Este Chico Andaluz Tiene Un DON INCREÍBLE Pero Su PADRE Intenta ARRUINAR Su Vida Por Completo Y Todos Lloran
PARTE 1
El calor en Carmona a mediados de julio no es algo que se pueda explicar con palabras a alguien que no lo haya sufrido en sus propias carnes. No es un calor que simplemente te haga sudar; es un ente sólido, un animal invisible que se te sienta en el pecho, te aplasta contra el suelo y te seca hasta las ideas. En el interior del taller “Cerámicas y Alfarería Ruiz”, bajo un techo de uralita que parecía diseñado por el mismísimo diablo para concentrar los rayos del sol, el aire no se respiraba, se masticaba. Olía a tierra húmeda, a polvo arcilloso suspendido en el ambiente y a sudor rancio.
Leo tenía las manos hundidas hasta las muñecas en una masa de barro grisáceo. El torno giraba con un zumbido hipnótico, un rrrrrrrrr constante que casi lograba tapar la voz de la locutora de Canal Sur Radio que, desde un transistor cubierto de costras de barro seco en una esquina, anunciaba las temperaturas récord de la provincia de Sevilla.
—Cuarenta y dos grados a la sombra en Écija —murmuró Leo para sí mismo, apartándose un mechón de pelo negro y rizado de la frente con el antebrazo, cuidando de no mancharse la cara—. Y aquí dentro debemos estar a cincuenta. Madre mía, esto es un horno crematorio.
Leo era un chaval de veintidós años, enjuto, fibroso, con la piel tostada por el sol andaluz y unos ojos oscuros, grandes y expresivos, que parecían estar siempre escaneando su entorno. Sus manos, sin embargo, eran su mayor tesoro. Ágiles, precisas, capaces de transformar un pedazo de fango informe en un ánfora perfecta en menos de cinco minutos. Pero sus manos tenían otro talento. Un talento del que nadie en el pueblo, y mucho menos su padre, sabía nada.
El torno redujo su velocidad. Leo agarró la esponja mojada del barreño que tenía a su derecha, pero, al hacerlo, sus dedos rozaron el borde metálico de la mesa de trabajo.
No fue un roce sin más. Fue como si hubiera metido los dedos en un enchufe de doscientos veinte voltios, pero sin el dolor físico.
ZAS.
El mundo a su alrededor desapareció por una fracción de segundo. El zumbido del torno se apagó. En su mente, como si fuera una película proyectada a cámara rápida directamente sobre sus retinas, vio la puerta del taller abriéndose de golpe. Vio a su padre, Paco Ruiz, entrando con la camisa desabrochada por el calor, la cara enrojecida no solo por el sol sino por el enfado, pateando un cubo vacío de pintura blanca que siempre estaba cerca de la entrada. Vio a su padre gritando: “¡Niño, apaga ese trasto que me tienes la cabeza como un bombo!”.
La visión duró apenas un parpadeo. Cuando Leo volvió a la realidad, el torno seguía girando y el locutor de la radio seguía hablando del calor. Leo parpadeó, mareado. Siempre le pasaba lo mismo. Ese “don”, esa maldita clarividencia táctil a corto plazo, le dejaba una resaca instantánea, una punzada detrás de los ojos que tardaba minutos en irse. No veía grandes cosas. No podía ver los números de la Primitiva ni el resultado del Betis el próximo domingo. Solo veía fragmentos del futuro inmediato, ecos de lo que iba a ocurrir en los próximos minutos u horas, siempre ligados a los objetos que tocaba.
Leo soltó un suspiro, detuvo el torno con el pie y se limpió las manos en un trapo mugriento. Miró el reloj de pared. Las cuatro y cuarto de la tarde.
—Tres, dos, uno… —contó Leo en voz baja.
La vieja puerta de chapa del taller se abrió con un estruendo metálico que hizo temblar las estanterías llenas de platos y macetas. Paco Ruiz irrumpió en el interior. Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, con una incipiente barriga cervecera, el pelo raleando y un palillo eternamente bailando entre los dientes. Llevaba una camisa de cuadros abierta hasta el tercer botón y sudaba a mares.
Al entrar, no miró por dónde pisaba y su pie derecho impactó de lleno contra el cubo vacío de pintura blanca, mandándolo a volar contra la pared opuesta con un ruido sordo.
—¡Me cago en la leche, el cubo de los cojones! —bramó Paco, agarrándose la cabeza a dos manos—. ¡Niño, apaga ese trasto que me tienes la cabeza como un bombo!
Leo no pudo evitar una media sonrisa irónica, aunque no se molestó en recordarle que el torno ya estaba apagado. Ya se lo esperaba. Literalmente, lo había visto venir.
—Buenas tardes a ti también, papá —dijo Leo, levantándose del taburete y estirando la espalda hasta que le crujieron un par de vértebras—. Pensaba que estabas en el bar de Manolo echando la partida.
—¿La partida? ¡Qué partida ni qué niño muerto! —Paco caminó hacia el pequeño fregadero, abrió el grifo y se echó un buen chorro de agua en la nuca—. ¡Con la que está cayendo ahí fuera, como para pensar en el dominó! Además, Manolo es un pesao, siempre con la misma cantinela. Oye, ¿cuántos lebrillos llevamos hoy?
Leo señaló con la barbilla una fila de recipientes de barro fresco alineados sobre una tabla de madera larga.
—Ahí tienes veinte. Y esta mañana he dejado secando al sol otras cuarenta macetas de las grandes, las que pidió la floristería de Sevilla. Si seguimos a este ritmo, para el viernes tenemos el pedido completo y nos lo quitamos de encima.
Paco se acercó a los lebrillos, los miró por encima y frunció el ceño. Cogió uno de ellos con brusquedad, dejando las marcas de sus dedos en el barro aún blando.
—¡Papá, cuidado, que todavía están frescos, joder! —protestó Leo, acercándose rápido para intentar arreglar el desperfecto antes de que el barro se endureciera.
—Bah, esto es artesanía, chaval. A los guiris les gusta que se note el toque humano, que parezca rústico —respondió Paco, encogiéndose de hombros, restándole importancia—. Lo que me importa no es si están un poco chafados. Lo que me importa es cuándo vamos a cobrar esto. Porque el del almacén de la arcilla me está apretando las tuercas.
Leo suspiró, sintiendo que la paciencia se le empezaba a agotar, como le pasaba cada tarde.
—Ya te lo dije ayer. El de la floristería paga a treinta días desde la entrega. Es lo normal. Y el del almacén de la arcilla puede esperar un poco, siempre le hemos pagado.
Paco empezó a pasearse por el taller, pateando pequeños trozos de barro seco del suelo. Estaba nervioso. Leo lo conocía demasiado bien. Esa mirada esquiva, ese rascarse continuamente la nuca, ese sudor frío que no tenía nada que ver con los cuarenta grados de Carmona… Paco necesitaba dinero en efectivo. Rápido.
—Treinta días es una eternidad, Leo. Una puta eternidad —murmuró Paco, casi hablando para sí mismo—. Mira, ¿por qué no le llamas y le dices que si nos lo paga en mano mañana mismo, le hacemos un diez por ciento de descuento? O un quince. ¡Venga, un veinte por ciento! A ese tío le sobra la guita, seguro que le interesa.
Leo se cruzó de brazos, sintiendo cómo se le endurecía el gesto.
—Ni de coña, papá. No vamos a regalar nuestro trabajo. Me he pasado diez horas aquí metido tragando polvo para sacar esas cuarenta macetas. Si le hacemos un veinte por ciento de descuento, no sacamos ni para cubrir el coste del barro y la luz del horno. Además, ya cerramos el trato.
—¡Tú no entiendes nada de negocios, coño! —estalló Paco, escupiendo el palillo al suelo—. ¡El dinero en mano hoy vale más que el dinero en el banco el mes que viene! ¡Hay que tener liquidez, niño, liquidez!
Leo sabía perfectamente para qué quería la “liquidez” su padre. No era para pagar la arcilla, ni para arreglar el horno que perdía temperatura por una de las juntas, ni para comprarle unos zapatos nuevos a Leo, cuyos tenis tenían la suela más lisa que el cristal de un escaparate. Era para las tragaperras del bar de Manolo. O peor aún, para la timba clandestina de cartas que se organizaba los jueves en la trastienda del taller de coches de “El Ruedas”.
—La liquidez la necesitamos para comer, papá. Y para el alquiler de este antro —Leo intentó mantener el tono calmado, pero la rabia empezaba a burbujearle en el pecho—. Deja de agobiarme con el dinero. Yo hago mi parte. Yo fabrico, tú vendes. Ese es el trato. Pero no me pidas que malvenda mi trabajo.
Paco lo miró con los ojos entrecerrados, apretando la mandíbula. Por un momento, Leo pensó que le iba a soltar un guantazo. No sería la primera vez. Pero en lugar de eso, Paco soltó una carcajada seca, carente de humor.
—”Mi trabajo”, dice el señorito. “Mi trabajo”. Te recuerdo, Leonardo, que este taller es mío. Que el torno es mío. Que la arcilla la compro yo. Tú solo eres el peón que moldea el barro. Si yo quiero vender estas mierdas a dos euros cada una en el mercadillo del domingo, las vendo y punto. ¿Te enteras?
El silencio cayó pesado en el taller, solo roto por el lejano zumbido de un moscardón que chocaba desesperadamente contra la ventana sucia. Leo no contestó. Sabía que discutir con su padre cuando estaba en ese estado de ansiedad por el juego era como hablarle a la pared. Peor aún, era darle excusas para que montara un escándalo mayor.
En lugar de responder, Leo se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la parte trasera del taller, donde tenían un pequeño habitáculo que hacía las veces de oficina y almacén de herramientas.

—¿Adónde vas? ¡Que estoy hablando contigo, coño! —le gritó Paco por la espalda.
—Voy a por más arcilla blanca —mintió Leo, sin detenerse—. Tengo que terminar cinco encargos más antes de que oscurezca. Si tanto te corre prisa el dinero, déjame trabajar en paz.
Paco se quedó farfullando insultos en voz baja, rebuscando en sus bolsillos. Leo lo vio de reojo sacar un puñado de monedas sueltas y contarlas con la palma de la mano abierta. Era una imagen patética. Un hombre adulto mendigando calderilla para alimentar a una máquina con luces de colores.
Leo entró en la pequeña oficina y cerró la puerta de madera tras de sí. El lugar estaba lleno de facturas sin pagar, cajas de herramientas oxidadas y botes de esmalte reseco. Detrás de una estantería llena de moldes de escayola viejos, había un hueco disimulado en la pared, tapado por un almanaque atrasado de hace cinco años del taller mecánico del pueblo.
Con las manos temblorosas por la adrenalina de la discusión, Leo retiró el almanaque. Allí, metida en el hueco de un ladrillo faltante, había una vieja caja de puros metálica. La sacó y la abrió con cuidado.
Dentro no había puros. Había billetes. Billetes de diez, de veinte y algún que otro de cincuenta, arrugados y manchados de polvo de arcilla. Era su salvavidas. Su billete de salida de aquel infierno asfixiante. Llevaba tres años ahorrando cada céntimo que podía escamotear de los encargos extra que hacía a escondidas de su padre. Trabajos pequeños, vasijas personalizadas para vecinos, ceniceros para los bares locales, cosas que Paco nunca contabilizaba.
Pero lo más importante no era el dinero. Debajo de los billetes, había un folleto doblado por la mitad, impreso en papel satinado de alta calidad, que desentonaba brutalmente con todo el entorno.
Leo lo sacó y lo alisó sobre la mesa. La portada mostraba un edificio imponente, de arquitectura clásica pero moderna a la vez, con un texto en letras elegantes y gruesas:
Politecnico di Milano – Scuola del Design.
Acarició la portada del folleto. Este era su verdadero secreto. No su habilidad para ver fragmentos del futuro, sino su sueño. Quería ser diseñador industrial. Quería ir a Italia, aprender técnicas modernas, mezclar la alfarería tradicional andaluza que llevaba en la sangre con el diseño vanguardista europeo. Quería salir de Carmona, alejarse de las deudas de su padre, del olor a sudor y cerveza barata.
Ya había enviado su portafolio en secreto. Había fotografiado sus mejores piezas con el móvil de un amigo y había mandado la solicitud. Y lo habían aceptado. Tenía la carta de admisión escondida debajo de su colchón en casa. Lo único que le separaba de Milán, de escapar para siempre, eran tres mil euros para pagar el primer semestre y el alquiler de una habitación de estudiante.
Contó el fajo de billetes en la caja de puros. Dos mil ochocientos cincuenta euros. Estaba tan cerca que casi podía oler el espresso italiano y escuchar el bullicio de las calles de Milán.
—Solo un par de meses más —se susurró a sí mismo, cerrando la caja con un clic metálico—. Solo un par de meses aguantando al viejo y me largo de aquí.
Volvió a esconder la caja detrás del almanaque y tomó aire, preparándose para volver al horno del taller. Sin embargo, al salir de la oficina, sus dedos rozaron el marco de madera de la puerta.
Otra sacudida. Otro flashazo en su cerebro.
ZAS.
La visión le golpeó con tanta fuerza que tuvo que apoyarse contra la pared para no caer al suelo. No era una visión del taller. Era una visión de su casa. La cocina de su pequeña vivienda, iluminada por la luz pálida de un fluorescente parpadeante. Vio a su padre, Paco. Pero no estaba solo. Estaba sentado a la mesa de hule con dos hombres que Leo conocía de sobra: el “Chino” y el “Muela”, los matones a sueldo que se encargaban de cobrar las deudas de juego de los bajos fondos del pueblo y alrededores.
En la visión, Paco estaba llorando. Llorando como un niño pequeño, con los mocos colgando, suplicando. El Chino, un tipo alto y desgarbado con una cicatriz en el cuello, tenía agarrado a Paco por el cuello de la camisa.
“El dinero, Paco. Son cinco mil pavos. Para el viernes. O te partimos las piernas, a ti y a tu chaval.” —decía el Chino en la visión.
Y entonces, Paco levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre, y señaló hacia la habitación de Leo.
“¡Los tengo! ¡Sé de dónde sacarlos! Mi hijo… mi hijo tiene ahorros. Tiene pasta escondida. ¡Os lo daré todo, os lo juro!”
La visión se desvaneció tan rápido como había llegado.
Leo se quedó paralizado en el pasillo, con la respiración entrecortada, el corazón latiéndole desbocado en el pecho. El sudor frío le empapó la espalda. Su padre no solo estaba endeudado. Estaba endeudado hasta las cejas con la peor gentuza de la comarca. Y lo que era infinitamente peor: estaba dispuesto a vender a su propio hijo, a robarle la única esperanza que tenía en la vida, para salvar su propio pellejo.
—Hijo de puta… —susurró Leo, con la voz temblorosa, sintiendo cómo una mezcla de terror y una rabia infinita, caliente y espesa como el plomo fundido, se apoderaba de sus entrañas.
Escuchó los pasos de su padre acercándose por el pasillo.
—¡Leo! ¿Te has caído dentro del saco de arcilla o qué coño haces ahí pasmado? —gritó Paco desde el taller—. ¡Venga, mueve el culo, que no tenemos todo el día!
Leo cerró los puños hasta que se clavó las uñas en las palmas de las manos. Miró hacia la puerta del taller, sabiendo que lo que iba a ocurrir en los próximos días iba a destruir por completo la poca familia que le quedaba.
PARTE 2
El regreso al torno fue automático, mecánico, como si el cuerpo de Leo se hubiera desconectado temporalmente de su cerebro. Sus manos, manchadas de blanco y gris, se movían con la precisión de un autómata, moldeando, alisando, levantando las paredes de barro mientras su mente seguía atrapada en aquella cocina, en aquella visión, bajo la luz mortecina del fluorescente.
Paco andaba de un lado a otro del taller, encendiendo un pitillo rubio de los baratos, apestando el ya de por sí asfixiante aire del local.
—A ver, chiquillo, que parece que te han comido la lengua los ratones —dijo Paco, expulsando una nube de humo espeso hacia el techo de uralita—. ¿Te has enterado de lo que te he dicho antes o te entra por un oído y te sale por el otro? Tenemos que apretar el acelerador. Si sacamos la partida del almacén antes del jueves, igual el viernes me puedo tomar el día libre. Tengo… unos recados que hacer en Sevilla.
“Unos recados”, pensó Leo, sintiendo un nudo ácido en el estómago. Sabía perfectamente cuáles eran esos recados. El Chino y el Muela. Los cinco mil pavos. La amenaza de romperles las piernas a ambos.
Leo no levantó la vista del barro que giraba veloz bajo sus dedos.
—Los encargos estarán listos cuando tengan que estar listos, papá —respondió Leo, con una voz tan plana y fría que le sorprendió incluso a él mismo—. El barro tiene sus tiempos. Si lo secamos a la fuerza, se resquebraja en el horno. Y no vamos a perder una partida entera de vasijas porque a ti te entren las prisas de repente.
Paco se detuvo en seco, dándole una calada profunda al cigarro. Miró a su hijo de arriba abajo, frunciendo el ceño, como si estuviera evaluando a un extraño.
—Últimamente estás muy contestón tú, ¿eh, chaval? Muy subidito te veo. Pareces olvidar quién pone el pan en la mesa de esa casa.
—El pan lo ponemos los dos, papá. A medias —Leo detuvo el torno. Levantó la mirada, fijando sus ojos oscuros directamente en los de su padre. Estaban a escasos dos metros de distancia, pero parecía que un océano de resentimiento los separaba—. O más bien diría que últimamente el pan, el agua y la luz las pago yo con las ventas de la alfarería. Porque lo que tú sacas… digamos que no llega mucho a casa.
El silencio que siguió a esas palabras fue denso, pesado, cortado únicamente por el lejano ruido del motor de un tractor pasando por la carretera comarcal. La cara de Paco pasó del rojo por el calor a un tono violáceo, inflándose como un pavo. Tiró el cigarro a medio fumar al suelo de tierra batida y lo pisoteó con saña.
—¿Me estás llamando ladrón, niñato de mierda? —Paco dio un paso hacia adelante, levantando una mano como si fuera a soltar un bofetón.
Leo no se encogió. No apartó la mirada. Estaba harto. Llevaba años tragando bilis, años agachando la cabeza por miedo a la ira imprevisible de su padre, por un retorcido sentido de la lealtad filial que ahora, tras aquella visión en el pasillo, se había desmoronado por completo.
—No te estoy llamando ladrón, papá —dijo Leo en un tono bajo, casi un susurro, pero cargado de una tensión que hizo que Paco detuviera la mano en el aire—. Te estoy llamando ludópata.
La palabra resonó en el taller como el eco de un disparo.
Paco bajó la mano lentamente, pero no retrocedió. Sus ojos bailaron nerviosos de izquierda a derecha durante una fracción de segundo antes de clavar en Leo una mirada llena de un odio visceral, un odio que solo nace de la vergüenza descubierta.
—Tú no sabes de lo que hablas, mocoso —siseó Paco, escupiendo las palabras—. Tú te crees muy listo con tus moldecitos y tus mierdas de floreros, pero no tienes ni puta idea de cómo funciona el mundo real. De lo que cuesta mantener este negocio a flote. De los “sacrificios” que he tenido que hacer.
—¿Sacrificios? —Leo soltó una carcajada amarga, seca—. ¿Te refieres a fundirte el dinero del alquiler en el casino de Tomares? ¿O a apostar lo de los proveedores en partidas clandestinas con matones de poca monta? ¡No me jodas, papá! ¡Sé perfectamente a qué te dedicas cuando dices que te vas a “negociar” por ahí!
—¡Cállate! —Paco golpeó la mesa de trabajo con el puño cerrado, haciendo temblar varias herramientas metálicas—. ¡Tú eres mi hijo, coño! ¡Vives bajo mi techo! ¡Trabajas para mí! ¡Todo lo que hay aquí es mío, incluyendo el dinero que haces con esas manos!
Esa frase. “Todo lo que hay aquí es mío”. Esa frase fue el gatillo que disparó el pánico en la mente de Leo. Su padre lo consideraba una propiedad, una extensión de sus propios bienes, una herramienta más del taller que podía exprimir hasta romperla si con ello conseguía pagar sus putas deudas. Y la visión se lo había confirmado: estaba dispuesto a robarle hasta el último céntimo de la caja de puros escondida. Su futuro en Milán no significaba absolutamente nada para él.
—Me voy a casa —dijo Leo bruscamente, apartándose del torno y limpiándose las manos con brusquedad en un trapo—. Ya no puedo seguir trabajando así hoy. Tengo que ducharme y descansar.
—¿A casa? ¡Ni de coña! ¡Aún tienes que terminar de tornear los diez platos que faltan para el pedido grande! —Paco intentó cortarle el paso, poniéndose en medio del pasillo que daba a la salida.
—Los haré mañana a primera hora. Hoy he terminado —Leo no disminuyó la velocidad. Caminó directamente hacia su padre. Paco era más corpulento, pero Leo estaba en mejor forma física gracias a años de trabajo manual duro. Cuando sus hombros chocaron al cruzarse, Paco fue quien tuvo que dar un paso atrás, sorprendido por la firmeza del chaval.
—¡Si sales por esa puerta no te molestes en volver mañana, cabrón! —gritó Paco desde el centro del taller, viendo cómo su hijo se alejaba hacia la entrada—. ¡Te quedarás en la puta calle! ¡Tú y tus macetitas de los cojones!
Leo no se giró. Empujó la pesada puerta de chapa, que chirrió quejándose sobre sus goznes oxidados, y salió a la calle. El aire del exterior, a más de cuarenta grados, le golpeó la cara como el aliento de un horno gigante, pero en ese momento a Leo le pareció el aire más puro y fresco que había respirado en todo el día.
El camino desde el polígono industrial hasta su casa, una modesta vivienda de una sola planta en un barrio de casas adosadas de paredes encaladas y rejas de forja en las ventanas, le tomó unos veinte minutos caminando bajo un sol de justicia. Sus zapatillas levantaban pequeñas nubes de polvo en el asfalto derretido. La cabeza le daba vueltas. No paraba de repasar la visión: el Chino, el Muela, el cuchillo, las lágrimas de cocodrilo de su padre vendiéndole a él y a sus ahorros sin el menor escrúpulo.
Entró en la casa. Estaba a oscuras; las persianas de esparto bajadas a cal y canto para mantener el frescor (o al menos intentar evitar el infierno). El olor a sofrito rancio y a humedad impregnaba las paredes. No había nadie. Su madre había fallecido hacía seis años de un cáncer de pulmón fulminante, y desde entonces la casa había ido degenerando, perdiendo su alma poco a poco, convirtiéndose en un simple depósito donde padre e hijo iban a dormir y a evitarse mutuamente.
Leo fue directo a su pequeña habitación. Era un cuarto claustrofóbico, apenas lo suficientemente grande para una cama individual, un armario de contrachapado barato y una pequeña mesa escritorio coja donde solía dibujar sus bocetos de diseño a altas horas de la madrugada.
Cerró la puerta con pestillo, un hábito que había adquirido desde que descubrió a su padre rebuscando en sus cajones un par de años atrás buscando “suelto para tabaco”. Se arrodilló junto a la cama, metió la mano debajo del colchón por la parte del cabecero y sacó una carpeta de plástico azul.
Dentro de la carpeta estaba su vida, su billete de salida. Estaba la carta de aceptación del Politecnico di Milano, escrita en un italiano formal que apenas lograba descifrar pero que le sabía a gloria bendita. Estaban los correos electrónicos impresos de la secretaría de la universidad detallando los plazos de matriculación. Estaban los billetes de avión a Bérgamo impresos en papel, comprados a escondidas en un cibercafé del pueblo de al lado.
Pero lo más importante no estaba allí. El dinero, el combustible necesario para hacer volar aquel sueño de papel, seguía en el taller, escondido detrás del almanaque.
Leo se sentó en el borde de la cama, frotándose las sienes con fuerza. Tenía que sacar el dinero de allí. Hoy mismo. Su padre no volvería al taller hasta mañana por la mañana; seguramente ahora se iría directo al bar de Manolo a intentar conseguir algún préstamo rápido o a ahogar sus penas en cerveza Cruzcampo. Era el momento perfecto para volver al taller, coger la caja de puros, meter el dinero en una mochila y esconderla en algún lugar seguro, quizás en casa de su amigo Javi. O mejor aún, ingresarlo directamente en una cuenta bancaria a su nombre.
¿Pero y si la visión era de hoy?, pensó de repente, y un escalofrío le recorrió la espina dorsal a pesar del calor de la habitación.
En la visión, Paco estaba en la cocina de la casa. Era de noche. El Chino y el Muela estaban allí. Exigían el dinero. Paco prometía dárselo.
Leo miró su reloj de pulsera barato. Las cinco y media de la tarde. Faltaban horas para que anocheciera. Tenía tiempo de sobra.
Se levantó de un salto, agarró una mochila vieja del colegio que tenía en el fondo del armario y metió la carpeta azul dentro. Salió de la habitación, pero antes de abandonar la casa, la sed apremiante del camino le obligó a ir a la cocina a beber agua.
La cocina era la misma de la visión. La mesa de hule con estampado de girasoles descoloridos, las sillas de tijera, la nevera que hacía un ruido ronco al arrancar el motor. Todo estaba tal y como él lo había visto.
Se acercó a la nevera y abrió la puerta. Sacó una botella de plástico llena de agua fría y, al cerrarla, su mano rozó distraídamente el tirador metálico.

El mundo se detuvo de nuevo. La ceguera blanca del flashazo le golpeó los ojos con tanta violencia que soltó la botella de agua, que cayó al suelo de terrazo rebotando ruidosamente.
En su mente, la escena se proyectó, pero esta vez era diferente. No era la cocina. Era el taller.
Era el interior de la pequeña oficina del taller. La luz del atardecer se filtraba por la ventanilla cubierta de polvo. Allí estaba su padre. Paco estaba arrodillado frente a la pared de la estantería vieja. Había quitado el almanaque del taller mecánico. Estaba metiendo la mano en el agujero del ladrillo. En la visión, Leo pudo ver cómo la cara de Paco se iluminaba con una sonrisa codiciosa, repugnante, mientras sacaba la caja metálica de puros. Vio cómo la abría. Vio el reflejo de los billetes en los ojos de aquel hombre que se suponía debía protegerle. Vio cómo Paco cogía el fajo entero de billetes, lo contaba frenéticamente, y se lo metía en el bolsillo interior de la chaqueta, tirando la caja vacía y su folleto de diseño al suelo con desprecio antes de salir corriendo de la oficina.
La visión terminó abruptamente, devolviendo a Leo a la cocina, jadeando, con el corazón bombeando sangre a presión en sus oídos.
—¡Mierda, mierda, mierda! —gritó Leo, golpeando la puerta de la nevera con el puño cerrado.
No iba a ocurrir por la noche. Estaba ocurriendo ahora. O iba a ocurrir en los próximos minutos. Su padre no se había ido al bar. Su padre se había quedado en el taller. Quizás, tras la discusión, la sospecha o la pura desesperación le habían llevado a registrar el local de arriba a abajo. Y lo iba a encontrar. Iba a encontrar los tres años de sudor, los sueños de Milán, todo.
Leo no lo pensó dos veces. Salió corriendo de la cocina, cruzó el pasillo y abrió la puerta principal de la casa. Salió a la calle a la carrera, sin importarle el calor abrasador, corriendo como si le persiguiera el diablo. Las zapatillas golpeaban el asfalto con fuerza, su respiración era un silbido ronco en el aire seco.
No puedes llegar tarde. No puedes dejar que se lo lleve.
Corrió cruzando el parque del pueblo, esquivando a un par de ancianos que lo miraron asombrados desde sus bancos a la sombra. Cruzó la carretera general sin mirar, frenando en seco a un coche que le pitó enfurecido. No le importó. Solo tenía una imagen en la cabeza: la mano de su padre sacando aquella caja de puros.
El polígono industrial apareció ante él, envuelto en una calima ondulante por el calor que subía del suelo. Leo forzó las piernas a correr más rápido, sintiendo un ardor punzante en los pulmones.
A lo lejos, divisó la puerta del taller “Cerámicas y Alfarería Ruiz”. Estaba abierta de par en par. Y aparcado justo delante de la puerta, con el motor en marcha, estaba el viejo Renault Megane de su padre.
Leo apretó los dientes y dio un último sprint, empujado por la adrenalina pura. Llegó a la puerta derrapando sobre la tierra suelta del suelo. Entró de golpe en el taller, cegado momentáneamente por el cambio de luz.
El torno estaba vacío. Los lebrillos seguían secándose en la tabla.
Pero del fondo del taller, desde la zona de la pequeña oficina, llegó el ruido característico de un objeto metálico cayendo al suelo.
Leo corrió hacia allí. Al girar la esquina del pasillo, la escena que se encontró frente a él hizo que el tiempo se detuviera de verdad.
Allí estaba Paco. De pie frente al hueco de la pared. En una mano tenía la caja de puros metálica, abierta de par en par. En la otra, el grueso fajo de billetes, los casi tres mil euros que significaban la libertad de Leo. En el suelo, pisoteado sin miramientos bajo las botas de Paco, estaba el folleto del Politecnico di Milano.
Paco se giró al escuchar los pasos de su hijo. Al principio, su cara mostró sorpresa, luego culpa, pero en un instante, esa culpa fue barrida y reemplazada por una máscara de fría determinación y arrogancia.
—Anda, mira quién vuelve por aquí con el rabo entre las piernas —dijo Paco, apretando el fajo de billetes en su puño y guardándoselo lentamente en el bolsillo delantero de los pantalones vaqueros—. Qué casualidad. Justo a tiempo para ver cómo tu viejo soluciona los problemas de la familia.
Leo se quedó plantado en el umbral de la oficina, bloqueando la salida. Su pecho subía y bajaba violentamente. Miró a su padre, luego miró el folleto pisoteado en el suelo, y luego al bolsillo donde ahora descansaba su futuro.
—Ese dinero es mío —dijo Leo, y su voz no tembló. Sonó oscura, peligrosa, una voz que no parecía pertenecer al chaval sumiso que moldeaba barro.
—Este dinero —respondió Paco, dándose unas palmaditas en el bolsillo con una sonrisa ladeada y cínica— estaba escondido en mi propiedad. En mi taller. Detrás de una pared que yo pago. Por lo tanto, legalmente, es mío. Es dinero negro, chaval. ¿Qué vas a hacer, llamar a la Guardia Civil y decirles que tienes tres mil pavos sin declarar escondidos en una caja de puros? No me hagas reír.
—Devuélvemelo, papá. No te lo voy a pedir dos veces —Leo dio un paso dentro de la pequeña oficina, cerrando los puños.
—¿O qué? ¿Me vas a pegar, niñato? —Paco soltó una carcajada burlona, pero sus ojos delataban nerviosismo. Echó un vistazo rápido hacia la salida, evaluando sus opciones—. Eres un iluso, Leo. Un puto iluso. ¿A dónde te creías que ibas a ir con esto? ¿A Italia? ¿A dibujar mariconadas mientras tu padre se pudre en la cárcel por no poder pagar al Chino y al Muela? Eres un egoísta de mierda. Deberías estar dándome las gracias por no habértelo confiscado antes.
—Ese dinero era para mis estudios. Para escapar de esta mierda de vida a la que me tienes condenado —los ojos de Leo empezaban a humedecerse, no de tristeza, sino de pura frustración—. Me has robado tres años de mi vida. Tres años trabajando como un esclavo para ti, y trabajando de madrugada para juntar eso. Tú te lo vas a fundir en una mesa de póquer o en las tragaperras en menos de un mes.
—¡Para salvar el pellejo, joder! ¡Me van a matar si no les pago el viernes! —Paco perdió la compostura, gritando, gesticulando salvajemente—. ¡Son cinco mil euros, coño! ¡Con esto les callo la boca un par de semanas y gano tiempo para montar una timba grande y recuperar lo perdido! ¡Es una inversión, gilipollas!
—Eres patético… —susurró Leo, negando con la cabeza, asqueado. La imagen de su padre no le causaba miedo, ni respeto, solo una profunda e infinita lástima mezclada con asco.
Paco bufó, indignado. Hizo el amago de empujar a Leo para salir de la oficina.
—Apártate. Tengo prisa. El del almacén me está esperando para…
—¡Que me des el puto dinero! —Leo no se apartó. Al contrario, cuando Paco intentó pasar por su lado, Leo lanzó las manos hacia adelante, agarrando a su padre por las solapas de la camisa a cuadros y empujándolo con fuerza contra la estantería de metal.
Los viejos moldes de escayola y los botes de esmalte cayeron al suelo con estrépito. Paco, sorprendido por la fuerza repentina de su hijo, trastabilló y chocó contra la balda de metal, soltando un quejido de dolor.
—¡Estás loco, cabrón! ¡Suéltame! —Paco intentó zafarse, lanzando un manotazo que conectó torpemente en el hombro de Leo.
Pero en el forcejeo, la mano izquierda de Leo, que sostenía firmemente la camisa de su padre, resbaló por el sudor y rozó la piel desnuda del cuello de Paco, justo donde latía la vena yugular.
Y entonces, el don se disparó de nuevo. Pero esta vez, el contacto directo con la piel humana en un momento de tanta tensión emocional hizo que la visión fuera mil veces más potente, más nítida, más abrumadora.
ZAS.
El impacto visual fue como una explosión en el centro del cerebro de Leo. No vio el futuro a unos minutos vista. Vio el futuro inmediato, condensado en una avalancha de imágenes horribles.
Vio a su padre, Paco, llegando a un descampado a las afueras del pueblo en su Renault Megane. Vio la noche cerrada. Vio al Chino y al Muela esperándole apoyados en un capó. Vio a su padre entregándoles los tres mil euros, temblando, intentando explicar que le faltaban dos mil pero que se los traería la semana que viene.
Vio al Chino sonriendo, una sonrisa de depredador. “La deuda era de cinco mil para hoy, Paquito. Tres mil no es un pago. Tres mil es un insulto”. Vio al Chino sacando una barra de hierro oxidada del maletero. Vio a su padre suplicando de rodillas en la tierra polvorienta. Vio el primer golpe en las costillas. Vio a su padre escupiendo sangre. Vio el segundo golpe en las rodillas. El sonido del hueso rompiéndose resonó en la mente de Leo como un trueno. Vio a su padre abandonado en el descampado, retorciéndose de dolor en la oscuridad, rodeado de su propia sangre, mientras las luces traseras del coche del Chino se alejaban en la distancia.
La visión lo escupió de vuelta al presente con una violencia tal que Leo soltó a su padre de inmediato y cayó de rodillas al suelo de la oficina, agarrándose la cabeza, gritando de dolor. El dolor de cabeza era insoportable, como si le estuvieran clavando un picahielos detrás de los ojos.
Paco, al verse liberado, se alisó la camisa rápidamente, jadeando, mirando a su hijo retorcerse en el suelo como si estuviera loco.
—¡Ves lo que haces, niñato anormal! ¡Te da un ataque de nervios por cuatro duros de mierda! —escupió Paco, escabulléndose por el hueco que dejaba Leo en la puerta de la oficina—. ¡Te quedas aquí castigado! ¡Mañana hablaremos cuando se te pasen las tonterías!
Leo intentó hablar, intentó levantar una mano para detener a su padre, para advertirle. Te van a matar. No vayas. Te van a romper las piernas y te van a dejar tirado en la cuneta. Pero el dolor paralizante de la visión masiva le tenía clavado al suelo, apenas capaz de articular sonidos ininteligibles.
Paco corrió por el pasillo del taller, sus pasos resonando huecos. Leo escuchó el portazo metálico de la puerta principal cerrándose. Segundos después, el rugido del motor del Renault Megane acelerando a fondo y alejándose chirriando ruedas.
Se había llevado el dinero. Se había llevado su sueño. Y se iba directo a una carnicería que solo él, Leo, había presenciado antes de que ocurriera.
Leo se quedó allí tirado, rodeado de potes de pintura derramados y trozos de escayola rota, abrazando el folleto de Milán pisoteado, mientras unas lágrimas de pura impotencia, densas y calientes, empezaban a resbalar por sus mejillas manchadas de polvo de arcilla. En aquel taller sofocante, rodeado de las obras de sus manos, sintió cómo todo su mundo se desmoronaba en pedazos, piezas rotas imposibles de volver a pegar.
PARTE 3
El suelo del taller estaba frío. Era la única sensación agradable en medio del infierno que ardía dentro de la cabeza de Leo. El dolor punzante detrás de los ojos tardó varios minutos en ceder, reduciéndose a una especie de latido sordo, rítmico, como si tuviera un enano con un tambor metido en el cráneo. Lentamente, apoyando las palmas en las baldosas sucias y manchadas de pintura, se obligó a incorporarse. Sus articulaciones protestaron y el estómago le dio un vuelco, amenazando con devolver el escaso desayuno que había tomado hacía ya demasiadas horas.
Se quedó de rodillas, con la cabeza gacha, respirando el polvo en suspensión.
—Se lo ha llevado… —susurró para el taller vacío. El eco de su propia voz le sonó patético, hueco.
Frente a él, el folleto del Politecnico di Milano yacía en el suelo. La pisada de la bota de su padre había dejado una marca de barro negro justo sobre la fotografía del edificio de diseño. Leo estiró una mano temblorosa, lo recogió y, con un cuidado exquisito que contrastaba con la violencia del momento, intentó alisar las arrugas con la palma de la mano. Era inútil. El papel satinado estaba quebrado, sucio. Roto. Como todo lo demás.
Se metió el folleto arrugado en el bolsillo trasero de los vaqueros y miró la pantalla astillada de su teléfono móvil. Las seis y cuarto de la tarde. La luz del sol que entraba por el ventanuco de la oficina ya no era blanca y abrasadora, sino que empezaba a teñirse de ese tono anaranjado y denso típico de los atardeceres andaluces en pleno julio. El calor seguía apretando, pero las sombras comenzaban a alargarse.
En la visión, cuando su padre entregaba el dinero al Chino, era de noche. Noche cerrada. Eso significaba que no iban a reunirse hasta dentro de unas horas. Quizás a las diez, o a las once.
Leo se levantó tambaleándose. Sentía un odio profundo, una rabia volcánica hacia ese hombre que acababa de robarle su futuro. Una voz oscura en su interior le susurraba: “Déjalo. Que vaya. Que el Chino le rompa las piernas. Se lo merece. Así aprenderá. Así te dejará en paz de una maldita vez”. Y por un instante, Leo saboreó esa idea. Saboreó la justicia poética de ver a su padre arrastrándose, pagando el precio de su propia codicia y su estupidez.
Pero entonces cerró los ojos y la visión volvió a reproducirse en su mente. El sonido del hueso resquebrajándose. Los gritos agónicos de Paco en medio de la oscuridad del descampado. La sangre negra manchando la tierra seca.
—Mierda… —maldijo en voz alta, pasándose ambas manos por la cara, ensuciándose las mejillas con los restos de arcilla blanca que aún llevaba en los dedos—. Me cago en mi puta vida.
No podía dejarlo morir. Por mucho que lo odiara en ese momento, por mucho que deseara que desapareciera de su vida, seguía siendo su padre. No podía quedarse de brazos cruzados sabiendo que lo iban a masacrar. Tenía que detenerlo. Tenía que llegar a ese descampado antes que los matones, recuperar su dinero —si es que aún era posible— y sacar a aquel imbécil de allí.
Pero no podía hacerlo solo. Si se enfrentaba al Chino y al Muela a pecho descubierto, el que acabaría en una silla de ruedas sería él.
Salió del taller a trompicones, asegurándose de echar el candado a la puerta de chapa por pura inercia, y echó a andar a paso rápido por el arcén de la carretera comarcal en dirección al centro del pueblo. No iba a su casa. Iba al único lugar donde podía encontrar ayuda. Iba a “Talleres Javi”.
Javi era su mejor amigo desde que tenían cinco años y compartían pupitre y piojos en el colegio de las monjas. Mientras Leo había heredado el don de la arcilla de su abuelo, Javi había nacido con grasa de motor en las venas. Ahora, con veintidós años, regentaba el antiguo taller mecánico de su tío, un local que olía a gasolina, a aceite quemado y a sudor, y donde siempre sonaba Estopa a un volumen atronador.
Cuando Leo llegó al taller, Javi estaba medio metido debajo del chasis de un Seat Ibiza destartalado, con las piernas asomando y una llave inglesa golpeando rítmicamente contra el metal.
—¡Javi! —gritó Leo, intentando que su voz se oyera por encima de la música.
El golpeteo cesó. Javi se deslizó hacia afuera sobre la camilla de mecánico, limpiándose las manos manchadas de grasa negra con un trapo de algodón que debió ser blanco en la década de los noventa. Era un chico bajito, fuerte como un toro, con el pelo rapado a los lados y una perilla mal recortada. Al ver la cara de Leo, la sonrisa habitual de Javi se borró de golpe.
—Quillo, ¿qué te ha pasado? Tienes una cara que parece que has visto a un muerto. Y vas lleno de mierda, hermano.
Leo se acercó, respirando con dificultad, apoyando una mano en el capó del coche para no caerse.
—Mi padre… —jadeó—. Mi padre me ha robado la pasta. Todo. Lo de Italia.
Javi tiró el trapo al suelo con violencia.
—¡Me estás vacilando! ¿Los tres mil pavos? ¿El dinero de la caja de puros?
Leo asintió con la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta.
—Ha venido al taller hace un rato. Lo ha encontrado. Hemos discutido, pero… se ha largado con él.
—¡Será hijo de la gran puta! —Javi soltó una retahíla de juramentos que harían enrojecer a un marinero, pateando un neumático viejo que estaba apoyado en la pared—. ¡Te dije que no lo dejaras en el taller, coño! ¡Te dije que me lo dieras a mí y te lo guardaba en la caja fuerte de mi viejo! ¡Ese cabrón se lo va a fundir en las tragaperras del Manolo antes de que cante el gallo! ¡Vamos, coge mi coche, nos vamos para el bar a reventarle la cabeza!
—No ha ido al bar, Javi —Leo agarró el brazo de su amigo antes de que este pudiera correr a por las llaves de su coche—. Va a pagar una deuda.
—¿A quién? ¿Al del almacén de la arcilla? Eso se puede arreglar, le decimos que…
—No. Al Chino.
El nombre cayó en el taller como una losa de plomo. Javi se quedó congelado, con los ojos muy abiertos. La música de Estopa seguía sonando de fondo, de repente absurdamente alegre para la gravedad de la situación. Javi tragó saliva.
—¿Al Chino de la barriada de los Pajaritos? ¿Al de la cicatriz en el cuello?
—Ese mismo. Mi padre le debe cinco mil euros por unas timbas de cartas clandestinas. Y solo lleva los tres mil que me ha robado. El Chino no va a aceptar un pago a medias. Va a ir acompañado del Muela. Y le van a partir las piernas, Javi. Lo sé.
Javi se pasó las manos por la cara, resoplando. En el pueblo, todo el mundo conocía al Chino. Era un prestamista, un matón y un traficante de poca monta, pero lo suficientemente peligroso como para que la Policía Local mirara hacia otro lado cuando paseaba con su BMW negro con las lunas tintadas. El Muela, su perro de presa personal, era un exboxeador que había perdido la licencia por arrancar la oreja de un bocado a un contrincante en el tercer asalto.
—Leo, escúchame bien —Javi bajó la voz, acercándose a su amigo—. Si tu viejo se ha metido en esa mierda, ya es hombre muerto. O al menos, hombre en silla de ruedas. Tú no puedes hacer nada. Si te metes en medio de esos bestias, te van a abrir en canal. Esa gente no atiende a razones. Es tu dinero, lo sé, y me jode en el alma, picha. Pero tu vida vale más que un puto billete a Italia.
—No lo entiendes. —Leo lo miró con desesperación—. Sé lo que va a pasar. He visto… he visto dónde van a quedar. Y sé lo que le van a hacer.
Javi frunció el ceño.
—¿Cómo que lo has visto? ¿Te lo ha dicho tu padre?
Leo dudó un segundo. Nunca le había contado a Javi lo de sus “visiones”. Nadie lo sabía. Habría sonado como un puto esquizofrénico. “Sí, verás, es que toco cosas y veo el futuro”. Le llevarían directamente al frenopático de Sevilla.
—Sí… —mintió Leo rápidamente—. Lo he escuchado mientras hablaba por teléfono antes de venir al taller. Van a quedar en el descampado de la azucarera vieja. A las once de la noche.
—La azucarera vieja… —Javi silbó por lo bajo—. Sitio apartado, sin farolas, no pasa ni Dios a esas horas. Ideal para dar una paliza y dejar el cadáver pudriéndose. Leo, no podemos ir. Llamemos a la Guardia Civil. Que vayan ellos.
—¡Si llamamos a la Guardia Civil, mi padre va a la cárcel por las deudas y por el juego ilegal! ¡Y el Chino y el Muela saldrán en dos días y vendrán a por nosotros para vengarse por haberles chivado! —Leo agarró la camiseta de su amigo, sacudiéndolo ligeramente—. Javi, por favor. Eres el único que me puede ayudar. Solo quiero ir, interceptar a mi padre antes de que lleguen ellos, quitarle la pasta y llevármelo a casa. Si llegamos a las diez y media, estaremos solos.
Javi miró a los ojos desesperados de Leo. Suspiró profundamente, el aire silbando entre sus dientes. Miró su taller, su zona de confort, y luego volvió a mirar a su amigo de la infancia, el chaval que le pasaba los apuntes de matemáticas y que ahora estaba a punto de meterse en la boca del lobo.
—Me cago en mis putos muertos a caballo —murmuró Javi, rascándose la cabeza rapada—. La madre que me parió. Nos van a matar, Leonardo. Nos van a reventar la cabeza y nos van a tirar al río Guadalquivir.
—¿Vienes o no? —Leo soltó la camiseta, preparándose para ir solo andando si hacía falta.
—Claro que voy, gilipollas. No voy a dejar que te maten solo. Sería muy aburrido ir a tu funeral y no ser yo el protagonista. —Javi se giró hacia el fondo del taller—. ¡Pero no vamos en coche! Un coche hace mucho ruido y se ve a kilómetros. Vamos en la “Mosquito”.
Javi señaló una esquina cubierta por una lona manchada de aceite. De un tirón, descubrió su tesoro más preciado: una Yamaha Jog RR de 49cc, pero trucada hasta las cejas. Tubo de escape Yasuni R, carburador de 21mm, cilindro rectificado. No era un ciclomotor, era un misil tierra-tierra camuflado de moto de repartidor de pizzas.
—Esta bicha alcanza los cien kilómetros por hora en una recta, y nos podemos meter por los caminos de tierra del campo sin que nos vean por la carretera principal —explicó Javi, pasándole un casco de color negro mate cubierto de pegatinas de marcas de aceite—. Nos ahorramos la general y llegamos a la azucarera en quince minutos campo a través.
Leo agarró el casco. Pesaba en sus manos.
—Gracias, hermano. Te debo una muy grande.
—Me debes la vida entera, cabrón. Y más te vale que en Italia me compres una moto italiana de verdad, porque como la palme esta noche, mi fantasma te va a perseguir todas las noches para pellizcarte los huevos. —Javi se puso su propio casco, que no tenía visera, y se sentó en la pequeña moto, encendiéndola de una patada—. Monta. Y agárrate fuerte, que no me hago responsable de si sales volando en los baches.
Leo se subió a la parte trasera del estrecho asiento, agarrándose a las asideras laterales con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Javi dio un par de acelerones en vacío. El motor trucado aulló con un sonido agudo y estridente que hizo vibrar los cristales del taller.
—¿A qué hora es la movida? —preguntó Javi, girando la cabeza un poco.
—A las once. Pero mi padre suele llegar antes a todas partes. Tenemos que estar allí sobre las diez.
—Son las nueve menos cuarto. Tenemos tiempo de sobra. —Javi bajó la moto del caballete central—. Vamos a cazar a tu viejo.
La Yamaha Jog salió disparada del taller mecánico, derrapando ligeramente en la acera antes de incorporarse al tráfico del pueblo. El aire cálido de la tarde le golpeaba a Leo en la cara a través de la visera levantada del casco, un viento que no refrescaba, sino que parecía cargar aún más el ambiente de una tensión eléctrica, premonitoria.
Dejaron atrás las calles asfaltadas del pueblo de Carmona y tomaron un desvío hacia un camino de tierra flanqueado por inmensos campos de girasoles secos que crujían al paso del viento. El sol terminó de ocultarse por el horizonte, tiñendo el cielo de un violeta oscuro, casi negro. La luz del faro de la moto cortaba la oscuridad, iluminando el polvo en suspensión que levantaban las ruedas.
Mientras saltaban por los baches del camino, con el rugido del motor taladrándole los oídos, Leo no podía dejar de pensar en las múltiples formas en las que todo el plan podía salir terriblemente mal. Si se cruzaban con el coche del Chino en el camino. Si su padre se negaba a escucharle y se ponía violento. Si la visión que había tenido no era el único futuro posible, sino uno de muchos, y sus acciones ahora estaban precipitando un desastre aún mayor.
Pero ya no había marcha atrás. Sentía el peso de los billetes robados, el peso de su futuro secuestrado. Si no luchaba por ello esa noche, entre las ruinas de una fábrica abandonada, sabía que pasaría el resto de sus días pudriéndose en aquel taller de cerámica, viendo a su padre jugar a las cartas con el dinero que él había ganado con sangre y sudor. Y eso, para Leo, era un destino peor que la muerte.
PARTE 4
El esqueleto de la antigua azucarera se alzaba contra el cielo nocturno como el cadáver de un gigante de metal y ladrillo. Sus chimeneas derrumbadas a medias parecían dedos mutilados apuntando a una luna menguante que apenas daba luz. El lugar estaba en medio de la nada, a kilómetros de las últimas luces del pueblo, rodeado de un descampado de hierbajos altos y secos que susurraban con la brisa nocturna. Olía a polvo, a hierro oxidado y a algo rancio, a abandono.
Javi apagó el motor de la Yamaha cien metros antes de llegar a la explanada principal. El silencio que siguió al ensordecedor ruido del tubo de escape fue absoluto, casi sepulcral. Ocultaron la pequeña moto detrás de un muro de contención medio derruido y avanzaron agachados, utilizando la cobertura de la oscuridad y los escombros.
Leo sentía el corazón latiéndole en la garganta. Miró el reloj iluminado de su móvil: las diez y diez de la noche. Habían llegado con tiempo.
Se asomaron por encima de un bloque de hormigón caído. La explanada frente a la nave principal estaba vacía, iluminada únicamente por la pálida luz de la luna.
—No hay nadie —susurró Javi, sacando un paquete de tabaco del bolsillo, aunque no hizo amago de encenderlo, consciente de que la luz del mechero les delataría—. ¿Seguro que era aquí, picha?
—Seguro —respondió Leo en un hilo de voz, con los ojos clavados en el centro del descampado. En su visión, había visto exactamente ese mismo escenario: la fachada de ladrillo rojo, la grúa oxidada al fondo. Todo encajaba.
Pasaron veinte minutos eternos. Los mosquitos parecían haber encontrado un banquete en el sudor frío que cubría a los dos amigos. Javi no paraba de moverse inquieto, maldiciendo en voz baja, mientras Leo permanecía inmóvil, tenso como la cuerda de una guitarra a punto de romperse.
A las diez y media en punto, el sonido de neumáticos triturando la grava del camino de acceso rompió el silencio. Dos luces halógenas amarillentas perforaron la oscuridad, proyectando sombras largas y deformes de los escombros.
Era el Renault Megane blanco.
El coche entró despacio, como si el conductor dudara, y se detuvo en el centro geométrico del descampado. El motor se apagó, pero las luces de posición se quedaron encendidas.
—Es tu padre —murmuró Javi—. Vamos, salgamos ahora. Antes de que lleguen los otros. Lo agarramos entre los dos, lo metemos en la moto como podamos y salimos pitando.
Leo asintió. Se preparó para saltar por encima del muro de hormigón. Sus músculos estaban en tensión. Estaba a punto de gritar el nombre de su padre cuando otro sonido les congeló la sangre en las venas.
Un motor mucho más potente. Un ronroneo grave, profundo, como el gruñido de una bestia.
Por el lado opuesto del descampado, emergiendo de las sombras de un camino lateral que venía de la autovía, aparecieron unos faros de xenón, blancos y deslumbrantes. Un BMW Serie 5 negro, impecable, se deslizó por la tierra con arrogancia y se detuvo a escasos diez metros frente al coche de Paco.
—Mierda. Han llegado antes —silabeó Javi, agarrando del brazo a Leo y tirando de él hacia abajo, pegándose de nuevo a la cobertura del hormigón—. No te muevas, coño. No respires. Si nos ven, somos hombres muertos.
Leo no podía apartar la vista. A través de una grieta en el muro, observó la escena. Su corazón bombeaba adrenalina pura. Esto era. Esto era lo que había visto en la visión. El destino se estaba alineando segundo a segundo, y él no había llegado a tiempo de evitarlo.

Las puertas del BMW se abrieron. Del asiento del conductor salió el Muela. Era un armario empotrado, un hombre ancho de hombros, sin cuello, con la cabeza completamente afeitada y una camiseta de tirantes que dejaba ver unos brazos tatuados y gruesos como troncos de árbol. Ni siquiera parecía sentir frío.
Del asiento del copiloto, con movimientos pausados y chulescos, bajó el Chino. Llevaba una camisa negra de seda abierta, pantalones de pinzas y unos zapatos de cuero que relucían a pesar del polvo del lugar. Era delgado, casi esquelético, pero desprendía un aura de peligro letal. La cicatriz roja que le cruzaba el cuello desde la clavícula hasta la oreja era visible incluso con la escasa luz de los faros.
La puerta del Megane se abrió lentamente, con un chirrido que sonó patético en medio de aquel silencio tenso. Paco salió. A Leo se le encogió el estómago al verle. Su padre parecía diez años más viejo, encorvado, con los hombros caídos y las manos temblándole visiblemente. Se alisó la camisa de cuadros de manera nerviosa y caminó hacia los dos hombres.
—Buenas noches, señores… —la voz de Paco llegó hasta los oídos de Leo, fina, cobarde, cargada de terror.
El Chino no respondió al saludo. Sacó un cigarrillo rubio, se lo llevó a los labios y el Muela, con la rapidez de un perro adiestrado, le encendió el fuego con un mechero Zippo de plata. El clic metálico resonó en la explanada.
—Puntual, Paquito. Me gusta eso —dijo el Chino tras soltar la primera bocanada de humo. Su voz era rasposa, como si tuviera lija en la garganta, seguramente un regalo del corte que originó su cicatriz—. Aunque a mí lo que de verdad me gusta es la gente que cumple sus promesas. ¿Lo tienes?
Paco tragó saliva ruidosamente. Metió una mano temblorosa en el bolsillo de su chaqueta, y Leo, desde su escondite, sintió ganas de vomitar al reconocer el bulto del fajo de billetes de quinientos y de cincuenta que le había costado años de su vida reunir.
Paco sacó el dinero. El fajo grueso, atado con una goma elástica mugrienta.
—Aquí está —dijo Paco, dando un paso adelante y extendiendo la mano, como si quisiera deshacerse de un bicho venenoso—. Los ahorros. Todo lo que he podido juntar, Chino. Te juro que he vaciado hasta el último cajón.
El Chino ni se inmutó. No hizo el menor gesto para coger el dinero. Simplemente miró el fajo, luego a Paco, y le dio otra calada a su cigarro.
—El Muela es muy bueno con los números, Paco. ¿Verdad, Muela? —preguntó el Chino, sin girar la cabeza.
—Un lince, jefe —gruñó el gigante, cruzándose de brazos, haciendo crujir sus nudillos.
—A simple vista, Paquito, ese fajo no abulta lo suficiente para ser cinco mil euros —el tono del Chino se volvió frío, cortante—. Yo diría que ahí, tirando por lo alto, hay tres mil.
Paco empezó a sudar a mares. Retrocedió medio paso, la voz quebrándosele.
—Son tres mil. Sí. Pero escúchame, Chino, escúchame por favor. He tenido un mes malísimo en el taller. Las ventas de los maceteros están paralizadas, los guiris no compran nada… Pero esto es más de la mitad. Toma los tres mil ahora, te lo ruego, y dame hasta el jueves de la semana que viene. ¡Te traeré los dos mil que faltan con intereses! ¡Te lo juro por la memoria de mi mujer!
El silencio de la noche fue ahogado por una carcajada seca y carente de humor del Chino. Tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó con la punta de su zapato caro.
—¿La memoria de tu mujer? A mí tu difunta esposa me importa una puta mierda, Paquito —el Chino dio dos pasos rápidos hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Paco—. ¿Tú te crees que yo soy el Banco Santander? ¿Te crees que esto es Cáritas Diocesana? La deuda era de cinco mil para hoy, Paquito. Tres mil no es un pago. Tres mil es un insulto. Y a mí no me gusta que me insulten en mi cara.
La frase. Esa era la maldita frase exacta de la visión.
Detrás del muro, a Leo se le cortó la respiración. Todo estaba sucediendo exactamente igual. Como un guion de cine escrito con sangre. El destino era una locomotora sin frenos dirigiéndose hacia el abismo, y él estaba atado a las vías.
El Chino giró la cabeza ligeramente hacia su matón.
—Muela. Tráeme “La llave inglesa”.
El Muela sonrió. Una sonrisa de puros dientes torcidos. Caminó hacia el maletero del BMW, lo abrió con un clic sordo, y sacó algo largo, metálico y pesado. No era una llave inglesa. Era una barra de hierro corrugado, oxidada y gruesa como el brazo de un niño, utilizada normalmente para encofrar hormigón en las obras.
Paco empezó a retroceder, levantando las manos en un gesto inútil de defensa, tropezando con sus propios pies y cayendo de rodillas en la tierra seca.
—¡No, Chino, por favor! ¡Tengo el dinero de mi hijo, lo tiene escondido para la universidad, puedo obligarle a que me dé más! ¡No me hagáis daño! ¡Tengo familia!
¡Mentiroso! ¡Traidor de mierda!, gritó la mente de Leo. El dinero que llevaba en la mano ya era el de su hijo, y aún así, en su desesperación, Paco intentaba venderle una vez más, ofrecer algo que ni siquiera existía ya para salvar su pellejo.
El Muela se acercó y le pasó la barra de hierro al Chino. El prestamista la sopesó en su mano derecha, golpeando suavemente la palma de su mano izquierda, acercándose a Paco a paso lento.
—Esto te va a doler a ti más que a mí, Paco. Las rodillas tardan mucho en soldar a tu edad. —El Chino levantó la barra por encima de su cabeza.
La visión final. El golpe que le destrozaría las piernas. El hueso rompiéndose.
La rabia, el miedo, la impotencia y un amor filial retorcido y estúpido se mezclaron en el pecho de Leo, estallando en una supernova de adrenalina. Sin pensarlo, sin planearlo, movido únicamente por un instinto primario que anulaba cualquier lógica, Leo saltó por encima del muro de hormigón.
—¡QUÉDATE QUIETO, HIJO DE PUTA! —el grito de Leo desgarró la noche, resonando en las paredes en ruinas de la azucarera.
El Chino, sorprendido, detuvo el golpe en el aire, girándose hacia la voz. El Muela se puso en tensión instantáneamente, buscando el origen del grito. Paco, arrodillado y llorando con mocos colgando, abrió los ojos desorbitados al ver a su hijo emerger de la oscuridad como un fantasma enloquecido.
Javi, detrás del muro, soltó un “¡Me cago en Dios!” ahogado, cerrando los ojos al ver a su amigo correr en línea recta hacia una muerte segura.
Leo corrió a toda velocidad, levantando polvo con las zapatillas. No tenía un arma. No sabía pelear. Era un alfarero de veintidós años contra dos mafiosos armados. Pero no pensaba en eso. Su mente estaba en blanco.
—Vaya, vaya. Si es el pequeño artesano —dijo el Chino, recuperando la compostura rápidamente, bajando la barra y apoyándola en el suelo—. ¿Has venido a ayudar a tu papaito? Qué escena tan conmovedora. Lástima que no traigas cheques.
—¡Suéltalo! ¡Coge los tres mil euros y lárgate, o te juro que… ! —Leo se detuvo a tres metros de ellos, jadeando, intentando parecer fiero, pero su cuerpo temblaba visiblemente.
El Muela soltó una carcajada profunda que le hizo rebotar la barriga.
—¿O qué, niño? ¿Me vas a hacer un jarrón de barro y me lo vas a romper en la cabeza? —El gigante dio un paso hacia Leo, crujiéndose el cuello.
—Muela, enséñale al niño algo de respeto a los mayores. Pero no le rompas la cara, que es guapete. Rómpale un par de dedos, a ver si hace mejores vasijas —ordenó el Chino con voz aburrida, girándose de nuevo hacia Paco, dispuesto a reanudar su “trabajo”.
El Muela cargó contra Leo como un rinoceronte, lanzando un derechazo pesado como un martillo directamente hacia la mandíbula del chaval.
Era un golpe rápido, letal. Un chico normal habría terminado en el suelo con la mandíbula descolocada antes de poder pestañear. Pero Leo, movido por el pánico, levantó los brazos en un acto reflejo de protección, y sus manos, cubiertas de sudor frío, chocaron directamente contra los gruesos y sudorosos antebrazos del Muela.
Contacto directo. Piel con piel. Tensión máxima.
ZAS.
El mundo pareció detenerse, y la mente de Leo fue arrastrada a ese torbellino eléctrico. El flashazo fue instantáneo. Vio las próximas fracciones de segundo con una claridad cristalina. Vio cómo su torpe bloqueo era inútil; vio el puño del Muela apartando sus brazos de un manotazo; vio la rodilla derecha del gigante subiendo como un pistón hacia su estómago; vio el dolor paralizante que lo dejaría doblado en el suelo, listo para ser rematado.
La visión duró una milésima de segundo en tiempo real. Cuando el cerebro de Leo volvió a procesar la realidad, el Muela estaba justo iniciando ese mismo movimiento: apartando sus brazos para dejarle el estómago al descubierto.
Pero esta vez, Leo sabía qué venía.
No intentó resistirse al manotazo. Al contrario, se dejó llevar por la fuerza del Muela y, en lugar de quedarse estático esperando el rodillazo, se dejó caer hacia la izquierda, casi arrastrándose por el suelo, esquivando por milímetros la pesada rodilla del matón que pasó silbando por el aire donde un segundo antes estaba el estómago de Leo.
El Muela, al golpear el aire, perdió ligeramente el equilibrio hacia adelante, maldiciendo sorprendido.
—¡¿Pero qué cojones…?! —masculló el exboxeador, tropezando torpemente.
Leo no perdió ni un nanosegundo. Aún en el suelo, agarró una piedra del tamaño de un melón, de los restos de los escombros esparcidos por la explanada, y con todas sus fuerzas, girando desde el suelo como un resorte, golpeó con ella la corva trasera de la pierna izquierda del Muela.
El impacto sonó a hueso contra piedra. El gigante soltó un aullido de dolor que resonó en todo el descampado. Su pierna izquierda cedió de golpe y cayó de rodillas al suelo, agarrándose la parte trasera del muslo, escupiendo juramentos.
Nadie se esperaba eso. Ni el Muela, ni Paco, ni mucho menos el Chino. El prestamista se quedó paralizado, con la barra de hierro levantada a medias, procesando cómo un flacucho de Carmona había derribado a su perro de presa de un solo movimiento fluido y casi sobrenatural.
Leo se puso en pie de un salto, respirando como un fuelle roto, con los ojos desorbitados y la piedra aún agarrada en la mano derecha, sangrando por los nudillos raspados. La cabeza le daba vueltas por el latigazo de usar su don en pleno combate, sentía que le iba a estallar el cráneo de puro dolor, pero la adrenalina le mantenía de pie.
—¡El dinero, joder! —gritó Leo, señalando al fajo de billetes que había caído al suelo junto a Paco en medio de la confusión—. ¡Cógelo y lárgate, o te juro por Dios que la próxima piedra te la meto en el puto cráneo, Chino!
El Chino entrecerró los ojos, la sorpresa inicial dando paso a una furia fría y calculadora. Apretó la barra de hierro hasta que sus nudillos palidecieron.
—Te has equivocado de barrio, chaval. Te voy a abrir la cabeza en dos como a una sandía.
El Chino dio un paso rápido hacia Leo, preparándose para dar un barrido con el tubo de hierro. Leo se preparó para el impacto, rezando para poder tocar al Chino antes de que la barra le destrozara las costillas y usar su poder para esquivarlo.
Pero antes de que el Chino pudiera acortar la distancia, un silbido agudo cruzó el aire de la noche.
Piiiiiiiium…
Y entonces, una explosión ensordecedora, cegadora, reventó justo entre el Chino y el coche de Paco.
¡BAM!
Una nube de humo blanco, pólvora quemada y chispas naranjas invadió la explanada. Un sonido atronador, como un disparo de escopeta amplificado, hizo que todos se encogieran instintivamente.
Javi.
Detrás del muro, el mecánico había hecho uso de su arsenal personal: un “Mega-Trueno” tamaño familiar, de los que le habían sobrado de las fiestas de San Juan, que había encendido y lanzado con una precisión digna de un jugador de béisbol, impactando justo en la chapa del capó del Megane antes de detonar.
En la oscuridad de la noche y con los nervios a flor de piel, el ruido de aquel petardo gigante sonó a pura zona de guerra.
El Chino, creyendo que les estaban disparando desde las ruinas, se tiró al suelo soltando la barra de hierro. El Muela, aún cojeando y maldiciendo, se arrastró presa del pánico hacia la cobertura del BMW negro.
—¡Están armados, jefe! ¡Tienen escopetas! —gritó el matón gigante, cubriéndose la cabeza rapada con los brazos tatuados.
El caos era total. El polvo levantado por la explosión flotaba en el aire impidiendo ver con claridad.
Javi, asomando solo los ojos por encima del muro, gritó cambiando la voz para que sonara más ronca:
—¡LA GUARDIA CIVIL ESTÁ DE CAMINO, CABRONES! ¡ESTÁIS RODEADOS! ¡TIRAD LAS ARMAS!
Fue un farol cutre, absurdo, de película de serie B. Pero a oscuras, con los oídos pitando por la explosión de pólvora, y tras ver cómo un alfarero debilucho derribaba a un peso pesado, el Chino no estaba dispuesto a jugársela. Era un matón de pueblo, no un narcotraficante de cártel dispuesto a tirotearse con la policía en medio de la nada.
El prestamista se levantó a trompicones del suelo, escupiendo tierra. Su mirada se cruzó por un segundo con la de Leo a través del humo. Una mirada de puro odio y humillación que prometía venganza. Luego, bajó la vista. A sus pies, medio enterrado en la arena levantada por la carrera, estaba el fajo de billetes, sujeto por la goma elástica.
En un movimiento rápido, como la lengua de un sapo cazando una mosca, el Chino se agachó, agarró el fajo de tres mil euros y corrió hacia la puerta abierta del copiloto de su BMW.
—¡Arranca, Muela, sácanos de esta puta mierda, arranca! —gritó el Chino, tirándose literalmente dentro del coche de lujo.
El Muela, que ya estaba en el asiento del conductor frotándose el muslo herido, encendió el motor con un rugido que hizo temblar el suelo de nuevo, metió la marcha atrás quemando rueda, giró el volante violentamente y salió derrapando del descampado a una velocidad suicida. Las luces rojas traseras del BMW desaparecieron en cuestión de segundos tragadas por la oscuridad del camino de tierra, dejando tras de sí una nube de polvo espeso.
El silencio regresó a la azucarera vieja, roto únicamente por el sonido de la chapa del Megane enfriándose y la respiración jadeante de los tres hombres que quedaban.
Leo dejó caer la piedra al suelo de sus manos, que temblaban descontroladamente ahora que la adrenalina empezaba a abandonar su sistema. El dolor de cabeza que el uso de su don había provocado regresó con una fuerza diez veces mayor, haciéndole trastabillar y caer de rodillas, justo al lado de donde estaba su padre.
Paco seguía tirado en la tierra seca. Estaba ileso. No tenía ni un solo hueso roto, ni una marca en su cara. Sin embargo, cuando Leo le miró a los ojos, vio a un hombre completamente destruido. Paco estaba temblando como una hoja, con la ropa manchada de barro, las manos aferradas a la tierra seca como si fuera a salir volando en cualquier momento. Miraba al lugar donde un segundo antes estaban los billetes y luego a su hijo.
Javi saltó ágilmente el muro y corrió hacia ellos, parándose en seco y mirando a su alrededor, sin poder creerse que siguieran vivos.
—Madre de Dios bendito… —murmuró Javi, pasándose una mano por la cabeza rapada—. ¡Les hemos echado! ¡Me cago en la leche, hemos echado al Chino a petardazos!
Pero Leo no le prestaba atención. Seguía mirando a su padre.
Paco alzó la vista lentamente. Las lágrimas surcaban las arrugas de su rostro curtido por el sol de Carmona, dejando surcos limpios en la mugre. Durante años, Leo había visto a su padre enfadado, borracho, arrogante e incluso desesperado. Pero nunca lo había visto así. Nunca había visto esa mirada de comprensión absoluta, de asco hacia sí mismo, de vergüenza desgarradora.
Paco comprendió en ese instante, bajo la tenue luz de la luna, lo que su hijo había hecho.
Leo no tenía por qué haber ido. Leo odiaba el taller. Leo estaba desesperado por irse. Si se hubiera quedado en casa, el Chino habría masacrado a Paco, y Leo habría sido libre. Podría haber rehecho su vida, podría haber empezado de cero. En cambio, su hijo se había enfrentado a dos matones, arriesgando su propia vida, para salvar a un hombre que solo una hora antes le había robado y escupido en su sueño.
Y el precio de esa salvación era la pérdida definitiva de ese sueño. El Chino se había llevado los tres mil euros. El dinero de Italia. El dinero de la libertad de Leo.
—Hijo… —Paco pronunció la palabra en un susurro roto, extendiendo una mano temblorosa hacia la rodilla de Leo.
Leo no se apartó. No había fuerza en él para el rencor. El vacío que sentía en el pecho, donde antes residía la ilusión de Milán, era inmenso, negro, devorador. Miró el suelo polvoriento donde había estado el fajo de billetes, y lentamente, sacó la mano de su bolsillo trasero. Sacó el folleto del Politecnico di Milano, arrugado y marcado por la bota de su padre.
Lo alisó con las dos manos temblorosas. Sus ojos oscuros se llenaron de lágrimas espesas, densas. Lágrimas que no caían por el dolor físico, ni por el miedo, sino por el duelo de una vida que ya nunca viviría.
—Se ha ido… —murmuró Leo, su voz quebrándose en un sollozo seco, ronco—. Se lo ha llevado todo.
Paco se derrumbó. Apoyó la cabeza contra la tierra y rompió a llorar a mares, con el llanto descontrolado y agudo de un niño que ha roto algo irreparable. Lloraba agarrándose el pecho, ahogándose en su propia culpa. Sabía que nunca podría devolverle a su hijo lo que le había arrebatado esta noche. Podría intentar dejar de jugar, podría intentar ser un buen padre, pero la traición ya estaba sellada en sangre invisible en aquel descampado.
Javi, a unos metros de distancia, bajó la cabeza y se restregó los ojos con el brazo, incapaz de soportar la dureza de la escena. El silencio del campo andaluz se llenó con los sollozos de los tres, hombres llorando sus miserias y pérdidas bajo un cielo sin estrellas.
A la mañana siguiente, el sol volvió a salir sobre Carmona con la misma violencia de siempre, amenazando con otros cuarenta grados asfixiantes. El taller de “Cerámicas y Alfarería Ruiz” seguía en su sitio, con su tejado de uralita reverberando calor.
En el interior, el zumbido hipnótico del torno rrrrrrrrr llenaba el ambiente.
Leo estaba sentado frente a la máquina, con las manos hundidas hasta las muñecas en el barro grisáceo, los ojos rojos y rodeados de unas ojeras profundas. Estaba terminando los platos que la floristería de Sevilla había encargado. Sus manos se movían por inercia, levantando paredes de arcilla perfecta, un talento inútil que solo servía para fabricar prisiones redondas.
La puerta de chapa rechinó al abrirse a sus espaldas. Eran las doce del mediodía, una hora extraña para que llegara su padre.
Leo no detuvo el torno. No giró la cabeza. No quería hablar. Se habían vuelto en el Megane la noche anterior en el más absoluto y sepulcral de los silencios, un silencio pesado y tóxico que amenazaba con quedarse a vivir con ellos para siempre.
Escuchó los pasos lentos y arrastrados de Paco acercándose. Se detuvieron justo a un metro de su espalda.
—Leo —la voz de su padre sonaba apagada, sin el habitual tono de mando arrogante.
Leo suspiró, cerró los ojos por un segundo, preparándose para las disculpas vacías que sabía que llegarían, las promesas de que “todo iba a cambiar”, de que “iban a ahorrar juntos de nuevo”.
—No quiero hablar, papá. Déjame terminar esto y me voy a casa. Me duele la cabeza de una manera que ni te imaginas.
Hubo un silencio pesado. Luego, el sonido de algo de papel grueso deslizándose y golpeando suavemente contra la madera de la mesa de trabajo, justo al lado del barreño de agua de la esponja.
—No he venido a pedirte perdón, hijo. Sé que el perdón no arregla la mierda que te hice ayer —dijo Paco, su voz temblando ligeramente—. Y sé que no te mereces estar en este agujero aguantando a un despojo humano como yo.
Leo detuvo el torno con el pie, frunciendo el ceño por la extrañeza del tono de su padre, y miró de reojo la mesa.
Allí, junto al agua turbia manchada de arcilla blanca, descansaba un fajo de billetes grueso, diferente al suyo, atado con una brida de plástico verde. Billete sobre billete, impecables. Al lado, reposaban unas llaves. Unas llaves que Leo conocía perfectamente.
Eran las llaves del taller. Y las llaves de la vieja casa familiar en la que vivían.
Leo se quedó congelado, mirando el dinero, sin atreverse a tocarlo por miedo a tener una visión que le dijera que todo aquello era una mentira, una ilusión cruel generada por el dolor de cabeza.
—Son cuatro mil quinientos euros —dijo Paco, dando un paso atrás, incapaz de sostenerle la mirada a su hijo, mirando al suelo sucio del taller—. Es lo que me han dado por el Megane en el desguace del polígono de los Prados. El del almacén me prestó el resto a cambio de… bueno, de firmarle que él es el nuevo propietario de la maquinaria de este local. Y las llaves… me voy, Leo. Me voy al piso de tu tía Carmen en Cádiz una temporada. Me ha dicho que tiene un hueco en la tienda de ultramarinos.
Leo se giró lentamente en su taburete. Sus manos llenas de barro cayeron flácidas a sus costados. Miró a su padre, realmente miró al hombre frente a él. Paco parecía vacío, derrotado, desprovisto de todo su orgullo andaluz, un cascarón que al fin había sido roto por su propia culpa, pero que había usado los últimos trozos sanos de sí mismo para intentar reparar el daño.
—Papá… ¿Qué has hecho? Te has quedado sin coche… sin taller… sin nada.
Paco esbozó una sonrisa torcida y triste, una sonrisa en la que asomaba la sombra de aquel padre cariñoso que Leo apenas recordaba de su infancia.
—Me he quedado con lo único que importa. Con un hijo vivo, que ayer me demostró que tiene mil veces más cojones y mejor corazón que yo —Paco hizo una pausa, ahogando un sollozo—. Coge la pasta, limpia ese puto folleto italiano y lárgate de aquí, Leonardo. Coge el primer vuelo a Milán. Haz tus dibujos, tus muebles, lo que te dé la gana. Y hazme un favor… no vuelvas la vista atrás. No dejes que la mierda que yo he creado ensucie tu vida nunca más.
El hombre gordo y calvo se dio la media vuelta, arrastrando los pies hacia la puerta abierta, hacia el asfixiante sol del mediodía, abandonando para siempre aquel taller que había sido su ruina.
Leo se quedó allí sentado. Miró el dinero, el billete a su libertad, pagado con el sacrificio definitivo de la única familia que le quedaba. Lentamente, acercó una mano cubierta de arcilla gris hacia el fajo de billetes limpios. Los rozó con la yema de los dedos mojados.
Esta vez, no hubo destellos eléctricos. No hubo relámpagos mentales. No hubo visiones del futuro inmediato.
Por primera vez en mucho tiempo, cuando Leo tocó aquel objeto, su futuro era un lienzo en blanco. Un futuro que ya no estaba atado a aquel lugar. Un futuro que, desde ese mismo instante, iba a moldear él mismo con sus propias manos limpias, sin ataduras, libre de la asfixia de la arcilla de Carmona.
Dejó escapar una lágrima silenciosa, que rodó por su mejilla y cayó en el barreño de agua turbia, mezclándose para siempre con la tierra, lavándose y desapareciendo.
Estaba libre.
Y aunque el precio había sido alto, el alivio inundó su pecho y, finalmente, pudo sonreír.