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AURELIO LÓPEZ: TODO ERA MENTIRA (LA VERDAD SALIÓ A LA LUZ)

Aurelio López sopló las velas de cumpleaños en su casa con su mujer. 24 horas después estaba destrozado, boca arriba tirado en la carretera a 700 km de su casa, con el anillo de la Serie Mundial todavía puesto en el dedo, sin pulso, desfigurado. La noche anterior alguien le hizo una llamada a su casa.

Una llamada que duró 3 minutos y 40 segundos. Cuando colgó, Aurelio agarró las llaves de la camioneta, le dijo a su mujer que tenían que salir esa misma madrugada y se fue sin chóer, sin escolta, siendo presidente municipal. Esa llamada nunca apareció en ningún expediente y el nombre de quién la hizo se borró de Tecamachalco esa misma semana.

Hoy vas a saber a dónde se dirigía Aurelio López esa madrugada. ¿Por qué subió a esa camioneta sabiendo lo que sabía? ¿Y quién fue la última persona que le habló antes de que la carretera se tragara al único pelotero poblano que ganó una serie mundial? Quédate hasta el final porque esta asquerosa verdad lleva oculta 33 años.

Pero para entender qué hacía Aurelio López manejando solo esa madrugada, hay que regresar 30 años atrás. Porque la persona que le hizo esa llamada y el motivo por el que Aurelio aceptó ir. No se entienden si no sabes de dónde venía ese hombre. Y de dónde venía es de un lugar que casi nadie en el béisbol mexicano se atrevió a visitar nunca.

Tecamachalco, Puebla. Finales de los años 50. Un pueblo de tierra suelta y calor seco, con calle sin pavimentar y un zócalo polvoso donde los hombres se sientan a tomar café desde temprano. La casa donde Aurelio Alejandro López Ríos crece no tiene nada que destaque. Paredes de adobe, techo de lámina, un mezquite torcido en el patio.

El padre se llama también Aurelio López, hombre de campo, callado. La madre cocina, lava, cría. Aurelio es uno más entre los hijos. Llegó al mundo el 21 de septiembre de 1948. Lo primero que aprende a sostener con la mano derecha no es una pelota de cuero, es una piedra. En Tecamachalco de esos años no hay equipos infantiles, ni guantes nuevos, ni academias deportivas.

Hay polvo, latas oxidadas pegadas a la pared del corral y un niño que tira durante horas hasta que la madre lo llama a comer y entra a la casa con los nudillos pelados. Tira con la derecha, tira fuerte, tira sin parar. El padre quiere otra cosa. Quiere que el muchacho aprenda a trabajar la milpa, que ayude, que aporte a la casa.

El béisbol no es trabajo. El béisbol es cosa que se ve en la radio lejos. En un pueblo de Puebla en 1960, dedicarse a tirar una pelota no es una carrera, es una pérdida de tiempo. Y el padre se lo dice a Aurelio una vez y se lo dice dos veces. Y a la tercera, en el patio de la casa, pasa algo que el muchacho va a recordar el resto de su vida.

Lo que pasó esa tarde entre el Padre y el Hijo, nadie lo cuenta hoy. Pero hay un detalle físico que Aurelio cargó hasta la noche en que murió. Y vamos a regresar a eso. Guarda esto en tu mente. Aurelio aguanta. Sigue tirando, pero ahora tira a escondidas. sale de la casa al amanecer antes de que el padre despierte y se va a un terreno valdío detrás del cementerio donde nadie lo ve.

Ahí pone una lata sobre una piedra grande y empieza a tirar. La lata cae, la levanta, tira otra vez, la lata cae, la levanta. Así durante dos horas, todos los días, antes de que el sol pegue fuerte, hay un hombre del pueblo que lo empieza a ver, un señor mayor que pasa por ahí cada mañana camino al campo. Se detiene, mira, sigue.

Al cabo de unas semanas, el señor le dice una frase que Aurelio va a repetir años después en una entrevista en Detroit. La frase fue, “Muchacho, esa mano no es para la milpa.” y se fue caminando. Aurelio tiene 14 años, no entiende del todo lo que el Señor le dijo, pero algo en esa frase le pesa. Le pesa tanto que esa misma noche, mientras la familia cena, decide algo.

No lo dice en la mesa, no lo dice esa semana, no lo dice durante meses, pero lo decide. va a salir de Tecachalco, aunque el padre no lo entienda, aunque la madre llore, aunque tenga que dormir en una banca de central de autobuses, el problema es que para salir alguien tiene que verlo lanzar fuera del pueblo. Y en 1962, en un rancho del centro de Puebla, no llegan los casatalentos.

Los casatalentos llegan a Veracruz, a la Ciudad de México, a Sonora, a Tamaulipas. A Tecamachalco no llega nadie nunca, pero hay una grieta, una sola. Cada año en alguna Ciudad de México se juega un campeonato nacional juvenil y los muchachos de cada estado mandan una selección. Si Aurelio entra a la selección de Puebla, hay una posibilidad mínima de que un casatalentos lo vea.

Una entre 1000, una entre 10,000. Pero existe. Lo que Aurelio no sabe esa noche en Tecamachalco mientras decide en silencio. Es que en 1967, 5 años después, en un campeonato nacional jugado en Chihuahua, un hombre de la Ciudad de México va a estar sentado en las gradas. Un hombre con una libreta de ule negro y un puro apagado en la mano.

Un hombre cuyo dedo cuando señala a un muchacho lo cambia para siempre. Ese hombre se llama Ramón Chita García. Y cuando ve a lanzar a Aurelio López por primera vez, vada a hacer dos cosas. La primera, anotar su nombre en la libreta. La segunda va a decirle a otro casatalento sentado a su lado. Una frase que después se contó muchas veces en las cantinas de Tecamachalco.

Una frase que casi cuesta Aurelio López no llegar nunca a ningún equipo profesional. Chihuahua. Agosto de 1967. El campeonato nacional juvenil se juega en un campo polvoso con tribunas de madera y un sol que pega como martillo. La selección de Puebla es de las más débiles. Aurelio entra a lanzar de relevo en el cuarto inning de un partido perdido.

Tiene 18 años, mide 1,78 y pesa 73 kg. Flaco, brazos largos, cara seria. Lo que pasa cuando Aurelio suelta la primera pelota es lo que después todos contarán diferente. El católico de Puebla, un muchacho de Atlxo, apellidado calvo, recordaría años después la frase lanzaba fuego los dos casatalentos sentados detrás del home se enderezan en sus asientos.

Uno saca un cronómetro de bolsillo, el otro saca una libreta de ule negro. Ese de la libreta es Ramón Chita García. Aurelio poncha al primer bateador con tres rectas, poncha al segundo con cuatro, poncha al tercero con tres. Sale del montecito sin mirar a las gradas. Ni siquiera sabe que hay alguien observándolo desde la sombra del techo de lámina.

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