A los 40 años enviudó en circunstancias que ningún médico supo explicar del todo. A los 44 ya tenía una segunda esposa elegida por Televisa, una boda transmitida en cadena nacional y un hijo oculto que nadie debía mencionar. A los 46 llegó a la presidencia de México cargando [música] tres secretos que juntos eran suficientes para hundirlo.
Hoy tiene 58 años. Vive en Madrid en un exilio que él insiste en no llamar exilio. [música] Y el país que gobernó durante 6 años sigue pagando las deudas que él acumuló mientras la imagen se sostenía. Su nombre es [música] Enrique Peña Nieto y lo que construyó durante dos décadas no fue una carrera política, fue una ficción.
una ficción diseñada en estudios de televisión, bendecida por un sacerdote a modo, financiada con contratos millonarios y sostenida sobre el silencio de quienes sabían demasiado, porque la imagen debía sostenerse a cualquier precio, siempre, aunque por debajo de esa imagen hubiera una mujer muerta, un hijo escondido y un país vaciado.
Esta es la investigación que su equipo enterró durante más de 10 años. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian todo lo que creías saber sobre el hombre que gobernó México entre 2012 y 2018. Primero, la última noche de Mónica [música] Pretelini. las palabras exactas que el neurólogo que la atendió usó para describir su fallecimiento y por qué ese diagnóstico oficial nunca convenció a quienes estuvieron en el hospital ABC de Santa Fe esa madrugada del 11 de enero de 2007.
Hay versiones que salieron a la luz años después, versiones que el entorno de Peña Nieto nunca desmintió con hechos, solo con silencio. Segundo, [música] el documento que confirma lo que su equipo tardó años en reconocer, que mientras Mónica Pretelini vivía, Enrique Peña Nieto [música] ya tenía una vida paralela con Maritza Díaz Hernández, un hijo nacido en 2004 y según testimonios publicados posteriormente, un segundo hijo que no llegó a sobrevivir.
La pregunta no es si existía esa doble vida, la pregunta es cuándo empezó exactamente. Tercero, el testimonio de quienes estuvieron dentro de la operación. Como Televisa construyó a Angélica Rivera como figura pública antes de que ella y Peña Nieto aparecieran juntos. Como un sacerdote, aceleró la nulidad religiosa del matrimonio de Rivera con José Alberto Castro en tiempo récord.

Y cómo esa boda de noviembre de 2010 no fue un evento romántico, sino una estrategia política con fecha de vencimiento. Y cuarto, lo que pasó después de que la imagen colapsó. El escándalo de la Casa Blanca en 2014, los 7 millones de dólares, los 25 millones [música] en sobornos documentados, los 15,000 teléfonos intervenidos [música] con Pegasus, el divorcio firmado en febrero de 2019 y la pregunta que nadie en su círculo responde hoy, ¿cuándo exactamente decidió que Madrid [música] era más seguro que México? Te voy a avisar
cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la parte que su equipo de imagen ha intentado enterrar durante más de una década. La parte que explica por qué la imagen debía sostenerse y a qué costo real se sostuvo. Pero antes de contarte cómo colapsó todo, necesitas entender de dónde venía, porque la ficción de Enrique Peña Nieto no empezó en Los Pinos ni en los [música] estudios de Televisa.
empezó mucho antes en un pueblo del Estado de México donde el poder no se hereda, se fabrica. 20 de julio de 1966. Atlacomulco, Estado de México, no es un pueblo cualquiera. Atlacomulco es el corazón [música] invisible de la política priista en México, un municipio donde los mismos apellidos ocupan las presidencias municipales desde hace décadas, donde el PRI no es un partido político, [música] sino el aire que se respira, donde los niños no aprenden a soñar, aprenden a posicionarse.
Gilberto Enrique Peña del Mao era funcionario priista. María del Perpetuo Socorro, Ofelia Nieto Sánchez era ama de casa. No eran ricos en dinero visible, pero sí en lo que en ese ecosistema valía más. conexiones, apellidos [música] que significaban algo, deudas de favor que se cobraban y se pagaban en silencio desde hacía generaciones.
Enrique fue el tercer hijo. El 20 de julio de 1966 no nació en la pobreza. La historia que viene no es de superación material, es de otra clase de hambre, hambre de reconocimiento, de aprobación, de ser visto de una manera específica. Su padre era presente como el México de los 70. Entendía la presencia masculina, proveedor, figura de autoridad, pero emocionalmente distante.
[música] Y Enrique aprendió desde chico que la aprobación no se daba, se ganaba, que el afecto era condicional. Imagínate eso, crecer donde el amor funciona como un contrato, donde la pregunta no es, ¿cómo estás? sino qué lograste hoy donde el fracaso no es aprendizaje, sino vergüenza que salpica al apellido. Eso deja una marca, una necesidad permanente de sostener la imagen a cualquier costo.
Porque si la imagen cae, cae todo. La imagen debía sostenerse. El tío era Arturo Montiel Rojas, gobernador del Estado de México entre 1999 y 2005. El hombre que abrió puertas, que colocó piezas en el tablero, que apostó por ese sobrino con cara de telenovela y ambición sin techo. Arturo Montiel [música] no era solo el tío, era el padrino político, el arquitecto del proyecto.
Y en Atlacomulco eso significaba todo, porque en ese ecosistema el talento solo no alcanza. Lo que abre las puertas [música] es a quién le debes el favor. Y Enrique Peña Nieto le debía el favor más grande a su tío Arturo. Una deuda que se paga con lealtad incondicional, con la disposición de defender el proyecto, aunque te cueste la verdad.
Quizá tú también has trabajado en un lugar así, donde no importa lo que haces, sino a quién le caes bien, donde el mérito es la coartada y el compadrazgo es la regla. Enrique Peña Nieto creció en ese mundo y aprendió sus reglas. mejor que nadie. Enrique tiene 13 años y viaja a Main, Estados Unidos, a estudiar inglés.
Ahí, [música] según relatos de sus cercanos, el adolescente dijo algo que nadie olvidó, que algún día iba a ser gobernador del Estado de México, no presidente. Todavía no alcanzaba a imaginar el tamaño completo. [música] Gobernador, piensa en eso. un niño de 13 años en un país extranjero sin dominar el idioma, [música] sabiendo ya con una certeza extraña cuál era el camino, como si la ambición no hubiera nacido de él, sino que le hubiera sido instalada desde antes de que pudiera elegirla.
¿Sabes lo que es cargar una expectativa ajena como si fuera tuya? que decepcionarlos sería más doloroso que traicionarte a ti mismo. Quizá tú también has sentido eso. Tiene 18 años, ingresa al PRI. No es una decisión, es un trámite. [música] En Atlacomulco, a esa edad, con ese apellido y ese tío, [música] era tan inevitable como el cambio de estación.
Aprende los códigos, la diferencia entre lo que se anuncia en un discurso y lo que se decide en una comida. que hay acuerdos que no se firman en documentos, sino con un apretón de manos y una mirada y aprende algo que definirá los siguientes 40 años, que en la política del PRI la lealtad vale más que la verdad, que la apariencia vale más que la sustancia. La imagen debe sostenerse.
Todavía no usa esas palabras, pero ya vive de acuerdo a esa ley. Y entonces aparece Mónica. Mónica Pretelini Science. Elegante sin pretenderlo, inteligente sin alardear, el tipo de persona que llena una habitación sin necesitar el centro. Se casaron. [música] Tuvieron tres hijos: Alejandro, Paulina, Nicole. Una familia fotogénica que aparecía en los eventos correctos, sonreía en las fotografías correctas.
Pero detrás de esa imagen, algo en el matrimonio empezó a agrietarse. Algo se rompió en silencio y Mónica empezó a cargar ese peso sola, sin escándalo, sin reclamos públicos, sin el lujo de hablar con alguien que pudiera escucharla sin convertirlo en munición política. Imagínate eso, ser la esposa perfecta de un proyecto político, [música] sonreír en las fotografías y saber que el hombre que está a tu lado tiene otra vida que no puedes nombrar.
¿A quién se lo cuentas cuando tu marido es el gobernador? El silencio también puede ser una forma de encierro. Enrique Peña Nieto gana la gubernatura [música] del Estado de México. Tiene 38 años. es el gobernador más joven del estado más poblado del país y desde el primer día, la maquinaria empieza a trabajar en algo más grande, construir a un presidente.
[música] Las decisiones de esos primeros meses no son de administración pública, son de imagen. todo calculado para que cuando llegara el momento la figura ya estuviera instalada en el imaginario colectivo, porque la imagen debía sostenerse y para que se sostuviera nada podía salirse del libreto. Nada. [música] Lo que pasó dos años después lo cambió todo y el equipo tuvo que improvisar por primera vez.
El 11 de enero de 2007, Enrique Peña Nieto tenía 40 años, era gobernador del Estado de México y construía la carrera política más sólida de su generación. Esa madrugada, Mónica Pretelini fue trasladada de emergencia al hospital ABC de Santa Fe. Tenía 44 años. Falleció horas después. El diagnóstico oficial, crisis convulsiva con complicaciones respiratorias.
Pero un neurólogo que participó en su atención describió el cuadro como inusual. Esa palabra no apareció en los comunicados. apareció años después en versiones periodísticas que el entorno de Peña Nieto nunca desmintió con hechos, solo con silencio. Piensa en eso. Cuando alguien no desmiente una acusación, no siempre es porque sea falsa, a veces es porque desmentirla requeriría abrir puertas que es mejor mantener cerradas.
La imagen debía sostenerse y para sostenerla el equipo hizo lo que siempre hacía. Controlar el relato, luto [música] público, declaraciones medidas, apariciones calculadas. El gobernador apareció como el viudo devastado, el padre de tres hijos que debía seguir adelante. México lo compadeció. [música] Lo que México no sabía era lo que había detrás del cuadro, lo que había estado ocurriendo mientras la imagen perfecta de la familia gubernamental se construía semana a semana en las revistas de sociales.
Sem [música] la partida de Mónica, el equipo se reúne. El proyecto presidencial acaba de perder su pilar de imagen familiar. La esposa era parte fundamental del personaje. Hay tres [música] hijos sin madre y un gobernador viudo que necesita seguir siendo presidenciable. ¿Qué se hace? Se busca a alguien, no a cualquiera.
Alguien con reconocimiento público masivo, querida por la audiencia, con credibilidad mediática propia. Alguien que no necesite que [música] le expliquen cómo funciona una cámara. Alguien que entienda instintivamente qué significa vivir dentro de un proyecto de imagen. La persona que encontraron ya existía, [música] ya tenía nombre, ya tenía rating. Se llamaba Angélica Rivera.
Lo que ocurrió entre 2007 y 2010 no fue un romance, fue una operación. Y la diferencia entre las dos cosas es exactamente lo que esta historia trata de explicar. Entre 2005 y 2011, las decisiones más importantes del [música] equipo de Peña Nieto no tenían que ver con políticas públicas ni con el bienestar de los 11 millones de habitantes del Estado de México.
Tenían que ver con las portadas de las revistas, con los tiempos de pantalla en los noticieros, con la construcción sistemática de una imagen presidenciable que México pudiera consumir como si fuera entretenimiento. El Estado de México [música] gastó décadas de millones de pesos en publicidad oficial.
Los medios que recibían ese gasto cubrían a Peña Nieto de una forma que los medios independientes no cubrían. La correlación era perfecta. Luis Videgaray, su operador político más cercano, administraba esa maquinaria. convertía dinero público en lealtades mediáticas con la misma lógica con que un director de marketing lanza un producto de consumo masivo.
Porque eso era Enrique Peña Nieto en esos años, un producto diseñado, posicionado y vendido a un país que todavía no sabía que estaba comprando algo. Quizá tú también has comprado algo que parecía una cosa y resultó ser otra. Esa sensación de haber sido engañado, no por mentiras explícitas, sino por una verdad cuidadosamente incompleta.
Eso es exactamente lo que le pasó a México. Enero de 2007, la partida demónica sacude el proyecto. [música] El equipo trabaja en modo de crisis. El gobernador aparece con la expresión exacta que la situación requiere. dolor contenido, dignidad, determinación de seguir adelante por sus hijos.
Y entonces algo inesperado ocurre, las encuestas no bajan, la simpatía pública aumenta. La imagen del padre, solo que sigue trabajando por su estado, conecta con algo en el imaginario colectivo que ninguna estrategia hubiera podido fabricar desde cero. El equipo lo anota y toma una decisión que resultará ser un error de cálculo.
Decide que la partida demónica no es solo una tragedia que superar, sino un activo de imagen que [música] administrar. Quizá tú también has visto como algunas personas usan su dolor como herramienta, como el sufrimiento auténtico se mezcla con el performativo, hasta que ya no [música] se puede distinguir uno del otro, hasta que quizá ni el propio protagonista [música] sabe qué parte es real y qué parte es gestión.
Eso es lo que pasó con el duelo de Enrique Peña Nieto y nadie lo dijo en voz alta [música] durante años. El proyecto presidencial toma forma pública. El gobernador comienza a aparecer en foros nacionales con una agenda que excede sus responsabilidades estatales. El mensaje es implícito, pero perfectamente legible. [música] Este hombre ya está pensando en un escenario más grande.
El romance entre Peña Nieto y Rivera empieza a aparecer en los medios de forma gradual, primero como rumor, después como historia de amor, que México sigue con la misma intensidad con que sigue una telenovela, porque en términos narrativos es exactamente eso. La imagen del político viudo que encuentra el amor de nuevo con una actriz querida por millones.
Es exactamente el tipo de historia que un país puede absorber sin resistencia. La imagen debía sostenerse y con Angélica Rivera [música] se sostuvo mejor que nunca. Noviembre de 2010, La boda. El 5 de noviembre de 2010, Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera se casan en Toluca en una ceremonia que los medios cubren con una intensidad rara vez reservada para eventos políticos.
Las imágenes circulan durante días. Las revistas de sociales construyen sus portadas de diciembre alrededor del evento y Peña Nieto consolida algo que ninguna encuesta [música] podía haberle dado. La sensación de que es humano, de que detrás del político hay una persona, que esa persona sea una construcción tan cuidadosa como el político mismo.
Es algo que muy poca gente estaba en posición de ver en ese momento. La imagen debía sostenerse y se sostenía perfectamente hasta que no. 1 de diciembre de 2012, la toma de posesión. Enrique Peña Nieto jura el cargo como presidente de México. Tiene 46 años. Es el producto [música] de imagen más exitoso que el sistema político mexicano había generado en décadas, lo que tiene la presidencia de un país de más de 120 millones de personas, la alianza con los principales grupos empresariales, el control de la maquinaria legislativa, la lealtad de
los medios que habían recibido publicidad oficial durante años, lo que no tiene ninguna verdad que pueda decir en voz alta sobre los últimos 15 años de su Ninguna certeza de que las capas de imagen que construyeron al presidente resistirán el peso de lo que tienen debajo. Tiene todo y no tiene nada de lo que importa de verdad, porque lo que vino después fue el precio real de sostener una imagen durante dos décadas.
El precio que se paga cuando la realidad, que nunca desaparece, sino que se acumula, finalmente encuentra una grieta por donde salir. Y la grieta llegó en noviembre de 2014 [música] con 7 millones de dólares, una casa en las lomas y el nombre de Carmen Aristegui. Pero antes hay cuatro cosas que necesitas saber, las cuatro que te prometí al principio.
La primera tiene que ver con una madrugada de enero de 2007 y una muerte que no terminó de explicarse nunca. Atención, porque aquí llega la primera de las cuatro cosas que casi nadie se ha atrevido a contar sobre Enrique Peña Nieto con todos los detalles en un solo lugar. Y para entenderla, necesitas volver al 11 de enero de 2007, a una madrugada en la ciudad de México, a un hospital en Santa Fe, que esa noche recibió a una paciente cuyo caso generaría preguntas que nadie ha respondido del todo.
Mónica Pretelini tenía 44 años. Era una mujer que quienes la conocieron describen con consistencia. Discreta inteligente, leal. No era el tipo de persona que buscaba los reflectores. Era el tipo de persona que sostenía todo por dentro, mientras el mundo de afuera seguía girando con normalidad. la esposa del gobernador más joven del Estado de México, la madre de tres hijos, la cara femenina de un proyecto político que dependía de que ella estuviera ahí, sonriendo en las fotografías correctas, apareciendo en los eventos correctos,
siendo exactamente lo que el libreto requería. Lo que estaba pasando dentro de esa mujer mientras cumplía ese rol es algo que [música] nadie puede saber con certeza. Pero hay detalles que salieron a la luz después. Detalles que el entorno de Peña Nieto nunca desmintió con hechos, solo con silencio. Y el silencio, [música] en este caso, dice más que cualquier declaración.
Aquí viene lo primero que te [música] prometí. La noche del 10 de enero de 2007, Mónica Pretelini fue atendida de emergencia. El traslado al hospital ABC de Santa Fe ocurrió en las primeras horas del 11 de enero. [música] El diagnóstico oficial que se comunicó públicamente fue crisis convulsiva con complicaciones respiratorias.
Eso es lo que dijeron, lo que no dijeron, lo que circuló en versiones periodísticas publicadas años después y que el entorno de Peña Nieto nunca confrontó con [música] evidencia contraria, es que un neurólogo involucrado en su atención describió el cuadro clínico como inusual, una palabra pequeña, una palabra que en un expediente médico tiene un peso enorme.
Inusual. Inusual. ¿En qué sentido? [música] Inusual, ¿por qué? Inusual comparado con qué parámetro clínico específico? Esas preguntas no tienen respuestas públicas, no porque nadie las haya hecho, sino porque cuando se hicieron lo que llegó [música] fue silencio institucional, versiones que se contradecían entre sí en los detalles [música] y una velocidad en el cierre del caso que algunos periodistas que lo siguieron de cerca describieron como llamativa.
Piensa en eso un momento. [música] Una mujer de 44 años muere en circunstancias que el médico que la atiende describe como inusuales. Su esposo es el gobernador del estado más grande del país y el caso se cierra con una velocidad que no deja espacio para preguntas públicas. ¿Cuánto de eso es protocolo normal? ¿Cuánto es gestión de imagen? ¿Cuánto es algo más? No lo sabemos y eso en sí mismo es parte de la historia.
Pero hay algo más, algo que las versiones sobre el fallecimiento de Mónica no cuentan directamente, pero que flota debajo de cada detalle, el contexto de su vida en los meses y años anteriores a esa madrugada, porque Mónica Pretelini no llegó al 11 de enero de 2007 en buen estado. quienes la conocieron en los últimos años de su vida describen a una mujer que cargaba algo pesado, algo que no podía nombrar en público, algo que la había ido aislando de una manera que quizá ni ella misma sabía cómo explicar.
Y parte de lo que cargaba, según versiones que salieron a la luz después, era el conocimiento de que su matrimonio no era lo que aparentaba ser. En 2004, mientras Mónica [música] sostenía la imagen de la familia perfecta del gobernador, Enrique Peña Nieto tuvo un hijo con otra mujer, Diego Alejandro, nacido en 2004, hijo de Maritza Díaz Hernández.
¿Sabía, Mónica? No hay respuesta pública a esa pregunta, pero la pregunta existe y existe con todo el peso que tiene el hecho de que en 2004, 3 años antes de su fallecimiento, [música] el hombre que compartía su vida y su proyecto público ya tenía otra vida que ella no podía nombrar. Imagínate eso. Ser la cara pública de un proyecto que se construye sobre la imagen de una familia unida.
Sonreír en las fotografías. aparecer en [música] los eventos y cargar internamente con un conocimiento que no puedes convertir en palabras sin destruir todo lo que has construido [música] y todo lo que se supone que debes sostener. La imagen debía sostenerse, aunque por dentro ya no quedará nada que la sostuviera a ella.
El silencio también puede ser una forma de encierro. Y Mónica Pretelini vivió en ese encierro durante años. Un encierro sin rejas visibles, sin nada que desde afuera pareciera opresión. Un encierro hecho de expectativas, de compromisos, [música] de la imposibilidad de salirse del libreto sin convertirse en el problema que arruina todo.
¿Sabes lo que es no poder decir la verdad sobre tu propia vida? No poder hablar de lo que te duele porque el dolor es políticamente inconveniente. No poder pedir ayuda porque pedir ayuda sería una fisura en la imagen que otros necesitan que mantengas. Quizá tú también has estado en un lugar así, donde la única salida visible es hacia adentro, donde sonreír se convierte en un hábito tan arraigado que dejas de saber qué hay debajo de la sonrisa.
Eso es lo que Mónica Pretelini cargó y lo que nadie en los comunicados oficiales sobre su fallecimiento se atrevió a nombrar. Lo que sí nombraron en los días posteriores al 11 de enero de 2007 [música] fue al viudo. Enrique Peña Nieto apareció en los medios con la expresión exacta que la situación requería. Las declaraciones fueron breves, medidas emocionalmente correctas.
El luto fue público [música] en la medida exacta en que el luto público es útil y privado en todo lo demás. Y luego [música] la maquinaria siguió girando. Semanas después de la partida de Mónica, el equipo ya estaba trabajando en los siguientes pasos del proyecto presidencial. No porque fueran insensibles, porque así funciona una maquinaria, porque el proyecto no espera, porque la imagen debe sostenerse, aunque acabe de morir la mujer que durante años fue uno de sus pilares fundamentales.
Hay algo perturbador en esa velocidad, algo que invita a preguntarse cuánto de ese dolor era genuino y cuánto era [música] también una parte del relato que se estaba construyendo en tiempo real. No tenemos respuesta, pero la pregunta [música] no desaparece. Lo que sí sabemos porque salió a la luz años después en versiones que ninguna de las partes desmintió con documentos.
Es esto. Diego Alejandro, el hijo que Enrique Peña Nieto tuvo con Maritza Díaz Hernández en 2004 fue reconocido, pero el reconocimiento llegó tarde y el manejo de esa paternidad durante los años en que Mónica [música] Pretelini todavía vivía es una de las partes más oscuras de toda esta historia. No porque haya certezas, sino precisamente porque no las hay.
Cuando supo Mónica, supo alguna vez qué hizo con ese conocimiento, si lo tuvo, qué hizo sin él si no lo tuvo esas preguntas flotan sin [música] respuesta. Y el entorno de Peña Nieto, que durante años tuvo los recursos y el acceso para responderlas con hechos, eligió el silencio. La imagen debía sostenerse incluso sobre las preguntas [música] que más duelen.
Pero lo que pasó con la muerte de Mónica Pretelini es solo la primera capa de esta historia, porque debajo de esa capa hay otra, una que tiene que ver con lo que Enrique Peña Nieto construyó en paralelo mientras la imagen pública se sostenía. Una vida que no aparecía en las revistas, una vida que el equipo administraba con el mismo cuidado con que administraba cada aparición pública.
Una doble vida. Y la evidencia de esa doble vida no viene de rumores ni de filtraciones anónimas, viene de un hijo que tiene nombre, fecha de nacimiento y expediente. Un hijo que nació en 2004 y cuya existencia durante años fue el secreto más caro que la maquinaria tuvo que sostener.
Guarda este detalle antes de continuar. El 11 de enero de 2007, Enrique Peña Nieto era gobernador del Estado de México. Tenía un proyecto presidencial en marcha, una maquinaria de imagen funcionando a plena capacidad y un equipo entrenado para gestionar cualquier crisis, con la velocidad y la precisión de quienes saben que en política [música] la narrativa que se instala primero es la que se queda.
Lo que también tenía era un hijo de 3 años que vivía con otra mujer, un hijo que no aparecía en ninguna fotografía oficial, un hijo cuya existencia era en ese momento la fisura más peligrosa en toda la estructura que habían construido. Y Mónica Pretelini falleció sin que esa fisura llegara a hacerse pública. Coincidencia, no lo sabemos.
Pero el silencio que rodeó su fallecimiento, la velocidad con que el caso se cerró y la eficiencia con que la maquinaria siguió [música] operando en los días posteriores son detalles que juntos pesan. La imagen debía sostenerse y se sostuvo hasta que no pudo más. Y ahora sí, la segunda revelación. Esta es quizás la más difícil de procesar de las cuatro, porque no habla de una partida ni de una crisis, habla de una decisión, de algo que se construyó con [música] intención, con recursos y con la participación de personas que sabían
[música] exactamente lo que estaban haciendo. Habla de cómo se fabricó la segunda esposa de un presidente. Para entenderlo, necesitas saber algo sobre cómo funciona el poder mediático en México. En México, durante décadas, ese poder tuvo una dirección muy clara y esa dirección tenía un nombre, Televisa. No es una acusación, es un hecho documentado por investigadores, periodistas [música] y académicos desde hace 30 años.
Televisa no era solo una empresa de entretenimiento, [música] era una pieza estructural del sistema político mexicano, una empresa que tenía intereses concretos en quién llegaba al poder y que operaba con la lógica de quién [música] sabe que su negocio depende de las decisiones que se toman en Los Pinos.
Y en 2007, [música] Televisa tenía una actriz, una actriz que acababa de terminar un ciclo enorme. Una actriz que el público [música] mexicano conocía y quería con esa fidelidad especial que solo construyen 20 años de telenovelas. [música] Se llamaba Angélica Rivera. Aquí viene lo segundo que te prometí. Angélica Rivera Hurtado había construido su carrera dentro del sistema Televisa cuando en 2007 se produjo Destilando amor.
Tenía 40 años y era por mérito propio una de las actrices más reconocidas de América Latina. La telenovela fue un éxito de rating en México y en varios países. La gaviota se convirtió en un personaje que millones de personas siguieron con la intensidad que solo la televisión abierta puede generar. Pero Angélica Rivera estaba casada con José Alberto Castro, productor de Televisa, el hombre que había producido buena parte de sus proyectos más exitosos.
Para la operación que se estaba planeando, ese detalle era un problema logístico, un problema que se resolvió con una nulidad religiosa que, según versiones posteriores, avanzó en tiempo récord con la participación de un sacerdote cuyo nombre circuló en esas versiones y que después fue señalado públicamente. [música] Piensa en eso un momento.
Una nulidad religiosa en la Iglesia Católica [música] es un proceso largo, burocrático, costoso en tiempo y en energía. Requiere en condiciones normales años. En este caso, el proceso avanzó a una velocidad inusual. La imagen debía sostenerse y para sostenerla se necesitaba que Angélica Rivera llegara libre al altar.
Pero hay algo más que ninguna versión pública explica [música] del todo. ¿Por qué Angélica Rivera no era la única actriz con reconocimiento masivo en México? Era, sin embargo, la opción que reunía todos los atributos que [música] la maquinaria requería. Reconocimientos sinaristas, querida por el público sin generar divisiones, elegante sin ser inalcanzable, popular sin ser vulgar.
[música] el tipo de mujer con quien las audiencias mexicanas podían identificarse sin esfuerzo y era una figura de Televisa, lo que significa que la operación no requería convencer a [música] una extraña, requería un acuerdo entre partes que ya tenían intereses comunes, que ya conocían las reglas del juego, que ya hablaban el mismo idioma del poder mediático mexicano.
La boda del 5 de noviembre de 2010 fue el momento de imagen más potente de toda la carrera de Peña Nieto antes de la presidencia. Y fue un momento que solo fue posible porque una serie de decisiones, procesos y acuerdos ocurrieron en el orden correcto, [música] en el tiempo correcto, con la participación de las personas correctas. Nada de eso fue accidental.
Quizá tú también has visto cómo se construyen las imágenes de las personas públicas. [música] ¿Cómo lo que parece espontáneo es en realidad el resultado de semanas de planificación? ¿Cómo lo que parece personal es en realidad una decisión de comunicación? No es cinismo, es la lógica del sistema. Y el sistema, [música] en este caso funcionó exactamente como fue diseñado para funcionar hasta que llegó la Casa Blanca.
Porque la misma lógica que construyó la boda de 2010, construyó también la mansión en las lomas. la misma disposición a usar los recursos del poder para sostener la imagen. El mismo convencimiento de que mientras la narrativa se mantuviera bajo control, los hechos podían administrarse. Lo que el equipo no calculó fue a Carmen Aristegui.
El acuerdo entre Televisa y el proyecto de Peña Nieto no era [música] un secreto entre periodistas y analistas. Era un hecho tan conocido que había dejado de ser escandaloso. Era parte [música] del paisaje. Lo que lo convirtió en escándalo fue el momento en que alguien lo dijo en voz alta, con nombre y apellido, con detalle suficiente para que no pudiera desmentirse solo [música] con un comunicado.
Ese momento llegó en 2012 durante el movimiento Yo soy 132 cuando estudiantes universitarios salieron a las calles a cuestionar la cobertura mediática de la campaña de Peña Nieto. El movimiento no ganó la elección. Peña Nieto llegó a la presidencia de todas formas, pero algo cambió. Las grietas que el movimiento abrió en 2012 fueron las mismas [música] grietas por donde entró la luz en noviembre de 2014.
Cuando el nombre de la Casa Blanca apareció por primera vez en los titulares, la imagen debía sostenerse, [música] pero una imagen que toda una generación ha aprendido a leer críticamente [música] ya no se sostiene de la misma manera. Y lo que vino después fue peor, mucho peor de lo que la imagen podía sostener.
Pero antes de contarte lo que pasó con la Casa Blanca, necesitas saber algo que casi siempre se omite cuando se cuenta esa historia. No se omite por descuido, [música] se omite porque obliga a hablar de algo más incómodo que una mansión de 7 millones de dólares. Obliga a hablar de la doble vida, de lo que existía en paralelo al proyecto presidencial desde antes de que Mónica Pretelini muriera.
Obliga a hablar de Diego Alejandro y de lo que hay más allá de Diego Alejandro. Aquí viene lo tercero que te prometí. Maritza Díaz Hernández no era una figura pública, no tenía perfil mediático, no buscaba atención, no era parte del ecosistema político ni del entretenimiento que rodeaba a Peña Nieto.
[música] Era una persona privada que en algún momento tuvo una relación con el entonces gobernador del Estado de México. En 2004 nació Diego Alejandro. El niño existía, tenía nombre, tenía fecha de nacimiento, tenía un padre que era uno de los políticos más visibles del país. Y sin embargo, durante años esa existencia fue administrada con una discreción que iba mucho más allá de la privacidad legítima [música] de cualquier menor de edad.
No era discreción, era invisibilidad activa. ¿Qué significa invisibilidad activa? Significa construir una realidad alternativa tan sólida que la pregunta sobre lo que está debajo de ella ni siquiera llegue a formularse [música] públicamente. Significa mantener una narrativa tan coherente que no deje espacio para las preguntas incómodas.
La imagen debía sostenerse [música] y la imagen que debía sostenerse en 2004, 2005, 2006 era la de un gobernador joven casado con tres hijos. Una imagen que no podía contener, sin romperse la existencia de un hijo con otra mujer. Piensa en eso un [música] momento, no en el escándalo político, en el ser humano, en el niño de 2004, que crece sabiendo que su padre existe, que su padre es famoso, que su padre aparece en la televisión y que, sin embargo, su padre no puede reconocerlo públicamente [música] sin que todo se derrumbe. ¿Sabes lo que
le hace eso a un niño? ¿Sabes lo que es existir en el secreto de alguien más? Crecer siendo el problema que no puede nombrarse. Quizá tú también has [música] sido el secreto de alguien. Esa mezcla de amor y vergüenza ajena que no tiene nombre propio, pero que deja una marca muy concreta.
Eso es lo que Diego Alejandro cargó durante años. Pero hay algo más en esta tercera revelación, que las versiones públicas apenas rozan. Según [música] testimonios que salieron a la luz posteriormente y que ninguna de las partes desmintió [música] con hechos concretos, Diego Alejandro no era el único hijo fuera del matrimonio.
Había, según esas versiones, un segundo hijo, un hijo que no sobrevivió. No hay confirmación oficial de ese dato, pero la consistencia de las versiones que lo mencionan y el silencio sistemático del entorno de Peña Nieto frente a esas versiones son en sí mismos significativos. Porque cuando alguien tiene la capacidad de desmentir algo con evidencia y elige no hacerlo, el silencio no es neutralidad.
El silencio es una posición. La imagen debía sostenerse incluso frente a las versiones que hablaban de un hijo que no llegó. Lo que sí llegó en noviembre de 2014 fue el reportaje de Carmen Aristegui. El reportaje salió el 9 de noviembre de 2014. La casa estaba en Lomas de Chapultepec, 7 millones de dólares, registrada a nombre de Angélica Rivera a través de una empresa llamada Ingeniería Inmobiliaria del Centro y el constructor era Juan Armando Inojos Cantú, el mismo Inojó Cantú, cuyas empresas habían recibido contratos millonarios del
gobierno del Estado de México cuando Peña Nieto era gobernador, el mismo que después obtendría contratos federales Durante el sexenio, la cadena era clara, tan clara, que no requería interpretación. Imagínate eso, ser presidente de México y que la casa de tu esposa haya sido construida por el mismo empresario al que tu gobierno le ha dado contratos por cientos de millones de pesos y que ese hecho esté registrado en documentos públicos que cualquier periodista con tiempo y acceso puede encontrar.
¿Cómo se gestiona eso? Se gestiona con Angélica Rivera frente a una cámara con iluminación estudiada y palabras cuidadosamente construidas, [música] diciendo que la casa es suya, que la pagó con su trabajo, que es el resultado de su carrera como actriz. La imagen debía sostenerse, pero esta vez los documentos no lo permitieron.
Lo que vino después del reportaje de Aristegi es una lección sobre cómo un [música] sistema acostumbrado a gestionar la realidad con imagen reacciona cuando la imagen ya no alcanza. Primero llegó la negación, después la justificación, después el contraataque. En marzo de 2015, Carmen Aristegui fue separada de su programa en MVS Radio.
La versión oficial habló de razones contractuales. La versión que circuló entre periodistas fue que la separación tenía que ver con el reportaje de la Casa Blanca y con la incomodidad que Aristegi generaba en los espacios donde el poder se negocia. Quizá tú también has visto cómo se silencia a quien dice lo que el poder no quiere que se diga.
No con violencia directa, con presión indirecta. Con la demostración de que hay un costo por nombrar ciertas cosas en voz alta, la imagen debía sostenerse y cuando ya no podía sostenerse con narrativa, se intentó sostener eliminando las voces que la cuestionaban. No funcionó porque lo que vino después fue la cuarta revelación, la que tiene [música] que ver con lo que pasó cuando el costo de sostener la imagen se volvió imposible de pagar.
Y lo que vino después fue peor, mucho peor de lo que nadie en el proyecto había calculado. Y ahora llegamos a la cuarta y última revelación, la que te prometí al principio. Si has llegado hasta aquí, esto es para ti. Para entenderla, necesitas situarte en 2017. El sexenio está en su último tramo. La imagen que se construyó durante una década ya no existe de la misma manera.
El escándalo de la Casa Blanca dejó una herida que nunca cerró del todo y los medios internacionales cubrían a Peña Nieto con una distancia y una dureza que los medios nacionales nunca habían sostenido de forma consistente. Y entonces llegó algo que no estaba en el libreto de nadie. Aquí viene lo cuarto que te prometí.
En 2017, una investigación reveló que el gobierno de Enrique Peña Nieto había usado el software espía Pegasus para intervenir los teléfonos de periodistas, [música] activistas, abogados de derechos humanos y figuras de la oposición. [música] Pegasus es un software desarrollado por la empresa Israelí NSO Group. Está diseñado para infiltrarse en teléfonos inteligentes [música] sin que el usuario lo sepa.
Extraer mensajes, correos, contactos, fotografías. Activar el micrófono y la cámara de forma remota. [música] Es una de las herramientas de vigilancia más sofisticadas que existen y el gobierno mexicano lo tenía y lo usaba. Los objetivos identificados incluían a Carmen Aristegui [música] y a miembros de su equipo de investigación.
La misma Aristegui, cuyo reportaje sobre la Casa Blanca había sacudido al gobierno 3 años antes, la misma que había sido separada de su programa en NBS [música] Radio en marzo de 2015, que el gobierno que había presionado para que Aristegi perdiera su espacio [música] también hubiera intervenido sus comunicaciones. No era sorprendente para quienes conocían cómo operaba la maquinaria, pero tenerlo documentado era algo diferente. Piensa en eso un momento.
ser periodista en México, investigar al poder, publicar un reportaje que expone al presidente, perder tu trabajo y mientras todo eso ocurre, tener a alguien en algún servidor leyendo tus mensajes, [música] escuchando tus llamadas, monitoreando cada comunicación con tus fuentes. ¿Sabes lo que le hace eso al periodismo? No mata a nadie.
No mete a nadie a la cárcel, [música] vigila. Y ese conocimiento es suficiente para que muchas personas [música] decidan que la verdad no vale el costo. La imagen debía sostenerse y para sostenerse necesitaba saber exactamente quién amenazaba con derribarla. Las investigaciones posteriores identificaron aproximadamente 15,000 posibles objetivos de Pegasus en México.
No todos fueron confirmados, pero la escala dice algo sobre la naturaleza del proyecto de vigilancia. [música] 15,000 teléfonos. No 15,000 terroristas ni 15,000 criminales. 15,000 personas que en algún momento habían cruzado algún umbral de inconveniencia para el poder. Entre los objetivos identificados no estaban solo periodistas, estaban abogados que representaban a familias de víctimas de violaciones a derechos humanos.
Estaban activistas que documentaban casos de desaparición forzada. Estaban personas cuya única relación con el poder era que decían en voz alta [música] cosas que el poder prefería que se dijeran en silencio. Imagínate eso. Vivir en un país donde el gobierno tiene acceso a tu teléfono, donde la privacidad no es un derecho, sino una ilusión, [música] que el poder te permite mantener mientras no seas inconveniente.
¿Sabes lo que es vivir así? Quizá tú también. Al escuchar esto, revisas instintivamente tu teléfono. Piensas en qué conversaciones tienes ahí que no querrías que nadie más leyera. Sientes algo que se parece a la incomodidad [música] de ser visible cuando crees que eres invisible. Eso es lo que 15,000 personas vivieron sin saberlo en la mayoría de los casos.
En febrero de 2019, Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera firmaron el divorcio. El matrimonio que había sido la inversión de imagen más grande del proyecto [música] priista en décadas, terminó en una separación que los abogados describieron como de mutuo acuerdo. [música] Peña Nieto llevaba meses apareciendo en fotografías con Tania Ruiz, una modelo jalisciense.
La transición fue tan rápida que varios medios la comentaron con la misma sorpresa, con que en 2007 habían comentado la velocidad con que el proyecto encontró a Angélica Rivera. La imagen debía sostenerse, aunque para ese momento ya nadie estuviera seguro de qué imagen quedaba que sostener. [música] También en 2019 las investigaciones sobre Odebrecht arrojaron nombres mexicanos, 25 millones de dólares en pagos a funcionarios mexicanos relacionados con contratos de infraestructura.
Los nombres específicos no se establecieron de forma definitiva en el ámbito judicial mexicano, pero las cifras estaban y apuntaban en una dirección, la misma dirección que siempre. [música] Y entonces llegó Madrid. Enrique Peña Nieto dejó la presidencia el 30 de noviembre de 2018 y en los meses que siguieron, de manera gradual, sin anuncio formal, sin declaración que explicara la decisión, se instaló en España. No lo llama exilio.
Nadie en su entorno lo llama exilio. Pero tampoco explican por qué no está en México. Quizá tú también conoces a alguien que se fue y nunca dijo del todo por qué. que cada vez que preguntas la respuesta es vaga, es sobre oportunidades, es sobre cambios de vida. Y tú que conoces el contexto, sabes que [música] la explicación real es otra, pero también sabes que no va a venir voluntariamente.
La imagen debía sostenerse incluso desde Madrid, incluso sin audiencia, incluso cuando ya [música] no hay proyecto que sostener, porque a veces sostener la imagen deja de ser una estrategia y se convierte en lo único que queda, el hábito de una vida entera. Hoy, Enrique Peña Nieto tiene 58 años.
En febrero de 2024 partió Beatriz, la nana que había cuidado a su familia durante décadas. Una pérdida que pasó casi desapercibida para la opinión pública, pero que para alguien que lleva años lejos de México, [música] lejos de todo lo que construyó, lejos de las personas que lo conocieron antes de que el proyecto lo convirtiera [música] en un personaje, debió pesar de una manera que ninguna declaración pública va a capturar nunca.
Porque hay pérdidas que no entran en el libreto y hay preguntas que el libreto nunca fue diseñado para responder. ¿Valió la pena? ¿Valió la pena la imagen? ¿Valió la pena el silencio? ¿Valió la pena el costo que pagaron las personas [música] que estuvieron dentro de esa historia sin haberla elegido del todo? Esas preguntas flotan.
Y lo que viene ahora es la caída. La caída que empezó mucho [música] antes de que alguien la nombrara como tal. La imagen debía sostenerse hasta que ya no pudo más. El 9 de noviembre de 2014 es la fecha que marca el antes y el después. No porque algo colapsara de golpe, sino porque ese día la grieta se hizo visible para todo el mundo al mismo tiempo.
Y cuando una grieta se hace visible, ya no es posible fingir que la estructura está intacta. El reportaje de Carmen Aristegui sobre la Casa Blanca salió un domingo. En pocas horas circulaba en redes sociales con una velocidad que la maquinaria no había anticipado, no porque fuera técnicamente inmanejable, sino porque venía con documentos, con registros de propiedad, con nombres y fechas que cualquier persona con un teléfono podía verificar en minutos.
Durante dos décadas, la maquinaria había operado en un entorno donde la información circulaba despacio, donde el tiempo entre el hecho y la cobertura era suficiente para instalar una narrativa antes [música] de que la realidad llegara al público. En noviembre de 2014, eso ya no era cierto. La imagen debía sostenerse, pero la imagen ya no podía moverse más rápido que Twitter.
Lo que pasó en las semanas siguientes [música] es un manual sobre cómo no gestionar una crisis de imagen. Primero llegó el silencio. El cálculo era que el ciclo de noticias avanzaría [música] y el escándalo se diluyera. El cálculo fue incorrecto. El silencio lo amplificó. Periodistas internacionales tomaron el reportaje como punto de partida.
La ciudadanía que había aprendido desde 2012, a no esperar que los medios tradicionales contaran toda la historia, hizo el resto. Después llegó Angélica Rivera. [música] El video fue producido con cuidado. Iluminación estudiada, palabras medidas. Esta es mi casa, la compré con mi trabajo. Piensa en eso un momento.
La actriz más querida del país, la esposa del presidente, diciendo que una mansión de 7 millones de dólares en Lomas de Chapultepec era el resultado de su carrera como actriz. En un país donde el salario mínimo no alcanzaba para pagar la renta de un departamento en esa zona durante un año, ¿cuántas personas eligieron creerle porque era más cómodo que aceptar lo que los documentos mostraban? Peña Nieto terminó su sexenio con una de las aprobaciones más bajas de la historia reciente de México y el PRI perdió la presidencia en 2018 con una derrota histórica. La imagen no se
sostuvo. 1 de diciembre de 2018, Peña Nieto entrega la banda presidencial a López Obrador. Sale de Los Pinos con una aprobación por debajo del 30%, con escándalos sin resolver, con investigaciones abiertas en varios países, con un legado que sus propios aliados evitan mencionar. [música] Sale y no vuelve.
Los meses que siguieron tienen la estructura de un exilio que no se llama exilio. Madrid, Tania Ruiz, el divorcio, las apariciones esporádicas en fotografías de eventos sociales europeos, la ausencia de declaraciones sobre México, sobre el PRI, sobre los escándalos que siguieron acumulándose. Imagínate eso, ser el expresidente bajo cuyo gobierno se usó Pegasus contra ciudadanos propios.
y estar en Madrid sin dar conferencias de prensa, sin responder preguntas. La imagen debía sostenerse, aunque ya no haya nadie a quien sostenérsela. Hoy Enrique Peña Nieto [música] tiene 58 años, vive en Madrid, no habla de México de manera sustantiva. Lo que sí existe es el legado real, no el que el proyecto [música] diseñó, sino el de la confianza que se perdió, el de la generación que aprendió a leer críticamente la pantalla, precisamente porque la pantalla les mintió durante tantos años.
Esa generación hoy vota, hoy hace preguntas que el sistema preferiría que no se hicieran, pero hay algo que ninguna lista de escándalos captura, [música] lo que la caída de Peña Nieto le hizo a las personas que no eligieron estar en esa historia, a los que no eran el proyecto, sino el costo del proyecto. Mónica Pretelini, que falleció con preguntas sin respuesta, Diego Alejandro, [música] que creció siendo el secreto de su propio padre, Angélica Rivera, cuyo nombre quedó asociado para siempre a un video que nunca debió haber
existido. Los periodistas intervenidos, los activistas vigilados, los 43 de Ayots Sinapa, cuya historia el gobierno gestionó durante 4 años con la misma lógica con que gestionaba cualquier otra crisis de imagen. Quizá tú también conoces lo que es ser el costo de la ambición de alguien más. La imagen debía sostenerse y el costo de sostenerla siempre lo pagaron otros.
Recapitulemos [música] esta historia en Números fríos. 1966 nace Enrique Peña Nieto en Atlacomulco, [música] Estado de México. Tercer hijo de una familia con conexiones priistas y un tío que ya está tejiendo el proyecto. 1984. A los 18 años ingresa al PRI. No es una decisión, es un trámite. 2004. Mientras está casado con Mónica Pretelini, nace Diego Alejandro, su hijo con Marita Díaz Hernández.
El secreto que la maquinaria tendrá que sostener durante años. 2005. Gana la gubernatura del Estado de México a [música] los 38 años. El proyecto presidencial arranca ese mismo día. 11 de enero de 2007. Muere Mónica Pretelini en el hospital ABC de Santa Fe, 44 años. El neurólogo que la atendió describe el cuadro como inusual. El caso se cierra con rapidez.
Las preguntas quedan abiertas. 2010. La boda con Angélica Rivera. La inversión de imagen más grande del proyecto. Diciembre de 2012. toma de posesión como presidente de México la cima del proyecto y el inicio del derrumbe. Noviembre de 2014. El reportaje de Carmen Aristegui. [música] La Casa Blanca, 7 millones de dólares.
Los documentos que no pudieron desmentirse con un comunicado. Marzo de 2015. Carmen Aristegui pierde su programa en NBS Radio. 2017. Pegasus. 15,000 posibles teléfonos intervenidos. Septiembre de 2017. Los terremotos. La ciudadanía que se organiza sola, el gobierno que responde tarde. [música] Diciembre de 2018.
Entrega la banda presidencial con una aprobación por debajo del 30%. Febrero de 2019. Divorcio de Angélica Rivera. 2019 en adelante. Madrid, [música] Odebrecht. 25 millones de dólares en sobornos documentados. Febrero de 2024. Muere Beatriz La Nana. Una pérdida que no entra en el libreto. Hoy, 58 años. Madrid. Silencio.
Dos décadas de proyecto. Un sexenio de presidencia. en una casa, 25 millones en sobornos documentados, 15,000 teléfonos posiblemente intervenidos, una esposa muerta con preguntas sin respuesta, un hijo que creció siendo un secreto, un matrimonio que fue una operación, un partido que gobernó 71 años y perdió la confianza de una generación entera.
[música] ¿Es esto una maldición? No es el precio exacto de construir un poder sobre una mentira. Es lo que pasa cuando la imagen reemplaza a la sustancia tan completamente que ya no queda nada debajo que pueda sostenerse solo. No es [música] maldición, es consecuencia. La lección aquí no es [música] que los políticos corruptos siempre caen.
Esa es la lección cómoda. La lección es más incómoda. Durante dos décadas, [música] un país entero consumió una imagen sabiendo en algún nivel que era una imagen, que los medios que la producían tenían intereses propios, [música] que el dinero público que la financiaba venía de los impuestos de las mismas personas que la consumían y que a pesar de todo eso, la imagen funcionó.

Llegó a la presidencia, gobernó 6 años y solo colapsó cuando la velocidad de la información se volvió mayor que la velocidad del control. No fue la moral lo que detuvo el proyecto, fue la tecnología. Y eso debería hacernos preguntar algo sin respuesta fácil. ¿Cuántas otras imágenes están funcionando hoy con la misma lógica, en el mismo sistema, con el mismo costo humano invisible? Esperando [música] el momento en que la grieta se haga visible.
Enrique Peña Nieto tenía todo lo que el mundo llama éxito, pero Mónica Pretelini partió con preguntas sin respuesta. Pero Diego Alejandro creció [música] siendo un secreto. Pero Angélica Rivera grabó un video que no debió haber existido, pero 15,000 personas tuvieron sus teléfonos intervenidos. ¿Por [música] qué no fue suficiente con gobernar bien para no necesitar espiar a los ciudadanos? ¿Por qué no fue suficiente con el poder legítimo para no necesitar fabricar una familia? ¿Por qué no fue suficiente con la presidencia para poder decir la
verdad sobre los últimos 20 años de su vida? Esas preguntas no tienen respuesta. Y esa es exactamente la respuesta. Si esta historia te hizo pensar en cómo se construye el poder y quién paga el costo de esa construcción, dale like a este video [música] para que llegue a más personas que deberían verlo y suscríbete al canal porque la semana que viene vamos a hablar de alguien cuya [música] historia tiene todos los elementos de esta y uno más.
La mujer que lo vio todo desde adentro, que soportó en silencio lo que no debería haberse soportado [música] y que cuando finalmente habló, nadie supo bien qué hacer con lo que dijo. ¿Quién es? ¿Qué vio? ¿Qué dijo? Eso es lo que viene la próxima semana. Nos vemos ahí.