PARTE 1
El timbre de la puerta sonó con esa insistencia metálica que solo los padres jubilados saben imprimir.
Paco no llamaba una vez.
Paco llamaba con la cadencia de un código morse que decía: «Ya estoy aquí para salvaros de vosotros mismos».
Elena suspiró frente al espejo del pasillo, dándose un último toque al pelo.
Sabía lo que venía.
Sabía que la visita de su suegro no era una simple comida de domingo.
Era una inspección técnica de obras en toda regla.
Javi, su marido, apareció por el pasillo ajustándose los puños de la camisa.
—Ya está aquí el general —susurró Javi con una sonrisa nerviosa.
—Ábrele antes de que tire la puerta abajo, por favor —respondió Elena.
Javi giró el pomo y la figura de Paco irrumpió en el recibidor como una ráfaga de viento del norte.
Traía puesto un abrigo de lana que pesaba más que la hipoteca del piso.
Y una bufanda de cuadros que le daba tres vueltas al cuello, ocultando casi por completo su barbilla.
—Buenas tardes —dijo Paco, aunque sus ojos no miraban a su hijo.
Sus ojos, como dos radares de última generación, ya estaban escaneando las molduras del techo.
—Hola, papá, pasa, dame el abrigo —dijo Javi intentando ser hospitalario.
Paco no soltó el abrigo de inmediato.
Se quedó clavado en el centro del recibidor, inhalando el aire como un sumiller de catástrofes.
—¿Habéis dejado alguna ventana abierta? —preguntó Paco con una seriedad que helaba la sangre.
—No, papá, está todo cerrado —contestó Javi con paciencia infinita.
Paco dio un paso hacia el salón, arrastrando los pies con ese ritmo pausado de quien camina sobre un campo de minas.
Elena salió a su encuentro, forzando la mejor de sus sonrisas de nuera perfecta.
—¡Paco! Qué alegría verte, pasa al salón, que está la mesa puesta.
Paco le dio dos besos protocolarios, pero su mente estaba en otra parte.
Estaba exactamente a cuatro metros sobre sus cabezas.
Se detuvo en el umbral del salón, una estancia preciosa, rehabilitada, con suelos de pino melis y ventanales que llegaban hasta el suelo.
Pero Paco no veía el diseño escandinavo.
No veía las plantas exóticas que Elena cuidaba con mimo.
Paco solo veía metros cúbicos de aire inútil.
Se quitó la bufanda con un gesto dramático, como si estuviera desarmando una bomba.
—Hija mía —dijo Paco, dirigiéndose a Elena con un tono de profunda lástima.
—Dígame, suegro —respondió ella, preparándose para el impacto.
Paco extendió el brazo derecho, señalando con el dedo índice hacia lo alto.
—Este piso con los techos tan altos es una ruina para la calefacción.
El silencio que siguió a la frase fue absoluto.
Javi intentó intervenir, pero Paco le cortó con un gesto de la mano.
—No tenéis cabeza, de verdad os lo digo —insistió el hombre, negando con la cabeza.
—Pero Paco, si es mucho más espacioso y bonito así —replicó Elena, tratando de defender su santuario.
—Nos encanta la luz que tiene, y la sensación de libertad.
Paco soltó una carcajada seca, una de esas que nacen en el esófago y mueren en el sarcasmo.
—Bonito no calienta el salón en enero, Elena —sentenció Paco.
Se acercó a uno de los radiadores de hierro fundido, que Javi había pintado de un elegante gris antracita.
Paco posó la mano sobre el metal como si estuviera comprobando el pulso de un enfermo terminal.
—Esto está templado —anunció con gravedad—. Esto está pidiendo clemencia.
—Está a veintiún grados, papá, la temperatura ideal —dijo Javi, acercándose.
—Veintiún grados en el suelo, Javi —corrigió Paco, señalando de nuevo hacia el techo.
—¿Y de qué te sirven a ti veintiún grados en los tobillos si el calor se está yendo de fiesta a las molduras?
Paco empezó a caminar por el salón, haciendo cálculos mentales que nadie le había pedido.
—Tenéis aquí arriba, por lo menos, un metro y medio de aire que no sirve para nada.
—Aire de lujo. Aire aristocrático. Pero aire que os va a costar un ojo de la cara.
Elena miró a Javi buscando apoyo, pero Javi estaba demasiado ocupado mirando sus propios calcetines.
—Es un piso antiguo, Paco —dijo Elena con suavidad—. Antes se construía así.
—¡Claro que se construía así! —exclamó Paco, recuperando el vigor de sus mejores tiempos de capataz.
—Se construía así porque en aquella época la gente tenía sentido común y usaba braseros de cisco bajo la mesa.
—La gente no pretendía calentar una catedral con tres radiadores de diseño que parecen sacados de una revista de muebles suecos.
Paco se sentó en el sofá de lino, pero no se acomodó.
Se quedó en el borde, como si temiera que el sofá también estuviera perdiendo energía térmica.
—¿Sabéis lo que está pasando ahora mismo ahí arriba? —preguntó Paco con misterio.
—No, Paco, cuéntenos —dijo Elena, resignada a la lección de termodinámica.
—Pues que el calor, que es muy listo, se está riendo de vosotros.
—Sube por las paredes, se acomoda en las esquinas del techo, y allí se queda, mirando cómo vosotros os castañeáis los dientes aquí abajo.
—Estamos perfectamente, de verdad —insistió Elena, aunque notaba una leve corriente de aire en la nuca.
Paco entrecerró los ojos.
—Tenéis los pies fríos —afirmó el suegro—. Lo veo en la forma en que movéis los dedos dentro de los calcetines.
Javi se encogió de hombros y se sentó en el sillón de enfrente.
—Es solo la primera factura, papá, no será para tanto.
Paco se levantó de golpe, como impulsado por un resorte de indignación pura.
—¿Que no será para tanto? —gritó, aunque sin perder la compostura castellana.
—Javi, hijo, cuando llegue el recibo del gas este mes, vais a pensar que habéis alquilado el Palacio Real.
—Vais a tener que pedir un crédito personal para pagar el CO2 que habéis acumulado en ese techo.
Paco empezó a pasear de nuevo, esta vez midiendo la habitación con pasos de gigante.
—Uno, dos, tres… —murmuraba.
—¿Qué hace, suegro? —preguntó Elena con curiosidad genuina.
—Estoy calculando los metros cúbicos de desperdicio —respondió Paco sin dejar de caminar.
—Tenéis aquí aire suficiente para inflar tres globos aerostáticos y dar la vuelta al mundo.
—Y todo ese aire, Elena, lo estáis pagando a precio de oro.
Se detuvo frente al ventanal y pasó el dedo por la junta del marco.
—Y por aquí entra el siete de caballería —dijo con amargura.
—Ese aluminio no rompe el puente térmico ni aunque le pongas una manta.
Elena suspiró y se dirigió a la cocina.
—Voy a traer el primer plato, a ver si con la sopa se le calienta el ánimo, Paco.
—Trae, trae —dijo Paco—. Pero tráela en un termo, porque como la dejes en la mesa dos minutos, este techo se la bebe.
Paco se quedó solo en el salón con su hijo.
Le puso una mano en el hombro con una pesadez paternal que Javi conocía bien.
—Javi, lo digo por vuestro bien —susurró Paco—. La estética es para los ricos o para los tontos.
—Y yo sé que tú no eres rico.
Javi sonrió, tratando de quitarle hierro al asunto.
—Papá, es el piso que queríamos. Nos gusta vivir aquí.
—Si no te digo que no sea aparente —admitió Paco, mirando la lámpara de diseño que colgaba del centro.
—Pero ese vacío que hay ahí arriba… ese vacío es una traición.
—Es como si compraras un coche y pagaras la gasolina de otros tres que van detrás de ti.
Elena volvió con una sopera de cerámica de la que salía un vapor reconfortante.
—Venga, a la mesa —ordenó con autoridad.
Paco se sentó, pero antes de coger la cuchara, hizo un último gesto.
Se subió el cuello del jersey, cubriéndose hasta la barbilla.
—¿Tienes frío, Paco? —preguntó Elena con ironía.
—No es frío, hija —respondió Paco mientras se servía un cucharón generoso.
—Es respeto. Respeto a las leyes de la física que vosotros habéis decidido ignorar por un puñado de molduras bonitas.
PARTE 2
La sopa de picadillo burbujeaba en los platos, desprendiendo un aroma a caldo de ave y jamón que habría amansado a cualquier fiera.
Pero Paco no era una fiera corriente.
Era un fiera con un máster en eficiencia energética obtenido en la universidad de la vida y los inviernos de la meseta.
Sopló la cuchara con una técnica depurada, manteniendo la vista fija en el vaho que ascendía.
—Mira —dijo Paco, señalando el vapor—. Mira cómo se va.
—¿Qué se va, papá? —preguntó Javi, que ya atacaba su plato con ganas.
—El calor de la sopa, Javi. No dura nada.
—En un piso normal, con techos de dos metros veinte, este vaho chocaría con el techo y crearía un microclima.
—Aquí, el vaho sube y sube, y cuando quiere darse cuenta, ya está en la estratosfera de vuestro salón.
Elena masticó un trozo de huevo duro con paciencia budista.
—Suegro, disfrute de la sopa, que está hecha con la receta de su madre.
Paco probó un bocado y, por un segundo, su expresión se suavizó.
La nostalgia del sabor fue un breve interludio en su cruzada contra el aire.
—Está buena, no te digo que no —admitió Paco—. Pero fíjate en una cosa.
Dejó la cuchara sobre el mantel y entrelazó sus dedos regordetes.
—Si yo fuera el dueño de la compañía del gas, ahora mismo me estaría fumando un puro a vuestra salud.
—Estaría en mi despacho diciendo: «Gracias, Javi; gracias, Elena, por calentar el cielo de Madrid».
—Papá, de verdad, que la factura no es tan alta —mintió Javi, recordando el último cargo de doscientos ochenta euros.
Paco le lanzó una mirada que atravesaba las mentiras como un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla.
—No me mientas, Javier. Te conozco desde que te hacías pis en la cama.
—Tienes la cara de alguien que ha visto el extracto del banco y ha pensado en vender un riñón.
Elena decidió cambiar de táctica.
—Bueno, Paco, pero no me negará que el piso ha quedado espectacular.
—¿Vio cómo hemos restaurado las vigas de madera?
Paco miró hacia arriba, entornando los ojos como si examinara el casco de un barco antiguo.
—Las vigas están muy bien, Elena. Muy rústicas. Muy de revista de decoración.
—Pero las vigas no pagan las facturas.
—Esas vigas son como las columnas de un templo griego: muy bonitas, pero no evitan que te hieles de frío.
Se produjo un breve silencio, solo interrumpido por el sonido metálico de las cucharas contra la porcelana.
Paco terminó su sopa y se limpió la comisura de los labios con la servilleta de tela, doblándola luego con precisión militar.
—¿Sabéis lo que deberíais haber hecho? —preguntó Paco, aunque nadie había solicitado su consejo.
—Haber bajado los techos con pladur.
Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura ambiente.
—¿Bajar los techos? —exclamó ella, horrorizada—. ¡Pero si eso mataría el alma de la casa!
—El alma de la casa —repitió Paco con sorna—. El alma no necesita bufanda, Elena. Los cuerpos de carne y hueso, sí.
—Si bajáis el techo un metro, creáis una cámara de aire.
—Metéis ahí un poco de lana de roca, un par de focos LED de esos que no gastan nada, y de repente tenéis una casa, no una estación de tren.
—Paco, por Dios, que esto es un piso señorial —dijo Javi, intentando defender su inversión.
—Señorial, dice —bufó Paco—. Señorial era el castillo de Olite, y allí tenían que quemar troncos como vigas para no perder los dedos de los pies por la gangrena.
Paco se levantó de la mesa y se dirigió hacia la esquina del salón, donde un termómetro digital colgaba de la pared.
—Diecinueve grados y medio —anunció con el tono de un forense—. Ha bajado un grado y medio desde que hemos empezado a comer.
—Es porque hemos abierto la puerta de la cocina, papá —explicó Javi.
—Es porque la casa está perdiendo la batalla, Javi. Estáis en retirada.
Paco regresó a la mesa, pero esta vez se quedó de pie, como un conferenciante en pleno clímax.
—Vosotros sois jóvenes, tenéis la sangre caliente y creéis que el diseño os va a dar de comer.
—Pero el tiempo pasa. Y las articulaciones se resienten.
—Llegará un día en que os sentaréis en este sofá y notaréis que el aire que hay sobre vuestras cabezas es un gigante de hielo que os oprime el pecho.
—¡Qué dramático es, suegro! —dijo Elena, intentando reírse para aliviar la tensión.
—No es drama, es ingeniería doméstica básica —replicó Paco.
—Mira este ventanal. Es precioso, sí. Pero es un colador.
—He visto barcos de pesca en Galicia con cierres más herméticos que este.
Se acercó de nuevo a la ventana y empezó a gesticular como si estuviera dando una clase de física cuántica.
—El aire frío, que es más denso, entra por las rendijas de abajo.
—Empuja al aire caliente, que es un vago y se va volando hacia arriba.
—Y vosotros os quedáis en medio, en esa tierra de nadie donde el confort brilla por su ausencia.
Paco volvió a sentarse, pareciendo de repente más cansado.
—Mi primera casa tenía los techos tan bajos que si saltabas te dabas con la lámpara.
—Pero allí, con una estufa de butano, estábamos como en una sauna.
—No necesitábamos mantas, ni calcetines de lana, ni esas tonterías de “estilo industrial”.
Elena trajo el segundo plato: un asado de ternera que olía a gloria bendita.
Paco lo miró con aprobación, pero no pudo evitar el comentario final.
—Espero que el horno haya ayudado a calentar la cocina, porque si no, este filete va a ser lo único caliente que veamos hoy.
Javi suspiró y miró a su mujer.
Elena le devolvió una mirada de “te lo dije”.
La comida continuó, pero la sombra de los cuatro metros de altura planeaba sobre la mesa como un nubarrón.
Cada vez que alguien soltaba una risa, Paco miraba hacia arriba, como si la risa también fuera a quedarse atrapada en las molduras, fuera del alcance de los mortales.
—¿Queréis que os cuente lo que me pasó a mí en el año ochenta y dos con una caldera de gasoil? —preguntó Paco, preparando el terreno para una anécdota de veinte minutos.
—Si no hay más remedio, papá… —dijo Javi.
—Pues veréis, en aquel entonces, el aislamiento era una palabra que solo usaban los que trabajaban en manicomios…
La voz de Paco llenaba el espacio, pero su mente seguía calculando la pérdida de kilovatios por segundo.
Para él, aquel salón no era un hogar.
Era una fuga de capitales constante.
Una herida abierta en la cuenta corriente de su hijo.
Y Paco, como buen padre, no iba a dejar que esa herida dejara de sangrar sin antes meter el dedo bien hondo.
—Comed, comed —dijo Paco mientras cortaba la carne—. Que hay que coger calorías para sobrevivir a la tarde en esta nevera de diseño.
PARTE 3
A medida que el asado de ternera desaparecía de los platos, la tensión térmica en el salón parecía haber alcanzado un punto de no retorno.
Paco, después de su tercera copa de vino tinto —un Ribera que, según él, era lo único que mantenía su temperatura corporal por encima del nivel de hipotermia—, decidió pasar a la fase de inspección activa.
Se levantó de la mesa sin previo aviso.
—¿A dónde va ahora, suegro? —preguntó Elena, que ya empezaba a temer por la integridad de los tabiques.
—Voy a comprobar la presión de la caldera —anunció Paco con la determinación de un general antes de la batalla de Waterloo.
—Papá, que la caldera está en la galería, hace un frío que pela ahí fuera —le advirtió Javi.
—Precisamente por eso voy. La galería es el puesto de mando. Si la caldera sufre, la casa sufre.
Paco desapareció por la puerta de la cocina, y un segundo después se oyó el chasquido del cerrojo de la galería.
Javi y Elena se miraron en silencio.
—¿Crees que intentará desmontarla? —susurró Elena.
—Espero que no traiga herramientas en el coche —respondió Javi con genuina preocupación.
Desde la cocina llegaban los ruidos característicos de Paco interactuando con la maquinaria: unos golpecitos metálicos, algún que otro resoplido y el sonido del agua circulando por las tuberías.
Paco regresó al salón un par de minutos después, frotándose las manos y con la punta de la nariz ligeramente enrojecida.
—Uno con dos bares —dijo, lanzando la cifra como si fuera una sentencia de muerte.
—¿Cómo? —preguntó Javi.
—La presión, Javier. Está a uno con dos bares. Eso es una vergüenza.
—Debería estar a uno con cinco, mínimo, para empujar el agua hasta esa altura sideral que tenéis aquí.
—La bomba está trabajando forzada. La estáis matando. Es como pedirle a un burro que suba el Everest con un piano a cuestas.
Paco se sentó de nuevo, pero esta vez no recuperó su posición anterior.
Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en sus rodillas, adoptando la postura del sabio que imparte una verdad dolorosa.
—¿Os habéis fijado en las cortinas? —preguntó de repente.
Elena miró sus cortinas de lino color crema, de las que estaba especialmente orgullosa.
—Sí, Paco, son nuevas. ¿Qué les pasa?
—Que son demasiado finas, hija mía. Eso no son cortinas, son gasas.
—Por ahí se escapa el calor como si no hubiera un mañana.
—En mis tiempos, las cortinas pesaban diez kilos cada una. Eran auténticos muros de terciopelo.
—Cuando las cerrabas, se creaba una frontera infranqueable entre el invierno y tu casa.
—Pero claro, ahora lo que se lleva es lo “minimalista”.
—Minimalista en tela, pero maximalista en la factura de la luz, ¿verdad?
Paco soltó una carcajada amarga y miró hacia el techo por enésima vez.
—A veces me pregunto si no escucháis el dinero salir volando hacia arriba.
—Es un sonido sutil, como un siseo. “Sssss… ahí van diez euros… sssss… ahí van otros veinte…”.
Javi intentó desviar la atención hacia algo más seguro.
—Bueno, papá, ¿qué tal te va con la comunidad de vecinos?
—No me cambies de tema, Javi, que estamos hablando de cosas serias —le cortó Paco.
—Estamos hablando de vuestro futuro. De vuestra solvencia.
—Porque un día querréis tener hijos, ¿no?
Elena se atragantó ligeramente con el agua.
—Pues imagínate a un niño gateando por este suelo —continuó Paco, ignorando el gesto de Elena.
—A esa altura, la temperatura debe de estar ahora mismo a catorce grados.
—Ese pobre crío va a necesitar un traje de neopreno para jugar con los clics de Playmobil.
—Va a ser el primer niño en la historia que coja una pulmonía dentro de su propia casa por culpa de la estética neoyorquina.
Paco se puso en pie y empezó a gesticular, representando el crecimiento de un niño imaginario.
—El niño irá creciendo, y según suba de altura, irá encontrando diferentes climas.
—A los tres años, estará en la zona de tundra.
—A los seis, llegará a la zona templada.
—Y solo cuando mida un metro ochenta como tú, Javi, podrá decir que tiene las orejas calientes.
Elena no pudo evitarlo y soltó una carcajada.
—¡Es usted único, Paco!
Paco la miró con una mezcla de orgullo herido y satisfacción cómica.
—Ríete, ríete, Elena. Pero el recibo del gas no tiene sentido del humor.
—El del gas es un señor muy serio que vive en un despacho de cristal y se frota las manos cada vez que ve un techo de más de tres metros.
Paco volvió a pasear por el salón, deteniéndose ante una estantería llena de libros.
—Incluso los libros están sufriendo —dijo, pasando el dedo por el lomo de un volumen de arquitectura.
—Están secos. El aire caliente que hay ahí arriba está deshidratando la cultura.
—Tenéis que tomar medidas drásticas. Y las tenéis que tomar ya.
Javi se recostó en su silla, cruzando los brazos.
—A ver, ilustre ingeniero, ¿cuáles son esas medidas drásticas según usted?
Paco se detuvo en seco. Se le iluminaron los ojos. Estaba esperando esa pregunta.
—Primero: bajada de techos con falso techo de escayola y aislamiento térmico de alta densidad.
—Pierdes la moldura, sí. Pero ganas en salud mental y en euros en el bolsillo.
—Segundo: sustitución de esos ventanales por unos de PVC con triple cristal y cámara de argón.
—Nada de aluminio, por muy “chic” que sea. El aluminio es el enemigo del hombre trabajador.
—Tercero: instalación de un sistema de ventiladores de techo invertidos.
—¿Ventiladores en invierno? —preguntó Elena, extrañada.
—¡Exacto! —exclamó Paco, señalando con el dedo—. El efecto invernadero a la inversa.
—Pones el ventilador a girar al revés, muy despacio, y así empujas el aire caliente que se está rascando la barriga en el techo hacia abajo.
—Obligas al calor a trabajar, que para eso lo pagas.
Paco se sentó de nuevo, visiblemente satisfecho tras exponer su plan de asalto.
—Pero claro, eso cuesta dinero —admitió con un suspiro—. Y vosotros os lo habéis gastado todo en estas lámparas que parecen naves espaciales.
Javi miró la lámpara, luego a su padre, y finalmente a Elena.
—Papá, lo de los ventiladores no es mala idea —concedió Javi, solo por darle el gusto.
—¿No es mala idea? ¡Es la única idea que va a evitar que terminéis vendiendo cerillas en la Puerta del Sol!
Paco se relajó un poco, sintiéndose victorioso.
—Traedme el café —dijo con autoridad—. Pero traédmelo ardiendo.
—Que en lo que tardo en echarle el azúcar, este salón ya le habrá robado tres grados de temperatura.
Elena se levantó para ir a la cocina, pero antes de salir, se giró hacia Paco.
—Sabe que no vamos a bajar los techos, ¿verdad, Paco?
Paco la miró fijamente, con una chispa de picardía en los ojos.
—Lo sé, hija, lo sé. Sois tercos como mulos de carga.
—Pero mi deber como suegro es recordaros, cada vez que venga, que vivís en una nevera muy elegante.
—Y que si algún día me encontráis congelado en este sofá, quiero que en mi lápida ponga: «Se lo advertí, pero el techo era muy alto».
PARTE 4
El aroma del café recién hecho inundó el salón, compitiendo brevemente con la sensación térmica que Paco se empeñaba en describir como “ártica”.
Elena trajo la bandeja con las tazas de porcelana y una caja de galletas de mantequilla que Paco solía devorar con la misma intensidad con la que criticaba la arquitectura moderna.
Paco cogió su taza, la rodeó con ambas manos para calentárselas y lanzó un suspiro profundo, casi melancólico.
—¿Sabéis lo que más me duele de todo esto? —preguntó, mirando el vapor del café con ojos entornados.
—¿Qué, papá? —dijo Javi, sirviéndose la suya.
—Que me dais envidia —soltó Paco de repente, dejando a la pareja descolocada.
Elena se quedó a mitad de camino de sentarse.
—¿Envidia? ¿Usted, que dice que esto es una ruina?
Paco asintió con una media sonrisa, de esas que rara vez mostraba.
—Me dais envidia porque sois jóvenes y podéis permitiros el lujo de equivocaros de forma tan espectacular.
—Tenéis este salón precioso, que parece el decorado de una película de esas de gente que no tiene problemas reales.
—Tenéis techos donde caben todos vuestros sueños, aunque los sueños no calienten.
—Nosotros, en mi época, no podíamos permitirnos el “espacio”.
—Cada metro cuadrado era una lucha. Cada centímetro de altura era una caloría que no podíamos desperdiciar.
Paco dio un sorbo al café, saboreándolo con parsimonia.
—Vivir en una casa eficiente es como llevar un coche diesel: aburrido, pero seguro.
—Vivir aquí… vivir aquí es como tener un descapotable en Burgos. Una locura, sí. Pero qué bien se ve uno desde fuera.
Javi sonrió, acercándose a su padre.
—Entonces, ¿ya no nos vas a mandar al pladurista mañana mismo?
Paco soltó una risita burlona.
—No he dicho eso. Mañana mismo os mando el contacto de un chaval que hace unos aislamientos que son gloria bendita.
—Pero entiendo por qué no lo vais a hacer.
—Preferís pasar frío a perder la vista de esas molduras que, ahora que las miro bien, tienen su aquel.
Elena se sentó al lado de su suegro y le puso una mano en el brazo.
—Gracias por la parte que nos toca, Paco. Prometo poner alfombras más gordas para que no sufra tanto cuando venga.
—Alfombras, dice —bufó Paco, recuperando su tono habitual—. Poned moqueta de pelo largo, de esa que te cubre hasta los tobillos.
—Y comprad un gato. Un gato gordo y peludo que se os eche en las piernas.
—Eso son dos grados más de temperatura natural y no gasta electricidad.
La tarde fue cayendo y la luz que entraba por los techos altos se volvió anaranjada, bañando el salón en una atmósfera casi mágica.
Incluso Paco tuvo que admitir, aunque fuera para sus adentros, que la luz en ese piso se movía de una forma que nunca vería en su casa de techos bajos.
—Bueno —dijo Paco, levantándose con esfuerzo y ajustándose los pantalones—. Es hora de que me vaya a mi refugio térmico.
—Me voy antes de que el sol se ponga del todo y esto se convierta en el set de rodaje de “Frozen”.
Javi le acompañó al recibidor y le ayudó a ponerse el abrigo pesado y la bufanda interminable.
Paco se detuvo en la puerta y miró una última vez hacia el salón.
—Oye, Javi —le susurró a su hijo.
—Dime, papá.
—Si algún mes la factura se pone muy tonta… me llamas.
—No voy a dejar que mi hijo se arruine por querer vivir como un marqués de Malasaña.
Javi se emocionó un poco, aunque sabía que Paco lo decía con la misma aspereza de siempre.
—Gracias, papá. Pero de momento aguantamos.
Paco le dio una palmada en la mejilla, abrió la puerta y el aire del rellano, más cálido que el del salón según sus cálculos, le recibió.
—Tened cuidado con las corrientes —fue su última advertencia antes de entrar en el ascensor.
Elena y Javi cerraron la puerta y se quedaron solos en el gran silencio de su salón de techos altos.
Elena miró hacia arriba.
—¿Sabes qué? —dijo ella—. Creo que tiene razón en una cosa.
—¿En qué? —preguntó Javi.
—En lo del gato. Deberíamos adoptar uno.
Javi se rió y abrazó a su mujer, notando, ahora sí, que el aire que venía de las alturas estaba un poco más fresco de lo habitual.
—Mañana mismo vamos a por el gato —concedió Javi—. Pero el aislamiento… el aislamiento se queda como está.
Porque al final del día, la pregunta seguía ahí, flotando en los cuatro metros de altura del salón.
¿Qué es mejor: una casa bonita o una casa eficiente?
Ellos ya habían elegido.
Habían elegido la belleza, el espacio y el derecho a quejarse de la factura del gas cada invierno, como buenos herederos de la cabezonería de Paco.
Y mientras el radiador de hierro gris antracita crujía intentando alcanzar los veintiún grados, Elena y Javi se sentaron en el sofá, se taparon con una manta de lana y sonrieron.
Era una ruina.
Era una locura térmica.
Pero era su casa.
Y desde allí abajo, las molduras se veían, sencillamente, espectaculares.