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¡HARFUCH CAPTURA a “EL TONY” RESPONSABLE de LA MASACR3 en PUEBLA; FAMILIAR DE 10 VICTIMAS!

La Fiscalía General del Estado de Puebla confirmó la detención de un presunto implicado en el multihomicidio ocurrido en un rancho del municipio de Teehitzingo. Noticia de última hora. Cayó el Tony, el responsable de la masacre en Puebla. de pesos en efectivo, una bebé de un mes, un sobrino que conocía cada rincón del rancho.

Esos tres datos son todo lo que necesitas para entender por qué el pasado domingo 17 de mayo en un rancho perdido en la mixteca poblana, 10 personas murieron en menos de una hora. ¿Y por qué hoy, menos de 30 horas después, la Fiscalía General de Puebla ya tiene al primer responsable detenido? Omar García Harfuch no dejó que esta historia se enfriara.

Desde que llegaron los primeros reportes del hallazgo, activó el protocolo de inteligencia regional que la Secretaría de Seguridad lleva meses construyendo en zonas de conflicto rural, drones, intercepción de comunicaciones, análisis de movimiento. El cerco no se anunció, simplemente se cerró.

Pero hay algo que los noticieros no te van a contar. Esa noche había casi un millón de pesos en efectivo dentro del rancho. Dinero destinado a la compra de cabezas de ganado. Y el hombre que ordenó la masacre lo sabía porque alguien de adentro se lo dijo. Esa pregunta, ¿quién filtró la información sobre el dinero? ¿Tiene nombre en los archivos de la fiscalía y ese nombre todavía no ha sido detenido, pero hay algo que los noticieros no te van a contar? Para entender lo que pasó en Texcalapa, tienes que entender primero qué era el rancho marihuana. No era un

predio cualquiera, era el corazón económico de los Torres Gerbao, una familia de ganaderos que llevaba décadas construyendo patrimonio en la Mixteca poblana, una región donde la tierra vale más que el nombre y el ganado vale más que la tierra. Cecilio Torres, 55 años, era el patriarca, el tipo que madrugaba, que conocía a sus peones por nombre, que cerraba tratos de cientos de miles de pesos con un apretón de manos en los mercados ganaderos de la región.

Un hombre que construyó todo lo que tenía con trabajo de décadas y que ese domingo tenía casi un millón de pesos en efectivo dentro de su casa, listo para la siguiente compra de ganado. La mixteca huele a tierra seca y eucalipto. Las tardes caen rápido ahí con un silencio que no es paz, sino distancia. Es una región donde los conflictos familiares no llegan a los tribunales, llegan a los ranchos, donde los pleitos por herencias y tierra se resuelven de otra manera, donde todos se conocen y nadie habla con extraños. Cecilio Torres

conocía ese código, lo había vivido toda su vida. Lo que no calculó fue que el peligro no venía de afuera. Desde meses antes del domingo 17 de mayo, una banda conocida como Los Chetos, originaria de Morelos, con tentáculos en varios municipios de La Mixteca, había identificado al rancho marihuana como objetivo.

No por casualidad alguien les dio el dato, alguien que conocía los movimientos de Cecilio, sus fechas de compra, la cantidad de dinero que guardaba y cuántos trabajadores estarían en el predio ese fin de semana. Y entonces llegó el dato que lo cambió todo. Ese alguien no vivía lejos del rancho, vivía en la misma familia. Juan Manuel, alias el Pony, tenía 20 años y creía que era más inteligente que todos los que lo rodeaban.

Ese fue su primer problema. El segundo fue que casi tenía razón, Te, pero no del todo. Reconstruyamos la cadena porque el Pony no cayó por mala suerte. cayó porque cometió tres errores en tres momentos distintos y cada uno de esos errores pareció una decisión inteligente cuando la tomó. El primero lo cometió semanas antes y el Pony llevaba tiempo moviéndose con los chetos, robos de ganado, pequeños golpes en mercados de la región.

Dentro del grupo era el eslabón más joven, el que tenía que demostrar valor. Y la manera en que decidió demostrarlo fue compartiendo información sobre su familia. Les habló del rancho marihuana, del tío Cecilio, de la fecha aproximada en que llegaría el dinero para la compra de ganado. Creyó que eso lo hacía indispensable dentro de la organización.

Lo que el Pony no sabía era que la Agencia Estatal de Investigación llevaba meses interceptando comunicaciones de los chetos por casos de robo de ganado en Piaxla y que esa conversación quedó registrada en una línea monitoreada con clave de seguimiento a Aei-MX-047. Cuando llegaron los cuerpos, los investigadores ya tenían contexto.

Detente un segundo aquí porque lo que sigue es peor. El segundo error lo cometió dos días antes de la masacre. Existe un video. Lo grabó el mismo o permitió que circulara. En ese video, un hombre señala a su familia por haberlo obligado a trabajar hasta el agotamiento, por haber causado sus adicciones, por haberlo internado en un anexo sin su consentimiento.

El pony creyó que ese video era su coartada moral, su manera de construir una narrativa de víctima antes de convertirse en victimario. Creyó que nadie lo tomaría en serio. Crey que era demasiado vago para ser una amenaza real. Lo que el Pony no sabía era que analistas de inteligencia de la Fiscalía General del Estado capturaron ese video 14 horas antes de la masacre.

Lo vincularon a su número de teléfono y abrieron una ficha de seguimiento. Cuando llegó el aviso del rancho ese domingo a las 12:40 horas, la fiscalía no empezó a buscar al sospechoso. Ya tenía su cara. El tercer error lo cometió la mañana del lunes después de matar a 10 personas, entre ellas tres menores, su propio primo de 16 años y una bebé de un mes, el Pony no huyó, no salió del municipio, no cambió de ropa, no tiró el teléfono, no desapareció hacia Morelos con los chetos, calculó que nadie lo buscaría tan rápido en un

pueblo tan pequeño. Calculó que el lunes era un día normal y que circular en su moto por tejuingo era la mejor manera de parecer inocente. circuló. Incluso llevaba encima varias dosis de cristal, como si fuera cualquier lunes de su vida ordinaria. Ese tercer error fue lo último que calculó mal, porque esa mañana la fiscalía ya tenía todo lo que necesitaba.

El domingo 17 de mayo todo comenzó con un pipero. Un conductor de pipa de agua llegó al rancho marihuana en la tarde noche buscando a Cecilio Torres para coordinar un servicio. No había señales de alarma desde afuera. El portón estaba como siempre. El silencio de la mixteca no distingue entre la paz y el horror. El pipero entró.

El primer cuerpo que encontró estaba en el área del granero. Un mecánico que esa tarde reparaba una retroexcavadora. Estaba en el suelo. Tenía impactos de bala. El pipero no entendió inmediatamente lo que veía. Avanzó hacia el domicilio principal y ahí encontró al resto, nueve personas más, algunas con las manos amarradas hacia la espalda, algunas con impactos de bala en la cabeza, una mujer con un disparo en el cráneo que todavía respiraba murió en el traslado al hospital y en algún rincón de esa habitación entre los cuerpos, una

cobija pequeña. La llamada de emergencia entró a las 12:40 horas del domingo. En menos de 40 minutos, la Fiscalía General del Estado tenía peritos en criminalística de campo, agentes de investigación y elementos de corporaciones de seguridad desplegados en Texcalapa. Lo que encontraron después no estaba en ningún reporte previo.

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