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Una princesa de Arabia vino a buscarme… mi hijo Carlo Acutis se le apareció en un sueño

Antes de que me cuentes esto, le pregunté cuando nos sentamos finalmente frente a frente en un hotel de Madrid. Ella no quería que nadie  supiera que estaba aquí. Antes de todo eso, ¿tú creías en algo? Me miró un momento larga, como calibrando la pregunta. Creía en el orden dijo. Creía en la ciencia.

Creía en que todo tiene una explicación si tienes suficiente información. Pausa. Y entonces tuve ese sueño y ya nada de eso me alcanza. Eso fue lo primero que me dijo. Y yo que llevo 12 años sin creer en nada que no pueda verificar, sentí algo raro en el pecho, algo que todavía me cuesta nombrar. Esta es esa historia. No la voy a adornar, no la voy a racionalizar.

La voy a contar tal como Nur me la contó, tal como me la creo y tal como desde que la escuché no me ha dejado dormir del todo en paz. Si estás  aquí buscando explicaciones, puede que no las encuentres. Pero si estás aquí porque algo dentro de ti todavía espera que lo imposible sea posible, quédate.

Y si este tipo  de historias te importa, si sientes que vale la pena que sigan existiendo en este canal,  considera suscribirte, porque esto es solo el principio. Déjame contarte algo que no suelo decir en voz alta. Yo crecí católica, no de esa forma tibia que tienen muchas familias en España, donde el bautizo es una foto bonita y la primera comunión es una excusa  para el banquete.

No, mi abuela rezaba el rosario cada noche. Mi madre tenía una imagen de la Virgen en cada habitación. Los viernes de cuaresma eran sagrados. La misa del domingo era innegociable. Crecí rodeada de fe y en algún momento, sin que yo me diera cuenta exactamente cuándo, la perdí. No fue un momento dramático,  no hubo una crisis, no hubo una tragedia que me hiciera alzar el puño contra el cielo.

Fue más silencioso que eso. Fue el periodismo, fueron los años. Fue ver demasiado de cerca cómo funciona el mundo real con toda su brutalidad, toda su indiferencia. fue preguntarme  una noche en Alepo mientras escuchaba explosiones a 3 km. ¿Dónde está Dios en esto? y no escuchar respuesta y acostumbrarme al silencio.

Cuando llegué a Madrid a los 28 años, ya era otra persona. Había dejado atrás la chica que se arrodillaba en los bancos de madera de una iglesia en Sevilla, la que cerraba los ojos durante el Padre Nuestro y de verdad sentía algo. La que le pedía cosas a alguien que creía que escuchaba. En su lugar quedó una mujer con una libreta, una grabadora y una habilidad para hacer preguntas incómodas.

Mis compañeros de redacción me llamaban la máquina, no de forma cruel. Era un  cumplido a su manera. Significaba que no me dejaba llevar por las emociones, que podía cubrir la muerte de un niño en un campo de refugiados y entregar el artículo a tiempo sin que la voz me temblara. Yo lo aceptaba como un cumplido.

Ahora no estoy tan segura. Cuando me llegó el mensaje de Nur, llevaba tres semanas sin salir de mi apartamento. No por enfermedad, no por depresión, o al menos no de la forma que se diagnostica en un consultorio. Era otra  cosa. Era el cansancio de estar siempre buscando la historia que importa y no saber ya qué importa.

Era el vacío particular de quien ha visto demasiado y ya no sabe qué hacer con todo lo que carga.  Esa mañana había intentado escribir el arranque de un reportaje sobre migrantes en el Mediterráneo.  Lo había intentado seis veces. Seis veces había borrado todo. No porque me faltaran datos.

Me sobraban datos. Me faltaba razón para creer que alguien los iba a leer y que algo iba a cambiar. Fue en ese momento cuando vibró el teléfono, número de Arabia Saudita  y esa voz, algo que tiene que ver con un joven italiano que murió hace más de 20 años. Llamé a un colega antes de devolverle el mensaje a Nur.

Le pregunté si sabía algo de Carlo Acutis. Silencio breve. Luego, el santo de internet, el chico beatificado. ¿Para qué? Puede que tenga una historia. Valeria, eso es territorio de revista parroquial. Me reí, él también, pero cuando colgué busqué el nombre en mi navegador, Carlo Acutis, Milán, 199126, leucemia, eucaristía, milagros,  beatificación, canonización y una frase suya que alguien había citado  en un artículo de hace años.

Todos nacemos originales, pero muchos mueren como fotocopias. La leí dos  veces. La tercera vez no sé por qué, pero se me formó algo en la garganta. Guardé el teléfono, me levanté,  me serví un café que no bebí y le escribí a Nur. Ella respondió en menos de 2 minutos, como si hubiera estado esperando.

Quedamos en Madrid tres días después.  Ella llegó sola, sin asistente, sin guardaespaldas, sin el séquito que yo había imaginado. Solo una mujer de 34 años con un abrigo beige, una pequeña maleta de mano y los ojos de alguien que no ha dormido bien en semanas. Me sorprendió su cara, no por la belleza, aunque era evidente, sino por la tensión.

Había algo en ella que parecía a punto de romperse y a la  vez completamente decidido a no romperse. Nos sentamos en la habitación del hotel que ella había reservado. Pidió té,  yo pedí café y durante los primeros 10 minutos ninguna de las dos dijo nada importante. Hablamos del vuelo, del frío de Madrid en enero, de lo extraño que es esta ciudad cuando la conoces sola, sin contexto. Yo esperaba. Sé esperar.

Es parte del oficio. Fue ella quien rompió el silencio de verdad. Lo hizo de golpe, sin preámbulo, como quien lleva semanas practicando una frase y al final la suelta de una vez para no arrepentirse. Sé que no tienes razón para creerme. Sé cómo suena esto. Por eso no se lo he contado a nadie de mi entorno.

Por eso vine hasta aquí. La miré. ¿Por qué yo? Pregunté. Tardó un momento porque encontré un artículo tuyo, uno viejo de 2019 sobre un santuario en Fátima. Lo escribiste de una forma, no sé, no como creyente, pero tampoco como alguien que desprecia, como alguien que todavía tiene una pregunta abierta. No recordaba ese artículo, pero ella tenía razón.

Siempre tuve esa pregunta abierta, solo que hacía mucho que no la miraba de  frente. “Cuéntame el sueño”, le dije. Nur dejó la taza sobre la mesa, juntó las manos y empezó. Era enero, la primera semana. Ella estaba en Riad, en la casa familiar,  después de las fiestas.

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