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Así Fue la Vida de LA INDIA MARÍA | Hijos SECRETOS, Vetada por un PRESIDENTE y Murió con un Secreto

Hay una casa en la Ciudad de México donde una mujer pasó sus últimos días. No era una mansión como las de Cantinflas o las grandes estrellas de la época de oro. Era una casa discreta en una colonia tranquila, una casa donde las paredes guardaban recuerdos de más de cinco décadas de carrera artística, fotografías de sets de filmación, premios acumulados en repisas, vestuarios colgados en armarios que olían a naftalina y a historia.

Y en una de las habitaciones de esa casa, una mujer de 74 años libraba en silencio la batalla más dura de su vida. Una batalla que escondió del mundo durante años con la misma habilidad con la que había escondido otros secretos mucho más oscuros a lo largo de toda su existencia. Esa mujer se llamaba María Elena Velasco Fragoso, pero México la conocía con otro nombre, un nombre que bastaba pronunciar para que millones de personas sonrieran.

Un nombre que se convirtió en sinónimo de risa. de denuncia social disfrazada de comedia, de orgullo indígena en un país que históricamente había despreciado a sus pueblos originarios, la india María. Y esta es la historia de como una niña nacida en un barrio pobre de Puebla, hija de un mecánico ferroviario que murió cuando ella era adolescente, una niña que empezó bailando en teatros de segunda, que fue vedet antes de ser comediante, que fue corista antes de ser estrella, se convirtió en la mujer más taquillera del cine mexicano, la

creadora del personaje femenino más exitoso en la historia de la cinematografía de este país. una mujer que actuó en más de 20 películas, que dirigió cuatro, que escribió guiones, que compuso canciones, que fue vetada de la televisión por burlarse de un presidente que tuvo un matrimonio con un hombre de origen ruso al que llamó El amor de su vida. 24 películas en total.

    La India María es el personaje más longevo de la historia del cine mexicano y María Elena lo mantuvo fresco, relevante y querido por el público durante cada una de esas cuatro décadas y media y que según los rumores que salieron a la luz después de su muerte, tuvo hijos secretos que dio en adopción, hijos que supuestamente fueron fruto de una relación clandestina con uno de los hombres más poderosos de la televisión mexicana.

Hoy vas a conocer la historia completa, la historia de supervivencia, de talento, de ambición, de amor, de pérdida, de poder, de censura, de secretos y de un cáncer que se la fue comiendo por dentro mientras ella seguía sonriendo para las cámaras. Pero empecemos por el principio, porque para entender a la India María, primero hay que entender a la mujer que la creó.

Y esa mujer venía de un lugar donde la risa era la única defensa contra la miseria. 17 de diciembre de 1940, Puebla de Zaragoza. En la colonia Tierra y Libertad, una de las zonas más humildes de la ciudad, nace una niña. Su padre se llama Tomás Velasco Saavedra. Es mecánico ferroviario, un hombre de manos gruesas que trabaja reparando trenes para ganarse la vida.

Su madre se llama María Elena Fragoso Peón, originaria de Acámbaro, Guanajuato. Una mujer fuerte, trabajadora, que mantenía la casa funcionando con lo poco que el salario de un mecánico podía dar. No eran ricos, no eran clase media, eran pobres, pobres de verdad. La infancia de María Elena en Puebla fue corta, demasiado corta, porque cuando era apenas un adolescente, su padre enfermó gravemente.

Una infección que en aquella época, sin los antibióticos y la medicina que tenemos hoy, era prácticamente una sentencia de muerte. Tomás Velasco Saavedra murió dejando a su familia sin sustento, sin protección, sin futuro. La madre de María Elena tomó una decisión que cambiaría todo. Empacó a sus hijos y se mudó a la Ciudad de México.

No porque quisiera, porque no tenía opción. En Puebla no había trabajo suficiente para una viuda con cuatro hijos. En la capital al menos había posibilidades, al menos había esperanza, al menos había algo. María Elena tenía que trabajar. No había opción. La escuela quedó atrás. Estudió algo de comercio, lo básico para poder conseguir empleo.

Pero su destino no estaba en una oficina ni detrás de un escritorio. Su destino estaba en un escenario y ella lo sabía, aunque todavía no supiera exactamente cómo llegar ahí. y no estaba sola en ese destino. Su hermana menor, Susana Velasco, conocida como Susy, también sentía la misma llamada del espectáculo. Las dos hermanas Velasco empezarían juntas en el mundo artístico.

Sus también trabajó en el medio, aunque nunca alcanzó la fama de María Elena, pero fue su compañera en los primeros años, su cómplice, la persona que entendía de dónde venían y hacia donde querían ir. Años después, cuando salieron los rumores sobre los supuestos hijos secretos de María Elena, sería precisamente Susy Velasco quien saldría a desmentir públicamente las acusaciones, defendiendo el honor de su hermana incluso después de su muerte.

Porque María Elena Velasco tenía algo. Tenía un cuerpo que se movía como si la música viviera dentro de él. Desde niña había bailado. Bailaba en su casa, bailaba en la calle, bailaba donde hubiera ritmo. Y en la ciudad de México de finales de los 50, el baile era una forma de ganarse la vida. No una forma elegante, no una forma respetable según los estándares de la época, pero una forma real.

Con apenas 15 años, María Elena consiguió trabajo como segunda tiple en el teatro Tíboli. Una segunda tiple. Eso significaba ser parte del cuerpo de baile, la fila de atrás, las chicas que bailan detrás de la estrella principal. No era glamoroso. El Toli era un teatro de revista de variedades, de espectáculos donde el humor subido de tono se mezclaba con el baile y la música.

Era el escalón más bajo del espectáculo profesional, pero era un escalón. Y María Elena lo pisó con la determinación de alguien que sabe que solo hay una dirección posible hacia arriba. De ahí pasó a trabajar como bailarina en los ballets de Ricardo Luna y José Luis Hurtado. Mejoró su técnica, aprendió coreografías más complejas. Su cuerpo se volvió su instrumento más afinado.

Era bonita, era joven, era curvilínea, era exactamente lo que los teatros de revista buscaban en una vedet. Y entonces llegó el Teatro Blanquita. El teatro Blanquita era el templo del espectáculo popular en la ciudad de México, el lugar donde las estrellas de la comedia mexicana hacían sus shows. Resortes, mantequilla, medel, elojón, Jaso, palillo, clavillazo.

Los nombres más grandes de la comedia pasaban por el blanquita y las mujeres que los acompañaban en escena, las vedetes, las bailarinas, las actrices de Sketch, eran parte fundamental del espectáculo. María Elena llegó al Blanquita como bailarina y rápidamente demostró que era mucho más que un cuerpo bonito que se movía bien.

Sabía cuando hacer una pausa, cuando soltar un gesto, cuando mirar al público de cierta manera para provocar la carcajada. Los cómicos del Blanquita se dieron cuenta, empezaron a incluirla en sus sketches. Ya no solo bailaba, actuaba. Ascía de Patiño, la comparsa del cómico principal, la que recibe los golpes y las bromas para que el protagonista brille.

Y María Elena era brillante como Patiño. Trabajó al lado de Resortes, ese hombre que bailaba como si sus piernas tuvieran vida propia. Trabajó con mantequilla, con Medel, con palillo. Aprendió de cada uno de ellos, pero María Elena no se quedó ahí. Mientras trabajaba en el Blanquita. Se preparaba. Estudió actuación con Carlos Ansira y Dimitrio Sarrz.

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