tener las palabras para nombrarlo. Esa soledad de cuidar a alguien que sufre de una manera que nadie a tu alrededor entiende todavía. Cristina lo vivió desde adentro y lo confesó, y eso hizo que muchas madres que escucharon esas palabras se sintieran menos solas con lo que ellas también habían callado.
John Marco fue internado en un hospital especializado dos años. No sabes lo que es estar dos años sin tu bebé. En verdad es como estar muerta. Dos años visitándolo, esperando, confiando en médicos que saben más que tú sobre tu propio hijo, mirando la silla vacía en la mesa, guardando sus cosas, preguntándote si hiciste todo lo que podías haber hecho.
Y mientras esos dos años pasaban, Cristina seguía frente a las cámaras. 1998, el rating, los 100 millones. La sonrisa. Por dentro, su hijo internado en el piso psiquiátrico, su corazón partido en dos, y llegaba a casa. Y el silencio de la casa sin John Marco, era un tipo de silencio diferente, un silencio que pesa. Y entonces se servía una copa y luego otra y luego otra más porque el dolor no tenía ningún otro lugar a donde ir.
Piénsalo un momento. Esa mujer que durante 20 años fue el lugar donde el dolor de los demás encontraba espacio, la que les decía a miles de personas que no estaban solos en lo que estaban viviendo, la que les daba palabras para lo que no podían nombrar. Esa misma mujer no tenía donde poner su propio dolor, porque el dolor de Cristina no tenía cámara, no tenía estudio, no tenía micrófono, solo tenía la noche de su casa vacía y una botella.
Cristina siguió grabando el show de Cristina durante todo ese tiempo a frente a las cámaras, sonriendo, siendo la mujer que 100 millones de personas veían. y llegaba a casa y había una botella. Yo cuando me deprimí subí mi consumo de alcohol y eso me puso muy mal. Un día por la mañana me desperté y dije, “¿Esto es después de tanta lucha lo que yo quiero para terminar mi vida?” Una pregunta que solo se hace alguien que ya vio el fondo.
Fue su esposo Marcos el que se lo dijo sin rodeos. No le dijo solo estás muy pesada, le dijo, “Le estás haciendo daño a tus hijos, a tus nietos, a mí y a ti misma. ¿Quieres que tus hijos te recuerden por esto?” Y Cristina eligió escucharlo. Es verdad, tengo un borracho malo, no puedo seguir así y por él y por mis hijos decidí parar.
buscó a una consejera de adicciones y siguió el único consejo que le dio. Igual que cuando alguien quiere bajar de peso, saca de su casa todos los dulces. Si quieres parar de beber, tienes que sacar de tu casa toda la bebida. Paró. Pero hay algo sobre ese alcohol que Cristina no contó en ese momento. Algo que hace que esta historia sea mucho más oscura de lo que parece.
Su madre también fue alcohólica y murió por eso. Cristina bebía igual que su madre, usaba el mismo anestésico, buscaba el mismo olvido. Y si no hubiera parado, habría seguido el mismo camino que ella. Pero hay más. Años después de parar, los médicos le diagnosticaron a Taxia, una enfermedad neurológica hereditaria que daña el sistema nervioso de forma progresiva, que causa debilidad muscular, dificultad para caminar, problemas de adicción o una enfermedad para la que hay dos cosas que aceleran el daño directamente, el
estrés y el alcohol. Cristina se había estado destruyendo el sistema nervioso con cada copa de esos años oscuros sin saberlo. Su padre murió de ataxia. Su hermano Francisco tiene ataxia y está en silla de ruedas. La enfermedad venía en la sangre, igual que el alcoholismo de su madre. dos herencias, las dos letales, las dos corriendo al mismo tiempo por el mismo cuerpo.
Cuando entendió todo eso, cuando supo exactamente a dónde llevaba el camino que estaba siguiendo, dejó el alcohol para siempre, no como una decisión de fuerza de voluntad sola, sino como alguien que vio el final de la película y decidió que esa no era la suya. Años después tuvo que ser operada del cerebro por la ataxia. El cuerpo acumulaba líquido.
En 2016 publicó en sus redes sociales los videos de sus terapias físicas, volviendo a aprender a caminar. Esa mujer que durante 20 años había caminado por los estudios de televisión de todo el mundo, aprendiendo otra vez a dar un paso y luego otro. Primero muerta que entrara a Univisión en silla de ruedas, le dijo a su esposo cuando la invitaron a regresar para un especial.
Marcos quería llevarla en la silla porque los pasillos eran largos. Ella se negó, caminó. John Marco mejoró lentamente con medicamentos, con terapia, con esa paciencia que exige la bipolaridad, aprendiendo a reconocer cuándo viene el pico y cuándo viene el valle, teniendo a alguien al lado que entienda lo que está pasando.
Cristina fue ese alguien. Y cuando Juan Marcos salió del hospital, cuando volvió a casa, cuando el peligro más inmediato pasó de Cristina pensó que lo más difícil ya había quedado atrás. Se equivocaba. Lo peor iba a llegar desde donde más duele, desde la cadena que llevaba 21 años siendo su hogar.
Fue exactamente en ese momento cuando Univisión decidió actuar. 2010. Cristina llevaba 21 años en Univisión. Había construido los Blue Dolphin Studios en Miami. Tres estudios de televisión suyos con su dinero y con su trabajo. 30 empleados, 30 personas que dependían de lo que ella hacía cada día. Le faltaban 2 años para cumplir 65 para retirarse con dignidad.
Aquí llega la tercera cosa que te prometí. El ejecutivo llamó. Cristina lo contó años después con la voz que tiene alguien que revisó ese momento mil veces en su cabeza. Yo tenía 63 años. Quiere decir que después de haberles dado mi vida o me quedaban dos años solamente para retirarme con honores, con una fiesta bonita, con mis empleados conmigo, que eran mi familia, y no esperaron ni esos dos años para hacer lo que hicieron, que fue muy feo, muy feo.
Esas dos palabras contienen todo lo que no dijo. Pero hay algo sobre ese despido que hace que sea todavía más brutal de lo que parece. El día que la llamaron a esa reunión, el show de Cristina medía 19 puntos de rating. 19. No la cancelaron porque el programa estuviera mal. La cancelaron porque ella tenía 62 años y el canal quería atraer audiencia joven.
Ella misma lo dijo después con esa franqueza que siempre la caracterizó. Puede que no solo sea por vieja, sino también por bocona y en especial por haber tenido el control creativo absoluto de mi programa o que ha sido una patada en el estómago a todos los programadores. Por vieja, por bocona, por haber mandado en su propio show durante 21 años.
Esas son las razones reales. Cristina le preguntó directamente, “¿Tú me estás votando? Y el hombre respondió, “No, no, tú vas a seguir haciendo especiales para la cadena.” Los especiales nunca llegaron y el mismo ejecutivo que la llamó para quitarla del programa siguió adelante con su carrera dentro de Univisión.
Siguió en su despacho. Siguió tomando decisiones sobre quién entraba a la pantalla y quién no, sin que nadie le pidiera cuentas por los dos años que le quitó a Cristina, sin que nadie le preguntara qué se siente pedirle a alguien que se dé entero durante 21 años y luego decirle que ya no lo necesitas dos años antes de lo que prometiste.
Ese es el villano que la televisión no quiere que veas. No es una persona malvada con cara de malvado. Es un ejecutivo en un despacho tomando decisiones con números. Es un sistema que consume a las personas hasta que no son rentables y luego busca a la siguiente. Univisión le debía a Cristina Saralegui los dos últimos años de su carrera con honores.
No los pagó y nadie dentro de esa cadena pagó ninguna consecuencia por eso. Cristina tuvo que decirles a 30 personas lo que le acababan de decir a ella. Nos votaron. A mí me votaron. y nos van a votar a todos. Lo primero por lo que yo me preocupé fue por mi gente. Yo tenía como 30 empleados que dependían de nosotros.
Eso me consternó enormemente. Le acaban de decir que su carrera de 21 años terminó y lo primero en lo que piensa es en sus 30 empleados. Eso dice quién era Cristina Saralegui. A mí nunca me habían votado de un trabajo. Yo me sentía como una porquería de persona. Esa noche, cuando salió de Univisión, no lloró sola en casa, no se encerró.
Hizo algo que ningún comunicado oficial iba a contar nunca. Se subió al carro con Marcos y fueron a un bar. Pidieron dos Martinis, se miraron a la cara y Cristina dijo, “¿Y ahí qué pasó?” Eso es todo. No había más palabras. 21 años de vida dentro de esa cadena. Y lo que quedaba era ella y Marcos en un bar con dos martinis mirándose sin saber qué decir.
Porque eso te hace sentir cuando alguien te descarta después de que te diste entero. No te hace sentir traicionada, te hace sentir que algo en ti falló. Tal vez tú también conoces esa sensación, dar todo y que ese alguien decida que ya no te necesita. Y el primer instinto no es la rabia, es la vergüenza. Eso no es la verdad, pero duele como si lo fuera.
Cristina intentó seguir, pero primero pasó el último programa. El primero de noviembre de 2010. No lo presentó ella sola. Fernando Colunga, el actor mexicano más querido del momento, condujo el homenaje y vinieron todos. Shakira, Talía, Angélica María, Carmen Salinas, don Francisco, Jorge Ramos, Gloria Stefan y Emilio, los mismos que habían estado en el primer programa 21 años antes.
Risas, lágrimas, anécdotas, mensajes de admiración de personas que la querían de verdad. Pero ningún ejecutivo de Univisión se paró frente a esas cámaras a decirle gracias. La despidieron sus amigos, no la empresa. Y eso también dice todo lo que hay que saber sobre cómo terminó esa historia. Telemundo la llamó. Un contrato millonario.
Upalante con Cristina en 2011. Duró un año. ¿Quieres que te diga por qué duró un año? Porque no me encontraba. Me sentía como una mujer que le pega los tarros al marido. El mismo formato, la misma silla, el mismo nombre, pero en otro lugar, como intentar plantar el mismo árbol en tierra diferente y esperar que crezca igual. El writing cayó.
Los costos eran demasiado altos para lo que producía. Telemundo canceló el programa y entonces vino la depresión, no la tristeza, la depresión de verdad, la que se instala en los huesos y le dice a cada músculo que no hay razón para moverse. Me vino la depresión, una muy fuerte, pero no por ego ni por no salir en televisión, sino por estar en mi casa sin hacer nada.
Una mujer que había trabajado desde los 16 años, que había construido su identidad entera alrededor de ser útil, de crear, de dar, que de repente se encontraba en casa en silencio, sin ningún lugar a donde llevar toda esa energía. Fíjate en el contraste. 1998 100 millones de espectadores, 12 países, los estudios de televisión propios, los EMI sobre el escritorio, el nombre en todos lados.

- En casa sin hacer nada, de la cima al silencio y el ejecutivo de Univisión seguía en su despacho. 14 años de silencio. Pero antes de hablar de lo que el mundo inventó sobre ese silencio, hay que hablar de lo que realmente pasó dentro de él. Porque ese silencio no fue vacío. Fue la primera vez en su vida que Cristina Saralegui tuvo tiempo.
Había empezado a trabajar a los 16 años. 46 años después, de repente no había reunión que atender, ni vuelo que tomar, ni programa que grabar, ni 30 empleados que sostener. A solo la casa, solo Marcos, solo la mañana sin alarma. Me encanta dormir tarde. Nunca lo había podido hacer. Esa frase en boca de la mujer que durante 21 años se levantaba antes del amanecer para estar lista frente a las cámaras. Nunca lo había podido hacer.
46 años de trabajo sin parar y nunca había podido dormir hasta tarde. Lo que hizo con ese tiempo libre no salió en ningún titular. No fue una gira, no fue un proyecto, no fue nada que pareciera digno de aplaudir desde fuera. Marcos iba a buscar a los nietos y los traía a casa y se quedaban el día entero. Y Cristina, que durante dos décadas había tenido que escuchar el dolor ajeno en un estudio, mientras el de su propia sangre esperaba en casa, ahora estaba ahí presente o sin ningún productor que le dijera que le quedaban 3 minutos para
la siguiente sección y hacía collares de bolitas con ellos. Eso fue lo que hizo la opera Latina, la mujer que había hablado ante las Naciones Unidas sobre el sida, la primera hispana en el salón de la fama de la televisión americana junto a Bárbara Walters y Johnny Carson. Hacía collares de bolitas con sus nietos.
Eso me divertía mucho. Hubo ofertas para volver. Univisión llamó. Otros también llamaron. Cristina rechazó todo, no por rencor, por respeto a lo que había sido. No iba a aparecer en un especial de media hora como si nada hubiera pasado. Eligió no hacerlo. Lo que sí hizo en 2014 fue escribir un libro. Se llamó igual que la frase con la que despedía cada programa durante 21 años, para arriba y para adelante.
En ese libro contó todo, el despido, el alcohol, John Marco, el miedo. Las cosas que no había podido decir en televisión porque mientras las vivía tenía que seguir sonriendo frente a las cámaras. Era la primera vez que hablaba, no en un estudio, no con cámaras, en un libro que cualquier mujer podía leer sola en su casa sin que nadie la viera, como las mujeres que veían su programa durante 21 años.
escribía para ellas, para la misma audiencia, solo que esta vez sin el micrófono desde el otro lado. Y dentro de ese silencio pasaron cosas que el mundo no supo. Una de ellas fue la muerte de su hermano Iñaki. Iñaki Saralegui era más que su hermano, era su asistente personal, la persona que había estado a su lado durante años dentro y fuera del trabajo.
Uno de los pocos que conocía todo, el programa, la familia, los miedos, las grietas. Y durante esos 14 años Iñaki murió. Cristina lo perdió sin poder hablar de ello públicamente, sin poder despedirse desde la televisión, como había acompañado a tantos otros en sus pérdidas, con ese dolor adentro, igual que siempre.
Además, en algún momento de esos 14 años, la internet la mató cuatro veces. Cuatro veces circuló en redes la noticia de que Cristina Saralegui había muerto. Cuatro veces su familia y sus amigos recibieron mensajes de condolencias. Cuatro veces su prima de España llamó con la voz rota.
En el internet a mí me han matado cuatro veces. Lo dijo con esa ironía seca que tienen las personas que ya han visto tanto que el absurdo deja de sorprender. Pero hay algo que esas noticias falsas no podían inventar, que mientras el mundo le inventaba tragedias, ella estaba en casa haciendo collares de bolitas, viendo documentales a medianoche cuando Marcos ya estaba dormido, leyendo las noticias sola en silencio, durmiendo hasta tarde por primera vez en 46 años.
El mundo no soporta esa imagen, no encaja con ninguna narrativa que sea fácil de contar. Una mujer que fue enorme y que un día eligió los collares de bolitas. No la locura, no la tragedia, no el retiro de lujo con comunicados de prensa, los collares de bolitas y el internet que no puede tolerar el silencio de nadie famoso sin inventarle una historia. siguió inventando.
Igual que los ejecutivos de Univisión habían decidido cuándo terminaba su carrera, el internet decidió cuánto duraba su silencio y qué significaba. Sin preguntarle, alguien tomó una foto suya y le puso un filtro de esos que envejecen y distorsionan. Y la circuló en redes como evidencia de que Cristina estaba irreconocible.
La foto llegó a su prima en España. Llegó a gente que la quería y que se asustó de verdad. Me molesta mucho que hieran a la gente, que una tía mía me tenga que escribir para preguntarme si estoy bien, que la gente que nos quiere esté preocupada. Fíjate en lo que le molesta, no los rumores sobre ella, sino el miedo que le causaban a los que la amaban.
Eso también dice, ¿quién es Cristina Saralegui. Aquí llega la cuarta y última de las cosas que te prometí. Enero de 2024, Cristina reapareció en televisión por primera vez en 14 años. La invitaron a Despierta América para celebrar su cumpleaños número 76. entró al estudio despacio con esa forma de moverse que tienen los años cuando son muchos y el cuerpo los lleva honestamente.
O había globos, había un pastel, había gente que la quería genuinamente y que llevaba 14 años esperando verla bien. Y antes de que pudiera hablar de otra cosa, tuvo que salir a desmentir. ni me desenterraron de ningún lado, ni llegué en silla de ruedas. No soy alcohólica, ni soy drogadicta, ni estoy quebrada.
¿En qué cabeza cabe que con todo lo que yo trabajé en mi vida, que nosotros que éramos dueños de tres estudios de televisión vamos a estar quebrados? Es que son brutos. Y luego, después de desmentir todo eso, dijo algo que no tenía que ver con los rumores, algo que tenía que ver solo con ella. Estoy aprendiendo a ser mujer, abuela, mamá e hija, a ser todo lo que no pude cuando estaba trabajando.
Para en esa frase, Cristina Saralegui, que entrevistó a miles de personas durante 21 años, que le dio voz a millones, a que sostuvo el dolor ajeno semana tras semana durante dos décadas, dice a los 76 años que está aprendiendo. No a ser conductora, no a ser empresaria, no a ser la opera latina, a ser mujer, a ser abuela, a ser hija, a los 76.
Hay algo en eso que va mucho más allá de Cristina Saralegui, algo que reconocen muchas mujeres que llegaron a cierta edad y se dieron cuenta de que dieron tanto durante tanto tiempo a tantas cosas externas que cuando todo eso terminó no sabían muy bien quién eran sin ello. Tal vez tú también conoces eso, haber llegado a los 60 o los 70 y encontrarte con tiempo propio por primera vez en décadas y no saber bien qué hacer con él.
haber puesto tanto de ti misma en los hijos, en el trabajo, en los demás, que la pregunta de quién eres tú, solo tú, sin todos esos roles, pues se siente casi imposible de responder. Eso no es fracaso, eso es el precio que paga una mujer que da todo. Cristina lo pagó con creces y lo que tiene ahora, en cambio, nadie se lo puede quitar.
John Marco Ávila tiene casi 40 años hoy. Vive con su madre y con Marcos en Miami. La bipolaridad sigue ahí como siempre estará. No se cura, pero hay una diferencia enorme entre convivir con una enfermedad mental y ser destruido por ella. Y John Marco aprendió con mucho tiempo y mucho esfuerzo a convivir. Aprendió a reconocer cuándo viene el pico y cuándo viene el valle.
A avisarle a su madre antes de que ella lo vea en los ojos, a pedir ayuda cuando la necesita, igual que hizo aquella tarde en el quinto piso cuando tenía 19 años y decidió que podía. Eso es lo que se llama recuperación, no desaparecer la enfermedad e aprender a vivir con ella sin que te destruya. Está también mi hijo gracias a Dios.
Le doy las gracias al Señor de cómo está John Marco de bien después de tantos años con una enfermedad bipolar que la gente no sabe lo que eso es. Ese niño estuvo tan tan enfermo. Ese niño lo llama ese niño, aunque tenga casi 40 años, porque para las madres los hijos siempre tienen también la edad que tenían cuando más los necesitaron.
Marcos Ávila sigue a su lado. El mismo hombre que se casó con ella cuando tenía 24 años. El mismo que le dijo la verdad cuando nadie más se atrevía. cuatro décadas ahí sin moverse, sin necesitar que el mundo lo reconozca por eso. Y hay algo más que Marcos hace por ella que nadie suele contar. Cristina tiene una artritis poco común, genética y rara, que trata con una inyección experimental o una inyección que se la pone Marcos en la pierna cada vez que toca.
Yo le doy la pierna y le doy el brazo porque yo sí me atrevo”, dijo Cristina. El hombre que le dijo, “Estás muy pesada cuando nadie más se atrevía, es el mismo que ahora le pone las inyecciones que la mantienen de pie.” Cuatro décadas y el amor sigue siendo eso, la persona que dice la verdad cuando duele y que sostiene el cuerpo cuando falla.
Hay algo en ese tipo de amor que no se habla mucho. El amor que no necesita pantalla, el que está en la cocina cuando apagan las cámaras y en la sala cuando no hay nadie más. Ese es el amor que sostuvo a Cristina cuando todo lo demás se fue. Univision sigue ahí. Los ejecutivos que la despidieron siguieron adelante.
El negocio no paró. Los programas nuevos llegaron. con caras nuevas. El canal siguió girando. Nadie hizo una fiesta para despedirla. Nadie esperó esos dos años. Y años después, cuando Cristina por fin habló con claridad sobre por qué la habían sacado, dijo algo que lo explica todo con una imagen que no se olvida.
Sencillamente no es que te saquen cuando te está yendo mal. Todos estaban bien. Quitan a la gente para poner a otra gente porque son más baratos los que vienen que los que se van. Hay una jovencita o un jovencito que están locos por estar en televisión, que van a cobrar 15 kg por lo que haces tú, lo van a hacer mal, no van a pegar con el público, pero cuestan 15 kg y están esperando en la puerta, así como unos perritos, para que los dejen entrar y entran perritos.
Esa es la imagen que Cristina eligió para describir lo que reemplazó 21 años de su vida. Y lo más brutal es que tenía razón. Después de Cristina, Univisión despidió a don Francisco, a María Celeste, a Bárbara Bermudo. A uno tras otro, los grandes nombres que habían construido esa cadena fueron saliendo por la misma puerta.
Cristina no fue la última. fue la primera. Yo me di cuenta de que lo que me pasó a mí es que yo fui primero. Eso está pasando todavía. Después de mí votaron al resto. Ahí no quedó nadie. Ahí no quedó nadie y el canal siguió. Eso es lo que Univisión hizo con 21 años de su vida y 15 años después tuvo que llamarla de vuelta. En junio de 2025, 15 años después de haberla despedido, Univisión llamó a Cristina de nuevo, no para pedirle disculpas, no para reconocer lo que le habían hecho, para pedirle que volviera a sentarse frente a una cámara y hacer
lo que siempre había sabido hacer mejor que nadie. Por la razón era Carol G. Quizás tú no la conoces. Quizás ese nombre no te dice nada todavía. No importa, lo que importa es lo que hizo. Carol G. Es la artista latina más importante del mundo en este momento. Colombiana, 34 años. Creció en una casa humilde en Medellín viendo el show de Cristina con su familia.
Y cuando llegó el momento más importante de su carrera, cuando podía elegir a cualquiera en el mundo para su primera entrevista, eligió a la mujer que Univisión había descartado 15 años antes. No a los conductores nuevos, no a los programas de moda, a Cristina, porque hay jóvenes que saben reconocer a quién se le debe respeto. Y Carol G era una de ellas.
le dijo a Cristina exactamente eso cuando se vieron. Crecí viendo tus entrevistas. Fueron una ventana grandísima para muchos artistas latinos en el mundo. Y si va a ver primera entrevista del álbum, tiene que ser en el show de Cristina. Los ejecutivos de Univisión pusieron perritos en la puerta en 2010. Pusieron caras nuevas y formatos nuevos y todo lo que pensaron.
que podía reemplazar 21 años de algo que habían decidido que ya no importaba. Y 15 años después, la artista más importante del mundo de la música latina. En ese momento dijo que solo quería hablar con la mujer a la que habían descartado, no con los perritos, con Cristina. Univisión recreó el foro original en el estudio de Despierta América.
la misma silla, el mismo ambiente, como si los 15 años no hubieran existido, como si el canal hubiera admitido, sin decirlo con palabras, que lo que quitaron no se podía reemplazar. Y Cristina fue. Cuando empezó la entrevista, dijo algo que solo puede decir alguien que ya no necesita nada del lugar al que está volviendo.
¿Por qué ustedes me llamaron tanto para sacarme de mi casa? Yo que estaba tan tranquila. No hay rencor en esa frase, no hay sumisión tampoco. Hay algo más difícil de encontrar que las dos cosas. Indiferencia real, la indiferencia de alguien que aprendió a vivir sin ese lugar y que ahora vuelve porque quiere, no porque lo necesite.
Caminó hasta ese estudio, sin silla de ruedas, despacio, pero por su propio pie. Y Carol G entró al set con una blusa amarilla y una sonrisa que no podía contener. 23 años de edad cuando las cámaras de El show de Cristina la veían desde su casa en Colombia, 34 cuando por fin se paró frente a ellas. Ambas se abrazaron.
No el abrazo formal de dos personas que se conocen por primera vez en un set. Otro tipo de abrazo, el de alguien que lleva años esperando ese momento y que cuando llega no sabe muy bien qué hacer con él. La entrevista duró 40 minutos. Carol G habló de su música, de sus raíces, del orgullo que sentía por haber hecho un disco que sonara latinoamericano de verdad, no latinoamericano para el mercado.
Habló de Fid, habló de la maternidad. Esa parte fue la más inesperada. Carol G dijo que de niña quería tener muchos hijos. Toda una familia grande, ruidosa, latinoamericana. Después, con los años el número fue bajando. Ahora quiere dos, pero todavía no. Me debo cosas que todavía quiero hacer antes de dedicarme 100% a ser mamá.
Cristina la escuchó y en ese momento hay algo que solo se entiende si has visto el arco completo de esta historia. La misma mujer que había pasado 20 años oyendo confesiones ajenas sobre el amor, la maternidad, las decisiones que se toman y las que se posponen. La misma que había bebido en silencio mientras su hijo estaba internado.
La misma que había aprendido tarde lo que significaba estar presente de verdad con los suyos. escuchando a una niña de 34 años decirle que todavía no está lista para ser madre porque tiene cosas que darse a sí misma primero. Hay generaciones enteras de mujeres latinas que nunca se dieron esa opción, que fueron madres cuando les tocó, no cuando eligieron, que pusieron a todo el mundo por delante y que cuando tuvieron tiempo para ellas mismas ya no sabían qué hacer con él.
Cristina sabía eso mejor que nadie. Mi y Carol G, sin saberlo, le estaba diciendo algo que Cristina nunca tuvo la oportunidad de decirse a sí misma cuando tenía 34 años. Al final de la entrevista, Carol G. mandó un mensaje a los latinos que veían desde sus casas. “Nunca no se sientan orgullosos de donde venimos.” Esa frase dicha en ese set frente a esa mujer después de todo lo que pasó.
la hija de inmigrantes colombianos diciéndole al mundo hispano que no se avergüence de sus raíces. Y al frente, escuchándola, una mujer cubana que había llegado sin inglés a los 12 años y que había construido algo tan grande con esas raíces que 31 años después todavía era el lugar donde las personas más grandes del mundo querían contar sus historias.
Hay algo en eso que cierra un círculo que lleva 30 años abierto. Selena se sentó en esa silla en 1994. U. Carol G. Se sentó en la misma silla 31 años después y las dos eligieron a Cristina. No a los conductores que vinieron después. No a los que costaban 15 kg y esperaban en la puerta. a la mujer que Univisión había descartado, la misma que su padre, su hermano, su madre, su cadena y su propio cuerpo habían intentado doblar de distintas maneras.
Y Cristina volvió a ser el puente entre lo que fue y lo que viene, la que nunca dejó de existir, aunque apagaran las cámaras. Y hay una frase que empezó esta historia como la confesión de una madre. Aquí hay algo raro, pero yo no sé qué es. La dijo cuando miraba a John Marco adolescente y no encontraba las palabras para lo que veía. Pero esa misma sensación la vivió con Univisión, esa cadena que llevab 21 años siendo su hogar y que de repente empezó a mirarla diferente, que tomaba decisiones que no explicaba, que ponía cara de proyecto mientras contaba los
días para reemplazarla con alguien más barato. Y en las dos situaciones, Cristina fue la última en entender lo que estaba pasando. Porque las personas que dan todo a los demás no aprenden a protegerse de los que se les acercan con las manos abiertas. Cristina tenía 35 cuando se casó con Marcos, 38 cuando nació John Marco.
Ya llevaba casi dos décadas trabajando sin parar. Ya había aprendido que el trabajo no espera y que los hijos sí pueden esperar un poco más, que están ahí cuando llegas a casa. Hasta que no están, hasta que la silla de la mesa queda vacía 2 años porque nadie vio venir lo que nadie sabía nombrar.
esa niña de 12 años que salió de Cuba sin poder despedirse de nadie. E esa mujer de 63 a la que tampoco le dejaron despedirse. Esa misma mujer que años después con el cerebro operado y una pierna que cojeaba después de aprender a caminar dos veces, entró a los estudios de Univisión por su propio pie, porque prefería eso a que la vieran llegar en silla de ruedas al lugar que la había descartado.
Primero muerta. Eso dijo, primero muerta. Y en esa frase está todo lo que necesitas saber sobre quién es Cristina Saralegui, no la que el mundo aplaudía, no la de los 12 emmi y las estrellas en los paseos de la fama, la otra, la que aprendió a perder sin poder despedirse cuando tenía 12 años y que lleva toda la vida construyendo cosas que nadie pueda quitarle de noche sin que ella lo vea venir.
Y después de todo lo que vino, H después del Hijo internado y el alcohol heredado de su madre, y la enfermedad que mató a su padre, y el cerebro operado, y el despido cruel, y los 14 años invisible, y los perritos esperando su lugar en la puerta, sigue aquí aprendiendo, a los 77 años aprendiendo a ser mujer.
Hay una frase que Cristina decía al final de cada programa durante 21 años. Una frase que su audiencia se sabe de memoria. Una frase que sonaba a energía y a empuje y a esa actitud que da gloria verla en alguien. Para arriba y para adelante, para atrás ni para [ __ ] impulso. La decía como despedida, como regalo, como el último pensamiento que quería dejarle a la mujer que estaba sola en su casa.
viendo el programa antes de que empezara la semana. Cuando la despidieron y el mundo se quedó sin ese programa, Cristina hizo algo que nadie esperaba, le puso ese nombre a su libro. No eligió otro título, no buscó algo nuevo, eligió la misma frase, la que 21 años de audiencia tenía grabada en el cuerpo, como diciéndoles, “Todavía estoy aquí, todavía es lo mismo.
La pantalla se apagó, pero la frase no. Eso es lo que hace alguien que no sabe rendirse aunque quiera. Yo la escucho ahora de otra manera, no como el eslogan de una conductora famosa, como la autobiografía de 12 años de exilio, de un divorcio, de una hija, de una carrera construida desde cero, de un hijo en el quinto piso de un estacionamiento, de 2 años de hospital, de botellas en la noche, de una enfermedad heredada que mató a su padre, de un cerebro operado, de aprender a caminar dos veces de 15 años de silencio que el mundo llenó con
mentiras de collares de bolitas con los nietos para arriba y para adelante, no como consejo, como descripción de lo que hace alguien que no tiene otra opción porque el que se queda atrás no sobrevive. Cristina Saralegui lleva 77 años haciendo eso, sin pedirle permiso a nadie. Y si esta historia te tocó, la de una mujer que sostuvo todo por fuera mientras por dentro se estaba cayendo.
Hay otra que tienes que ver. Humberto Zurita, el hombre que estuvo al lado de Christian Bach durante 20 años, el que el mundo vio llorar cuando ella murió. el que dio entrevistas hablando de lo mucho que la amaba y lo que nadie sabía que estaba pasando mientras ella todavía estaba enferma. Está en pantalla ahora mismo.
No lo dejes para después.