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El día que Raúl Velasco provocó a María Félix en una fiesta privada — Nadie olvidó lo que pasó

 Una historia que Televisa intentó comprar para silenciarla y no pudo. Porque no puedes comprar el silencio de 200 personas que vieron a un rey caer de rodillas. Esta es esa historia. Y si conoces a alguien que creció escuchando historias de la doña, alguien que recuerda esa época con el corazón, no olvides suscribirte y compartir este canal porque estas historias merecen seguir vivas.

 Ciudad de México, 14 de diciembre de 1980. La mansión de los garsas asada en el Pedregal de San Ángel era sin exageración uno de los lugares más impresionantes de todo el país. 3000 m² de arquitectura que mezclaba lo moderno con lo clásico, jardines diseñados por un paisajista traído de Italia, una terraza que miraba hacia el ajusco con una vista que hacía llorar, fuentes iluminadas con luces que cambiaban de color y un salón principal con techos de doble altura donde cabían 300 personas sin que nadie se sintiera apretado. Don

Eugenio Garzaüera, patriarca del Imperio Cervecero más grande de México, celebraba esa noche sus 30 años de matrimonio con doña Elena Treviño. La fiesta era el evento social del año, no del mes, no de la temporada, del año completo. Las invitaciones habían sido enviadas dos meses antes en sobres de papel italiano con letras grabadas en oro.

 Cada sobre contenía una tarjeta que decía simplemente, “Los Garzasada tienen el honor de invitarle a una velada íntima. Intima 200 invitados.” Pero en ese mundo 200 personas eran lo que ellos llamaban intimidad. La lista de invitados era un ¿Quién es quién de México, empresarios que movían la economía del país con una llamada telefónica, políticos que habían sido presidentes o que lo serían.

 artistas que habían definido la cultura mexicana del siglo XX, diplomáticos extranjeros con sus esposas enyadas y entre todos ellos dos nombres que esa noche chocarían como trenes, María Félix y Raúl Velasco. María Félix tenía 66 años. Se había retirado del cine una década atrás, pero decir que estaba retirada era como decir que el sol se había apagado porque era de noche.

 María no se retiraba de nada. María simplemente elegía donde brillar y esa noche había elegido brillar en la fiesta de los garsasada porque doña Elena era una de sus pocas amigas genuinas. Una mujer que la trataba como igual, no como leyenda ni como trofeo. María llegó a las 9 de la noche. Su chófer abrió la puerta de la limusina negra y lo primero que salió fue un zapato de tacón alto negro ferragamo, hecho a medida para sus pies.

Después el vestido rojo sangre. Largo hasta el suelo, ibsaint Laurent, diseñado exclusivamente para ella después de una cena en París donde el propio IBS le dijo que el rojo era el único color digno de su piel morena. Las joyas eran de Cartier, un collar de rubíes y diamantes que había pertenecido a una duquesa rusa y que María había comprado en una subasta en Ginebra, pagando el doble de su valor solo porque otro comprador la había mirado con arrogancia, como diciendo que una mexicana no podía permitirse algo así.

María podía y lo hizo sin pestañar. Cuando cruzó la puerta principal de la mansión, algo cambió en el aire. Los meseros se enderezaron. Las conversaciones bajaron de volumen. Los hombres la miraron con esa mezcla de deseo y terror que María provocaba en cualquier habitación del mundo. Las mujeres la miraron con envidia, sí, pero también con admiración, porque María Félix no era la enemiga de las mujeres, era su fantasía secreta.

 La mujer que todas querían ser cuando nadie las veía. Doña Elena la recibió con un abrazo largo. María, viniste. Pensé que no vendrías y perderme tu fiesta ni muerta. Además, necesitaba un pretexto para estrenar este vestido. Las dos rieron. María miró alrededor. El salón era espectacular. Orquesta en vivo tocando boleros.

 Meseros con guantes blancos sirviendo champañed del año. Arreglos florales de rosas blancas en cada mesa. Hermoso, Elena, como siempre. ¿Quién viene? Todo México. Respondió Elena. Y ahí bajó la voz. También viene Raúl Velasco. María no reaccionó, su cara no cambió, pero Elena, que la conocía desde hacía 20 años, vio algo en sus ojos, algo brevísimo, como un relámpago que dura un segundo, pero ilumina todo el cielo.

 ¿Lo invitaste tú? No, lo invitó Eugenio. Son amigos de negocios. Raúl tiene conexiones en Televisa que nos interesan para la fundación. María tomó una copa de champañe de la bandeja de un mesero que pasaba. Está bien, dijo. No tengo problema con Raúl Velasco. Elena Lamiro. Segura, después de lo que pasó en siempre en domingo, María sonrió.

Eso fue hace dos años. Elena ya pasó. Pero no había pasado. Nada había pasado. María Félix no olvidaba agravios como no olvidaba el nombre de cada persona que alguna vez la había traicionado. Tenía una memoria que funcionaba como un archivero de acero. Todo estaba guardado, clasificado, listo para ser usado cuando el momento lo requiriera.

 Y Raúl Velasco estaba en ese archivero en la sección de deudas pendientes. Raúl Velasco llegó a las 10 de la noche, una hora después que María, tenía 46 años, estaba en la cima de su poder televisivo. Siempre en domingo era el programa más visto de Latinoamérica. 40 millones de espectadores cada semana. Su rostro aparecía en revistas, en periódicos, en comerciales.

 Empresas le pagaban fortunas por mencionar sus productos al aire. Políticos le rogaban entrevistas. Artistas le suplicaban invitaciones. Raúl Velasco era en la televisión mexicana lo más parecido a un dios que existía. Y como todos los dioses falsos, creía que su poder no tenía límites. Llegó con su esposa Rosalinda, una mujer discreta que había aprendido a vivir en la sombra de su marido sin quejarse.

 Raúl vestía un traje azul marino de Hermenildo Segna, Gemelos de Oro, reloj Rolex Sabmerune. Se veía bien, hay que reconocerlo. El dinero y el poder le habían dado una confianza que desde lejos podía confundirse con elegancia, pero de cerca lo mirabas a los ojos, veías algo diferente. Tes Hambra, no hambre de comida, hambre de validación, hambre de que todos en esa sala supieran que él pertenecía ahí, que no era solo un conductor de televisión, que era alguien.

 Ese era el problema fundamental de Raúl Velasco. Necesitaba que el mundo le confirmara constantemente que era importante. Y cuando alguien no se lo confirmaba, cuando alguien lo trataba como lo que realmente era un empleado con micrófono, Raúl se volvía peligroso. No peligroso como un león, peligroso como una víbora. Pequeño, venenoso, atacando cuando menos lo esperabas.

 Esa noche Raúl estaba particularmente inquieto. La semana anterior había recibido una llamada del presidente de Televisa, Emilio Azcárraga Milmo, el tigre. La llamada había sido corta y brutal. Raúl, tus ratins están bajando. Necesito que hagas algo grande, algo que ponga a todo México a hablar. No me importa qué, pero necesito números.

 ¿O prefieres que busque a otro conductor? La amenaza era clara. Raúl necesitaba un golpe mediático, algo espectacular, algo que generara conversación nacional. Y cuando entró a la fiesta de los Garzasada y vio a María Félix del otro lado del salón brillando como siempre, siendo el centro de atención como siempre, acaparando miradas como siempre, algo se encendió en su cerebro.

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