PARTE 1
El timbre de la casa de Concha no era un timbre cualquiera.
Era un artefacto de los años setenta que emitía un zumbido eléctrico capaz de despertar a un regimiento de infantería.
Aquel sonido vibró en las paredes del pasillo, haciendo que los cuadros de la comunión de los nietos se balancearan ligeramente.
Concha, sentada en su sillón orejero con el mando de la tele en una mano y un abanico en la otra, suspiró con una profundidad casi teatral.
No necesitaba mirar por la mirilla.
No necesitaba preguntar quién era.
A esa hora, en ese edificio de ladrillo visto de un barrio madrileño donde todos se conocían, solo podía ser una persona.
—Ya está aquí otra vez —masculló Concha, ajustándose las gafas de cerca.
Paula, su nuera, estaba en la mesa del comedor, rodeada de carpetas y con el portátil echando humo.
Hacía tres meses que se habían mudado juntas “temporalmente” mientras terminaban las obras de su piso.
Paula intentó ignorar el comentario, pero el zumbido del timbre se repitió, esta vez más largo, más insistente.
—¿No vas a abrirle a tu mejor amigo? —preguntó la suegra, sin apartar la vista de la tertulia de la mañana.
Paula se levantó, resoplando, apartando un mechón de pelo de su cara.
—Es el repartidor, Concha, no mi mejor amigo.
—Pues pasa más tiempo en este descansillo que tu marido, que ya es decir —sentenció la mujer mayor con una punzada de ironía castiza.
Paula caminó por el pasillo, esquivando las macetas de gitanillas que Concha insistía en tener dentro de casa “para que no les diera el parraque con el sol”.
Abrió la puerta de madera maciza.
Allí estaba Javi, el repartidor de SEUR, con el uniforme sudado y una caja de cartón que parecía contener un motor de tractor.
—Buenos días, Paula, otra vez por aquí —dijo Javi, intentando recuperar el aliento.
—Buenos días, Javi, deja eso ahí, que ya lo meto yo como pueda.
—Te lo dejo en el recibidor, que esto pesa lo suyo, parece que llevas lingotes de oro.
Concha, desde el salón, elevó la voz para que se escuchara bien en toda la escalera.
—¡Oro no será, Javi, que en esta casa lo único que brilla es el polvo de los muebles que nadie limpia!
Paula le lanzó una mirada asesina a la espalda de su suegra, aunque esta no pudiera verla.
Firmó en la maquinita digital con un garabato rápido que no se parecía en nada a su rúbrica oficial.
—Gracias, Javi, que tengas buen día.
—Igualmente, y dile a tu suegra que el lunes le traigo lo suyo, que ya me ha llegado el aviso —soltó el repartidor con una guiñada antes de salir disparado hacia el ascensor.
Paula cerró la puerta y se quedó mirando la caja.
Era grande.
Demasiado grande para pasar desapercibida.
—¿Otra vez el de SEUR en la puerta? —preguntó Concha, apareciendo de repente en el marco de la puerta del salón como un espectro vengativo.
Tenía los brazos cruzados y esa expresión de “te lo dije” que tanto practicaba.
—¿Es que no sabes ir a las tiendas de toda la vida, hija mía? —continuó, señalando la caja con la barbilla.
Paula suspiró, preparándose para la batalla diaria.
—Es más cómodo, Concha.
—Cómodo dice… Cómodo es que bajes a la calle, te dé el aire, saludes a la gente y no parezcas un hámster metido en una jaula de cristal.
—Encuentro mejores precios, de verdad —insistió Paula, intentando arrastrar la caja hacia el salón.

—Mejores precios… eso es lo que os dicen para que os quedéis en el sofá engordando el lomo.
Paula se detuvo, apoyando las manos en sus caderas.
—Y me lo traen a casa, Concha, directamente a la puerta.
—Eso es de una vagancia supina, Paula, que hasta para comprar un paquete de chicles necesitáis que un pobre muchacho suba tres pisos sin ascensor.
—El ascensor funciona perfectamente, no me seas dramática.
—No es el ascensor, es el concepto —dijo la suegra, acercándose a la caja y dándole un toquecito con la punta de la zapatilla de andar por casa.
—Todo son ventajas, te lo digo yo —aseguró la nuera, buscando las tijeras para abrir el precinto.
Concha negó con la cabeza, haciendo que sus pendientes de perla tintinearan.
—Así se está muriendo el comercio del barrio, por gente como tú.
—No exageres, que la panadería de la esquina sigue llena.
—Llenas tienen las estanterías de cosas que no venden porque vosotros lo queréis todo en una caja de cartón con burbujitas de plástico.
—Es el progreso, Concha.
—Progreso es que Paco el de la mercería sepa qué número de media usas sin que se lo digas.
—Paco el de la mercería cobra el triple por unos calcetines que aquí me salen a mitad de precio.
—Pero Paco te pregunta por tu madre, y te cuenta cómo le va a su nieto en la mili, aunque ya no haya mili.
Paula empezó a rasgar el precinto, el sonido del plástico rompiéndose llenó el recibidor.
—A mí no me interesa la vida del nieto de Paco, me interesan mis calcetines.
—Ese es vuestro problema, que ya no os interesa la gente, solo los algoritmos esos que te dicen qué comprar.
—Se llama eficiencia, no algoritmos.
—Se llama soledad moderna, Paula, que vas a acabar hablando con el de SEUR como si fuera tu confesor.
Paula abrió las solapas de la caja.
Un montón de papel de embalar salió disparado hacia afuera.
Concha miró el interior con la curiosidad de quien inspecciona una excavación arqueológica.
—¿Y qué es eso tan importante que no podía esperar a que bajaras a la calle Mayor?
—Una freidora de aire —dijo Paula, triunfante.
—¿Una qué? —Concha frunció el ceño.
—Una freidora que no usa aceite, Concha, que es mucho más sana.
—Una freidora sin aceite es como un jardín sin flores, una tontería de esas que inventáis para sentiros modernos.
—Que no, que las patatas salen crujientes y no engordan.
—Las patatas que no engordan no son patatas, son aire frito, y para aire frito ya tenemos las promesas del alcalde.
Paula sacó el aparato de la caja, era un trasto negro y brillante que parecía una nave espacial pequeña.
—Mira qué diseño, queda perfecta en la cocina.
—Queda perfecta para coger polvo al lado de la licuadora que compraste el mes pasado por internet también.
—La licuadora la uso… a veces.
—La usaste el primer día para hacerte un mejunje verde que casi te manda al hospital con una colitis.
—Era un batido detox, Concha, por favor.
—Detox será, pero el color era el mismo que el del estanque del Retiro en agosto.
Paula llevó la freidora a la cocina, seguida de cerca por la sombra implacable de su suegra.
—¿Y cuánto te ha costado el cacharro este? —preguntó la mayor, husmeando el cable.
—Sesenta euros, estaba de oferta.
—En el bazar de debajo de casa de la Mari la vi yo el otro día por cincuenta y cinco.
—No sería la misma marca, Concha.
—Era negra y tenía botones, para el caso es lo mismo.

—No es lo mismo, esta tiene conexión Wi-Fi.
Concha se detuvo en seco, con una mano en el pomo de la puerta de la cocina.
—¿Para qué quiere una freidora hablar con internet? ¿Le va a mandar la receta de las croquetas al Papa de Roma?
Paula no pudo evitar una pequeña risa.
—No, pero me avisa al móvil cuando la comida está lista.
—Claro, porque como estás tan ocupada mirando el móvil, si no te avisa el móvil de que el móvil te está avisando, no te enteras de nada.
—Es para cuando estoy en el salón trabajando, así no tengo que estar pendiente.
—Antiguamente estábamos pendientes del olor, Paula.
—El olor a quemado, querrás decir.
—El olor a gloria bendita, a aceite de oliva del bueno, no a plástico recalentado por ondas espaciales.
Paula dejó la freidora sobre la encimera y empezó a buscar un enchufe libre.
—Vas a ver cuando pruebes las alitas de pollo, vas a cambiar de opinión.
—Yo no cambio de opinión ni aunque me lo pida el de SEUR de rodillas.
—Bueno, pues tú sigue yendo al mercado a cargar con las bolsas, yo prefiero que me lo suban.
—Cargar con las bolsas fortalece el espíritu y las pantorrillas, que las tienes como alambres de tanto estar sentada.
—¡Concha! —se quejó Paula, aunque sabía que no tenía nada que hacer contra ese nivel de argumentación.
—Es la verdad, hija, os estáis volviendo cómodos y aburridos.
—No somos aburridos, somos prácticos.
—Práctico es saber que si te falta un huevo para la tortilla, puedes ir a la tienda de la esquina y te lo fían.
—A mí no me hace falta que me fíen un huevo, Concha, yo compro el cartón de veinticuatro online y me olvido.
—Y si te sale uno malo, ¿qué haces? ¿Se lo mandas por correo de vuelta al señor Amazon?
Paula se quedó en silencio un segundo, buscando una respuesta ingeniosa.
—Me devuelven el dinero si lo reclamo.
—Paco no te devuelve el dinero, te da dos huevos más y te regala un manojo de perejil por las molestias.
—El perejil me lo regalan también en el súper.
—No es lo mismo, el perejil de Paco tiene alma.
Paula conectó la freidora y la pantalla digital se iluminó con un pitido futurista.
—Mira, ya está configurada.
Concha se acercó, entornando los ojos.
—Parece el panel de control de un avión de Iberia.
—Es muy intuitivo, solo tienes que darle aquí.
—Yo le doy al fuego, Paula, al fuego de toda la vida.
—El fuego es peligroso, esto es mucho más seguro.
—Peligroso es vivir en un mundo donde no puedes tocar lo que compras antes de pagarlo.

Paula sacó el móvil y empezó a navegar por una aplicación.
—Mira, ahora voy a comprar las alitas de pollo para estrenarla.
—¿Vas a comprar el pollo por internet? —Concha se llevó las manos a la cabeza.
—Sí, llega en una hora, servicio exprés.
—¡Virgen de la Fuencisla! —exclamó la mujer—. ¡El pollo en una caja!
—Viene refrigerado, Concha, no te preocupes.
—El pollo tiene que estar en el mostrador, con su etiqueta, y tú tienes que decirle al pollero: “Oye, Juan, ponme las que estén más gorditas”.
—Juan el pollero siempre me mete las que tienen más grasa porque sabe que no me atrevo a decirle nada.
—Pues eso es parte del encanto, la negociación, el cara a cara.
—Yo prefiero el cara a pantalla, es menos estresante.
—Estresante es que te llegue un muslo cuando tú querías una pechuga y tengas que rellenar un formulario para quejarte.
Paula hizo un par de clics y dejó el móvil sobre la mesa.
—Ya está, en cuarenta minutos lo tenemos aquí.
Concha se sentó en la silla de la cocina, derrotada por la tecnología.
—Cuarenta minutos… En cuarenta minutos yo he ido al mercado, he vuelto, me he tomado un café con la Paqui y he pelado las patatas.
—Pero te has cansado.
—¿Y qué tiene de malo cansarse? Cansarse significa que estás viva, Paula.
—Yo prefiero estar viva y descansada, gracias.
—Lo que prefieres es no tener que hablar con nadie.
Paula suspiró, sintiendo que la conversación entraba en un bucle infinito.
—No es eso, Concha, es que el mundo ha cambiado.
—Ha cambiado a peor, si me preguntas a mí.
—Antes no podías comprar cosas de otros países, ahora tengo acceso a todo.
—¿Y para qué quieres tú algo de Japón si vives en Carabanchel?
—Pues porque a lo mejor me gusta el té japonés.
—Teniendo el té de roca que trae mi prima de la sierra, vas tú a beber agua de fregar de los japoneses.
Paula se rió de nuevo.
—Eres incorregible.
—Soy realista, que es distinto.
De repente, el timbre volvió a sonar.
Esta vez no era el zumbido largo de Javi, sino dos toques cortos y nerviosos.
—¿Ese es el pollo? —preguntó Concha, mirando el reloj de la pared.
—No puede ser, solo han pasado cinco minutos.
Paula fue hacia la puerta, intrigada.
Al abrir, no había ningún repartidor.
Era la vecina del quinto, la señora Angustias, con una cara de agobio que le llegaba al suelo.
—Paula, hija, perdona que te moleste…
—Dígame, Angustias, ¿pasa algo?
—Es que he pedido una cosa por internet, un regalo para mi nieto, y me dice el móvil que me lo han entregado, pero aquí no ha venido nadie.
Concha, que había aparecido en el pasillo con la velocidad de un rayo al oler el drama, soltó una carcajada.
—¿Lo ves? ¡Lo ves! ¡Ya empezamos!
Paula ignoró a su suegra y se centró en la vecina.
—¿Qué le pone exactamente en el seguimiento, Angustias?
—Pues me pone “Entregado en lugar seguro”, pero mi rellano no tiene ningún lugar seguro, a no ser que lo hayan metido en el macetero de la escalera.
Concha se cruzó de brazos, disfrutando del momento.
—¿Un lugar seguro? —repitió Concha—. Seguro que se lo ha llevado el gato del portero.
Paula suspiró, mirando a su suegra con resignación antes de volverse hacia la vecina.
—Venga, Angustias, vamos a buscar ese paquete, no se preocupe.
PARTE 2
La búsqueda del paquete de Angustias se convirtió en una expedición por todo el bloque.
Concha, por supuesto, se unió a la comitiva, no por ayudar, sino por el placer de decir “yo ya lo sabía” en cada rellano.
—Esto con la tienda de Don Manuel no pasaba —iba diciendo Concha mientras bajaban las escaleras.
—Don Manuel cerró hace diez años, Concha —le recordó Paula, mirando detrás de los extintores.
—Cerró porque gente como la Angustias se puso a comprarle juguetes a los chinos esos del internet.
Angustias, que estaba al borde del colapso nervioso, se defendió como pudo.
—¡Ay, Concha, que era una oferta! ¡Un camión de bomberos que lanza agua de verdad!
—Agua de verdad es la que te va a salir por los ojos cuando veas que te han robado los cuarenta euros —sentenció la suegra.
Paula encontró finalmente la caja.
Estaba encima de los buzones, a la vista de cualquiera que entrara por el portal.
—Aquí está, Angustias. El repartidor lo ha dejado aquí tirado.
—¿Encima de los buzones? —exclamó la vecina—. ¡Pero si cualquiera se lo podría haber llevado!
Concha se acercó y examinó la caja con desprecio.
—Mira qué cartón más fino, esto le das una patada y se deshace.
—Es el embalaje estándar, Concha —dijo Paula, entregándole el paquete a Angustias.
—Estándar de mala calidad, querrás decir.
Angustias abrazó su caja como si fuera un tesoro recuperado del fondo del mar.
—Gracias, Paula, de verdad. Es que esto de los ordenadores me viene grande.
—No es el ordenador, Angustias, es la falta de vergüenza de las empresas —añadió Concha—. Que os tratan como números.
Volvieron a subir al piso de Concha.
Paula sentía que la tensión por el tema de las compras online estaba lejos de resolverse.
Al entrar de nuevo en la cocina, el olor a nuevo de la freidora de aire llenaba la estancia.
—Bueno, volvamos a lo nuestro —dijo Paula, intentando recuperar el hilo de su mañana productiva.
—A lo tuyo, querrás decir, que yo tengo que ir a por el pan —replicó Concha, buscando su monedero de clip.
—¿Vas a bajar solo a por el pan? —preguntó Paula—. Si quieres te lo pido para mañana con la compra grande.
Concha se detuvo en seco, con el monedero en la mano.
—¿Pedir el pan por internet? ¿Tú me has visto cara de estar mal de la cabeza?
—Es pan artesano, de una tahona que está en la otra punta de Madrid.
—El pan se compra en el momento, Paula. Se toca, se aprieta un poquito para ver si cruje, y se huele.
—Este viene en una bolsa especial que mantiene la humedad.
—La humedad se la das tú con el vaho de tu boca cuando te lo comes caliente por el camino —dijo Concha con una sonrisa pícara.
—Eso es una falta de higiene, Concha.
—Eso es ser feliz, que tú ya no te acuerdas de lo que es eso.
Paula se sentó en la silla de la cocina, viendo cómo su suegra se ponía la rebeca para bajar.
—Me vas a decir que no es más cómodo que te traigan las bolsas de la compra, que pesan un quintal.
Concha se puso frente a ella, adoptando una postura solemne.
—Escúchame bien, Paula. Ir a la compra no es solo traer comida.
—¿Ah, no? ¿Entonces qué es? ¿Un safari?
—Es socializar. Es saber que la carnicera, la Visi, tiene a su hija con gripe.
—Y a mí qué me importa la gripe de la hija de la Visi.
—Te importa porque mañana, cuando tú estés mala, la Visi te preguntará cómo estás y te dará el mejor corte de ternera para que te hagas un caldo.
—El algoritmo también me ofrece cosas según lo que necesito.
—El algoritmo ese no tiene manos para acariciarte el brazo y decirte “anda, llévate esto que te va a sentar bien”.
Paula rodó los ojos.
—Eres una romántica del comercio minorista.
—Soy una persona humana, que parece que se os está olvidando lo que es eso con tanta pantalla.
—El mundo evoluciona, Concha. Antes se lavaba en el río y ahora tenemos lavadora.
—La lavadora es un invento útil. Comprar el papel higiénico por internet es una tontería.
—¡Me ahorro cargarlo desde el súper!
—Cárgalo en un carrito, como todo el mundo. Que pareces una marquesa de pacotilla con tanto repartidor llamando a la puerta.
Concha se dirigió hacia la puerta de la calle, pero se detuvo un momento.
—Y otra cosa te digo. ¿Sabes qué pasa cuando dejas de ir a las tiendas?
—¿Qué pasa?
—Que las tiendas cierran. Y cuando cierran, las calles se quedan oscuras.
Paula se quedó pensativa un segundo.
—No cierran todas, algunas se adaptan.
—Se adaptan cerrando y poniendo una oficina de esas de seguros o un sitio de esos donde te pinchan los labios.
—Son nuevos negocios.
—Son negocios sin alma. ¿Tú te imaginas este barrio sin la mercería de Paco o sin la frutería de los hermanos García?
—Sería… distinto.
—Sería un cementerio de persianas bajadas con carteles de “se alquila” llenos de grafitis.
Paula no supo qué responder a eso.
Había una parte de verdad en el discurso dramático de su suegra.
—Bueno, baja a por tu pan con alma —dijo finalmente Paula, intentando quitarle hierro al asunto—. Pero no tardes, que el pollo está al caer.
—El pollo en caja… —murmuró Concha mientras abría la puerta—. No sé qué le vamos a decir a tus hijos cuando te pregunten qué comían de pequeños. “Hijos, comíamos cartón refrigerado”.
La puerta se cerró tras ella.
Paula se quedó sola en la cocina, mirando su freidora de aire.
De repente, se sintió un poco culpable.
Miró por la ventana y vio a Concha cruzar la calle, saludando con la mano al barrendero.
Se movía con una energía que ella no tenía a pesar de ser treinta años más joven.
Concha entró en la panadería y se quedó allí un buen rato, hablando con alguien a través del cristal.
Paula volvió a su ordenador.
Tenía que terminar un informe, pero la conversación con su suegra le daba vueltas en la cabeza.
¿Realmente estaba contribuyendo a la destrucción del barrio?
Abrió una pestaña nueva en el navegador.
Iba a buscar unas zapatillas para el gimnasio.
“Envío en 24 horas”, decía el anuncio.
“Mejor precio garantizado”.
Su dedo dudó sobre el botón de “Añadir a la cesta”.
Se acordó de la tienda de deportes de la calle de atrás, esa que tenía el escaparate un poco anticuado pero donde el dueño siempre te daba consejos de verdad.
—Por unas zapatillas no va a pasar nada —se dijo a sí misma.
Hizo clic.
Pero entonces, algo pasó.
La página se quedó en blanco.
Un error de conexión.
—¡Maldita sea! —exclamó Paula, refrescando la página.
Nada. El Wi-Fi de la casa de Concha era como el carácter de su dueña: caprichoso y a veces inexistente.
Paula se levantó y fue hacia el router, que estaba escondido detrás de una figura de porcelana de un pastorcillo.
—Vamos, funciona…
En ese momento, el teléfono fijo de la casa empezó a sonar.
Era un sonido casi tan estridente como el del timbre.
Paula contestó, pensando que sería su marido o algún comercial.
—¿Dígame?
—¿Paula? Soy Angustias.
—Dígame, Angustias, ¿le ha pasado algo al camión de bomberos?
—No, no… es que estoy abriendo la caja y… hija, esto no es un camión de bomberos.
—¿Cómo que no?
—Es una cosa rara… me parece que son unos botes de proteína de esos que toman los que van al gimnasio.
Paula se tapó la cara con la mano.
—No me lo puedo creer. Se han equivocado de paquete.
—¿Y qué hago yo ahora con cinco kilos de polvo de vainilla, Paula?
—Espere, Angustias, que bajo.
Mientras bajaba las escaleras, Paula pensó en la cara que pondría Concha cuando se enterara de este nuevo desastre logístico.
“Ventajas, decías tú”, le diría con ese tono de voz que te hacía querer mudarte a otra galaxia.
Al llegar al descansillo de Angustias, vio a la vecina con un bote enorme en la mano, leyéndolo con dificultad.
—Aquí pone “Massive Muscle 3000”, Paula. ¿Tú crees que esto le gustará a mi nieto de cinco años?
—Yo creo que si se toma eso, el nieto se pone como el increíble Hulk en diez minutos —bromeó Paula, aunque no tenía mucha gracia.
—¿Y ahora cómo recupero yo mi camión?
—Tengo que poner una reclamación, Angustias. Vendrán a recogerlo y le traerán el suyo.
—¿Cuándo?
—Pues… supongo que en un par de días.
Angustias suspiró con una tristeza infinita.
—El cumpleaños es mañana, hija.
Paula sintió una punzada en el estómago.
Esa era la parte de la que Concha hablaba.
La eficiencia fallaba, y cuando fallaba, no había un Paco a quien reclamarle cara a cara.
Había un chat automático con un robot llamado “Asistente Virtual”.
—No se preocupe, Angustias. Si no llega a tiempo, yo le busco una solución.
Subió de nuevo a casa, sintiéndose derrotada.
En la puerta se encontró con Concha, que volvía con una barra de pan bajo el brazo que olía, efectivamente, de maravilla.
—¿Qué haces en el rellano con esa cara de funeral? —preguntó la suegra.
—A Angustias le han traído botes de gimnasio en vez del juguete del niño.
Concha se detuvo, olió su pan y miró a Paula con una calma insultante.
—¿Sabes qué hay en la juguetería de la plaza?
Paula la miró, sabiendo lo que iba a decir.
—Tienen camiones de bomberos, Paula. De los que lanzan agua, de los que hacen ruido y de los que puedes tocar antes de llevarte a casa.
—Ya, Concha, ya lo sé.
—Y si se rompe, vuelves y le dices: “Oye, que esto no pita”. Y te lo cambian en el momento.
Paula no dijo nada.
Entraron en casa.
El repartidor del pollo llegó justo en ese momento.
Javi ya no estaba, era otro chico que parecía tener muchísima prisa.
Le entregó la bolsa de papel a Paula casi sin mirarla.
—Gracias —dijo ella.
—De nada, hasta luego.
Paula llevó la bolsa a la cocina y la abrió.
—¿Y bien? —preguntó Concha, apoyada en la encimera—. ¿Cómo está el pollo viajero?
Paula sacó las bandejas.
Se quedó paralizada.
—¿Qué pasa? —insistió la suegra, acercándose.
—Están… están caducadas —susurró Paula, mirando la etiqueta—. Caducaron ayer.
El silencio en la cocina se podía cortar con un cuchillo de sierra.
Concha no dijo nada durante al menos diez segundos.
No hizo ninguna broma.
No soltó ninguna pulla.
Simplemente cogió la barra de pan, cortó un trozo generoso y se lo ofreció a Paula.
—Come un poco de pan, hija. Que con el estómago vacío se piensa peor.
PARTE 3
Paula masticaba el pan de Concha con la mirada perdida en las bandejas de pollo caducado.
El pan estaba crujiente por fuera y tierno por dentro, una delicia que contrastaba amargamente con su fracaso logístico.
—¿Y ahora qué vas a hacer con tus alitas de anteayer? —preguntó Concha, con un tono que, sorprendentemente, no era tan burlón como Paula esperaba.
—Tengo que reclamar a través de la aplicación —dijo Paula, sacando el móvil con desgana.
—¿Y te van a traer otro pollo ahora mismo?
—No… supongo que me devolverán el dinero o me darán un vale para la próxima compra.
—¿Un vale? ¿Y qué cenamos hoy? ¿El vale con patatas fritas al aire?
Paula suspiró, dejando el móvil sobre la mesa.
—No lo sé, Concha. Pediré una pizza.
—¡Otra vez internet! ¡Es que no aprendes, muchacha! —exclamó la suegra, levantando los brazos—. Tienes la despensa llena de comida de verdad y quieres llamar a un motorista para que te traiga un cartón con queso reseco.
—Es que no tengo ganas de cocinar ahora, estoy estresada con lo de Angustias y el pollo.
Concha se acercó a la nevera y la abrió de par en par, como quien abre las puertas de un templo.
—Mira esto. Tenemos huevos, tenemos patatas de las que manchan las manos de tierra, y tenemos un chorizo que me trajo tu tío del pueblo.
—Concha, no hace falta que cocines tú…
—Yo no voy a cocinar, vamos a cocinar las dos. Y vamos a usar esa nave espacial que has comprado, a ver si es verdad que hace milagros.
Paula se sorprendió.
—¿Vas a usar la freidora de aire?
—Hay que darle una oportunidad a la tecnología, aunque solo sea para demostrar que se equivoca —dijo la mayor con un guiño.
Se pusieron manos a la obra.
Paula pelaba las patatas mientras Concha cortaba el chorizo con una precisión de cirujano.
—¿Sabes qué es lo que más me molesta de todo esto del internet? —dijo Concha de repente.
—¿El qué? ¿La falta de contacto humano?
—No solo eso. Es la prisa.
Paula se detuvo con el pelador en la mano.
—¿La prisa?
—Sí. Todo lo queréis para ayer. El pollo en una hora, el camión de bomberos en diez minutos… ¿Para qué tanta carrera?
—Para ahorrar tiempo, Concha. Para poder hacer otras cosas.
—¿Qué cosas? ¿Mirar más el móvil para comprar más cosas que te traigan con más prisa?
Paula se quedó callada.
Era un círculo vicioso en el que no se había parado a pensar.
—Ahorráis tiempo para no usarlo en nada útil —continuó la suegra—. Nosotros tardábamos toda la mañana en hacer la compra, pero nos reíamos, nos enterábamos de las cosas del barrio… vivíamos.
—Yo también vivo, Concha. Solo que mis intereses son diferentes.
—Tus intereses están en una nube de esas que decís vosotros. Los míos están a pie de calle.
Metieron las patatas y el chorizo en la freidora de aire.
Paula programó el aparato con unos toques rápidos.
—Veinte minutos —anunció.
—Veinte minutos en los que podríamos haber bajado a la carnicería de Juan y haber solucionado lo de tu pollo —apuntó Concha.
—Ya, pero ahora estamos aquí sentadas.
—Pues ya que estamos sentadas, cuéntame qué le vas a decir a la Angustias.
—He pensado que… bueno, he buscado en internet y hay una juguetería física a tres calles de aquí que tiene el camión en stock.
Concha sonrió por primera vez de forma auténtica.
—¡Vaya! ¡La niña del Wi-Fi ha descubierto que hay tiendas en la calle!
—No te pases, Concha. Solo he usado internet para localizar la tienda física.
—Eso es como usar el GPS para encontrar la cocina, pero bueno, me vale como avance.
El sonido de la freidora funcionando era un zumbido constante y tecnológico.
—Oye —dijo Paula—, ¿por qué Javi el de SEUR dijo que el lunes te traía “lo tuyo”?
Concha se puso un poco roja, un tono rosáceo que intentó ocultar arreglándose el pelo.
—Nada, tonterías.
—¿Qué has comprado por internet, Concha? —preguntó Paula, entornando los ojos.
—¡Yo no he comprado nada! —protestó la mujer—. Ha sido tu hijo, que me ha dicho que para mis rodillas me vendría bien una crema de esas de veneno de abeja que no venden en la farmacia de aquí.
—O sea, que tú también usas los servicios de Javi.
—¡Solo por necesidad médica! —se defendió Concha—. Y porque el muchacho es muy apañado y siempre me sube la caja hasta la cocina.
—Ah, amigo… —Paula se rió—. O sea que la comodidad también te gusta a ti.
—No es comodidad, es caridad cristiana por mis articulaciones.
Siguieron charlando mientras la freidora hacía su trabajo.
Concha le contó historias de cuando el barrio era casi campo.
De cuando las tiendas no tenían carteles luminosos, sino pizarras escritas a tiza.
Paula escuchaba con atención, dándose cuenta de que cada vez que compraba algo online con un clic, borraba un poquito de esa historia.
—No te digo que no compres nada —decía Concha—, solo te digo que no te olvides de que detrás de cada persiana cerrada hay una familia que se tiene que ir a otro sitio.
—Lo sé, Concha. A veces es difícil elegir entre el bolsillo y la conciencia.
—El bolsillo se vacía igual, Paula. Lo que importa es dónde dejas el dinero. Si se lo das a un señor que vive en una isla desierta o si se lo das al García para que pueda llevar a sus nietos al cine.
La freidora pitó.
El aroma que salió al abrir el cajón era sorprendentemente bueno.
—Pues oye… —dijo Concha, olfateando—. No huele a plástico.
—Te lo dije.
Sacaron las patatas con chorizo. Estaban doradas y crujientes.
—Están buenas —admitió Concha tras el primer bocado—. Pero les falta el toque del aceite de oliva de Jaén que yo uso.
—Están más sanas así.
—Esa es la palabra favorita de vuestra generación: “Sana”. Nosotros preferíamos “Sabrosa”.
Comieron en paz, compartiendo anécdotas.
Por un momento, el conflicto entre el mundo digital y el analógico pareció quedar en tregua.
Sin embargo, el destino tenía preparada una última sorpresa.
El timbre volvió a sonar.
—¿Y ahora quién es? —preguntó Paula, levantándose—. ¿El del camión de bomberos?
Abrió la puerta y se encontró con un hombre de unos cincuenta años, vestido de forma impecable, que sostenía una caja pequeña pero muy elegante.
—¿La señora Concha? —preguntó el hombre.
—Soy yo, ¿qué pasa ahora? —dijo Concha, asomándose al pasillo.
—Traigo el pedido especial que realizó usted por teléfono a la joyería de la calle Mayor.
Paula se quedó de piedra.
Miró a su suegra, que de repente parecía querer fundirse con el papel pintado del pasillo.
—¿Un pedido a la joyería, Concha? —preguntó Paula con una sonrisa maliciosa.
—Es que… se me rompió el cierre de la pulsera de tu suegro y… —empezó a balbucear la mujer.
—La señora llamó ayer diciendo que no podía bajar porque tenía mucha plancha, y como es cliente de toda la vida, se lo hemos traído a casa sin coste —explicó el joyero con una amabilidad exquisita.
El hombre entregó la caja, saludó cortésmente y se marchó.
Paula cerró la puerta y se cruzó de brazos, imitando la postura que Concha había tenido toda la mañana.
—O sea… —empezó Paula—. Que te lo traen a casa.
—Es un servicio de cortesía —dijo Concha, recuperando su dignidad a duras penas.
—Encuentras mejores precios porque eres cliente de toda la vida…
—Me hacen descuento, sí.
—Y es más cómodo porque no has tenido que moverte del sillón mientras veías la tele.
Concha se quedó callada un segundo.
—¿Y bien? —insistió Paula—. ¿Qué tiene eso de diferente a mi pedido de Amazon?
Concha levantó la cajita de la joyería y la agitó frente a la cara de su nuera.
—¡La diferencia es que yo he hablado con una persona, Paula! ¡He hablado con Julián el joyero por teléfono diez minutos!
—¿Y de qué habéis hablado?
—De su reuma, de lo cara que está la luz y de que su sobrino se ha echado una novia que no le conviene.
Paula no pudo evitar soltar una carcajada que resonó en todo el edificio.
—¡Eres increíble, de verdad! ¡Has inventado el “Amazon de barrio”!
—No te rías, que eso es lo que mantiene el mundo en pie. La confianza.
—Confianza o que tienes a todo el barrio a tus pies, Concha.
—Eso también —admitió la suegra con una sonrisa de suficiencia—. Se llama tener influencia, algo que tus algoritmos no tendrán nunca.
PARTE 4
La tarde caía sobre Madrid con ese color anaranjado que solo tienen las ciudades que nunca descansan del todo.
En la cocina de Concha, la freidora de aire ya estaba limpia y guardada en su sitio, aunque la suegra la miraba de reojo con una mezcla de respeto y sospecha.
—Bueno —dijo Paula, cogiendo su bolso—, me voy a la juguetería antes de que cierren. ¿Te vienes o tienes que esperar a algún otro repartidor VIP?
Concha se quitó el delantal y se atusó el pelo frente al espejo del recibidor.
—Me voy contigo, no sea que te pierdas por el camino o te metas en una tienda que no tenga alma.
Bajaron las escaleras juntas.
Al pasar por el portal, vieron a Angustias, que estaba sentada en el banco de la entrada con su bote de “Massive Muscle 3000” al lado.
—¡Angustias! —gritó Concha—. ¡Sube a casa que te hemos dejado un trozo de tortilla y unas patatas!
—¿Y qué hago con esto, Concha? —preguntó la vecina señalando el bote.
—Déjaselo al portero, que dice que quiere ponerse fuerte para el verano —respondió la suegra sin detenerse.
Caminaron por las calles del barrio.
Paula se dio cuenta de que Concha no podía dar tres pasos sin saludar a alguien.
—¡Hola, Mari! ¿Cómo va ese brazo?
—¡Buenas, Pepe! Dile a tu mujer que me traiga la receta de los pimientos.
Paula, acostumbrada a caminar con los auriculares puestos y la mirada fija en el suelo, se sentía como si estuviera acompañando a una celebridad.
Llegaron a la juguetería.
Era una tienda de las que ya quedan pocas: techos altos, estanterías de madera que crujían y un olor a plástico nuevo y papel de regalo que te transportaba directamente a la infancia.
—Buenas tardes —dijo un hombre mayor detrás del mostrador—. ¿En qué puedo ayudarlas?
—Buscamos un camión de bomberos —dijo Paula—. De los que lanzan agua de verdad.
El hombre sonrió.
—Tengo el último justo aquí. Lo estaba reservando para alguien, pero como no han venido…
Concha le dio un codazo a Paula.
—¿Ves? El destino. Si lo pides por internet, el destino no tiene nada que decir porque ya lo ha decidido una máquina.
Paula pagó el camión.
Fue un proceso rápido, pero el dueño se tomó su tiempo para envolverlo en un papel brillante con un lazo rojo perfecto.
—Para el nieto de Angustias, ¿verdad? —preguntó el hombre.
Paula se quedó sorprendida.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque me llamó Concha esta mañana mientras tú estabas con la maquinita esa de aire —dijo el hombre guiñándole un ojo.
Paula miró a su suegra.
—¿Llamaste tú?
—Alguien tenía que arreglar el desaguisado —dijo Concha con fingida indiferencia—. Sabía que el del internet te iba a fallar, así que le pedí a Manuel que me guardara uno “por si las moscas”.
Salieron de la tienda con el paquete en la mano.
Paula se sentía extrañamente bien.
No era solo el hecho de tener el juguete, era la sensación de haber formado parte de algo.
—Vale, Concha, te doy la razón —admitió Paula mientras volvían a casa—. Comprar en el barrio tiene su punto.
—¿Solo su punto? Tiene toda la línea y el bingo completo, hija.
—Pero sigo pensando que para algunas cosas, internet es imbatible.
—Para las cosas que no tienen importancia, puede —concedió la suegra—. Pero para las cosas que importan, hace falta mirarse a los ojos.
Llegaron al edificio y subieron a entregarle el camión a Angustias.
La cara de felicidad de la vecina al ver el paquete envuelto con tanto esmero valía más que cualquier descuento del 20% en una página web.
—¡Ay, gracias! ¡Esto sí que es un regalo de verdad! —decía Angustias casi con lágrimas en los ojos.
De vuelta en el piso, Paula se sentó en el sofá al lado de Concha.
La televisión seguía encendida, pero ninguna de las dos le prestaba atención.
—Oye, Concha —dijo Paula de repente.
—¿Qué quieres ahora? ¿Que te enseñe a usar la plancha de verdad?
—No… quería preguntarte una cosa.
—Dispara.
—¿Tú crees que yo soy de esas que están matando el barrio?
Concha suspiró y le puso una mano en el hombro.
—No eres tú sola, Paula. Es el ritmo que lleváis. Queréis tenerlo todo sin moveros, y al final os vais a quedar sin nada porque no vais a tener dónde ir.
—Voy a intentar equilibrarlo más. Prometido.
—Empezaremos mañana. Me vas a acompañar al mercado a por el pescado.
—¿A las ocho de la mañana? —se horrorizó Paula.
—A las ocho. A esa hora el pescado todavía tiene el brillo del mar y el pescadero todavía tiene ganas de contar chistes.
Paula se rió.
—Está bien, acepto el trato.
Se quedaron un momento en silencio, disfrutando de la compañía mutua.
—Y por cierto —añadió Concha—, esa freidora de aire…
—¿Qué pasa con ella?
—He visto que se pueden hacer bizcochos.
—Sí, se puede. ¿Quieres que busquemos una receta?
Concha sonrió de oreja a oreja.
—Busca, busca en tu aparatito ese. Pero los ingredientes los compramos mañana en el puesto de la Sole, que tiene unos huevos con dos yemas que te mueres.
Paula sacó el móvil, pero esta vez no fue para comprar nada.
Fue para buscar cómo hacer el mejor bizcocho del mundo para su suegra.
Se dio cuenta de que la tecnología no era el enemigo, siempre y cuando no se olvidara de que el objetivo final era compartir un trozo de bizcocho con alguien a quien quieres.
—Oye, Concha —dijo Paula mientras navegaba por la red—. Aquí dice que también se pueden hacer churros.
—¡Churros! —exclamó Concha—. ¡Eso sí que no! Los churros se compran en la churrería de Paco, que para eso lleva cincuenta años quemándose las pestañas con el aceite.
—Tienes razón. Los churros no se negocian.
—Exacto. Hay límites que ni el internet más rápido del mundo puede saltarse.
Paula dejó el móvil en la mesa y cerró los ojos un momento.
Se sentía cansada, pero era un cansancio agradable.
Como decía Concha, significaba que estaba viva.
En el descansillo, se oyó de nuevo el zumbido del timbre.
Las dos mujeres se miraron.
—¿Ese quién es? —preguntó Paula.
—No lo sé —dijo Concha levantándose—, pero espero que sea alguien con quien pueda hablar al menos cinco minutos.
Al abrir la puerta, no había nadie.
Solo un pequeño paquete en el suelo con una nota.
“Para Concha, de Javi. Aquí tiene la crema de las abejas. El lunes le traigo el resto. Buen fin de semana”.
Concha cogió el paquete y sonrió.
—Ves, Paula —dijo volviendo al salón—. Hasta el de SEUR está aprendiendo modales.
—Es que contigo no le queda otra, Concha.
—Faltaría más. En este barrio, o tienes alma, o no eres nadie.
Y así, entre cajas de cartón, aplicaciones móviles y el olor a pan de siempre, las dos mujeres encontraron un punto medio en ese Madrid que lucha por no perder su esencia entre clic y clic.
Porque al final del día, lo que importa no es cómo te llega la comida a casa, sino con quién te sientas a la mesa para disfrutarla.