Aurelio López sopló las velas de cumpleaños en su casa con su mujer. 24 horas después estaba destrozado, boca arriba tirado en la carretera a 700 km de su casa, con el anillo de la Serie Mundial todavía puesto en el dedo, sin pulso, desfigurado. La noche anterior alguien le hizo una llamada a su casa.
Una llamada que duró 3 minutos y 40 segundos. Cuando colgó, Aurelio agarró las llaves de la camioneta, le dijo a su mujer que tenían que salir esa misma madrugada y se fue sin chóer, sin escolta, siendo presidente municipal. Esa llamada nunca apareció en ningún expediente y el nombre de quién la hizo se borró de Tecamachalco esa misma semana.
Hoy vas a saber a dónde se dirigía Aurelio López esa madrugada. ¿Por qué subió a esa camioneta sabiendo lo que sabía? ¿Y quién fue la última persona que le habló antes de que la carretera se tragara al único pelotero poblano que ganó una serie mundial? Quédate hasta el final porque esta asquerosa verdad lleva oculta 33 años.
Pero para entender qué hacía Aurelio López manejando solo esa madrugada, hay que regresar 30 años atrás. Porque la persona que le hizo esa llamada y el motivo por el que Aurelio aceptó ir. No se entienden si no sabes de dónde venía ese hombre. Y de dónde venía es de un lugar que casi nadie en el béisbol mexicano se atrevió a visitar nunca.
Tecamachalco, Puebla. Finales de los años 50. Un pueblo de tierra suelta y calor seco, con calle sin pavimentar y un zócalo polvoso donde los hombres se sientan a tomar café desde temprano. La casa donde Aurelio Alejandro López Ríos crece no tiene nada que destaque. Paredes de adobe, techo de lámina, un mezquite torcido en el patio.

El padre se llama también Aurelio López, hombre de campo, callado. La madre cocina, lava, cría. Aurelio es uno más entre los hijos. Llegó al mundo el 21 de septiembre de 1948. Lo primero que aprende a sostener con la mano derecha no es una pelota de cuero, es una piedra. En Tecamachalco de esos años no hay equipos infantiles, ni guantes nuevos, ni academias deportivas.
Hay polvo, latas oxidadas pegadas a la pared del corral y un niño que tira durante horas hasta que la madre lo llama a comer y entra a la casa con los nudillos pelados. Tira con la derecha, tira fuerte, tira sin parar. El padre quiere otra cosa. Quiere que el muchacho aprenda a trabajar la milpa, que ayude, que aporte a la casa.
El béisbol no es trabajo. El béisbol es cosa que se ve en la radio lejos. En un pueblo de Puebla en 1960, dedicarse a tirar una pelota no es una carrera, es una pérdida de tiempo. Y el padre se lo dice a Aurelio una vez y se lo dice dos veces. Y a la tercera, en el patio de la casa, pasa algo que el muchacho va a recordar el resto de su vida.
Lo que pasó esa tarde entre el Padre y el Hijo, nadie lo cuenta hoy. Pero hay un detalle físico que Aurelio cargó hasta la noche en que murió. Y vamos a regresar a eso. Guarda esto en tu mente. Aurelio aguanta. Sigue tirando, pero ahora tira a escondidas. sale de la casa al amanecer antes de que el padre despierte y se va a un terreno valdío detrás del cementerio donde nadie lo ve.
Ahí pone una lata sobre una piedra grande y empieza a tirar. La lata cae, la levanta, tira otra vez, la lata cae, la levanta. Así durante dos horas, todos los días, antes de que el sol pegue fuerte, hay un hombre del pueblo que lo empieza a ver, un señor mayor que pasa por ahí cada mañana camino al campo. Se detiene, mira, sigue.
Al cabo de unas semanas, el señor le dice una frase que Aurelio va a repetir años después en una entrevista en Detroit. La frase fue, “Muchacho, esa mano no es para la milpa.” y se fue caminando. Aurelio tiene 14 años, no entiende del todo lo que el Señor le dijo, pero algo en esa frase le pesa. Le pesa tanto que esa misma noche, mientras la familia cena, decide algo.
No lo dice en la mesa, no lo dice esa semana, no lo dice durante meses, pero lo decide. va a salir de Tecachalco, aunque el padre no lo entienda, aunque la madre llore, aunque tenga que dormir en una banca de central de autobuses, el problema es que para salir alguien tiene que verlo lanzar fuera del pueblo. Y en 1962, en un rancho del centro de Puebla, no llegan los casatalentos.
Los casatalentos llegan a Veracruz, a la Ciudad de México, a Sonora, a Tamaulipas. A Tecamachalco no llega nadie nunca, pero hay una grieta, una sola. Cada año en alguna Ciudad de México se juega un campeonato nacional juvenil y los muchachos de cada estado mandan una selección. Si Aurelio entra a la selección de Puebla, hay una posibilidad mínima de que un casatalentos lo vea.
Una entre 1000, una entre 10,000. Pero existe. Lo que Aurelio no sabe esa noche en Tecamachalco mientras decide en silencio. Es que en 1967, 5 años después, en un campeonato nacional jugado en Chihuahua, un hombre de la Ciudad de México va a estar sentado en las gradas. Un hombre con una libreta de ule negro y un puro apagado en la mano.
Un hombre cuyo dedo cuando señala a un muchacho lo cambia para siempre. Ese hombre se llama Ramón Chita García. Y cuando ve a lanzar a Aurelio López por primera vez, vada a hacer dos cosas. La primera, anotar su nombre en la libreta. La segunda va a decirle a otro casatalento sentado a su lado. Una frase que después se contó muchas veces en las cantinas de Tecamachalco.
Una frase que casi cuesta Aurelio López no llegar nunca a ningún equipo profesional. Chihuahua. Agosto de 1967. El campeonato nacional juvenil se juega en un campo polvoso con tribunas de madera y un sol que pega como martillo. La selección de Puebla es de las más débiles. Aurelio entra a lanzar de relevo en el cuarto inning de un partido perdido.
Tiene 18 años, mide 1,78 y pesa 73 kg. Flaco, brazos largos, cara seria. Lo que pasa cuando Aurelio suelta la primera pelota es lo que después todos contarán diferente. El católico de Puebla, un muchacho de Atlxo, apellidado calvo, recordaría años después la frase lanzaba fuego los dos casatalentos sentados detrás del home se enderezan en sus asientos.
Uno saca un cronómetro de bolsillo, el otro saca una libreta de ule negro. Ese de la libreta es Ramón Chita García. Aurelio poncha al primer bateador con tres rectas, poncha al segundo con cuatro, poncha al tercero con tres. Sale del montecito sin mirar a las gradas. Ni siquiera sabe que hay alguien observándolo desde la sombra del techo de lámina.
Pero lo que pasó entre Chita García y el otro cazatalentos en ese momento es lo que casi le cuesta aurelio López no llegar nunca al béisbol profesional. El otro cazatalentos, un hombre mayor que llevaba 20 años firmando peloteros para los sultanes de Monterrey. Se voltea hacia Chita y le dice una frase que después se contó mucho en cantinas.
No lo firmes, es del rancho, no aguanta la ciudad. En tres meses se devuelve a Tecamachalco con la cola entre las patas. Chita García no responde. Anota el nombre del muchacho en la libreta. pone una cruz al lado, dos cruces, y al final del campeonato se acerca al banquillo de Puebla y le pide al manager que le presente al lanzador flaco.
La conversación entre Chita y Aurelio dura menos de 2 minutos. Chita le pregunta si sabe leer y escribir. Aurelio dice que sí. Chita le pregunta si tiene a quien avisar. Aurelio dice que sí a sus papás. Chita le da una dirección de la Ciudad de México, una hora y un día, y le dice una sola cosa antes de irse.
Si no apareces, ya sabes lo que te perdiste. Aurelio regresa a Tecamachalco en autobús, llega a la casa de noche, se sienta a la mesa con el padre y le dice por primera vez en voz alta lo que venía decidiendo desde los 14 años. El padre no lo mira, sigue masticando. La madre llora en silencio en la cocina y al final el padre le contesta una sola frase. Si te vas, no regreses.
Aurelio se va al día siguiente con una bolsa de tela, dos camisas, un pantalón y los 90 pesos que la madre le mete a escondidas en el bolsillo. La frase del padre se le queda clavada en alguna parte y va a regresar 30 años después, en una madrugada de septiembre, cuando ya nadie se acuerde de ella. Ciudad de México, 1968.
Aurelio López tiene 19 años y vive en un cuarto rentado a tres calles del Parque del Seguro Social, donde los diablos rojos juegan de locales. La pensión cuesta 20 pesos a la semana. Comparte baño con cuatro hombres más. Aurelio se levanta a las 5 de la mañana, corre 5 km, regresa, se baña con agua fría y camina al estadio.
Ahí entrena hasta el mediodía. Lo usan como abridor. Tira fuerte, demasiado fuerte. 72 km porh de mete y saca con el muchacho del rancho de Puebla, decían los reportes, pero le falta control. Walks. Hits por encima de la valla. En las primeras semanas pierde tres juegos seguidos. Chita García lo defiende ante la directiva.
Le dice que aguanten, que el muchacho está verde, que el brazo va a madurar. Y entonces, en abril de 1969, en un partido contra Veracruz, Aurelio suelta una recta y siente que algo le truena adentro del codo. Se queda parado en el montecito un segundo de más. Mira el guante, camina al banquillo, no le dice nada a nadie. Esa noche el codo se le hincha del tamaño de una pelota de tenis.
Aurelio piensa una sola cosa, en el cuarto rentado con el codo metido en una cubeta de hielo. Ya se acabó. Lo que el doctor le hizo en el brazo a Aurelio López en las semanas siguientes. Nadie lo supo nunca con exactitud. Pero hay un detalle que un compañero suyo contó años después en una entrevista de radio, una frase de cinco palabras.
Vamos a regresar a eso. El doctor se llama Ilisaliturri. Es un médico mayor, calvo, de manos grandes, que atiende a peloteros en una clínica pequeña en la colonia Roma. Trabaja con técnicas que en 1969 nadie usa todavía en México. Aurelio se pone en sus manos porque no tiene de otra. Pasan seis semanas.
Aurelio entra cada tercer día. El doctor le hace cosas. Aurelio no pregunta. El doctor no explica. Cuando Aurelio regresa al montecito en junio de ese mismo año, suelta su primera recta de calentamiento. El católico se levanta, mira al pitcher, vuelve a ponerse en cuclillas, recibe la segunda y la tercera y le grita al banquillo una frase que después ese católico repetiría en cada cantina de la ciudad.
Le pusieron un brazo nuevo. Aurelio no es el mismo pitcher, es otro. La recta sale ahora a una velocidad que en México nadie había medido en un derecho mexicano. Pero no es el codo lo único que cambió. Algo dentro de Aurelio también cambió en esas seis semanas. El muchacho que entró a la clínica era un abridor flaco con miedo a fallar.
El que salió ya no le tenía miedo a nada. Y eso en el béisbol es la diferencia entre lanzar y matar. 1970 llega a los diablos rojos un manager nuevo. Se llama Wilfredo Calviño, cubano, hombre seco de los que no explican dos veces. Calviño ve lanzar a Aurelio una sola tarde y al día siguiente entra al vestidor y le dice, “Tú no eres abridor, tú eres relevista.
” Aurelio se queda parado con el guante en la mano. Quiere protestar. Quiere decir que lleva dos años preparando la rotación. Pero a Calviño no se le contradice. Aurelio acepta. Calla. Se traga la decisión. En el cuarto rentado esa noche le escribe una carta a la madre. Le dice que está bien, que está jugando, que pronto va a mandar dinero.
No le dice que lo bajaron de jerarquía. Algunas cosas no se cuentan en cartas a las madres, pero Calviño tenía razón. Aurelio en relevo es un animal distinto. Sale en el séptimo, en el octavo, en el noveno. Tira tres entradas a fuego puro. Los bateadores de la Liga Mexicana empiezan a temblar cuando lo ven calentar en el bulpen.
Cada llegada de Aurelio al montecito significa lo mismo. Vienen tres outs y vienen rápido. En 1974, los diablos Rojos llegan a la serie del rey contra los sultanes de Monterrey. Aurelio lanza en cuatro de los siete partidos. Salva tres diablos campeones y en el camino, alguien en la grada, en algún estadio, alguien que después nadie supo identificar.
le grita por primera vez una palabra, buitre, buitre, buitre, porque caería sobre los bateadores como buitre sobre la presa cuando ya estaban heridos y sin escapatoria. El apodo viaja de regreso a Tecamachalco antes que Aurelio. Cuando llega al pueblo en diciembre con el campeonato bajo el brazo, los muchachos del Zócalo ya le gritan así: “¡Buitre, llévanos a la cantina! Buitre, fumámonos un cigarro.
Buitre, cásamela con tu hermana. Aurelio se ríe. Por primera vez en 6 años entra a la casa del padre con la cabeza arriba. El padre lo recibe en silencio, no lo abraza, le pone una taza de café sobre la mesa y le dice una frase corta, “Ya veremos cuánto te dura.” Aurelio no contesta, toma el café y se promete en silencio.
Dos cosas. La primera que va a llegar a las grandes ligas, la segunda que cuando llegue su padre lo va a saber por la radio, no por la boca de su hijo. Lo que Aurelio no sabe esa noche mientras toma café con el padre que no lo abraza, es que la primera oportunidad de Grandes Ligas le va a llegar 3 meses después y va a terminar en la peor humillación de su vida.
- Finales del año. Los reales de Kansas City compran el contrato de Aurelio López a los Diablos Rojos por una cantidad que en México nadie había visto antes para un relevista. Aurelio cruza la frontera por primera vez en su vida. Llega a Missouri en pleno invierno, 14 ºCR bajo cer.
Aurelio nunca ha visto nieve, nunca ha hablado inglés, nunca ha estado más lejos de su madre. Lo ponen en un hotel de carretera a las afueras de Kansas City. Cuarto sencillo. Calefacción que no funciona bien. Aurelio duerme con dos cobijas y los calcetines puestos. Por la mañana baja a lobby a desayunar y no entiende nada del menú. pide señalando con el dedo.
Le traen huevos con tocino. Aurelio nunca ha desayunado huevos con tocino, pero aprende a comerlos en silencio. En el spring training, los gringos lo miran como se mira a un curioso. El mexicano flaco que tira fuerte. Le piden que demuestre. Aurelio demuestra. Saca la recta a 90 millas por hora. Los receptores levantan la cabeza, pero los reales tienen un bulpen lleno y un mexicano de 26 años no es prioridad.
Lo suben cuatro juegos al equipo grande. Cuatro juegos. En tres no le funciona la recta. En el cuarto le pegan un cuadrangular adentro del parque, lo regresan a las menores. De las menores lo regresan a México. Aurelio cruza la frontera otra vez, esta vez en sentido contrario, en un autobús de segunda con la maleta pegada a la rodilla y la cara contra la ventana.
No llora, no se queja, pero algo dentro de él se rompe en ese viaje de regreso. Una cosa pequeña, callada, que después va a tardar 3 años en sanar. Y aquí es donde nadie cuenta lo que pasó en Tecamachalco la primera noche que Aurelio regresó humillado, porque hubo una segunda conversación con el padre y esa sí la contó a Aurelio en una entrevista muchos años después en Detroit, una sola vez.
Aurelio llega a Tecamachalco en febrero de 1975. Toca la puerta de la casa de los padres. Es de noche. La madre abre, lo abraza llorando. El padre está sentado en la sala frente a un radio pequeño escuchando un partido de invierno. No se levanta. Aurelio entra. se sienta enfrente. El padre lo mira por primera vez en mucho tiempo y le dice, “Te lo dije.
” Aurelio no contesta. Se queda en la sala una hora sin hablar. Después se levanta, camina al cuarto donde dormía de niño y se acuesta vestido. Esa noche llora por primera y última vez como adulto y se promete una tercera cosa, además de las dos que se había prometido el año anterior, que iba a regresar a las Grandes Ligas y que la próxima vez no se iba a regresar.
Lo que siguió fueron 3 años de algo que en el béisbol mexicano nunca se había visto. 3 años de un hombre tirando como si le fuera la vida y le iba. 1975, 1976, 1977. Tres años en los que Aurelio López no es un pitcher, es una máquina. Llega al estadio antes que todos, se va después. Tira en Bulpen entre juegos.
Corre kilómetros en las gradas vacías del Parque del Seguro Social. Come poco, bebe menos, no pisa antros, no sale con mujeres de paso. Su única amiga es la pared del bulpen y el guante del católico. 1977 es el año que en la Liga Mexicana de Béisbol todavía hoy se cita en pasado solemne, como se citan las gestas. Aurelio termina con 19 victorias en relevo, 30 salvamentos.
75 apariciones, 165 ponches en relevo, cuatro récords que casi medio siglo después siguen vigentes en la liga. La revista de la Liga Mexicana lo nombra jugador más valioso. Por primera vez un relevista mexicano gana ese trofeo. Pero lo importante no está en los números. Lo importante está en una llamada que recibe Aurelio en septiembre de ese año en el cuarto rentado de la Ciudad de México.
Es una llamada del extranjero, un hombre que habla español con acento. Le dice que se llama Pat Galvin y que llama de parte de los cardenales de San Luis. Le dice que los cardenales lo quieren, no para una prueba, para firmar. Aurelio cuelga el teléfono, se sienta en la cama, se queda quieto durante 10 minutos, tiene 29 años.
La mayoría de los peloteros mexicanos a esa edad ya están del otro lado del cerro, pero él está a punto de cruzar a las Grandes Ligas por segunda vez y esta vez sabe que es la última oportunidad. Si no funciona, se acabó. Lo primero que hizo Aurelio López después de colgar esa llamada de los cardenales no fue celebrar, no fue avisarle a nadie, fue meterse a una iglesia que llevaba sin pisar años.
Y lo que hizo dentro de esa iglesia ningún periodista lo supo nunca. Pero hay un detalle que sobrevivió en una libreta pequeña de pasta dura donde Aurelio escribía cosas en privado. Una frase que escribió esa misma noche después de la iglesia. antes de dormir. Una frase de 12 palabras que después su esposa va a encontrar en el cajón de la mesa de noche, 30 años después, cuando ya nadie podrá preguntarle qué quiso decir con eso.
La libreta sigue existiendo, pero esa es una historia para más adelante. Por ahora, quédate con esto. Aurelio López sale de México en febrero de 1978 con un contrato de cardenales en la mano y la sensación de que esta vez sí o sí la juega completa. La maleta es nueva, la camisa también y dentro del bolsillo del saco lleva un papelito doblado con la frase de la libreta San Luis Missouri. Primavera de 1978.
Aurelio López tiene 29 años y es el relevista mexicano de los Cardenales. Le dan el número 35. Lo ponen en el bulpen al lado de un veterano cubano que lleva 8 años en Grandes Ligas y que le enseña en español las dos cosas que Aurelio necesita saber. Primera, nunca demuestres que te asusta el bateador. Segunda, nunca demuestres que te asusta el manager. Aurelio aprende rápido.
Termina la temporada con cuatro victorias y dos derrotas, una efectividad respetable y la confianza del cuerpo técnico. Pero los cardenales tienen un problema. Su bulpen está lleno de relevistas estrella. No hay sitio para que Aurelio sea cerrador. Y eso para un pelotero de 29 años que sabe que el reloj corre es la peor noticia.
En diciembre de 1978, los cardenales lo cambian a los tigres de Detroit por un jardinero. Aurelio se entera por la radio, cuelga la radio, le habla a su madre a Tecamachalco y por primera vez en su vida le dice una frase que lleva guardada desde los 14 años. Mamá, ya casi. Detroit, Michigan, 1979. La capital del automóvil.
Aurelio López llega a un equipo en transición. Sparky Anderson agarra al equipo a mitad de temporada y Aurelio, que llega como uno más, se vuelve en pocas semanas el cerrador del Bulpen. Termina el año con 10 victorias, cinco derrotas, 22 salvamentos. Los cronistas de Detroit votan por él para el premio Sang. Aurelio López termina séptimo en la votación, séptimo en una liga de 200 lanzadores.
Un relevista mexicano en su primer año completo. Y entonces, en algún momento entre el final de 1979 y el inicio de 1980, los reporteros del Detroit Freepress le ponen un apodo en inglés. Mr. Smoke, señor humo, porque la recta salía tan rápido que los bateadores solo le veían el humo. Así se publicó. Pero el apodo Señor Smoke en Estados Unidos no significaba lo mismo que en México.
Y eso Aurelio lo descubrió una tarde en un bar de Detroit cuando un grupo de aficionados borrachos le gritó algo que él no entendió hasta que se lo explicaron en el vestidor. lo que pasó en ese bar de Detroit. Una tarde de septiembre de 1980 marcó a Aurelio López de una manera que nunca contó a sus compañeros, pero sus compañeros lo vieron cambiar.
Contó chistes, tomó menos cerveza, salió menos. Esa parte de Aurelio, la que se cerraba al sentir que se le reían, ya estaba en él desde Tecamachalco. Y volvió a salir esa noche. 1980, 13 victorias. Seis derrotas, 21 salvamentos. Aurelio López es uno de los relevistas más dominantes de la Liga Americana. Compra una casa en Birmingham, suburbio de Detroit. Trae a la mujer.
Trae a los hijos. La mujer es de Teca Machalco. Hablan español en la casa. Los hijos crecen entre dos mundos. La escuela en inglés, la cocina en español, la televisión en los dos idiomas, dependiendo del partido. En invierno, Aurelio regresa a México, pero no a Tecamachalco a descansar. Va a la Liga Mexicana del Pacífico, lanza con los Mochis de Sinaloa, después con los ostioneros de Guaimas, después con los algodoneros de Guasabe, después con los tomateros de Culiacán, después con los venados de Mazatlán. en cinco equipos
diferentes en 6 años. Mientras los gringos duermen, Aurelio sigue tirando. Su hermano menor le pregunta una vez en el patio de la casa de Tecachalco en una visita relámpago en diciembre. ¿Por qué sigue lanzando en invierno si ya gana lo suficiente en Detroit? Aurelio se queda callado, se mete las manos en los bolsillos, mira el mezquite torcido y le contesta una frase que después el hermano va a repetir muchas veces, porque cuando deje de lanzar no sé quién soy.
La frase suena exagerada, pero no lo es. Aurelio López es un hombre construido alrededor de un brazo. Quita el brazo y queda un muchacho de tecamachalco con una frase del padre clavada en algún sitio. Si te vas, no regreses. Y un anillo que todavía no ha ganado. 1981 10 victorias. 1982 13 victorias 1983. Una temporada irregular con problemas de control. Aurelio cumple 35 años.
El brazo empieza a pesar. La velocidad ya no llega a las 93 millas por llega a 90. Llega a 89. Y un relevista de la Liga Americana que pierde 3 millas por hora ya no es el mismo hombre. Lo que Aurelio López no le dijo a nadie en el invierno de 1983, ni a su esposa, ni a Sparky Anderson, ni al médico del equipo.
Fue una cosa que se descubrió años después en una radiografía y es la razón por la que 1984 pudo ser su última gran temporada, aunque él, esa primavera, no lo supiera todavía. Aurelio llega al spring training de 1984 con un dolor en el brazo derecho que no le había dado en 15 años. Desde aquella tarde de 1969, cuando se le hinchó el codo en Veracruz, pero no le dice a nadie.
Se aprieta los dientes, se pone hielo en secreto y empieza a tirar como si fuera la última temporada de su vida porque sabe en alguna parte que probablemente lo es. Detroit. Primavera de 1984. Sparky Anderson tiene un equipo distinto. Lo siente desde el spring training. Jack Morris arriba en la rotación, Dan Petry detrás, Milt Wilcox de tercero y en el bulpen dos hombres que se complementan, el zurdo Willy Hernández, recibido ese mismo año, y el derecho Aurelio López, que viene de su peor temporada y que se aprieta el brazo
en silencio cada noche en la Navitación de Hotel. Los Tigres arrancan la temporada como ningún equipo en la historia de la Liga Americana. 35 victorias en los primeros 40 partidos. Ganan la división a mediados de septiembre. Llegan al Tiger Stadium con la sensación de que esto es algo que no va a volver a pasar nunca.
Y la mitad de Detroit, una ciudad herida por la crisis del automóvil, se vuelca al equipo como si el equipo fuera lo único que les queda. Aurelio López termina el año con 10 victorias y una sola derrota, 14 salvamentos. Su mejor temporada, su efectividad de 2.94 a los 36 años, con un brazo que le duele cada noche y que ya nadie sabe cómo aguanta.
La serie de campeonato contra Kansas City se acaba en tres juegos. Tigres barren. Llega la serie Mundial contra los padres de San Diego. Game 1 en San Diego. Tigres ganan. Game 2 pierden. Game 3 en Detroit. Tigres ganan. Game 4. Tigres ganan. Game 5.4. Tiger Stadium. 51,000 personas. Tigres arriba 3 a una en la serie.
Una victoria más y son campeones del mundo. Quinto inning. Tigres ganan 4 a tr. Sparky se levanta del banquillo, camina al bulpen, señala con la mano izquierda y pide al buitre. Aurelio López, 36 años, brazo de cristal, sale del bulpen caminando despacio hacia el montecito del Tiger Stadium con un silencio adentro de la cabeza que después no pudo describir bien.
Sale a tirar las entradas más importantes de su vida. El séptimo. El octavo. Aurelio domina. Tigres meten una carrera más 5 a tr. En el noveno entra Willy Hernández a cerrar. Out 1, out dos, out 3. Tony Winn batea un fly al jardinero derecho, lo agarra y Detroit explota. Tigres campeones del mundo, cuatro juegos a uno. Sparky abraza a Hernández en el montecito y abraza después a Aurelio López, que es el ganador del partido decisivo.
La crónica oficial de las Grandes Ligas pone el nombre de Willy Hernández en los titulares. La crónica oficial pone a Jack Morris como pitcher principal de la serie, pero el ganador del game 5, el partido del campeonato es Aurelio López. Pelotero mexicano originario de Tecamachalco, Puebla, único poblano que ha tenido un anillo de serie mundial en sus manos.
Tres semanas después, en noviembre de 1984, Aurelio López aterriza en el aeropuerto de la Ciudad de México con el anillo en una caja de tercio pelo, una maleta pequeña y la mujer al lado. El gobernador de Puebla manda una camioneta oficial a recogerlo. Lo llevan por carretera hasta Tecamachalco. La carretera está forrada de gente, mujeres con rebosos, hombres con sombrero, niños con banderas blancas.
5 horas para hacer un tramo de tres. En Tecamachalco lo esperan en el Zócalo. La banda municipal toca una y otra vez la misma marcha. El presidente municipal de ese año, un hombre del PRI, cuyo nombre nadie recuerda hoy, lo abraza frente a un micrófono. Aurelio sube al estrado, saca el anillo de la caja, lo levanta.
La gente grita, “¡Buitre! Buitre, buitre!” Durante 6 minutos seguidos, Aurelio busca con la mirada al padre. lo encuentra al fondo parado al lado del mesquite del zócalo. El padre lo mira, no aplaude, pero asiente con la cabeza una sola vez. Esa noche, Aurelio cena con la familia en la casa de los padres. Es la primera vez en años.
La madre llora todo el rato. El padre come en silencio. Al final de la cena, antes de que Aurelio se levante, el padre le dice una sola frase. La única cosa cercana a un perdón que Aurelio López recibió de su padre en toda la vida. Esa mano sí era para algo. Y aquí empieza algo que nadie ha contado en 33 años, porque la persona que iba a hacerle a Aurelio López la llamada que terminó con él en una carretera de San Luis Potosí, ya estaba sentada en ese mismo zócalo de Tecamachalco, esa misma tarde de noviembre de 1984,
aplaudiendo con todos los demás, mirándolo levantar el anillo, era un dirigente de la política local de Puebla, un hombre que en 1984 era todavía Había un funcionario menor del PRI y estatal, un hombre cuyo nombre durante años Aurelio repitió con respeto en los almuerzos. Un hombre que en 1990, 6 años después, iba a ser quien convenciera a Aurelio López de meterse a la política y que en 1992, una noche de septiembre, iba a marcar el teléfono de la casa.
Lo que ese hombre vio en el Zócalo esa tarde mientras Aurelio levantaba el anillo no fue un héroe, fue una herramienta. Un hombre que podía ganar elecciones en Tecamachalco con los ojos cerrados. Un pelotero ingenuo que no entendía cómo se movía el dinero del Estado. Un hombre que iba a aceptar lo que le pusieran enfrente porque creía en su pueblo.
Y los hombres que creen en su pueblo, en la política mexicana son carne de canón. 1985, Aurelio López regresa a Detroit con el anillo en el dedo y el brazo más gastado de lo que jamás reconoció. 10 juegos al inicio de la temporada, buenos números, pero el dolor crece. En agosto, Sparky Anderson lo sienta.
Aurelio termina el año con seis victorias y siete salvamentos. La cifra más baja desde su llegada a Detroit. Los Tigres no le ofrecen renovación. 1986, Houston Astros. Aurelio firma por una temporada, sirve, cumple. Los Astros llegan a la postemporada. Serie de campeonato de la Liga Nacional contra los Mets 5.
Aurelio entra de relevo, le pegan, pierden los astros. Y el ganador del game 5 de la Serie Mundial 1984 queda registrado 2 años después como el perdedor del game 5 de la serie de campeonato 1986. 1987. Una temporada más en Houston. 10 juegos sin victorias. Lo liberan en julio. Aurelio López tiene 39 años, un anillo, una casa en Detroit, una casa en Tecamachalco, tres hijos, un brazo molido y por primera vez en 20 años el silencio de un teléfono que no suena.
Regresa a México. Lanza una temporada más en la Liga Mexicana del Pacífico, otra en la Liga Mexicana de Verano, pero el cuerpo ya no responde. En 1989, a los 41 años, anuncia su retiro parcial. Vuelve a Tecamachalco a vivir con la familia. Compra una casa al lado del zócalo. Tres pisos. Pintura blanca. La camioneta suburban en la cochera, el anillo en una caja, en la mesa de noche, al lado de la libreta pequeña de pasta dura.
Y aquí es donde Aurelio López toma la decisión que le va a costar la vida, la política. Porque a las pocas semanas de regresar a Tecamachalco a vivir, ese mismo dirigente del PRI estatal que estaba en el Zócalo en 1984, llega a tocar la puerta de la Casa Blanca de tres pisos, con un sombrero en la mano y con una propuesta. La propuesta era que Aurelio fuera el siguiente presidente municipal de Teca Machalco.
Aurelio escucha, sirve café, pregunta cosas que no entiende. El dirigente le explica con calma, le dice que el pueblo lo necesita, que después de la gloria del béisbol ahora le toca devolver que la madre estaría orgullosa, que el padre ya muerto estaría orgulloso, que va a ser el primer alcalde poblano que además sea campeón del mundo y que el partido lo va a apoyar en todo, en todo, hasta donde haga falta.
Aurelio López le da la mano al dirigente esa misma tarde, sin consultar a la mujer, sin consultar a la madre, sin consultar a nadie. Y al cerrar la puerta, lo que entra a la casa de tres pisos no es un cargo público, es una sentencia. Una sentencia que va a tardar 3 años en ejecutarse, pero que ya está firmada en esa misma sala.
Con un café a medio terminar. 1990, Aurelio López gana las elecciones municipales de Tecamachalco, PRI, sin oposición real. Más del 70% de los votos toma posesión con una banda municipal tocando la misma marcha de cuando regresó con el anillo, 6 años antes. La diferencia es que ahora no le aplauden por lanzar, le aplauden por gobernar.
Y Aurelio nunca en su vida ha gobernado nada. Los primeros meses son de buena fe. Aurelio recorre el municipio en la Suburban, visita rancherías, promete pavimentación, promete escuelas, promete agua potable. Llega a las 9 de la mañana al ayuntamiento, sale a las 9 de la noche, lleva libreta, apunta nombres, apunta peticiones, trata a la gente como trataba a sus católicos, con respeto, con calma, con palabra empeñada.
Pero Tecamachalco en 1990 no era el Tiger Stadium y la política de Puebla no era el béisbol. En el béisbol los reglamentos son claros. En la política de un estado priista de los 90, los reglamentos los pone el gobernador. Y el gobernador de Puebla en esos años se llamaba Mariano Piña Olaya, mismo partido que Aurelio, pero distinto mundo.
La primera junta entre Aurelio López y el gobernador Piña Olaya en la casa de gobierno de Puebla duró menos de 40 minutos. Lo que pasó ahí adentro nadie lo contó nunca, pero un hombre que trabajaba como ayudante de protocolo en ese sexenio contó años después, ya retirado, en una entrevista en una radio local que vio salir a Aurelio López del despacho del gobernador con la mandíbula apretada y una vena marcada en la 100 y que le dijo al ayudante una sola frase mientras esperaba el elevador.
Aquí no se trabaja para el pueblo, aquí se trabaja para ellos. Lo que siguió esos meses fue una política de bloqueo silencioso. Los presupuestos federales que tenían que llegar a Tecamachalco llegaban tarde o llegaban incompletos. Las obras que Aurelio prometía al pueblo se trababan en oficinas estatales por trimestres enteros.
Las quejas que el alcalde levantaba en juntas de gobernadores se quedaban sin respuesta. Los críticos del partido empezaron a decir en privado que el pelotero estaba haciendo ruido para nada, que era un hombre del rancho metido a un cargo que le quedaba grande, que tarde o temprano se iba a quemar solo. Aurelio se fue cerrando.
La mujer lo notó antes que nadie. Lo notaba en la cena, lo notaba en el cuarto, le pedía que renunciara, le decía que la política no era para él, le decía que volviera al béisbol. Aurelio la mandaba callar con un gesto, apretaba la mandíbula y miraba la pared. Había algo en él, desde Tecamachalco de los 14 años que no soportaba renunciar.
Si te vas, no regreses. La frase del padre 30 años después todavía le tronaba en la cabeza cada vez que la mujer le pedía salir del cargo. Verano de 1992. Aurelio López tiene 43 años. Lleva 2 años de presidente municipal. Lleva 2 años peleando con el gobierno estatal sin avanzar. Lleva dos años sin pisar un montecito y empieza, sin decírselo a nadie a marcar números viejos, números de la Liga Mexicana del Pacífico, números que llevaban guardados en la libreta pequeña desde hacía 5 años.
El primer número que marca es de un dirigente de los tomateros de Culiacán, un viejo amigo, un hombre que lo vio lanzar tres temporadas en Sinaloa. Aurelio le dice al teléfono una pregunta corta. ¿Todavía hay sitio para mí? El viejo amigo se ríe. Le dice que claro, que cuando quiera regresar los tomateros lo abrazan.
Aurelio cuelga, se sienta, se queda mirando el teléfono 10 minutos y empieza a planear en silencio cómo va a salir de la silla del presidente municipal sin que el partido lo destroce públicamente. La decisión la toma una noche de agosto de 1992. Está en la cama. La mujer duerme al lado. Aurelio mira el techo. Piensa en su padre. Piensa en el mesquite.
Piensa en el anillo de Detroit. Piensa en su madre ya mayor que vive en la casa pequeña a tres calles de la presidencia y toma la decisión. Va a renunciar. No al béisbol, a la política. La fecha que se pone para anunciarlo es después de su cumpleaños. Después del 21 de septiembre. La idea es cumplir 44 años el lunes, hacerlo en familia, con calma, con pastel y la siguiente semana, el lunes 28 de septiembre, presentar la renuncia formal en la Casa de Gobierno de Puebla y la semana siguiente anunciar públicamente su regreso al béisbol con
los tomateros. 44 años. Última temporada. Aurelio López vuelve. La llamada del 21 de septiembre por la noche, la del hook, la que duró menos de 4 minutos, fue del dirigente de los tomateros de Culiacán. La llamada en sí no era el secreto. El secreto era qué le dijo, porque el dirigente no llamaba para felicitarlo por su cumpleaños, llamaba para avisarle de algo urgente.
El acuerdo de Aurelio con los tomateros se había filtrado. No en México todavía. En Estados Unidos, una fuente del béisbol estadounidense había llamado al dirigente de Culiacán esa misma tarde, preguntando si era cierto que el buitre regresaba. Y eso significaba una cosa, la noticia iba a salir publicada en la prensa norteamericana en cuestión de horas.
Y si salía allá antes de que Aurelio renunciara aquí en México, el gobernador Piña Olaya iba a enterarse por los periódicos y el partido iba a interpretarlo como una traición pública. Aurelio iba a salir del cargo humillado, no con dignidad. El dirigente le pidió a Aurelio una sola cosa, que adelantara el anuncio, que viajara a Nuevo Laredo, donde los tomateros tenían una reunión con dirigentes de la Liga Mexicana del Pacífico al día siguiente, que firmara el acuerdo en persona y que de ahí, con la firma en la mano, regresara a Tecamachalco para presentar la renuncia
ese mismo miércoles, antes de que la noticia saliera, antes del titular, antes del bochorno. Aurelio López colgó el teléfono el lunes 21 de septiembre de 1992 a las 11:20 de la noche. Duró sentado en la sala otros 20 minutos. La mujer lo encontró ahí cuando bajó a darle las buenas noches. Le preguntó qué pasaba.
Aurelio le dijo la verdad. Le dijo que tenían que salir esa madrugada para Nuevo Laredo, que era el último viaje, que después todo se arreglaba. La mujer no quería, tenía miedo. Le dijo que mandaran al chóer. Aurelio le dijo que el chóer del ayuntamiento no podía enterarse, que era un asunto privado y rápido.
Le pidió que lo acompañara porque en 100 km de carretera necesitaba alguien que le hablara para no dormirse al volante. La mujer aceptó. subió a hacer la maleta, le dejó una nota a la suegra en la mesa de la cocina diciendo que regresaban el miércoles por la tarde. Salieron a las 2 de la mañana del martes 22, camioneta a suburban, Aurelio al volante, la mujer en el asiento del pasajero y un tercer pasajero atrás dormido con una bolsa de ropa pequeña sentado del lado derecho.
era un hombre de confianza de Aurelio, un amigo de los tiempos de la Liga del Pacífico, un sinaloense que venía viajando con él esa semana por una razón personal que solo Aurelio conocía completa y que no le había dicho a la mujer todavía. Vamos a regresar a esto. La carretera de madrugada estaba vacía. Aurelio puso música del Pacífico bajo, cumbias, banda, cosas de Sinaloa.
Manejó hasta el amanecer. La mujer se durmió a las 4. El amigo del asiento de atrás en algún momento despertó y le habló a Aurelio en voz baja durante una hora larga. Le habló de cosas viejas, de mochis, de guaimas, de temporadas que ya nadie recuerda, de un compromiso que Aurelio había dejado pendiente en Sinaloa hacía muchos años, un compromiso al que había que volver y que era parte del motivo del viaje.
Llegaron a Nuevo Laredo el martes a las 2 de la tarde, reunión con los dirigentes de la Liga Mexicana del Pacífico. Una hora de junta. Aurelio firmó los papeles del regreso a los tomateros. Sonrieron, brindaron con refresco. Tomaron una foto. Aurelio guardó los papeles en el portafolio negro.
Salió a la calle, se subió a la Suburban con la mujer y con el amigo de Sinaloa y dio la vuelta hacia la casa. Revelación del segundo gran gancho. Lo que pasó en Nuevo Laredo esa mañana antes de la junta, eso fue lo que ningún periódico contó nunca. Aurelio López se separó una hora de la mujer, le dijo que iba a comprar regalos.
Salió con el amigo de Sinaloa y fue a un cementerio pequeño en las afueras de la ciudad, donde estaba enterrado un compañero suyo de los tomateros que había muerto el año anterior. Un hombre con el que Aurelio jugó cuatro temporadas. un amigo que le había pedido en su lecho de muerte que volviera a Sinaloa una sola vez a saludarlo. Aurelio no había podido.
La política lo tenía atrapado. Esa mañana con el portafolio del regreso ya casi firmado, Aurelio fue al cementerio a cumplir la promesa. Llevó una corona pequeña, se paró frente a la tumba y le habló al amigo muerto durante 10 minutos. El amigo de Sinaloa, que lo acompañaba, esperó detrás sin escuchar las palabras.
Solo vio a Aurelio López, el campeón del mundo, el buitre de Tecamachalco, llorando frente a una tumba sin que nadie más lo viera. Era la primera vez que ese amigo lo veía llorar. Salieron de nuevo Laredo a las 4:25 de la tarde, carretera 57, dirección sur. Aurelio al volante. La mujer despierta esta vez hablando con él, manteniñiéndolo despierto.
El amigo de Sinaloa atrás mirando el paisaje seco. Pasaron Saltillo, pasaron Ramos Arispe, pasaron Concepción del Oro. La carretera de 1992 era de un solo carril por sentido. Camiones de carga, cruces sin señal, tramos de muerte que en México ya habían cobrado peloteros antes. Y aquí está la cosa que casi nadie ha conectado en 33 años.
En toda la historia de las grandes ligas del béisbol, solo hubo tres peloteros profesionales con nombre Aurelio. Tres. Aurelio Monteagudo, cubano, scout en México durante décadas. Aurelio López, el buitre de Tecamachalco, y Aurelio Rodríguez, mexicano de Sonora, uno de los mejores tercera bases en la historia del juego. Tres Aurelios, tres carreras, tres vidas distintas, pero un final idéntico.
Aurelio Monteagudo murió el 10 de noviembre de 1990, 2 años antes que López. Iba en una carretera de Saltillo trabajando como scout. La camioneta volcó, salió expulsado. Murió en el lugar 47 años. Aurelio Rodríguez murió el 23 de septiembre del año 2000, 8 años después y un solo día después en el calendario de la fecha de muerte de López.
Caminaba por una calle de Detroit, la misma ciudad donde López ganó su anillo. Cuando una señora que manejaba un automóvil sufrió un derrame cerebral, perdió el control del vehículo y atropelló al pelotero que iba en la banqueta. 52 años. Lo enterraron en México. Tres aurelios, tres carreteras, tres tragedias.
La prensa deportiva de México lo bautizó con un nombre que después nadie quiso repetir mucho. Por respeto a los muertos. Le dijeron la maldición de los Aurelios. Y Aurelio López, el del medio, el segundo en caer, fue el único que murió manejando él mismo. Los otros dos cayeron por afuera. Él cayó con las manos sobre el volante.
5:27 de la tarde del 22 de septiembre de 1992. Tramo recto a la altura de Matehuala, San Luis Potosí. Aurelio López lleva 15 horas manejando con una sola pausa de 40 minutos en Saltillo. Tiene 44 años y un día. La cabeza le pesa. La mujer le dice que se detenga, que en la próxima caseta cambian de conductor.
Aurelio le dice que aguanta 100 km más, que en Matehuala paran a comer. La suburban se sale de la carretera a las 5:30. La rueda delantera derecha agarra, grava. Aurelio corrige al volante. Corrige demasiado. La camioneta cruza el carril contrario. Da la primera vuelta de campana, da la segunda, da la tercera. Aurelio López, que esa mañana estuvo llorando en un cementerio de Nuevo Laredo, que la noche anterior recibió una llamada de 4 minutos que decidió su último viaje, que cargaba en el portafolio negro la firma del regreso al
béisbol que iba a salvarlo de la política. No llevaba puesto el cinturón. Sale despedido por el parabrisas en la segunda vuelta. Cae sobre el asfalto a 15 m del vehículo. La cabeza primero muere en el acto. La mujer sobrevive con golpes y una pierna rota. El amigo de Sinaloa sobrevive con la espalda lastimada.
La suburban queda invertida sobre el acotamiento con el portafolio negro abierto y los papeles del regreso a los tomateros. volando sobre la carretera 57. La firma fresca, la fecha del 22 de septiembre de 1992 y un anillo de serie mundial todavía puesto en el dedo de un hombre que ya no estaba. Aurelio López fue enterrado en Tecamachalco.
El jueves 24 de septiembre de 1992. 4,000 personas caminaron detrás del féretro. La banda municipal tocó la misma marcha de 1984. La madre, ya mayor no pudo subir al cementerio. La esposa fue cargada por sus hermanos hasta la fosa. El padre ya había muerto antes, pero algún vecino del Zócalo contó después que cuando bajaron el féretro, una rama del mezquite del Zócalo, ese mismo mezquite torcido, se cayó sola al suelo.
Sin viento, sin razón. La nota de los periódicos al día siguiente fue corta. Volcadura en la 57, 44 años. Presidente municipal en funciones. No mencionaron el portafolio negro. No mencionaron el cementerio de Nuevo Laredo. No mencionaron la llamada de 4 minutos. No mencionaron la firma con los tomateros. No mencionaron la decisión de renunciar a la política el lunes siguiente.
Todo eso se enterró con él en Tecamachalco hasta hoy. Aurelio López al final no murió por una conspiración, no murió por un narco, no murió por una mujer, no murió por un vicio. murió porque 48 horas antes de que pudiera volver al béisbol, 48 horas antes de salir de la política que lo estaba comiendo, 48 horas antes de cumplir la promesa que le había hecho a un amigo muerto en una tumba de Nuevo Laredo, una rueda agarró grava en una carretera mexicana de un solo carril y un volante se le movió 2 cm de más.
Eso fue todo. 2 cm. Y ahí está la lección para el hombre que está viendo este video esta noche. Tú que escuchaste a Aurelio por radio en 1984. Tú que tienes ahora la edad que él tenía cuando murió. Tú que dejaste algún sueño en algún cajón hace muchos años. Tú que pensaste alguna vez que ya era tarde para volver a empezar.

La historia de Aurelio López no es una historia de caída, es una historia de regreso de un hombre que a los 44 años había decidido empezar otra vez y que la carretera apagó dos días antes de que pudiera lograrlo. La frase del padre, aquella de 1967, la que le dijo en la mesa de la cocina antes de irse a la ciudad de México era esta, si te vas, no regreses.
Aurelio cargó esa frase 31 años. Aurelio se fue. Aurelio ganó todo lo que un mexicano podía ganar en el béisbol mundial. Y al final, cuando había decidido que era hora de regresar, no a Tecamachalco, sino a sí mismo, la carretera no lo dejó cumplirlo. Y por eso hoy, 33 años después, el mezquite del Zócalo de Tecamachalco sigue ahí.
Pero él no. Si esta historia te recordó a alguien que dejó un sueño pendiente, alguien que se fue antes de poder regresar, alguien que cargó una frase de un padre durante demasiados años, déjanos su nombre en los comentarios. Lo vamos a leer. Y si quieres que sigamos contando historias que la prensa enterró a media nota, suscríbete al canal.
Aurelio López merecía que esta historia se contara completa y por fin esta noche está contada.