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El viento soplaba con una furia incontrolable aquella noche.

El viento soplaba con una furia incontrolable aquella noche.

En una habitación pequeña, iluminada apenas por una vela moribunda,
el destino se estaba sellando.

El sudor corría por la frente de Andrea, mezclándose con lágrimas
de puro terror.

La partera gritaba con una voz ronca que parecía venir del
inframundo.

¡Ándale, ándale, empújele con todas sus fuerzas!…

¡El tiempo se nos agota y la vida se escapa entre sus dedos!…

Andrea sentía que su cuerpo se partía en dos, un dolor que ninguna
palabra podría describir.

Cada contracción era una puñalada de fuego en su vientre castigado.

¡Ya casi está aquí!… ¡Ya puedo ver la coronilla!…

¡No se rinda ahora, mujer, que el destino no espera a los
débiles!…

Un grito desgarrador escapó de la garganta de Andrea, un eco que
resonó en las paredes de adobe.


Y de repente… el silencio.

Un silencio espeso, cargado de una tensión que cortaba el aliento.

Entonces, el llanto… un llanto débil, pero lleno de vida, rompió
la oscuridad.

Es una niña… mire qué chula es, Andrea… es perfecta…

Pero Andrea no podía mirarla, el peso de la culpa era más fuerte
que el instinto.

No… no puedo verla… llévesela lejos de aquí…

La patrona entró en la habitación, su rostro era una máscara de
frialdad y desesperación.

Sus ojos, inyectados en sangre, no mostraban rastro de piedad
materna.

Tómala, Andrea… tómala y huye antes de que el sol descubra
nuestro pecado…

Si mi padre se entera de que esta niña es sangre de su jardinero,
no habrá lugar en la tierra donde escondernos…

Él la matará, y después nos matará a nosotras sin pestañear…

Pero señora… es su hija… es su propia carne y sangre…

¡Ya no es nada mío!… a partir de este momento, ella solo existe
en tus brazos…

Hazla pasar por tuya… cámbiate el nombre si es necesario… pero
desaparece…

En el establo hay un burro con algo de dinero y provisiones…

No mires atrás, porque si lo haces, la muerte te alcanzará…

Andrea abrazó a la pequeña, sintiendo el calor de un cuerpo que no
le pertenecía.

Prométame que la cuidará, Andrea… júrelo por su vida…

Lo juro, señora… por mi alma y por mi sangre, que nadie le tocará
un pelo…

Y así, bajo el manto de la medianoche, una madre renunciaba y otra
nacía del engaño.

— ACTO II: LA TRAICIÓN DE ALEJANDRO Y EL DESTIERRO —
El camino hacia la ciudad era una herida abierta en la tierra seca.

Andrea caminaba con los pies sangrando, pero su corazón sangraba
mucho más.

Cada paso era una traición a sus propios sueños de amor.

¿Qué diría Alejandro al verla con un bebé que no era de él?…

Alejandro… su único amor, el hombre que le prometió las estrellas
en las noches de cosecha…

Al llegar al pueblo, el aire se sentía pesado, cargado de juicios y
susurros.


Ella lo vio a lo lejos, esperándola con una sonrisa que pronto se
convertiría en ceniza.

¡Andrea! ¡Mi amor! ¡Has vuelto!… pero… ¿qué es eso que traes en
brazos?…

El mundo se detuvo para Andrea, el aire se volvió veneno en sus
pulmones.

Es mía, Alejandro… esta niña es mi hija…

El rostro de Alejandro pasó de la confusión a la furia ciega en un
segundo.

¿Tuya?… ¿cómo puede ser tuya si yo te esperé cada noche con el
corazón en la mano?…

¿Quién fue el maldito que me robó lo que era mío?… ¡Dime su
nombre para que pueda beberme su sangre!…

No puedo decirte nada… por favor, no hagas más preguntas que solo
traen dolor…

Solo te pido que me creas… no he hecho nada de lo que deba
avergonzarme…

¡Mentirosa!… ¡resultaste igual que todas, una mujer sin honor y
sin palabra!…

Yo iba a pedirte matrimonio… aquí tenía el anillo, forjado con mi
sudor y mis lágrimas…

¡Pero ahora solo quiero que te largues de mi vista antes de que
cometa una locura!…

Qué decepción, Andrea… qué asco me das al verte ahí parada con
ese pecado en brazos…

Las palabras de Alejandro eran flechas envenenadas que perforaban
el alma de Andrea.

Si doña Mari estuviera viva, se moriría de nuevo al ver la basura
en la que te has convertido…

¡Cállate!… no tienes derecho a mencionarla con esa boca llena de
odio…

Vete, Andrea… desaparece en la ciudad y que Dios te perdone,
porque yo nunca lo haré…

Andrea dio media vuelta, con el orgullo roto pero la promesa
intacta.

Adiós, Alejandro… espero que algún día la verdad te alcance y te
muerda el alma…

— ACTO III: LA CIUDAD DE CRISTAL Y LA MISERIA HUMANA —
La ciudad de México la recibió con el rugido de los motores y la
indiferencia de millones.

Era un monstruo de cemento que devoraba a los que no tenían nombre.

Andrea se sentó en una banca de parque, sintiendo que el frío le
calaba los huesos.

¿Qué voy a hacer ahora?… no tengo a nadie, no conozco a este
monstruo…

La pequeña Angélica lloraba de hambre, un llanto que le partía el
pecho a Andrea.

Tranquila, mi cielo… mamá te va a conseguir comida… lo juro…

Buscó en su bolso el poco dinero que le quedaba, pero sus manos
solo encontraron vacío.

¡Ayuda!… ¡me han robado!… ¡todo mi dinero se ha ido!…

Gritó, pero nadie se detuvo… las personas pasaban como sombras
sin alma.

Se acercó a una pareja de jóvenes elegantes, buscando un rastro de
humanidad.

Señorita, por favor… ¿no tendrá una moneda?… me acaban de
asaltar y mi niña no ha comido…

La joven la miró con asco, ajustándose el abrigo de piel como si
Andrea fuera una plaga.

Puras mentiras… si no tienes dinero, ¿por qué te reproduces como
animal?…

Qué asco me da la gente como tú… solo estiran la mano para
incomodarnos…

Vámonos, amor… no dejes que esta india nos arruine el día…

Andrea sintió que el suelo se abría bajo sus pies.


Dios mío… ¿en qué mundo me he metido?…

Caminó durante horas, con la lengua seca y los brazos entumecidos
por el peso de la niña.

Llegó a una esquina donde una señora vendía periódicos.

Señora, por favor… ¿no tendrá un poco de trabajo para mí?… lo
que sea, limpiar, barrer…

¿Trabajo?… ¿con esa facha de ratera?… lárgate antes de que
llame a la policía…

Nadie quería verla, nadie quería escucharla.

Andrea se dejó caer en un callejón, abrazando a Angélica con la
fuerza de la desesperación.

Perdóname, Virgencita… perdóname por lo que voy a hacer… pero
mi hija no va a morir hoy…

— ACTO IV: EL ÁNGEL DE LA MANSIÓN Y EL DEMONIO DE LA ENVIDIA —
El destino tiene formas extrañas de jugar con las almas perdidas.

En una callejoneada, el destino puso al joven Luis en su camino.

Él la vio desmayarse, con la niña aferrada a su pecho como si fuera
un tesoro.

¡Señorita! ¡Cuidado!… ¿está usted bien?…

Luis la llevó a su casa, una mansión que parecía un castillo de
cuentos de hadas.

Cuando Andrea despertó, el aroma a comida caliente inundaba sus
sentidos.

¿Dónde estoy?… ¿dónde está mi niña?…

Tranquila, Andrea… Angélica está bien, está comiendo con la
nana…

Luis la miró con unos ojos llenos de una bondad que Andrea ya no
creía que existiera.

Eres muy valiente por haber llegado hasta aquí sola…

Dime, ¿a qué viniste a la ciudad?…

Buscaba una oportunidad… para que mi hija no tenga que vivir en
la miseria…

Pues ya no busques más… puedes quedarte aquí… yo necesito ayuda
en la casa…

¿En serio?… ¿me daría trabajo después de verme en ese estado?…

Claro que sí… no tengo el corazón de piedra para dejar a una
mujer a su suerte…

Pero la felicidad duraría poco, pues el veneno de la envidia
acechaba en los pasillos.

Paola, la prometida de Luis, entró en la sala como un huracán de
odio.


¿Y esta quién es?… ¿qué hace esta mugrosa sentada en mis sillones
de terciopelo?…

Luis, por favor… no me digas que has recogido a otro perro
callejero de la calle…

¡Paola, basta!… ella es Andrea, y se va a quedar a trabajar
aquí…

¡Estás loco!… las criadas se buscan en agencias, no en las
alcantarillas…

¡Mírala!… huele a pueblo, huele a pobreza… ¡me da náuseas!…

Andrea bajó la cabeza, sintiendo que la humillación era el precio
que debía pagar por el techo.

No te preocupes por ella, Andrea… aquí tú eres mi empleada y yo
soy quien manda…

Pero Paola no se detendría… cada día era un infierno de órdenes
imposibles y desprecios.

¡Limpia mis zapatos, criada!… ¡y hazlo de rodillas, que es donde
debes estar!…

Andrea aguantaba, apretando los dientes hasta que le sangraban las
encías.

Lo hago por Angélica… por ella soportaría el mismísimo fuego…

— ACTO V: LA BODA ROTA Y EL BESO DEL DESTINO —

Siete años pasaron como un suspiro cargado de tensiones.

Luis y Andrea se habían vuelto confidentes, compartiendo silencios
que decían más que mil palabras.

Pero la noticia cayó como una losa de mármol sobre el corazón de
Andrea.

Luis le había pedido matrimonio a Paola… al fin se casarían.

Andrea sintió que el mundo se volvía gris, que el aire le faltaba.

Felicítanos, Andrea… Luis por fin se decidió a hacerme su
esposa…

Andrea solo pudo asentir con la cabeza, mientras las lágrimas
quemaban sus ojos.

Felicidades, patrón… le deseo toda la felicidad del mundo…

Pero el destino tenía otros planes guardados bajo la manga.

Un dibujo… un simple dibujo de Angélica desató la tormenta final.

Era Luis, Andrea y Angélica, tomados de la mano como una familia
real.

Paola lo vio y su furia estalló como un volcán de odio puro.

¡Maldita escuincla!… ¡¿cómo te atreves a dibujar a mi novio con
esta chacha?!…

Rompió el dibujo en mil pedazos, pisoteando las esperanzas de una
niña.


¡Ustedes no son nada!… ¡solo son basura que Luis recogió por
lástima!…

Andrea no pudo más… el instinto de madre fue más fuerte que el
respeto al patrón.

¡Con mi hija no se meta, señora!…

El sonido de la bofetada resonó en toda la mansión, un golpe que
rompió años de cadenas.

Luis entró en ese momento, viendo el caos y la verdadera cara de su
prometida.

¡Me ha pegado! ¡Tu chacha me ha pegado! ¡Córrela ahora mismo!…

No, Paola… la que se va de esta casa eres tú…

He aguantado tus desprecios, tu altanería y tu maldad durante
años…

Pero hoy me doy cuenta de que no puedo casarme con un monstruo…

¡Se acabó!… nuestra relación se termina aquí y ahora…

Paola salió gritando maldiciones, jurando que se vengaría de todos.

Esa noche, Luis buscó a Andrea en la cocina.

Perdóname, Andrea… por no haberme dado cuenta antes de quién eras
tú realmente…

Eres la mujer más valiente y pura que he conocido…


Y en medio de la penumbra, Luis la besó… un beso que sabía a
justicia y a esperanza.

— ACTO VI: LA REAPARICIÓN DE YOSUANI Y EL ARREBATO DE ANGÉLICA —
La paz era un cristal frágil que estaba a punto de romperse en mil
pedazos.

Una mujer elegante apareció en la puerta de la mansión, con el
rostro marcado por el pasado.

Yosuani… la verdadera madre de Angélica, había vuelto para
reclamar su deuda.

He vuelto por lo que es mío, Andrea… ya no tengo miedo de mi
padre…

Andrea sintió que la sangre se le helaba en las venas.

¡No!… ¡tú renunciaste a ella!… ¡tú me la entregaste para que yo
la salvara!…

¡Angélica es mi hija!… ¡yo la cuidé, yo pasé hambre por ella!…

Pero Angélica escuchó todo desde las sombras, y su corazón se llenó
de una ambición oscura.

¿Tú no eres mi madre?… ¿mi verdadera madre es rica y elegante?…

Entonces no quiero ser más la hija de una criada ignorante…

¡Angélica, no digas eso!… ¡te lo he dado todo!…

¡Me has dado miseria y humillación!… ¡quiero irme con ella!…

Andrea vio cómo su hija, la razón de su vida, la abandonaba sin
mirar atrás.

Se fue con Yosuani, buscando el oro y el estatus, dejando a Andrea
con el alma desgarrada.

Luis la abrazó, tratando de recoger los pedazos de su corazón roto.

Déjala ir, Andrea… si ese es su deseo, no puedes encadenarla a tu
amor…

Pero el dolor era un pozo sin fondo donde Andrea se hundía cada día
más.

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