La historia de la televisión mexicana tiene rostros que se quedan grabados en el alma colectiva, y uno de ellos es, sin duda, el de Alma Delfina. Para toda una generación, ella fue Babi, esa joven de mirada chispeante y espíritu rebelde que lideraba las travesuras en el icónico programa Cachun Cachun Ra Ra. Sin embargo, detrás de esa sonrisa que iluminaba la pantalla de millones de hogares en los años ochenta, se escondía una realidad marcada por la vulnerabilidad, el miedo y una lucha interna que pocos conocían. Hoy, a sus sesenta y cuatro años, la actriz ha decidido compartir su verdad, desvelando los capítulos más oscuros y luminosos de una vida que parece sacada de uno de los guiones que ella misma protagonizó.
Nacida en Ciudad Camargo, Chihuahua, como la menor de diez hermanos, Alma llegó a la Ciudad de México con apenas cinco años. Su destino parecía trazado hacia las artes, siguiendo los pasos de sus hermanos mayores. Pero el camino no fue sencillo. Sus primeros encuentros con el mundo de la actuación estuvieron teñidos de una intensidad que casi la hace claudicar. Siendo apenas
una adolescente, se enfrentó a un ambiente donde la presión social y propuestas inapropiadas eran moneda corriente. El miedo la acechaba, pero fue su determinación y el apoyo de su familia lo que la mantuvo en pie, llevándola a estudiar con figuras que más tarde serían leyendas del espectáculo.
El ascenso de Alma fue meteórico. Desde su debut teatral junto a Héctor Bonilla hasta ser descubierta por el gran Valentín Pimstein, su talento era innegable. Pero fue su relación con el carismático actor Salvador Pineda lo que marcaría un antes y un después en su vida personal. Lo que comenzó como un romance de ensueño entre dos estrellas en ascenso, pronto se transformó en una relación codependiente y profundamente tóxica. Alma describe esos años como vivir en una prisión apasionada. Los celos de Pineda eran incesantes y sofocantes. El éxito de Alma en proyectos como Colorina o la misma serie de los Cachunes, en lugar de ser motivo de celebración, se convertía en combustible para la inseguridad de su pareja.
La actriz relata momentos de una tensión insoportable, donde el hogar que compartían guardaba las cicatrices físicas de la furia: paredes agrietadas y vidrios rotos. Aunque aclara que nunca hubo agresión física directa hacia ella, la violencia emocional era una sombra constante que la hacía vivir en un estado de alerta permanente. Incluso en el ámbito laboral, la sombra de su relación la perseguía, generando fricciones con directores y compañeros. La situación llegó a tal punto que el equipo técnico de una producción tuvo que plantarse para defenderla de los ataques verbales de un director que proyectaba en ella sus conflictos con Pineda. Fue un acto de solidaridad que Alma nunca olvidó, pues ese día se sintió no solo querida, sino profundamente respetada por sus iguales.

A mediados de la década de los ochenta, tras cuatro años de un ciclo agotador de rupturas y reconciliaciones, Alma encontró la fuerza para decir basta. La separación no fue un evento limpio; fue un proceso caótico y doloroso que la llevó a buscar refugio en sus amigos y, eventualmente, fuera de las fronteras de su país. Se mudó a Puerto Rico y luego a Los Ángeles, buscando sanar las heridas de un amor que se había deformado en obsesión. Fue en este periodo de introspección y crecimiento donde su carrera dio un giro hacia el cine, ganando el premio Ariel y demostrando que su capacidad actoral iba mucho más allá de la comedia juvenil.
Justo cuando parecía que el amor era un capítulo cerrado por precaución, la vida la sorprendió en los Estados Unidos. Mientras estudiaba producción cinematográfica en la Universidad de California, conoció a Michael Smith. Michael era distinto a todo lo que ella había conocido en el medio artístico mexicano: era atento, sereno y, sobre todo, veía en Alma a la mujer, no a la estrella. A pesar de la diferencia de edad y las barreras del idioma, Michael persistió, demostrando un compromiso que finalmente venció las dudas de la actriz. Se casaron en una ceremonia civil íntima en mil novecientos noventa y dos, marcando el inicio de la etapa más estable y feliz de su vida.
La llegada de su hija, Natalia, en mil novecientos noventa y cuatro, terminó de transformar sus prioridades. Para Alma, la maternidad no fue solo una etapa, sino su razón de vivir. Se alejó de los reflectores durante años para dedicarse por completo a la crianza, asegurándose de que su hija creciera en un entorno lleno de amor y seguridad, lejos de la turbulencia que ella misma había experimentado. Cada vez que el trabajo la llamaba de vuelta a México o a producciones internacionales, Natalia era su compañera inseparable. La actriz no quería que su hija viera solo a una madre, sino a una mujer realizada, capaz de equilibrar su pasión profesional con el amor más profundo.
El regreso de Alma Delfina a la televisión fue gradual pero sólido. Participó en producciones tanto en Televisa como en TV Azteca y se abrió camino en la industria estadounidense con apariciones en series de renombre. Sin embargo, su mayor triunfo no son los créditos en pantalla, sino la paz que proyecta hoy en día. Al mirar hacia atrás, no lo hace con amargura, sino con la sabiduría de quien ha transformado sus cicatrices en lecciones de vida. Reconoce el talento de quienes fueron sus parejas, pero valora mucho más la libertad que encontró al alejarse de ellos.
A sus sesenta y cuatro años, Alma Delfina se define como una mujer realizada. Ha pasado de ser la joven asustada en las clases de teatro a una guerrera que supo cuándo retirarse para protegerse y cuándo volver para brillar. Su historia es un recordatorio de que la fama es efímera, pero la integridad y el amor propio son los pilares que permiten construir una vida con propósito. Para sus seguidores, ella sigue siendo la inolvidable Babi, pero para sí misma, es una mujer que tomó las riendas de su destino y que, con una sonrisa auténtica, asegura que lo mejor aún está por venir.