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66 años y Así es la vida de Marco Antonio Solís y su Mansión | Fortuna, Amores, Secretos y más

Un hotel boutique en el centro histórico de Morelia, Michoacán. 24 habitaciones exclusivas decoradas con elementos que hacen referencia a la carrera del hombre más romántico de la música en español. Un restaurante llamado Tu dulce y mi sal, un skybar bautizado El Milagrito, un spa, un gimnasio, áreas verdes que se extienden como si estuvieras en un parque privado, una fuente central con forma de nota musical, una aquabar, un estacionamiento subterráneo, salones de eventos con capacidad para 170 personas y en el jardín el detalle que más

fotografían los huéspedes, una piscina en forma de guitarra. Eso es la mansión Solí Hotel y Spa. Pero antes de ser hotel, antes de que los turistas pagaran entre 300 y la noche por dormir ahí, antes de que los fans lo bautizaran como el palacio de Buquinham, esa propiedad era otra cosa. Era una casa.

La casa donde Marco Antonio Solís vivió con su familia durante años. La casa donde compuso canciones que hicieron llorar a un continente entero. La casa donde su esposa Cristian Salas criaba a sus hijas Alison y Marle mientras él recorría el mundo llenando estadios. La casa donde probablemente escribió, si no te hubieras ido, la canción que según múltiples fuentes, fue inspirada por la muerte más dolorosa que enfrentó en toda su vida.

Y ahora cualquiera puede dormir ahí. Cualquiera puede caminar por los pasillos donde caminó el buuki, cualquiera puede sentarse donde él se sentó. Cualquiera puede mirar la misma vista que él miraba cuando cerraba los ojos y buscaba la melodía perfecta para una canción que después cantarían millones de personas desde Michoacán hasta la Patagonia.

Pero detrás de esa mansión convertida en hotel, detrás de esa piscina en forma de guitarra, detrás de ese imperio que incluye tequila, salsa, café y una marca de ropa deportiva, hay una historia que Marco Antonio Solís ha mantenido en silencio durante décadas. Una historia de pobreza extrema en un pueblo de Michoacán. de un niño que quería ser sacerdote y que terminó siendo compositor más importante de la música romántica en español, de un primo que fue su hermano artístico y que juntos tocaban en las calles de Ario de Rosales por monedas. De dos adolescentes

que viajaron solos a la Ciudad de México y tocaron puertas durante dos años sin que nadie les abriera. de un grupo llamado Los Bookis, que recibió el primer disco de diamante en la historia de la música mexicana, de un primer matrimonio con una cantante de rancheras que terminó en infidelidades, acusaciones de robo y un divorcio que dejó cicatrices profundas de un hijastro de 21 años que fue secuestrado y asesinado en Tijuana mientras él estaba de gira en Alemania, de una canción que nació de ese dolor y que se convirtió en

una de las más escuchadas en el mundo de habla hispana, de un segundo matrimonio con una modelo cubana que conoció en Nueva Jersey durante la grabación de un videoclip de adicciones que lo consumieron durante años y que solo la tragedia logró frenar de una separación de los bookies que dejó a un grupo de amigos convertidos en extraños de una carrera solista que vendió más de 80 millones de discos de cinco gramis latinos, de una estrella en el paseo de la fama de Hollywood, de una reunión 25 años después que llenó el Sofi Stadium y

de un hombre que a los 66 años sigue cantando porque dejarlo significaría aceptar que la historia terminó. Pero para entender como un niño de Michoacán que tocaba guitarra en la plaza de su pueblo terminó convirtiendo su casa en un hotel de lujo, primero hay que volver al principio, a un pueblo donde la música no era una carrera, era un milagro.

Ario de Rosales, Michoacán, 29 de diciembre de 1959. En una familia humilde nace el quinto de siete hijos. Su padre se llama Antonio Solís Marroquín. Su madre María Elena Sosa Hernández. Del padre hereda el gusto por la música. De la madre hereda la fe católica que lo marcaría de una manera que nadie esperaba. Porque antes de soñar con los escenarios, antes de imaginar que algún día tendría una estrella en Hollywood, el pequeño Marco Antonio tenía otro sueño.

¿Quería ser sacerdote. Sí, el hombre que después escribiría más que tu amigo si no te hubieras ido. Tu cárcel y cientos de canciones de amor que hicieron llorar a generaciones enteras. De niño quería consagrar su vida a Dios. Se crió bajo la formación de la Congregación Católica de los Salesianos.

La fe era parte de su identidad. La iglesia era su refugio y el sacerdocio era el camino que parecía trazado para él. Pero la vida tenía otros planes o más exactamente la música tenía otros planes. Porque además de querer ser sacerdote, Marco Antonio tenía otro sueño que parece sacado de una comedia, pero que es absolutamente real.

De niño quería ser payaso o en su defecto, humorista. Le fascinaba hacer reír a la gente, le encantaba el espectáculo, le atraía la idea de pararse frente a un público y provocar una reacción. No sabía todavía que esa reacción no sería la risa, sino las lágrimas, y que las provocaría no con chistes, sino con canciones. La música entró en su vida antes de que pudiera resistirla. Su padre tocaba.

En ário de Rosales, la música era parte del aire que se respiraba. Los fines de semana las plazas se llenaban de sonidos. Los domingos después de misa, la gente cantaba y el niño Marco Antonio absorbía todo. Cada melodía, cada ritmo, cada acorde que escuchaba se quedaba grabado en su cabeza como una fotografía sonora.

A los 10 años, en 1970, hizo algo que cambió el rumbo de su vida para siempre. formó un dueto musical con su primo Joel Solís, lo llamaron los hermanitos Solís y después el dueto Solís. Eran dos niños con guitarras, nada más, sin equipo, sin micrófono, sin amplificadores, solo dos guitarras y dos voces que se complementaban con una naturalidad que no se podía enseñar.

Se paraban en la plaza principal de Ario de Rosales y tocaban para los transeútes. La gente se detenía, los miraba, dejaba monedas y esos dos niños de apenas 10 y 11 años cautivaban a los caminantes con un innato amor por la música y unas voces privilegiadas que no correspondían con su edad. Y entonces, a los 12 años, Marco Antonio y Joel hicieron algo que requiere una valentía que la mayoría de los adultos no tienen.

Se fueron a la ciudad de México solos. Dos niños de un pueblo de Michoacán, sin dinero, sin contactos, sin nadie que los esperara, tomaron un autobús y se fueron a la capital a buscar una oportunidad. ¿Te imaginas? Dos niños de 12 años llegando a la ciudad de México con una guitarra cada uno y el sueño de ser músicos, sin saber a dónde ir, sin saber a quién hablarle, sin saber cómo funciona la industria, solo con la certeza de que en su pueblo no iba a pasar nada y de que si querían ser alguien tenían que irse.

Se presentaron en el popular programa de televisión siempre en domingo, conducido por Raúl Velasco bajo el nombre de los soles Tarascos. Era 1971. La aparición les dio visibilidad, pero no contratos. Nadie les abrió la puerta, nadie les ofreció un disco, nadie los tomó en serio. Eran dos niños más de los cientos que llegaban a la capital cada semana buscando el mismo sueño imposible y empezaron a tocar puertas.

Literalmente iban de disquera en disquera, de oficina en oficina, de productor en productor. Buenas tardes, somos los hermanitos Solís. Queremos grabar un disco. Y la respuesta era siempre la misma. No, vuelvan después. No nos interesa. Son muy jóvenes. No tienen experiencia. No, no, no. Dos años.

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