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El timbre de la puerta sonó con esa insistencia metálica que solo los padres jubilados saben imprimir. r

PARTE 1

El timbre de la puerta sonó con esa insistencia metálica que solo los padres jubilados saben imprimir.

Paco no llamaba una vez.

Paco llamaba con la cadencia de un código morse que decía: «Ya estoy aquí para salvaros de vosotros mismos».

Elena suspiró frente al espejo del pasillo, dándose un último toque al pelo.

Sabía lo que venía.

Sabía que la visita de su suegro no era una simple comida de domingo.

Era una inspección técnica de obras en toda regla.

Javi, su marido, apareció por el pasillo ajustándose los puños de la camisa.

—Ya está aquí el general —susurró Javi con una sonrisa nerviosa.

—Ábrele antes de que tire la puerta abajo, por favor —respondió Elena.

Javi giró el pomo y la figura de Paco irrumpió en el recibidor como una ráfaga de viento del norte.

Traía puesto un abrigo de lana que pesaba más que la hipoteca del piso.

Y una bufanda de cuadros que le daba tres vueltas al cuello, ocultando casi por completo su barbilla.

—Buenas tardes —dijo Paco, aunque sus ojos no miraban a su hijo.

Sus ojos, como dos radares de última generación, ya estaban escaneando las molduras del techo.

—Hola, papá, pasa, dame el abrigo —dijo Javi intentando ser hospitalario.

Paco no soltó el abrigo de inmediato.

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