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El día que CANTINFLAS se detuvo por un VIOLINISTA CIEGO… y lo que hizo CAMBIÓ su destino

 Una crisis que no aparecería en los periódicos ni en las revistas de espectáculos, pero que estaba a punto de cambiarlo todo. Venía de una reunión en los estudios de la Columbia Pictures, donde un productor norteamericano de apellido Feldman le había ofrecido un contrato millonario para filmar tres películas en Hollywood con diálogos en inglés, con un personaje completamente distinto al que él había construido durante 20 años.

 un personaje que no tendría nada del peladito, nada del barrio, nada de ese lenguaje enredado y filosófico con el que millones de mexicanos se reconocían a sí mismos. Le habían ofrecido dinero, fama internacional, el nombre de Mario Moreno en marquesinas de Nueva York y Los Ángeles. Y él había dicho que necesitaba pensarlo, pensarlo como si hubiera algo que pensar cuando te piden que te conviertas en otra persona.

 Caminaba por la calle de Madero con ese peso encima cuando escuchó el sonido. Al principio no lo distinguió del ruido general de la ciudad. ese tapiz de bocinas y conversaciones y pasos y gritos de vendedores que forma la música sin nombre de los centros históricos de América Latina, pero después lo escuchó de nuevo y esta vez sí lo distinguió.

Era un violín, no una radio, no un organillero, no una orquesta de bodas escapada de algún salón de fiesta cercano. Era un violín solo, limpio, un poco rasposo en los bordes del sonido, pero absolutamente honesto en su centro. Un violín que tocaba la paloma. Esa melodía que en México tiene el extraño poder de hacerte sentir que estás recordando algo que nunca viviste.

 Mario se detuvo. No fue una decisión consciente. Sus pies simplemente se negaron a seguir caminando como si el suelo debajo de ellos hubiera cambiado de consistencia. Se quedó parado en medio de la banqueta con los transeútes esquivándolo por ambos lados como agua alrededor de una piedra y escuchó. El violín venía de la esquina con la calle de Bolívar.

 Mario giró la cabeza y lo vio. Era un hombre viejo, no viejo de años solamente, sino viejo de vida, de esa vejez que viene cuando las cosas difíciles se acumulan demasiado rápido y el cuerpo empieza a cargarlas en los hombros, en la curva de la espalda, en las manos. Estaba sentado en una silla de madera desvencijada con el violín apoyado en el hombro izquierdo y el arco moviéndose con una lentitud que al principio parecía torpeza, pero que Mario reconoció de inmediato como algo completamente distinto. Era precisión.

 Era el movimiento exacto de alguien que sabe perfectamente lo que está haciendo y no necesita apresurarse para demostrarlo. Tenía los ojos cubiertos por una venda de tela blanca. ya amarillenta en los bordes que le daba la vuelta a la cabeza. Frente a él, sobre el piso de piedra de la banqueta, había un sombrero de palma volcado boca arriba, con tres o cuatro monedas de cobre dentro que brillaban sin gran entusiasmo bajo la luz gris de esa tarde de octubre.

 Pero no era el violinista lo que hizo que Mario Moreno se quedara completamente inmóvil. Era la niña. Sentada en el suelo, junto a la silla del hombre viejo. Había una niña de quizás o 9 años con las piernas cruzadas y los codos apoyados en las rodillas y la barbilla apoyada en las manos, que miraba a los transeútes con unos ojos de una intensidad casi incómoda.

 No pedía, no extendía la mano ni decía nada, solo miraba. Con esa mirada directa e inocente que tienen los niños antes de aprender, que mirar directamente a la gente en la calle es una forma de hacer que se sientan incómodos. Y la gente pasaba. Pasaba sin detenerse, sin mirar el sombrero, sin aflojar el paso ni un segundo.

 La Ciudad de México de 1948 era una ciudad que tenía prisa. Siempre había tenido prisa. Mario metió la mano en el bolsillo del saco, sacó un billete de 20 pesos y lo dejó caer suavemente dentro del sombrero. El hombre viejo no interrumpió la melodía, pero la niña levantó la vista hacia Mario con esa expresión de los niños que han aprendido a desconfiar de los adultos amables.

 Una expresión que mezcla gratitud y cautela en proporciones iguales. Mario le sostuvo la mirada un segundo, le guiñó el ojo y siguió caminando. Había dado cuatro pasos cuando la voz del violinista lo detuvo de nuevo. Era una voz que no correspondía al cuerpo. El hombre era viejo y encorbado y parecía hecho de viento y huesitos.

 Pero su voz tenía un peso específico, una gravedad tranquila que venía de muy adentro, de ese lugar en el que los hombres guardan las cosas que han aprendido a fuerza de perderlas. Gracias, señor Moreno, dijo la voz. Mario se volvió despacio. El violinista seguía con los ojos cubiertos, con el arco apoyado sobre las cuerdas, inmóvil.

 Ahora no había nadie más cerca. La niña seguía mirando a Mario con su expresión de cautela y gratitud mezcladas. ¿Me conoce usted?, preguntó Mario. El hombre viejo sonrió. Era una sonrisa tranquila, sin ironía, de las que solo pueden hacer los que ya no tienen nada que demostrar. Lo reconocí por los pasos, dijo. Usted camina diferente a la gente que tiene prisa.

 Camina como si el suelo le perteneciera, pero sin creer que le pertenece. Es una manera muy particular de caminar. La reconocí la primera vez que lo vi en la carpa Ofelia en 1927, cuando usted era todavía un chamaco que hacía de todo porque todavía no sabía exactamente qué era lo suyo. Mario Moreno sintió que el tiempo hacía una cosa extraña, como cuando una ola regresa hacia la orilla en lugar de avanzar hacia el mar.

 La carpa Ofelia, 1927. Mario tenía 17 años. Entonces actuaba de acróbata, de payaso, de cantante, de lo que fuera que la noche pidiera en esas carpas de lona, que eran los teatros del pueblo en el México de los años 20, esos espacios milagrosos donde la cultura popular mexicana se inventaba a sí misma noche tras noche, sin que nadie le diera permiso ni le pusiera reglas.

 La carpa Ofelia estaba en la colonia Guerrero. Mario había actuado ahí durante dos temporadas antes de que alguien lo viera un martes de noviembre y le dijera que tenía algo, sin saber todavía qué era ese algo ni hacia dónde iba a llevarlo. ¿Usted estaba en la Ofelia?, preguntó Mario. Yo tocaba el violín en la entrada, dijo el hombre.

 Para que la gente se animara a entrar una orquestita de cuatro músicos. éramos el ce señuelo. Pues usted se acuerda de eso, ¿verdad? La música en la entrada para que la gente no pasara de largo. Mario se acordaba. Claro que se acordaba, pero no recordaba ese hombre en particular. “Me llamo Refugio”, dijo el viejo.

 Refugio Castillo y esta es mi nieta Carmela. La niña hizo un gesto con la cabeza que podría interpretarse como saludo o como confirmación de que efectivamente ese era su nombre y estaba de acuerdo con él. ¿Por qué tiene usted esa venda? Preguntó Mario. Aunque ya sabía la respuesta, porque la respuesta estaba en la manera en que el hombre no miraba hacia dónde hablaba, sino hacia un punto fijo ligeramente por encima del horizonte.

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