Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el aceite de oliva está a precio de sangre de unicornio y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte. Pero lo que me ocurrió anoche no tiene nada que ver con la burocracia ni con el cuñadismo ilustrado. Fue algo más sutil, más afilado, de esas cosas que se te meten bajo la piel y te hacen dudar de si el suelo que pisas es sólido o simplemente una alfombra puesta encima de un agujero negro.
Todo empezó de la forma más mundana posible. Eran las once y media de un martes de esos que no sirven para nada, un día que es como un sándwich mixto sin mantequilla: cumple su función de trámite pero no te alegra la existencia. Estaba yo en mi salón, ese salón que es básicamente un sofá hundido de tanto ver series y una mesa de centro que ya tiene más marcas de vasos de cerveza que madera original. Tenía en la mano un viejo portátil, un trasto que compré en el 2012 y que suena como un avión de la Segunda Guerra Mundial a punto de despegar cada vez que intento abrir tres pestañas de Google Chrome.
—Venga, trasto, no me falles ahora —mascullé, dándole un par de golpecitos al teclado lleno de migas de patatas fritas.
Necesitaba entrar en mi antiguo correo. Uno de esos de la época de Hotmail, que te hacías cuando tenías quince años y creías que ponerte de nombre de usuario “er_javi_shulon_69″ era la cumbre de la sofisticación. Necesitaba recuperar una foto de un viaje a Benidorm para callarle la boca a un amigo en el grupo de WhatsApp, una de esas discusiones vitales que solo ocurren de madrugada.
El problema, claro, era la contraseña.
—A ver… ¿”javi123”? —Probé. Nada. “Contraseña incorrecta”. —¿”miky_el_perro”? —Nada. —¿”realmadrid_campeon”? —Tampoco.
Probé con los nombres de todas mis ex, con las fechas de nacimiento de mis padres, con el código postal de mi primer piso… y nada de nada. El ordenador bufaba, el ventilador giraba a una velocidad que me hacía temer por mi integridad física y la pantalla me devolvía ese mensaje rojo y despectivo: “Demasiados intentos. Vuelva a intentarlo en 15 minutos”.
Me levanté a por una cerveza a la cocina, maldiciendo a mi “yo” de hace quince años por no haber tenido una gestión de claves más coherente. Cuando volví, el salón estaba en silencio, solo roto por el silbido agónico del portátil. Me senté, apoyé la cerveza en la mesa y, sin pensar, por puro aburrimiento o quizá por una de esas carambolas cósmicas que te cambian la vida, puse las manos sobre el teclado y escribí lo primero que me vino a la cabeza. No fue una palabra, ni un nombre, ni una fecha. Fue una frase. Una frase larga que ni yo mismo sabía de dónde había salido.
Ni siquiera miré lo que escribía. Mis dedos se movieron solos, como si el teclado estuviera poseído por el espíritu de una secretaria de los años cincuenta. Le di al Enter con el dedo meñique, esperando el mensaje de error de siempre.
Pero no hubo error.
Hubo un silencio. Un segundo eterno en el que el ventilador del portátil se detuvo de golpe, dejando la habitación en una mudez absoluta que me puso los pelos de punta. Y entonces, la pantalla cambió. La barra de carga se llenó en un parpadeo y la bandeja de entrada se desplegó ante mis ojos.
—¿Pero qué narices…? —me quedé con la boca abierta.
Entró. A la primera. Con una contraseña que yo jamás, bajo ninguna circunstancia, habría usado. No era “er_javi”. No era un equipo de fútbol. Miré el campo de texto donde la contraseña se había quedado guardada por el gestor del navegador, pulsé el icono del ojito para ver los caracteres y sentí un escalofrío que me recorrió la columna vertebral de arriba abajo, como si alguien me hubiera pasado un cubito de hielo por la nuca.
La contraseña era una frase completa, sin espacios, con una ortografía perfecta que daba miedo.
Me quedé petrificado. “No deberías haber vuelto aquí”. ¿Qué clase de broma de mal gusto era esa? ¿Acaso mi subconsciente era un guionista de películas de terror de serie B? ¿O es que me estaba dando un ictus y estaba viendo cosas donde no las había? Me froté los ojos, le di un trago largo a la cerveza para ver si el alcohol me devolvía a la realidad, pero la frase seguía ahí, brillando con la luz azulada de la pantalla.
Intenté convencerme de que era una casualidad. Una mezcla de palabras que, por algún azar matemático, coincidía con el código que puse hace una década. Pero la sensación de incomodidad ya se había instalado en mi estómago. Aquello olía a chamusquina, y no era el ventilador del portátil esta vez.
Pero lo peor, lo que hizo que soltara el tercio de cerveza y casi me cayera del sofá, no fue la contraseña. Fue lo que vi en la esquina superior derecha de la pantalla, justo debajo de mi nombre de usuario.
Allí donde el sistema te informa de tu actividad reciente por seguridad.
“Último acceso: hace 5 minutos. Desde: Esta dirección IP.”
El corazón me dio un vuelco de esos que te dejan un sabor metálico en la boca. Hace cinco minutos yo estaba en la cocina, peleándome con el abrebotellas. Hace cinco minutos yo no estaba frente al ordenador. Y lo más aterrador: la dirección IP que marcaba el sistema era la mía. Mi propia conexión de fibra óptica de Chamberí.
Alguien había entrado en mi cuenta, desde mi propia casa, mientras yo no estaba en el salón. Y ese alguien, o algo, me había dejado la contraseña escrita en los dedos para que yo pudiera entrar a ver mi propia condena.

Parte 2: El intruso invisible y la papelera de reciclaje
Me quedé mirando el contador de “hace 5 minutos” como si fuera una cuenta atrás para mi propio funeral. El silencio del salón ya no era tranquilo; ahora era denso, pesado, de esos silencios que te hacen pitar los oídos y te obligan a mirar hacia las esquinas oscuras por si hay algo observándote. Madrid seguía ahí fuera, escuchaba el tráfico lejano de la Castellana y los gritos de un vecino borracho, pero dentro de mi piso de sesenta metros cuadrados, la realidad se acababa de deshilachar por completo.
—Venga, Javi, respira. Será el refresco automático —me dije a mí mismo, intentando recuperar mi dignidad madrileña—. Un fallo del servidor de Microsoft. Seguro que ha detectado tu intento de antes y lo ha registrado tarde.
Pero mi parte racional, la que sabe que la tecnología no es mágica, me estaba gritando que eso era mentira. El contador decía claramente “hace 5 minutos”. Y yo no había tocado el teclado.
Me armé de valor —o de una cobardía muy bien gestionada— y empecé a navegar por la bandeja de entrada. Hacía años que no entraba allí. Esperaba encontrarme con correos de publicidad de tiendas que ya no existen, spam de sitios de apuestas y mensajes de amigos con los que ya no hablo. Pero lo que vi fue mucho más inquietante.
La bandeja de entrada estaba limpia. Demasiado limpia.
No había correos antiguos. Ni uno solo. Ni la foto de Benidorm, ni los mensajes de la facultad, ni las facturas viejas. Solo había un correo en la carpeta de “Enviados”.
Con el pulso como si me hubiera tomado seis cafés de máquina seguidos, hice clic en la carpeta. Solo había un destinatario. Mi correo actual. El que uso para el trabajo, para Amazon y para que Hacienda me amargue la vida. El mensaje se había enviado hacía exactamente cuatro minutos.
El asunto del correo era: “¿Te acuerdas?”
No me atrevía a abrirlo. Sentía que si hacía clic en ese mensaje, estaría abriendo una puerta que no se puede volver a cerrar. Pero el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y, además, le pega una patada a la piedra para ver si suena. Así que, con un movimiento espasmódico del ratón, abrí el correo.
No había texto. Solo un archivo adjunto. Un archivo de audio llamado grabacion_salon.mp3.
—No, no, no… esto no puede ser —susurré, sintiendo que el vello de los brazos se me erizaba de nuevo.
Lo descargué. El portátil volvió a rugir, como si el procesador estuviera sufriendo para procesar esos pocos megabytes. Le di al Play.
Al principio, solo se oía estática. Ese siseo blanco que parece el sonido de una televisión sin señal. Pero luego, el sonido se volvió nítido. Reconocí el ruido de fondo. Era el zumbido de mi propio frigorífico, el que hace un “clac” cada veinte minutos porque tiene la junta de la puerta un poco suelta. Luego, el ruido de mi ventilador del portátil.
Y entonces, escuché pasos.
Pasos lentos, pesados, arrastrando un poco las zapatillas sobre el parqué viejo de mi casa. Los pasos se acercaban al ordenador. Se oía el roce de la tela contra el sofá. Y luego, una respiración. Una respiración profunda, rítmica, que no era la mía. Yo estaba en la cocina, a seis metros de distancia, abriendo una cerveza.
En la grabación, se escuchó el tecleo. Rápido, preciso. Tac-tac-tac-tac-tac-tac.
Y después, una voz. Una voz que sonaba como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo, distorsionada pero terriblemente familiar. Era mi propia voz, pero con un matiz de frialdad que yo no tengo.
—”No deberías haber vuelto aquí, Javi. Ya casi estábamos terminando”.
El audio se cortó con un estruendo metálico, como si el micrófono hubiera caído al suelo.
Me levanté del sofá de un salto, tirando la cerveza al suelo. El líquido oscuro empezó a extenderse por la alfombra, pero me daba igual. Miré hacia el pasillo que lleva a la cocina y a la habitación. Las luces estaban apagadas.
—¿Quién hay ahí? —grité, aunque mi voz sonó más como una súplica que como una amenaza—. ¡Como sea una broma de Dani, juro por Dios que te mato!
Nadie respondió. El único sonido era el goteo de la cerveza cayendo de la mesa al suelo.
Me acerqué a la puerta de entrada. Estaba cerrada con los dos cerrojos que echo siempre por pura paranoia urbana. Miré por la mirilla. El descansillo estaba vacío, iluminado por la luz automática amarillenta que se apagó justo cuando yo miraba.
Volví al salón, con el corazón martilleando en mis costillas. Me fijé en la pantalla del portátil. El navegador se había cerrado solo. En el escritorio del ordenador, solo quedaba un icono nuevo. Un archivo de texto llamado LEEME_AHORA.txt.
Lo abrí con los dedos entumecidos. Solo había una línea escrita:
“Mira debajo del sofá. El repuesto está listo.”
Sentí una náusea repentina. “El repuesto”. ¿Qué narices era un repuesto? Me quedé mirando el hueco oscuro entre el sofá y el suelo. Es un sofá viejo, de esos que acumulan polvo, alguna moneda de cinco céntimos y quizá un mando a distancia perdido hace meses. Pero algo en la forma en que la sombra caía sobre la alfombra me indicó que había algo más.
Me arrodillé, con el corazón a punto de salirse por la boca. Metí la mano en la oscuridad, tanteando el suelo. Mis dedos rozaron algo frío. Algo que se sentía como… piel.
Retiré la mano como si me hubiera quemado. Encendí la linterna del móvil y apunté debajo del sofá.
Lo que vi me hizo soltar un grito que debió despertar a toda la manzana.
Debajo de mi sofá, perfectamente doblado, como si fuera una prenda de ropa recién planchada, había un cuerpo. Pero no un cuerpo cualquiera. Era mi cara. Mi pelo. Mi ropa. Era una versión de mí mismo, vacía, sin ojos, como si fuera un traje de látex hiperrealista esperando a ser rellenado. Y en la frente de ese “otro yo”, grabado con lo que parecía ser un soldador, estaba escrita la contraseña.
“Nodeberíashabervueltoaquí”
En ese momento, escuché un ruido detrás de mí. Un “clic” metálico. El sonido de la cerradura de mi propia casa abriéndose desde fuera. Pero yo estaba dentro. Y los cerrojos estaban echados.

Parte 3: El doble de Chamberí y la paradoja del cerrojo
Si alguna vez habéis sentido que el aire se convierte en cemento y que vuestros pulmones se olvidan de cómo funcionar, sabréis lo que sentí en ese momento. El sonido de la cerradura fue nítido, seco, innegable. Clac-clac. El giro de la llave que yo tenía metida por dentro. Una imposibilidad física que me estaba ocurriendo a la una de la madrugada en un cuarto piso de la calle Fuencarral.
Me quedé paralizado, con la linterna del móvil aún apuntando a esa… esa cosa que tenía mi cara debajo del sofá. La luz temblaba al ritmo de mi pulso. No podía apartar la vista de aquel clon vacío, pero mis oídos estaban clavados en la puerta de entrada.
La puerta se abrió.
No fue un estruendo, ni un portazo dramático. Se abrió con una suavidad insultante, como si quien entrara tuviera todo el derecho del mundo a estar allí. Escuché los pasos. Eran mis pasos. Esa forma de arrastrar un poco el talón derecho porque tengo una rodilla fastidiada desde un partido de fútbol siete en el 2015.
—¿Javi? ¿Estás despierto? —la voz venía del pasillo. Era mi voz. Mi tono, mi deje madrileño, esa forma de arrastrar las eses cuando estoy cansado.
Me entró un pánico frío, un pánico que te deja los músculos como si fueran de madera. Me arrastré hacia atrás, alejándome de la puerta del salón, hasta que choqué con el mueble de la televisión. El portátil seguía allí, con la pantalla encendida, iluminando la habitación con ese resplandor azulado de hospital.
—Sé que estás ahí, Javi. No te escondas, que nos conocemos —dijo el “otro”, soltando una risita que me heló la sangre.
Vi una sombra proyectarse en la pared del pasillo. Una silueta que era idéntica a la mía. Llevaba mi misma chaqueta de entretiempo, la que compré en las rebajas del año pasado. Entró en el salón.
Se detuvo bajo la luz de la lámpara de pie. Era yo. No era parecido, no era un gemelo. Era yo. Cada peca, cada cicatriz, el corte de pelo que me hice hace tres días porque tenía una boda. Me miró a los ojos y me dedicó una sonrisa de esas que te darías a ti mismo en el espejo después de un buen día. Pero sus ojos… sus ojos no tenían brillo. Eran como dos canicas negras, profundas, sin fondo.
—Vaya desastre tienes aquí, macho —dijo, mirando la cerveza derramada en la alfombra—. Te he dicho mil veces que tengas cuidado, que luego la mancha no sale ni con amoníaco.
—¿Qué… qué eres? —logré articular. Mi voz sonó como un susurro roto.
El otro Javi se sentó en mi sofá, justo encima de donde estaba escondida su “otra” versión. Se cruzó de piernas con la misma parsimonia con la que yo me siento a ver los informativos.
—Soy tú, Javi. El de verdad. El que no se olvida de las contraseñas. El que no se queda bloqueado cuando las cosas se ponen feas —me miró con una mezcla de lástima y desprecio—. Tú eres el que sobra. El que se ha pasado diez años viviendo una vida que no le toca.
—¿De qué estás hablando? ¡Este es mi piso! ¡Esa es mi cuenta de correo!
—¿Ah, sí? —sacó un móvil del bolsillo. Mi móvil. El mismo que yo tenía en la mano, pero el suyo parecía nuevo, sin la pantalla estallada por la esquina—. ¿Entonces por qué la contraseña dice que no deberías haber vuelto? Esa cuenta se creó para monitorizarte. Para ver cuánto tardabas en darte cuenta de que el mundo que te rodea es un decorado.
Señaló hacia la ventana. Madrid seguía ahí, pero de repente me fijé en algo que no había notado antes. Las luces de los edificios vecinos… parpadeaban todas al mismo ritmo. Los coches en la calle no hacían ruido de motor, era un zumbido eléctrico, monótono.
—Llevas diez años en el “periodo de prueba”, Javi. Pero hoy has entrado en el correo. Has forzado el sistema. Has usado la clave de emergencia sin que te tocara. Y cuando el usuario original vuelve a casa y ve que el repuesto está fuera de la caja… —miró hacia el suelo, hacia donde asomaba el brazo del cuerpo bajo el sofá— …bueno, hay que hacer limpieza.
Se levantó del sofá con una agilidad que yo no tengo. Empezó a caminar hacia mí. Yo busqué algo con lo que defenderme, pero ¿qué vas a hacer contra ti mismo? ¿Pegarte un puñetazo?
—No te va a doler —dijo, con una calma que me dio ganas de gritar—. Es como cuando instalas una actualización de Windows. Se borra lo viejo, se pone lo nuevo y nadie nota la diferencia. Mañana irás a trabajar, llamarás a tu madre, te quejarás del precio del café… y todo seguirá igual. Solo que seré yo quien lo haga. Y yo lo hago mejor.
—¡Ni de coña! —grité, encontrando de repente una chispa de rabia entre tanto terror.
Agarré el portátil de la mesa y se lo lancé con todas mis fuerzas. Él lo esquivó con un movimiento fluido, pero el cable de alimentación se enredó en sus pies. El portátil cayó al suelo, la pantalla se hizo añicos y saltaron chispas.
De repente, la luz del salón se fue. Oscuridad total.
Escuché un grito agónico, pero no era humano. Era un sonido digital, como el de un módem antiguo intentando conectar. Un chirrido metálico que me taladró los oídos.
—¡Error de sistema! ¡Acceso denegado! —gritó la voz del otro Javi, pero ahora sonaba distorsionada, como si estuviera hablando a través de un ventilador roto.
Sentí que algo me agarraba del tobillo. Algo que venía de debajo del sofá. La versión vacía, el cuerpo sin ojos, se estaba moviendo. Estaba intentando salir, impulsado por las chispas del portátil.
Corrí hacia la puerta de entrada, tropezando con los muebles en la oscuridad. El corazón me martilleaba en las sienes. Alcancé el pomo, giré la llave y salí al descansillo. No miré atrás. Bajé las escaleras de tres en tres, ignorando el ascensor, con el sonido de aquel chirrido digital persiguiéndome por el hueco de la escalera.
Salí a la calle Fuencarral. Eran las dos de la mañana. Había gente, sí, pero todos se movían de forma extraña. Caminaban en líneas rectas, girando noventa grados exactos en las esquinas. Nadie hablaba. Nadie miraba el móvil.
Me detuve en mitad de la acera, jadeando, buscando una cara humana, alguien que me dijera que esto era una pesadilla. Vi a un barrendero unos metros más allá. Me acerqué a él, desesperado.
—¡Oiga! ¡Por favor! ¡Ayúdeme! ¡Algo ha entrado en mi casa!
El barrendero se giró lentamente. Tenía el uniforme impecable, ni una mancha de suciedad. Y cuando me miró a la cara, sentí que las piernas me fallaban.
No tenía ojos. Solo dos cuencas vacías de piel lisa. Y en su frente, grabada con letras plateadas, estaba la misma frase.
“Nodeberíashabervueltoaquí”
Abrió la boca y, con mi misma voz, me dijo:
—Javi, el último acceso fue hace 5 minutos. Ya es tarde para cerrar la sesión.
Parte 4: El cortafuegos de la realidad y el último “clic”
Me quedé allí, en mitad de la calle Fuencarral, rodeado de un Madrid que de repente parecía un pantallazo azul de la muerte. El barrendero sin ojos me señalaba con su escoba, una escoba que ni siquiera tocaba el suelo, como si fuera un objeto mal renderizado en un videojuego barato. El chirrido digital que había empezado en mi salón ahora se oía en todas partes: en el viento, en las alcantarillas, en los latidos de mi propio corazón.
—¡Esto no es real! —grité, cerrando los ojos con fuerza—. ¡Es un sueño! ¡Me he quedado dormido encima del teclado y el portátil me ha dado un calambrazo! ¡Despierta, Javi! ¡Despierta, joder!
Pero cuando abrí los ojos, el barrendero seguía allí. Y no estaba solo. Una pareja que paseaba un perro (un perro que caminaba sin mover las patas, deslizándose sobre el asfalto) se detuvo a mi lado. Ambos giraron sus rostros lisos hacia mí. No tenían ojos, ni nariz, ni boca. Solo piel uniforme. Y en sus frentes, la maldita frase brillando bajo la luz de las farolas.
“Nodeberíashabervueltoaquí”
Empecé a correr hacia la Gran Vía. Mis pasos sonaban huecos, como si el suelo fuera de plástico. Todo a mi alrededor estaba perdiendo definición. Los edificios parecían decorados de cartón, las ventanas eran simples rectángulos negros sin profundidad. Madrid se estaba borrando. El sistema, fuera lo que fuera, estaba colapsando porque yo, el “repuesto defectuoso”, me había salido del guion.
—¡Javi! ¡Espera! —escuché detrás de mí.
Me giré. Era el otro Javi. Mi doble. Venía corriendo hacia mí, pero ya no se veía perfecto. Su cara se estaba pixelando, su brazo derecho era una masa de cubos negros que aparecían y desaparecían. Estaba sufriendo un glitch masivo.
—¡Tienes que volver al ordenador! —gritó, y su voz sonaba como una grabación rayada—. ¡Si el sistema se apaga contigo fuera, serás borrado para siempre! ¡No quedará ni el rastro de tu caché!
—¡Prefiero que me borren a ser un traje de látex para ti! —le respondí, siguiendo mi carrera hacia la plaza de Callao.
Llegué a la plaza y me detuve en seco. Lo que vi me hizo comprender que la partida se había acabado.

El edificio de los cines Callao ya no mostraba anuncios de películas. Las pantallas gigantes eran ahora dos inmensas ventanas de comandos de Windows, con miles de líneas de código blanco subiendo a una velocidad vertiginosa.
ERROR: UNKNOWN_ENTITY_OVERRIDE ACTION: PURGE_USER_JAVI_69 STATUS: 98% COMPLETE...
La gente en la plaza —centenares de figuras sin rostro— se había quedado inmóvil, mirando hacia las pantallas. El chirrido digital era ahora un rugido ensordecedor. El suelo bajo mis pies empezó a volverse transparente. Podía ver el vacío debajo de la calle, una negrura infinita llena de cables de datos y pulsos de luz.
—¡Javi, escúchame! —mi doble me alcanzó. Me agarró de los hombros con sus manos pixeladas. Sentí una descarga eléctrica que me recorrió el cuerpo—. No somos enemigos. Yo soy tú. Pero soy la versión que el sistema quería. La que no hace preguntas. La que acepta que la contraseña sea una advertencia y no una curiosidad.
—¿Y por qué me dices esto ahora?
—Porque si tú desapareces, yo también. El sistema necesita una “ancla” biológica. Tú eres la fuente. Si la fuente se borra, el proceso muere —me señaló hacia la pantalla gigante—. Mira el contador. En cuanto llegue al cien por cien, Madrid se reiniciará. Y nosotros no estaremos en la nueva versión.
Miré la pantalla. 99% COMPLETE...
—¿Qué tengo que hacer? —pregunté, desesperado.
—Escribe la contraseña. En cualquier sitio. Pero escríbela con intención. Cambia el final. Rompe el bucle.
Me miré las manos. No tenía un teclado. No tenía un bolígrafo. El doble se estaba desintegrando, convirtiéndose en una nube de estática que me envolvía. El suelo ya no existía. Estaba flotando en un vacío de píxeles y ruido.
—¡Escríbela, Javi! ¡Ahora!
Cerré los ojos. Imaginé el teclado de mi viejo portátil. Sentí el tacto de las teclas llenas de migas y grasa. Imaginé la pantalla de inicio de aquel correo de Hotmail de hace quince años. Mis dedos se movieron en el aire, trazando los movimientos que conocían de memoria.
Escribí la frase. Pero cuando llegué al final, no puse “vuelto aquí”. Usé la rabia, usé el cansancio de diez años de una vida que no sentía mía, usé el recuerdo de mi madre, de mis amigos, de las cañas en la plaza, de todo lo que era real de verdad.
Escribí: “Hevueltoatenerelcontrol”
Un silencio absoluto se hizo en el universo. El chirrido paró. Las luces de Callao se apagaron. Sentí que caía. Caía a una velocidad increíble hacia una luz blanca y cegadora.
¡CLAC!
Me desperté de golpe.
Sentí un dolor agudo en la frente. Abrí los ojos y vi que estaba en mi salón. Mi cabeza estaba apoyada sobre el teclado del portátil. La pantalla estaba en negro, pero el ventilador rugía como si fuera a explotar.
Me incorporé, jadeando, con el corazón martilleando en las sienes. Me toqué la cara. Tenía ojos. Tenía nariz. Tenía boca. Miré a mi alrededor. El salón estaba tal y como lo recordaba: la cerveza derramada en la alfombra (que ya había dejado una mancha que iba a ser un infierno limpiar), el mando de la tele en el suelo, la luz de la lámpara de pie parpadeando ligeramente.
—Ha sido un sueño… —murmuré, secándome el sudor de la frente—. Me he quedado frito y el puto portátil me ha frito el cerebro.
Me levanté para ir a la cocina a por un vaso de agua, riéndome de mí mismo. “Mensajes programados”, “dobles sin ojos”… vaya tela. Mañana se lo contaría a Dani y nos reiríamos un rato mientras nos tomábamos unas cañas.
Pasé por delante del espejo del pasillo. Me detuve a mirarme. Tenía mala cara, ojeras de campeonato y el pelo hecho un desastre.
—Vaya facha tienes, Javi —me dije, sonriendo.
Pero la sonrisa se me congeló en la cara.
Me acerqué al espejo. Había algo en mi frente. Unas marcas rojas, como si me hubiera quedado dormido encima de algo con relieve. Eran letras. Letras invertidas que se leían perfectamente en el reflejo.
No era la marca de las teclas. Era una frase grabada en mi piel, fresca, roja, como si alguien la hubiera escrito con un soldador invisible hace un segundo.
“Nodeberíashabervueltoaquí”
Me quedé helado. En ese momento, escuché un sonido que venía del salón. El sonido de una notificación de correo electrónico.
Ping.
Caminé hacia el portátil con las piernas temblando. La pantalla se había encendido sola. Había un nuevo mensaje en la bandeja de entrada.
Remitente: Administrador del Sistema. Asunto: Sesión restablecida.
Abrí el correo. Solo había una línea:
“Buen intento con el override, Javi. Pero el usuario original ha vuelto a iniciar sesión. Tu tiempo de prueba ha expirado definitivamente. Cierre de sesión en 3… 2… 1…”
De repente, sentí un dolor insoportable en el pecho. Vi cómo mis manos empezaban a volverse transparentes. Mi salón empezó a pixelarse, convirtiéndose en una rejilla de líneas azules y blancas. Miré hacia el sofá. El “otro yo”, el doble que estaba debajo, salió de su escondite. Ya no estaba vacío. Tenía ojos. Brillantes, vivos, llenos de una satisfacción maligna.
Se acercó a mí y, con mi propia voz, me susurró al oído mientras yo me desvanecía en el aire:
—Gracias por guardar la cuenta, Javi. Yo me encargo a partir de ahora. Por cierto… la cerveza de la alfombra la vas a limpiar tú en la próxima simulación.
Hizo un clic en el ratón.
Todo se volvió negro.
Y en mitad de la negrura, lo último que vi fue un pequeño mensaje flotando en el vacío:
“Último acceso: Ahora mismo. Usuario: Javi (Oficial). Estado: Online.”