En una de las comparecencias más reveladoras, polémicas y profundas de los últimos tiempos, la Presidenta de México paralizó a la opinión pública al abordar dos de los temas más trascendentales y delicados de la actualidad: la amenaza inminente de la Inteligencia Artificial advertida por el mismísimo Papa León XIV, y la feroz guerra mediática que ha emprendido una de las televisoras más poderosas del país contra su gobierno. Con una mezcla de reflexión filosófica y una frontalidad sin precedentes, la mandataria desnudó las estructuras de poder que operan en las sombras, tanto a nivel global como en el corazón mismo del territorio mexicano, dejando a los ciudadanos frente a una cruda realidad que pocos se atreven a mencionar.
La jornada comenzó con una pregunta obligada sobre la reciente y explosiva encíclica del Papa León XIV, titulada magistralmente “Grandiosa Humanidad”. Este documento papal no es una simple carta pastoral; ha sido catalogado por expertos internacionales como un grito de alerta ante lo que el Sumo Pontífice considera la revolución más importante, pero también la más peligrosa, a la que jamás se haya enfrentado la civilización moderna: la inteligencia artificial. La Presidenta no dudó en calificar el documento como “excepcional” y profundamente alineado con los ideales del humanismo contemporáneo. Sin embargo, lo verdaderamente escalofriante de la reflexión papal, y que la mandataria mexicana subrayó con vehemencia, no
es la tecnología en sí misma, sino una pregunta fundamental que hiela la sangre: ¿Quién tiene realmente el control de estas herramientas masivas?

A través de la lectura de fragmentos de la encíclica, se expuso una realidad innegable. En épocas pasadas, eran los Estados y los gobiernos legítimamente constituidos quienes impulsaban, regulaban y orientaban la innovación tecnológica para el progreso social. Hoy, el panorama ha dado un giro oscuro y preocupante. Los principales motores de este desarrollo son actores privados, corporaciones transnacionales gigantescas que poseen recursos y capacidades económicas inmensamente superiores a las de muchos gobiernos en el mundo. Nos encontramos ante un poder tecnológico que ha adquirido un rostro inédito, corporativo y predominantemente privado, haciéndolo casi imposible de gobernar, discernir y, lo más importante, orientar hacia el bien común de la humanidad. La Presidenta enfatizó que no podemos quedarnos como simples espectadores pasivos esperando a que “todo salga bien”, sino que debemos cuestionar profundamente hacia dónde nos dirigimos como comunidad humana cuando un puñado de corporaciones detenta el control de las redes sociales, los algoritmos y la propia mente colectiva de las naciones.
Pero la reflexión global sobre el poder y el control de las masas sirvió como un puente perfecto y demoledor para abordar una crisis política nacional que ha acaparado los titulares: la andanada de ataques difamatorios provenientes de TV Azteca y su dueño, Ricardo Salinas Pliego. Hace apenas unos días, la mandataria desató un torbellino de críticas al sugerirle a la población, de manera directa, que no vieran dicha televisora. Los detractores y los opinólogos del viejo régimen no tardaron en rasgarse las vestiduras, gritando “censura” a los cuatro vientos. Sin embargo, la Presidenta, lejos de retractarse, utilizó su plataforma para dar una lección magistral de historia reciente y destapar la cloaca de la corrupción neoliberal que gestó el nacimiento de estos imperios mediáticos.
Para entender el odio desmedido y las mentiras diarias que se emiten desde la televisora del Ajusco, es necesario viajar al año 1993, durante la administración de Carlos Salinas de Gortari. En aquel entonces, bajo la bandera de la “modernidad”, se privatizaron empresas que le pertenecían legítimamente al pueblo de México. Una de ellas fue Imevisión, la televisora del Estado, que fue entregada a Ricardo Salinas Pliego. ¿Cómo se financió esta compra monumental? La mandataria recordó una verdad incómoda que muchos quieren borrar de la memoria colectiva: la adquisición se logró gracias a un turbio préstamo de más de 29 millones de dólares otorgado nada más y nada menos que por Raúl Salinas de Gortari, el “hermano incómodo” del entonces presidente. Las interrogantes sobre el origen de esos fondos siguen sin resolverse décadas después, manchando el origen de la televisora con una sombra indeleble de sospecha y nepotismo.
Pero el origen turbio de la concesión es solo la punta del iceberg. El verdadero motivo detrás de la furia actual de la televisora radica en el dinero, específicamente, en los impuestos no pagados. Durante los sexenios de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, empresas de este calibre gozaron de impunidad fiscal, escudándose en una interminable cascada de amparos legales para evadir sus responsabilidades económicas correspondientes a los años 2008, 2009 y 2013. Esta fiesta de evasión llegó a su fin cuando, tras años de litigio, la Suprema Corte de Justicia determinó que debían pagar sus deudas fiscales. Al verse obligados a acordar con el Servicio de Administración Tributaria (SAT) el pago en 18 mensualidades, la línea editorial de la televisora se transformó mágicamente en una maquinaria de ataque sistemático y difamación contra el actual gobierno.
La Presidenta fue contundente al aclarar la diferencia monumental entre la libertad de expresión, el derecho de réplica y la verdadera censura. Afirmó que su sugerencia de no consumir ese canal es precisamente eso: una opinión amparada en su derecho a defender el proyecto de nación ante la calumnia. Contrastó esta postura con las prácticas mafiosas del pasado, recordando cómo los antiguos presidentes levantaban el teléfono rojo no para dar su opinión al público, sino para exigir a los dueños de los medios que despidieran a periodistas incómodos a cambio de favores, “canonjías”, filtraciones exclusivas y cenas en restaurantes de lujo regadas con botellas de vino de 20,000 pesos. En la época de Peña Nieto, se destinaban hasta 10,000 millones de pesos anuales del erario público para comprar aplausos mediáticos. Ese México de acuerdos en lo oscurito, afirmó la mandataria, se ha terminado para siempre.
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Finalmente, la Jefa del Ejecutivo hizo un llamado a la cordura y a la observación objetiva de la realidad, derribando la narrativa catastrófica que intentan imponer desde las pantallas. Presentó datos irrefutables de un país que avanza con paso firme: récords históricos en inversión extranjera directa, una moneda fuerte, exportaciones al alza y una política energética que subsidia el combustible para la población a pesar de que el barril de petróleo ha rozado los 100 dólares a nivel internacional. Además, destacó el rostro humano de su administración, ilustrado brillantemente con la inauguración de 27 nuevos hospitales del programa IMSS Bienestar, los cuales no solo atienden a los más pobres de manera gratuita, sino que están equipados con tecnología de punta a nivel mundial, incluyendo quirófanos robóticos de última generación. Todo esto, respaldado por un ejército de 20,000 enfermeras que recorren el país casa por casa para cuidar de los adultos mayores.
La historia se está escribiendo ante nuestros ojos. Mientras algunos imperios mediáticos, heridos en sus bolsillos y despojados de sus privilegios históricos, dedican sus horarios estelares a sembrar la discordia y el miedo, la realidad en las calles y en los hogares mexicanos cuenta una historia de transformación, dignidad y justicia social. Las declaraciones de la Presidenta de México no solo han sido un firme respaldo a las advertencias del Papa sobre la necesidad de humanizar la tecnología y el poder, sino también una valiente defensa de la soberanía informativa frente a quienes, durante décadas, creyeron que podían comprar la verdad absoluta de toda una nación. Hoy, el derecho a la información ya no es un monopolio privado; es, más que nunca, un campo de batalla donde la ciudadanía tiene el poder final de decidir a quién creer.