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El eco del gotelé y la primera carcajada


Parte 1: El eco del gotelé y la primera carcajada

Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome cómo funciona el mercado de las criptomonedas y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Por eso, cuando anoche escuché aquella risa en mi habitación, lo último que esperaba era que mi propia casa decidiera sabotear mi salud mental de una forma tan… juguetona.

Eran las dos de la mañana de un martes. Un martes de esos que no sirven para nada, un día que es como un sándwich mixto sin mantequilla: cumple su función de trámite pero no te alegra la existencia. Yo estaba en ese estado de trance que te da el haber estado ocho horas seguidas diseñando logotipos para una empresa de embutidos orgánicos. Tenía los ojos rojos como un conejo con conjuntivitis y el cerebro funcionando a pedales. El silencio en mi piso de Chamberí era denso, de esos que te hacen pitar los oídos, roto solo por el zumbido de mi nevera vieja, que suena como un avión de la Segunda Guerra Mundial a punto de despegar.

De repente, lo oí.

—Ji, ji… ji.

Me quedé congelado con el ratón en la mano. Fue una risa corta, aguda, casi como la de un niño que acaba de esconderle el mando de la tele a su abuelo. Al principio, mi cerebro de madrileño pragmático buscó la explicación más lógica. “Es la calle”, me dije. En Madrid, incluso a las dos de la mañana, siempre hay algún gracioso que vuelve de fiesta o un grupo de guiris que confunden el martes con el día del Orgullo.

Me levanté del sofá, esquivando una montaña de cajas de pizza que ya estaban empezando a desarrollar su propio código postal, y me acerqué a la ventana. Corrí la cortina y miré hacia abajo. La calle estaba desierta. Solo se veía el reflejo de las farolas sobre el asfalto mojado por el camión de la limpieza y un gato negro que cruzaba con una parsimonia insultante. Ni rastro de risas, ni de gente, ni de nada que justificara ese sonido.

—Será el vecino —mascullé para mis adentros.

El vecino del 3ºB es un tipo que se llama Manolo y que tiene la asombrosa capacidad de ver programas de variedades hasta las cuatro de la madrugada con el volumen al máximo. Pensé que quizá el audio de su televisión se había colado por el patio de luces, ese conducto de ventilación que en los edificios antiguos de Madrid sirve para que te enteres de lo que cena, discute y sueña toda la comunidad de vecinos.

Me dirigí hacia la puerta de mi habitación, que es donde el sonido parecía haber tenido su origen. La puerta estaba entornada, proyectando una sombra larga y afilada sobre el parqué que cruje cada vez que cambias de opinión. Respiré hondo.

—¡Manolo, baja la tele, coño! —grité hacia la pared, aunque sabía que Manolo era más sordo que una tapia.

Abrí la puerta de mi cuarto de un tirón, esperando encontrarme con la ventana abierta o alguna explicación física. Pero no había nada. Mi cama estaba deshecha, con el edredón de Ikea colgando por un lado; mi armario empotrado, el que nunca cierra bien, estaba en silencio; y el aire olía a una mezcla de café recalentado y suavizante de marca blanca. No había nadie. Estaba solo. Completamente solo en mis sesenta metros cuadrados de alquiler abusivo.

Cerré la puerta de nuevo, sintiéndome un poco ridículo. “Javi, tío, el exceso de cafeína te está friendo las neuronas”, pensé. Me di la vuelta para volver al salón a apagar el ordenador y meterme por fin en la cama. Pero antes de que pudiera dar el primer paso, la risa volvió a sonar.

—Ja, ja… ja, ja, ja.

Esta vez no fue un susurro. Fue una carcajada clara, cristalina, cargada de una alegría malsana que me hizo sentir como si alguien me hubiera pasado un cubito de hielo por la nuca. Y lo peor de todo: no venía de la calle. No venía de la tele de Manolo. Ni siquiera venía de detrás de la pared.

La risa había nacido dentro de mi habitación. Justo al otro lado de la madera de la puerta que acababa de cerrar.

Me quedé petrificado, con la mano aún en el pomo. Podía sentir la vibración de la madera, o quizá era mi propio pulso martilleando en mis dedos. El texto en la pantalla de mi imaginación parpadeaba con letras rojas de neón: “Más cerca”.

No quería darme la vuelta. Tenía ese pánico primario que te dice que, mientras no mires, lo que hay detrás no es real. Pero el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y, además, le pide el DNI a la piedra. Así que me giré. Muy despacio. Centímetro a centímetro, con el cuello crujiendo como una puerta vieja.

Y fue entonces cuando sentí el aliento frío en la oreja y escuché la voz, un milisegundo antes de que la risa estallara de nuevo.

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