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El timbre de la casa de Concha no era un timbre cualquiera.

PARTE 1

El timbre de la casa de Concha no era un timbre cualquiera.

Era un artefacto de los años setenta que emitía un zumbido eléctrico capaz de despertar a un regimiento de infantería.

Aquel sonido vibró en las paredes del pasillo, haciendo que los cuadros de la comunión de los nietos se balancearan ligeramente.

Concha, sentada en su sillón orejero con el mando de la tele en una mano y un abanico en la otra, suspiró con una profundidad casi teatral.

No necesitaba mirar por la mirilla.

No necesitaba preguntar quién era.

A esa hora, en ese edificio de ladrillo visto de un barrio madrileño donde todos se conocían, solo podía ser una persona.

—Ya está aquí otra vez —masculló Concha, ajustándose las gafas de cerca.

Paula, su nuera, estaba en la mesa del comedor, rodeada de carpetas y con el portátil echando humo.

Hacía tres meses que se habían mudado juntas “temporalmente” mientras terminaban las obras de su piso.

Paula intentó ignorar el comentario, pero el zumbido del timbre se repitió, esta vez más largo, más insistente.

—¿No vas a abrirle a tu mejor amigo? —preguntó la suegra, sin apartar la vista de la tertulia de la mañana.

Paula se levantó, resoplando, apartando un mechón de pelo de su cara.

—Es el repartidor, Concha, no mi mejor amigo.

—Pues pasa más tiempo en este descansillo que tu marido, que ya es decir —sentenció la mujer mayor con una punzada de ironía castiza.

Paula caminó por el pasillo, esquivando las macetas de gitanillas que Concha insistía en tener dentro de casa “para que no les diera el parraque con el sol”.

Abrió la puerta de madera maciza.

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