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El sol de mediodía en Alcorcón no tenía piedad aquel domingo de junio.

PARTE 1

El sol de mediodía en Alcorcón no tenía piedad aquel domingo de junio.

Era esa clase de calor que se te pega a la nuca como una mano sudada.

En el tercero B, el aire acondicionado, un modelo de hace quince años que rugía como un motor de aviación, intentaba en vano enfriar el salón.

Doña Concha, con el delantal puesto sobre un vestido de flores, terminó de colocar la fuente de ensaladilla rusa en el centro de la mesa.

La ensaladilla estaba coronada por una capa de mayonesa tan lisa que parecía recién asfaltada.

Había colocado las aceitunas rellenas de anchoa con una precisión casi quirúrgica.

Paco, su hijo, estaba sentado al borde del sofá, sudando por las sienes y mirando el partido de tenis sin volumen.

Vane, su nuera, entró en el salón cargando una bolsa de hielo y una botella de vino blanco del súper de abajo.

Vane llevaba un vestido de tirantes, de esos que parecen hechos de papel de fumar.

Fue en ese preciso instante, al dejar el hielo sobre el aparador de caoba, cuando el brazo derecho de Vane quedó expuesto bajo la luz de la lámpara.

Concha, que tenía el ojo entrenado para detectar cualquier mota de polvo en un radio de cinco kilómetros, se quedó petrificada.

Sus ojos, protegidos por unas gafas de presbicia colgadas de una cadena de oro, se clavaron en la piel de su nuera.

Allí, en el antebrazo, justo debajo de la flexura del codo, lucía una caligrafía nueva.

Una letra cursiva, elegante, pero negra como el carbón, que rezaba: “Hugo”.

El silencio que se produjo en el salón fue más pesado que el cocido de la semana anterior.

Paco, que conocía perfectamente los silencios de su madre, dejó de mirar la tele.

Sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.

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