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Humillaron a Limpiadora en Audición… No Sabían Que Fue la Reina de los 90s

Eran las 3 de la madrugada cuando Mónica empujó su carrito de limpieza por el pasillo principal del estudio Centaurus. El edificio estaba completamente vacío a esa hora. Y cuando terminaba la transmisión, cuando las luces se apagaban y el público se marchaba, Mónica entraba con su carrito a borrar las huellas de la gloria ajena.
Esa noche, como todas las noches, el escenario la esperaba en silencio. Mónica se detuvo frente al gran piano de cola que ocupaba el centro del escenario. Era un stingwe negro valorado en más de $00,000. Los pasillos estaban desiertos. Los guardias de seguridad hacían su ronda en el estacionamiento. Cuando el silencio de su pequeño departamento se volvía insoportable.
Su voz llenó el teatro vacío. No era la voz pulida de una profesional actual. Había ronquera, había imperfecciones. Nadie me ve, nadie me escucha, pero sigo aquí. Yo no te preocupes, no voy a delatarte. Era una de las pocas personas que trataba al personal de limpieza como seres humanos. “Lo siento mucho”, tartamudeó Mónica alejándose del piano.
Solo estaba yo no quería probando la afinación. Beatriz sonríó acercándose lentamente. No te preocupes, no voy a delatarte. Gracias. Yo solo. A veces el silencio me gana. Beatriz se recargó contra el piano, observando a Mónica con curiosidad genuina. “Tú cantas”, dijo. No era una pregunta. No, bueno, no realmente no. Ya lo que acabo de escuchar no parecía alguien que no canta, parecía alguien que nació cantando.


Mónica no supo que responder. Metió las manos en los bolsillos de su uniforme, donde sus dedos encontraron el objeto que llevaba consigo todos los días desde hacía 15 años, un CD en una caja de plástico agrietada. La portada mostraba a una mujer joven, radiante, con un vestido rojo y una sonrisa que prometía conquistar el mundo.
Mónica Abelar, en vivo desde el Auditorio Nacional, 1999. Mi turno de descanso terminó, mintió Mónica, empujando su carrito hacia la salida. Debo continuar. Mónica, espera. La voz de Beatriz la detuvo. El viernes hay audiciones para la temporada especial leyendas de los 90.
Están buscando artistas olvidados de esa década, personas que tuvieron éxito y luego desaparecieron. ¿Deberías? Buenas noches, Beatriz. La puerta se cerró detrás de ella, pero la semilla ya estaba plantada en algún lugar profundo de su corazón. 25 años antes, el mundo de Mónica Abelar era completamente diferente. Tenía 18 años cuando ganó un concurso de canto en su pueblo natal de Guanajuato.
El premio era una audición con una disquera importante en la Ciudad de México. Su madre vendió la única joya que poseía, un anillo de bodas heredado de su abuela, para comprarle el boleto de autobús. Vas a brillar, mi hija”, le dijo mientras la abrazaba en la terminal. Dios te dio esa voz por una razón. Mónica brilló. Vaya que brilló.
En menos de dos años, su primer sencillo promesa llegó al número uno en todas las estaciones de radio del país. Su álbum debut vendió 3 millones de copias. llenó el Auditorio Nacional tres noches seguidas: revistas, programas de televisión, premios, contratos millonarios. Todo llegó con la velocidad de un huracán y en el centro de ese huracán estaba Claudio Mendoza, su representante.
Claudio tenía 40 años cuando conoció a Mónica. Era un hombre de trajes caros, cabello engominado y una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos. Había construido carreras y las había destruido con igual facilidad. La industria lo respetaba, los artistas le temían. “Eres especial, Mónica”, le decía constantemente. Pero lo especial se trabaja, lo especial se exprime hasta la última gota.
Descansas cuando estés muerta. Ella le creyó. durante 5 años le creyó todo. Giras de 200 conciertos al año, sesiones de grabación que duraban hasta el amanecer, entrevistas donde repetía las mismas respuestas programadas, dietas que la dejaban sin energía, medicamentos para dormir, medicamentos para despertar, medicamentos para sonreír cuando lo único que quería era llorar.
Y luego llegó Laura. No estaba planeado. Mónica tenía 28 años y su carrera estaba en su punto más alto. El padre era un músico de su banda, un romance breve que terminó antes de que ella supiera que estaba embarazada. Cuando le dio la noticia a Claudio, el hombre explotó. ¿Estás loca? Un bebé ahora.
¿Tienes idea de lo que esto significa? Tenemos tres giras programadas, dos álbumes por entregar, contratos que nos van a demandar si no cumples. Voy a tenerlo, Claudio. No voy a negociar eso. Entonces, hazlo rápido. Dos meses de descanso después del parto y vuelves. Contratas una niñera, sigues adelante.
Millones de mujeres trabajan y crían hijos. Mónica intentó seguir ese plan. de verdad lo intentó, pero cuando sostuvo a Laura por primera vez, cuando esos ojos diminutos la miraron con total dependencia y amor incondicional, algo se rompió dentro de ella. O tal vez algo se reparó. No podía seguir siendo la marioneta de Claudio.
No podía perderse las primeras palabras de su hija, sus primeros pasos, sus primeras risas, solo para cantar las mismas canciones en ciudades que ni siquiera recordaba. Necesito un descanso”, le dijo a Claudio cuando Laura cumplió 6 meses. “Un año, solo un año para estar con ella. Un año es una eternidad en esta industria.
Te olvidarán. Entonces, que me olviden. Mi hija me necesita más que el público.” La discusión que siguió fue brutal. Claudio gritó cosas que Mónica nunca olvidaría. La llamó malagradecida, estúpida, una inversión fallida. Le dijo que sin él no era nadie. qu

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