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El Diógenes digital y la arqueología del desorden

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Parte 1: El Diógenes digital y la arqueología del desorden

Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como una guerra de guerrillas pero con cajas de cartón y parkings imposibles—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el aceite de oliva está a precio de sangre de unicornio y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Pero lo que ocurrió anoche no tiene nada que ver con la burocracia ni con el cuñadismo ilustrado. Fue algo más sutil, más afilado, de esas cosas que se te meten bajo la piel y te hacen dudar de si el suelo que pisas es sólido o simplemente una alfombra puesta encima de un agujero negro de recuerdos.

Todo empezó por culpa de la falta de gigas. Eran las once de la noche de un martes de esos que no sirven para nada, un día que es como un sándwich mixto sin mantequilla: cumple su función de trámite pero no te alegra la existencia. Estaba yo en mi rincón de pensar —el sofá de una famosa tienda sueca que ya tiene la forma de mis posaderas grabada a fuego— intentando liberar espacio en la nube. Mi móvil no paraba de lanzarme amenazas: “Espacio casi lleno”, “No se puede realizar la copia de seguridad”. Mensajes que en el siglo XXI son el equivalente a que te desahucien de tu propia vida digital.

—Venga, Javi, vamos a borrar basura —me dije a mí mismo, con esa voz de determinación que solo te sale cuando sabes que vas a acabar perdiendo tres horas ojeando fotos de cuando tenías pelo.

Empecé la limpieza. Borré ráfagas de fotos de mi gato —que en paz descanse el pobre, que era más vago que el sastre de Tarzán—, capturas de pantalla de billetes de tren de 2019 y memes de grupos de WhatsApp que en su día me hicieron gracia pero que ahora me daban una vergüenza ajena de campeonato. Fui bajando por la galería, dándole al icono de la papelera con la saña de un verdugo, hasta que llegué a una carpeta que no recordaba haber creado. Se llamaba simplemente “Varios_Copia”.

Dentro no había fotos. Había archivos de audio. Notas de voz de esas que mandas cuando te da pereza escribir o cuando tienes que decirle a alguien algo importante y el teclado te parece un instrumento demasiado frío. Empecé a revisar nombres de archivos: lista_compra.m4a, idea_logo_embutidos.wav, insultos_al_casero_no_enviar.mp3. Y entonces, perdido entre un audio de un concierto ruidoso y una grabación accidental de mi bolsillo mientras caminaba por la calle Fuencarral, vi uno que me detuvo el pulso.

El nombre del archivo era una fecha: 14_05_2022.m4a.

No ponía quién lo había mandado, pero yo sabía perfectamente qué día era ese. Fue el último sábado de mayo en el que Madrid decidió que ya era verano de golpe, de esos días en los que el asfalto te derrite las suelas de las zapatillas y el aire huele a polen y a terraza de bar. También fue el último día que escuché una voz que se me había ido quedando muda en la memoria, como esas canciones que tarareas pero de las que ya no te sabes la letra.

Hice clic. Mis dedos, que suelen ser rápidos para cualquier tontería, temblaron un poco sobre la pantalla estallada de mi móvil. El reproductor se abrió. Una línea plana, blanca sobre fondo negro, esperando a ser perturbada por una onda sonora.

Le di al play.

Al principio no se oía nada. Solo estática. Ese siseo de las grabaciones antiguas, como si el sonido tuviera que abrirse paso a través de una tormenta de arena. Luego, el ruido de fondo de una televisión encendida —seguramente el telediario de las tres, con su música de cabecera tan institucional y tan de domingo en familia—. Y después, el sonido de una tos seca, una de esas toses de fumador empedernido que mi padre nunca quiso dejar de ser.

El audio solo dura cinco segundos. Cinco miserables segundos que, comparados con las horas de vídeos absurdos que guardamos en el teléfono, no son nada. Pero para mí, en ese salón en penumbra de Chamberí, fueron un estallido de artillería.

—”Javi, nene… avísame cuando llegues.”

Fue su voz. Tal cual. Sin filtros, sin la distorsión del recuerdo que a veces nos engaña y nos hace creer que los que se han ido hablaban de otra forma. Era él. Antonio. El hombre que se peleaba con el mando de la tele, el que decía que el Madrid de antes sí que jugaba bien y el que consideraba que un plato de lentejas era la solución para cualquier crisis existencial.

Me quedé petrificado. El móvil me pesaba como si estuviera hecho de plomo fundido. Volví a darle al play. Una vez. Dos veces. Diez veces.

—”Avísame cuando llegues.”

Esa frase. La frase más repetida de la historia de España. La consigna sagrada de todas las familias, el protocolo de seguridad de los que te quieren. Mi padre no era un hombre de grandes discursos. No me recitó poemas, ni me dio lecciones de vida que pudieran salir en un libro de autoayuda. Él me daba lecciones de logística. “¿Has mirado el aceite del coche?”, “¿Tienes batería en el móvil?”, y, por encima de todo, el mandamiento supremo: “Avisa cuando llegues”.

Daba igual que fuera una excursión al Retiro o un viaje a la otra punta del mundo. El mundo no era seguro hasta que recibía ese mensaje o esa llamada de tres segundos confirmando que yo estaba en tierra firme. Para él, que yo “llegara” significaba que él podía empezar a dormir.

Sentí una punzada en el pecho, de esas que no te quita ni un ibuprofeno ni una caña bien tirada. Miré a mi alrededor. Mi piso de soltero, mis facturas sobre la mesa, mi vida de adulto funcional que se supone que ya sabe manejarse solo por las calles de Madrid. Y de repente, me sentí como un niño perdido en el Metro de Sol en plena hora punta.

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