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El neón, la ginebra y el arte de ignorar babosos

## Parte 1: El neón, la ginebra y el arte de ignorar babosos

Mira que yo no soy de las que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter el Museo del Prado en un brik de leche mientras un taxista te pita porque estás bloqueando un carril bus—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el bitcoin es el futuro mientras se le cae el langostino en el regazo y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónoma en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ya la quisieran los espartanos. Pero trabajar de noche… ay, amigo, la noche en Madrid es un ecosistema aparte. No es solo falta de vitamina D y ojeras que parecen tatuajes; es aprender a leer a la gente antes de que abran la boca.

Trabajo sirviendo tragos todas las noches en el “Gota Ámbar”, un local en una de esas callejuelas de Chamberí que pretenden ser clandestinas pero donde el portero te saluda por tu nombre de pila. El sitio tiene su aquel: luces rojas que lo perdonan todo, una barra de mármol que ha escuchado más secretos que un confesionario de la Inquisición y un hilo musical de jazz contemporáneo que te hace sentir más sofisticada de lo que realmente eres cuando vuelves a casa en el búho oliendo a tabaco ajeno y a humedad.

—Lucía, nena, ponme otra de esas pociones tuyas, que me he quedado más seco que una mojama —me soltó Paco, un habitual que lleva intentando ligar con cualquier cosa que respire desde que se divorció en el 98.

—Paco, si te pongo otra “poción”, vas a terminar intentando desbrozar el jardín vertical de la entrada con los dientes. Vete a casa, que tu exmujer ya no te guarda el sitio en el sofá, pero la almohada sí —le contesté, mientras agitaba la coctelera con ese ritmo que ya me sale solo, un taconeo interno que marca el compás de la noche.

Él se rió, con esa risa de quien ya no espera nada de la vida salvo que la ginebra sea de buena marca. Y ese es mi día a día. **Trabajo sirviendo tragos todas las noches**, y no es que sea una filósofa de barra, pero te digo yo que la gente, cuando tiene un cristal en la mano y el hielo empieza a aguarse, se vuelve transparente.

El bar tiene ese punto sexy, de media luz, donde todo el mundo parece una versión mejorada de sí mismo. Yo misma, bajo estos focos, parezco una mujer de misterio y no la chica que se pelea con el casero por una humedad en el baño. Mi uniforme es un chaleco negro entallado y una camisa blanca que siempre tiene una mancha de granadina en algún lugar estratégico que nadie ve, pero que yo siento como una marca de guerra.

Y luego están ellos. **Muchos hombres me miran**. No es que yo sea la reencarnación de una estrella de Hollywood, pero la luz tenue, el hecho de estar al otro lado de la barra —en la posición de poder— y el movimiento de mis manos al preparar un Dry Martini tienen un efecto hipnótico. Me miran con esa mezcla de deseo, soledad y esperanza que solo se encuentra en los bares después de la medianoche. Unos me miran con respeto, como si fuera una especie de chamán que tiene la solución a sus problemas en una botella de bourbon. Otros, los menos, me miran como si fuera parte del mobiliario, algo que puedes comprar con una propina generosa.

—¿Tienes algo para el mal de amores, guapa? —me preguntó un tipo con un traje que costaba más que mi alquiler anual, pero con una mirada que no valía ni dos duros.

—Tengo un tequila reposado que te va a hacer olvidar hasta tu nombre, pero para lo otro, mejor prueba con terapia o con un perro, que son más fieles —le dije, regalándole una de esas sonrisas profesionales que no llegan a los ojos pero que cumplen el expediente.

Madrid por la noche es una selva de miradas. Los hay que vienen a cazar, los que vienen a que los curen y los que simplemente no quieren estar solos con sus pensamientos. Yo los gestiono a todos con la misma paciencia con la que un pastor lidia con ovejas descarriadas. “Poco hielo, mucha ginebra, no me des la brasa”, esa es la liturgia no escrita.

Pero anoche fue diferente. El bar estaba a tope, un jueves de esos que parecen sábados porque la gente ha decidido que el viernes se trabaja con el alma en modo ahorro. Había ruido, risas forzadas, el choque de los hielos y ese murmullo constante que es la banda sonora de mi vida. Estaba yo concentrada en un Mojito que se resistía, dándole mamporros a la menta como si me debiera dinero, cuando la puerta del local se abrió.

No es que hubiera un silencio súbito, esto no es una película del oeste, pero mi radar interno hizo “clic”. Hay una forma de entrar en un sitio, una energía que corta el humo y el perfume barato. Alcé la vista por inercia, sacudiendo la coctelera, esperando ver a otro ejecutivo con ganas de llorar o a un grupo de despedida de soltera buscando desesperadamente un chupito de Jäger.

**Pero anoche entró alguien diferente**.

Se quedó un segundo en la entrada, dejando que sus ojos se acostumbraran a la penumbra roja del local. No buscaba a nadie, o al menos eso parecía. Llevaba una chaqueta de cuero que había visto mejores tiempos pero que le sentaba como si hubiera nacido con ella puesta. Tenía esa seguridad de quien no necesita pedir permiso para ocupar espacio.

Se acercó a la barra ignorando la fila de gente que esperaba, y no porque fuera un maleducado, sino porque parecía que el mundo se apartaba a su paso. Yo me quedé con la coctelera a medio camino, el hielo golpeando el metal con un sonido que ahora me parecía estruendoso en mi propia cabeza. Mi compañero de barra, Borja, que es más espabilado que un hambre de tres días, me dio un codazo.

—Lucía, tierra llamando a Venus. El del fondo quiere un Gin Tonic y este que acaba de llegar parece que viene a rodar un anuncio de colonia —susurró Borja, pero yo no podía contestar.

Tenía la garganta seca, como si me hubiera tragado un puñado de serrín de ese que echan en las tabernas viejas. La mirada de aquel hombre se cruzó con la mía y sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Era una mirada que conocía demasiado bien, una mirada que había habitado mis pesadillas y mis sueños más inconfesables durante mil noches.

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