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El perfume de la ambición y los tacones de la tortura

Parte 1: El perfume de la ambición y los tacones de la tortura

Mira que yo no soy de las que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter un piano de cola en un brik de leche mientras un taxista te pita porque estás bloqueando un carril bus en la calle Pez—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué las criptomonedas son el futuro mientras se le cae el langostino en el regazo y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónoma en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ya la quisieran los espartanos. Pero lo que no te enseña nadie, ni en la facultad de Diseño ni en los tutoriales de YouTube, es a gestionar esa mirada ajena que te etiqueta antes de que hayas tenido tiempo de decir “hola”.

Trabajo en El Santuario. El nombre ya te lo dice todo. Es uno de esos clubes en el Barrio de Salamanca donde la entrada cuesta lo que yo gano en una semana de “freelance” y donde el aire huele a una mezcla de perfume de mil euros, ginebra de importación y una desesperación social que se intenta tapar con risas demasiado altas. Yo no soy “camarera”, por favor, aquí somos “hostess de experiencia”. Un eufemismo maravilloso para decir que tengo que ir subida a unos estiletes de doce centímetros que son, básicamente, instrumentos de tortura de la Inquisición, mientras sonrío como si no tuviera una ampolla del tamaño de un níspero en el talón derecho.

La noche iba como siempre: un desfile de tíos con el jersey por encima de los hombros y tías que parecen haber nacido en un centro de estética. Madrid tiene esa cosa de que, cuando llega el jueves noche, parece que todo el mundo ha heredado una fortuna o está a punto de hacerlo. Yo me dedicaba a esquivar manos largas y a vigilar que nadie se pasara de la raya con el confeti en los reservados, cuando sentí la mano de Raúl en mi hombro. Raúl es el encargado, un tipo que usa tanta gomina que si hubiera un terremoto, su pelo sería lo único que se quedaría en su sitio.

—Elena, nena, deja los chupitos de la mesa cuatro —me soltó Raúl con esa voz de barítono impostado que usa para impresionar a las modelos—. Me pidieron entrar a la habitación VIP. La del fondo, la que tiene el acceso por el ascensor privado.

Se me paró un poco el pulso. No porque fuera nueva, sino porque esa habitación es “la habitación”. Ahí no sube cualquiera. Ahí suben los que no quieren ser vistos, o los que son tan importantes que el resto de la humanidad les parece ruido de fondo.

—¿Qué pasa, Raúl? ¿Ha venido el Rey o es que algún directivo del Ibex se ha quedado sin hielo? —pregunté, intentando que no se notara que mis pies estaban pidiendo la jubilación anticipada.

—No te pases de lista, que hoy no tengo el cuerpo para bromas —me contestó, ajustándose la corbata con un gesto nervioso que no le había visto nunca—. Es un cliente pesado, de los que sueltan billetes de quinientos como si fueran cromos de Panini. Ha pedido “servicio exclusivo”. Eso significa que subes tú, le pones las copas, le ríes las gracias y, sobre todo, no ves nada que no debas ver. ¿Me sigues?

—Te sigo, jefe. ¿Le pongo la sonrisa de “me encanta mi vida” o la de “soy una profesional del misterio”?

—Ponle la que quieras, pero súbeme ya. Y ponte un poco de ese labial rojo que tanto le gusta a la cámara. Hay gente que paga por el decorado, Elena, y hoy tú eres la pieza más cara.

Vaya tela. Raúl y su sutileza de camionero en hora punta. Pero así es el juego. Me fui al espejo del baño de personal, me retoqué el rímel y me pinté los labios de ese color “sangre de toro” que parece que te da un poder especial. Me miré al espejo y vi a una mujer que no se parecía en nada a la Elena que se levanta a las ocho de la mañana a pelearse con el gestor. En el espejo había una leona lista para entrar en un coliseo de mármol y terciopelo.

Mientras subía en el ascensor, sentí ese hormigueo en el estómago. Madrid es una ciudad de sorpresas, pero cuando trabajas de noche, las sorpresas suelen ser de las que te dejan con la boca abierta. Pensé que sería otro cliente rico. Ya sabes, el típico empresario de unos cincuenta, con un reloj que pesa más que su ética, que viene acompañado de un par de amigos para fardar de que puede alquilar una planta entera del club solo para él. O quizá algún futbolista con más tatuajes que neuronas que solo quiere que le abran botellas de champán con bengalas para subirlo a Instagram.

Me ajusté el vestido negro, que me quedaba como una segunda piel y que me obligaba a caminar como si estuviera desfilando en la Pasarela Cibeles. El ascensor hizo un clinc metálico, limpio, elegante. Las puertas se abrieron y el silencio de la planta VIP me golpeó. Era un silencio denso, cargado de una luz ambarina que lo hacía parecer todo un sueño erótico o una pesadilla de lujo.

Caminé por la alfombra, que era tan mullida que mis tacones no hacían ni un solo ruido. Eso era lo más psicológico de este sitio: la falta de sonido. Abajo, el reggaetón y los gritos eran constantes; aquí arriba, solo se oía el siseo del aire acondicionado y el latido de mi propio corazón, que iba a una velocidad que no me gustaba nada.

Llegué a la puerta de doble hoja de roble oscuro. Había un guardia de seguridad en la entrada, un tipo que parecía un armario empotrado vestido de Armani, que me miró de arriba abajo y me hizo un gesto con la cabeza. No me pidió el DNI, no me preguntó quién era. Simplemente me dio permiso para entrar en la boca del lobo.

Me detuve un segundo. Me pasé la mano por el pelo, respiré hondo y puse mi mejor cara de póker. “Es solo trabajo, Elena”, me dije. “Es solo otro tío con demasiado dinero y muy poca imaginación”.

Apoyé la mano en el pomo dorado. Estaba frío. Casi me dio una descarga eléctrica de esas que te avisan de que algo no va bien. Pero yo soy una profesional. Yo no retrocedo. Empujé la puerta, con esa lentitud dramática que nos obligan a usar para crear “expectación”, y entré en la habitación.

El olor fue lo primero que me descolocó. No olía a puro, ni a colonia barata de nuevo rico. Olía a madera, a cuero y a un perfume que yo conocía demasiado bien. Un perfume de sándalo y mandarina que me transportó de golpe a una cama compartida en un piso de Lavapiés hacía tres años. Se me erizó el vello de los brazos, y no fue por el aire acondicionado.

La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por unas lámparas de diseño que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes. Había un sofá de cuero chester en el centro, y una mesa de cristal con una botella de whisky que costaba más que mi coche.

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