PARTE 1
El sol de mediodía entraba por el ventanal del salón de Paco con una saña casi personal.
Era ese tipo de luz castiza que no perdona ni una mota de polvo sobre el aparador de roble.
Elena intentó cambiar de postura por decimoquinta vez en los últimos tres minutos.
Sintió un chasquido seco en la base del cuello.
Fue un sonido nítido, como el de una rama de olivo partiéndose en pleno agosto.
Cerró los ojos y apretó los dientes, conteniendo un gemido que habría sido el pistoletazo de salida para el desastre.
Paco, sentado en su sillón de orejas de toda la vida, no le quitaba ojo.
Paco no miraba, Paco escaneaba.
Tenía esa habilidad de los suegros de detectar la debilidad ajena a kilómetros de distancia.
Llevaba un palillo en la comisura de los labios que movía rítmicamente de izquierda a derecha.
Ese palillo era el metrónomo de una sentencia inminente.
—Te va a dar algo, Elena —soltó Paco de repente.
La voz de Paco era profunda, curtida en mil discusiones de bar y tres décadas de fábrica.
Elena ni siquiera abrió los ojos.
—No me va a dar nada, suegro, es solo una molestia.
—Una molestia dice —bufó él, acomodándose la faja invisible que parecía llevar por decreto ley.
—Te he visto retorcerte como un sarmiento desde que hemos puesto los aperitivos.
—Es el estrés de la entrega de ayer, de verdad.
Elena intentó estirar el brazo para alcanzar el vaso de Casera, pero el trapecio derecho le mandó un aviso en forma de descarga eléctrica.
—¡Ay! —se le escapó.
Paco dejó caer el palillo sobre el cenicero de cristal de Murano.
La batalla había comenzado oficialmente.
—Eso es de estar sentada en esa silla de la NASA que te compraste.
—Se llama silla ergonómica, Paco —replicó ella, intentando mantener la compostura.
—Ergonómica, ergonómica… —Paco saboreó la palabra como si fuera un insulto moderno.
—Eso es un invento para sacarle los cuartos a los que no quieren doblar el lomo.
—Paco, costó un dineral porque cuida la higiene postural.
—¿Higiene? —Paco soltó una carcajada que retumbó en las figuritas de Lladró.
—Higiene es ducharse con jabón de Lagarto, Elena.
—Estar sentada ocho horas en un cojín con muelles no es higiene, es vicio.
Elena suspiró, arrepintiéndose de haber mencionado el precio de la silla en la última cena de Navidad.
—Me paso el día trabajando, suegro, no estoy de vacaciones.
—Y por eso mismo te duele —sentenció él, señalándola con el dedo índice.
—Porque el cuerpo no está hecho para estar quieto como una estatua de sal.
—Lo que tú necesitas es moverte.
—Mover los pies, mover los brazos, que te corra la sangre.
—Que parece que tienes horchata en las venas de tanto teletrabajo.
Elena sintió que la contractura se le subía a la base del cráneo.
—Tengo una contractura de libro, Paco.
—Tengo los músculos como cuerdas de piano a punto de romperse.
—Eso no se cura caminando al rededor de la mesa del comedor.
—Eso requiere reposo, calor seco y, posiblemente, un profesional.
Paco se levantó del sillón con una agilidad que insultaba los treinta años que le sacaba a su nuera.
Se acercó a ella con las manos en los bolsillos del pantalón de pinzas.
—Un profesional —repitió con sorna.
—Ahora a cualquier chaval que te da cuatro pellizcos lo llamáis profesional.
—Los fisioterapeutas estudian una carrera, suegro.
—Estudian cómo sacarte cincuenta euros por sesenta minutos de nada.
—Eso es lo que estudian.
Paco se situó detrás de ella, y Elena temió lo peor.
—No me toque, Paco, por lo que más quiera.
—Que no te voy a tocar, criatura, que parece que te voy a pegar el ébola.
Paco dio una vuelta alrededor de la silla de comedor donde Elena intentaba sobrevivir.
—Mírate —dijo él, señalando su espalda.
—Estás hecha un ocho.
—Pareces el jorobado de Notre Dame pero en versión Chamberí.
—Es el estrés, ya se lo he dicho.
—El estrés es lo que tenemos los demás de verte sufrir por tonterías.
Paco se rascó la nuca, pensando.
—¿Sabes qué hacía mi padre cuando le pasaba eso?
—¿Ir al médico de cabecera? —aventuró Elena con sarcasmo.
—No digas sandeces.
—Mi padre se colgaba de la viga del pajar cinco minutos.
Elena lo miró por encima del hombro, o lo intentó, porque el cuello no le daba para más.
—¿Se colgaba?
—Como un jamón —afirmó Paco con orgullo.
—Decía que la gravedad era el mejor médico del mundo.
—Que los huesos tenían que volver a su sitio por el peso natural.
—Paco, eso suena a tortura medieval.
—Eso suena a sabiduría que se está perdiendo por culpa de Internet.
Elena se llevó la mano a la zona del omóplato, apretando con fuerza.
—Me duele mucho, de verdad. Siento como si tuviera un clavo ardiendo ahí metido.
La expresión de Paco cambió ligeramente, pasando de la burla a esa preocupación tosca pero real.
—Escúchame bien lo que te voy a decir —dijo, bajando el tono de voz.
—Déjate de sillas de colores y de cremas de farmacia que huelen a flores.
—Lo que tú necesitas es un remedio de los de verdad.
—Un remedio que te levante de ahí de un solo viaje.
—¿Ah sí? ¿Y cuál es según usted?
Paco sonrió, mostrando una hilera de dientes que habían visto demasiados cafés y demasiados puros.
—Un buen masaje con alcohol de romero.
Elena puso los ojos en blanco, pero el dolor la obligó a cerrarlos rápido.
—El alcohol de romero es para las reumas de las abuelas, Paco.
—El alcohol de romero es la mano de un santo en un bote de cristal.
—Lleva romero macerado de la sierra, no las porquerías que venden ahora.
—Eso te penetra en el músculo, te lo ablanda y te lo deja como la mantequilla.
—Paco, tengo una inflamación de tejido blando, el alcohol no va a hacer nada.
—¿Que no? —desafió él.
—Te doy yo un fregado con eso y te vas a bailar un chotis esta misma tarde.
Elena se imaginó a Paco embadurnándola con un líquido que olía a campo y a botica antigua.
—Prefiero esperar a mi cita con el fisio el martes.
—¿El martes? —Paco se llevó las manos a la cabeza.
—¿Vas a estar sufriendo así hasta el martes para que un muchacho con barba te cobre una fortuna?
—Elena, por Dios, que parece que no eres de aquí.
—Soy de aquí, pero creo en la ciencia.
—La ciencia es el alcohol de romero —insistió Paco.
—Que lo usaban los romanos, y mira cómo conquistaron el mundo.
—No creo que los romanos conquistaran nada gracias a las friegas en la espalda.
—Porque no los conociste —sentenció Paco.
El hombre se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el pasillo que conducía al cuarto de baño.
—¿A dónde va? —preguntó Elena con miedo.
—A buscar el milagro —respondió Paco sin detenerse.
—¡Ni se le ocurra! ¡Paco!
Elena intentó levantarse para frenarlo, pero el pinchazo en la espalda fue tan agudo que tuvo que volver a sentarse de golpe.
—¡Maldita sea! —gritó ella.
—¿Ves? —la voz de Paco llegó desde el fondo del pasillo.
—¡Si no te puedes ni mover!
—¡Eso es porque me he levantado rápido!
—¡Eso es porque estás oxidada!
Elena escuchó el sonido de botes de cristal chocando en el armario del baño.
Era un sonido metálico y rítmico que le recordaba a la preparación de una pócima.
—¡Paco, no quiero alcohol de romero! —insistió ella a pleno pulmón.
—¡Y yo no quiero una nuera inválida! —replicó él.
Elena miró hacia la puerta del salón, esperando que su marido, Manu, apareciera para salvarla.
Pero Manu estaba en la terraza, ajeno a todo, intentando que la barbacoa no se apagara.
Manu era de los que pensaban que las discusiones entre su padre y su mujer eran “patrimonio cultural de la familia”.
—¡Manu! —gritó Elena.
—¡Dime, cariño! —se oyó desde fuera.
—¡Dile a tu padre que deje el alcohol de romero en paz!
—¡Déjale que lo intente, Elena! ¡A mi tío abuelo le curó un lumbago crónico!
Elena se hundió en la silla, derrotada por la alianza masculina de los Sánchez.
Paco regresó al salón portando un bote de cristal oscuro, sin etiqueta, con una rama de algo sospechosamente parecido al romero flotando en su interior.
El líquido tenía un color amarillento que no inspiraba ninguna confianza médica.
—Aquí está —dijo Paco con la solemnidad de quien porta el Santo Grial.
—Huele a rayos, Paco —dijo Elena arrugando la nariz a dos metros de distancia.
—Huele a salud, que es muy distinto.
Paco destapó el bote y un aroma penetrante, alcanforado y silvestre inundó la habitación de golpe.
Era un olor que te despejaba las fosas nasales y, probablemente, te quitaba el pecado original.
—Venga, quítate la chaqueta esa de lana —ordenó Paco.
—Paco, que estamos en el salón.
—Como si estamos en la Plaza Mayor. Aquí somos familia.
Elena sentía que la tensión en su espalda estaba llegando a un punto de no retorno.
La contractura latía con ritmo propio, como un corazón alienígena instalado bajo su piel.
Miró el bote, miró a Paco y luego miró hacia la terraza.
Estaba sola ante el peligro.
—¿Solo un poco? —cedió finalmente.
—Lo justo para que vuelvas a la vida, Elena. Lo justo para que vuelvas a la vida.
PARTE 2
Paco dejó el bote sobre la mesa camilla, apartando con un gesto decidido un cuenco de aceitunas.
Para él, lo que estaba a punto de ocurrir no era un simple masaje, era un ritual sagrado.
Se arremangó la camisa a cuadros con una parsimonia que ponía a Elena de los nervios.
—A ver, hija, ponte de espaldas a mí pero de lado, que no quiero que te caigas de la silla.
—Paco, sigo pensando que esto es una idea pésima.
—Tú piensa lo que quieras, pero calladita estás más guapa y te duele menos la cara.
Elena suspiró y, con un esfuerzo sobrehumano, se quitó la rebeca.
Se quedó en una camiseta de tirantes, sintiendo el aire fresco del salón sobre la piel inflamada.
—¡Madre mía! —exclamó Paco al ver la zona.
—¿Qué pasa? —preguntó ella asustada.
—Tienes ahí una bola que parece el nudo de una soga de marinero.
—Te lo he dicho, es una contractura severa.
—Eso no es una contractura, eso es una mudanza mal hecha acumulada en el hombro.
Paco vertió un generoso chorro de alcohol de romero en la palma de su mano.
El líquido estaba frío, pero Elena sabía que en cuanto entrara en contacto con el frotamiento de Paco, aquello iba a arder.
—¿Estás lista? —preguntó el suegro.
—No.
—Perfecto, pues allá vamos.
La primera impresión de Elena fue de un frío polar que le recorrió toda la columna.
Pero luego empezaron las manos de Paco.
No eran las manos delicadas de un fisioterapeuta de barrio bien.
Eran unas manos que habían apretado tuercas, cargado sacos y podado parras.
Eran manos de lija y acero.
—¡Paco! ¡Que me vas a despellejar! —gritó Elena, agarrándose al borde de la silla.
—¡Aguanta, que esto es lo que saca el aire fuera!
—¿Qué aire? ¡Si lo que tengo es un músculo pillado!
—¡El aire, Elena, el aire que se mete en las carnes y se queda ahí estancado!
Paco frotaba con una energía que parecía querer sacar brillo a una encimera de granito.
El olor al alcohol se volvió tan intenso que Elena empezó a lagrimear.
—¡Me arde, Paco! ¡Me arde de verdad!
—Eso es que está trabajando. Si no pica, no cura.
—Esa frase es de la época de las cavernas, suegro.
—Y en las cavernas no tenían escoliosis, fíjate tú qué cosas.
Paco empezó a presionar con el pulgar justo en el centro del dolor.
Elena vio estrellas, galaxias lejanas y a sus antepasados saludándola desde el más allá.
—¡Ahí! ¡Ahí está el demonio! —rugió Paco emocionado.
—¡Suélteme, que me va a dar un síncope!
—¡Quieta! ¡Que lo tengo acorralado!
En ese momento, Manu entró desde la terraza, con las pinzas de la barbacoa en la mano.
Se quedó mirando la escena: su mujer medio llorando y su padre dándole masajes como si estuviera amasando pan para un regimiento.
—¿Cómo va la medicina tradicional? —preguntó Manu con una sonrisa de idiota.
—¡Tu padre me está matando, Manu! ¡Haz algo! —suplicó Elena.
Manu se encogió de hombros y se metió un trozo de chorizo en la boca.
—Mi padre sabe lo que hace. A mí me quitó un esguince de tobillo en diez minutos.
—¡Porque te dio tanto miedo que el tobillo se curó solo para poder salir corriendo! —replicó ella.
Paco no se distraía. Estaba concentrado, con la lengua asomando por la comisura de los labios.
—Ya casi está —murmuró él.
—Siento que se está ablandando la presa.
Elena, contra todo pronóstico, empezó a sentir un calor profundo que emanaba de la zona.
No era un calor superficial, era como si una estufa se hubiera encendido dentro de su propio hombro.
El dolor agudo y punzante empezó a transformarse en una especie de pesadez sorda.
—¿Ves? —dijo Paco, bajando el ritmo.
—Ya no gritas tanto.
—Es porque me he quedado sin oxígeno, no porque no me duela.
—No mientas, que tienes la cara más relajada.
Paco dio unos últimos toques, unas palmadas secas que sonaron como aplausos en el silencio del salón.
—Ya está. Ni un minuto más, ni un minuto menos.
Elena se quedó inmóvil, esperando a que el mundo dejara de dar vueltas.
Paco se limpió las manos en un trapo de cocina que llevaba colgado del cinturón.
—Ahora, lo más importante —dijo Paco con tono misterioso.
—¿Qué? ¿Ir al hospital?
—No. Ahora tienes que taparte bien y no dejar que te dé ni una corriente.
—Si te entra frío ahora que tienes el poro abierto, se te queda la cara de lado para siempre.
—Paco, eso es un mito urbano.
—Eso es una realidad como que el sol sale por el este.
—Tápate con la rebeca y ponte además la manta del sofá.
—¡Que estamos a veintiocho grados, Paco!
—Me da igual. El alcohol de romero requiere sudar la gota gorda.
Elena, rendida por la intensidad del masaje, obedeció.
Se puso la chaqueta y Paco la envolvió en una manta de lana que picaba solo de mirarla.
—Pareces un burrito de esos que venden en el mexicano —comentó Manu desde la cocina.
—Cállate, Manu, que tú eres el siguiente si sigues con esa postura de sacacorchos —le espetó su padre.
Elena se quedó sentada, envuelta en lana, oliendo a campo salvaje y sintiendo cómo el sudor empezaba a perlarle la frente.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella.
—Ahora, a esperar a que la naturaleza haga su trabajo.
Paco se volvió a sentar en su sillón, recuperó su palillo y encendió la televisión.
—Ponen un documental de la 2 sobre las migraciones de los ñus —anunció.
—Es muy relajante para la espalda.
Elena cerró los ojos. Curiosamente, el dolor ya no era un grito, era un susurro.
Empezó a sentir un sopor extraño, una mezcla de vapores de alcohol y cansancio acumulado.
—Suegro… —murmuró.
—Dime, hija.
—Si mañana no puedo ir a trabajar, diré que ha sido culpa del romero.
—Si mañana no vas a trabajar, será porque estás tan bien que te has ido al parque a correr.
—No me veo yo corriendo un lunes por la mañana.
—Porque eres una descreída del siglo veintiuno.
El salón se sumergió en el sonido de los ñus cruzando el río Mara.
Elena empezó a cabecear, envuelta en su capullo de lana y tradición.
Pero la paz duró poco.
Un ruido estrepitoso llegó desde la cocina.
—¡Ay, mi madre! —gritó Manu.
Elena se despertó de golpe, intentando levantarse, pero la manta la tenía inmovilizada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Paco, saltando de su sillón.
Manu apareció en la puerta con la cara blanca y las pinzas temblando.
—Se ha caído la bandeja de las costillas al suelo.
Paco se llevó las manos a la cabeza como si hubiera presenciado una tragedia nacional.
—¡Las costillas! ¡Con el adobo que llevaban!
—Ha sido el perro, papá, ha pasado como un rayo.
—¡Ese perro es un agente del caos! —gritó Paco.
Elena, a pesar del dolor y de la manta, no pudo evitar soltar una carcajada.
—¿Ves, Paco? El estrés no solo me da a mí.
—Tú no te rías, que las costillas eran tu parte favorita —dijo Paco, ya camino de la cocina.
Elena se quedó sola en el salón, envuelta en su sudario de romero.
Movió el cuello con cuidado.
Hacia la derecha.
Hacia la izquierda.
No hubo chasquido.
No hubo pinchazo.
—No puede ser —susurró para sí misma.
—Ese viejo loco me ha curado.
Sintió una mezcla de alivio y humillación intelectual.
Había pasado meses yendo a clínicas modernas con luces LED y música de ballenas.
Y al final, el secreto estaba en un bote de cristal en un baño de Carabanchel.
—¡Elena! —gritó Paco desde la cocina.
—¿Qué pasa ahora?
—¡Trae la manta, que vamos a usarla para limpiar el estropicio antes de que se pegue al suelo!
—¡Ni hablar, Paco! ¡Esta manta es mi escudo térmico!
Elena se levantó, descubriendo que podía caminar sin parecer un robot oxidado.
Se dirigió a la cocina, arrastrando la manta como una capa real.
—Paco —dijo entrando en la estancia.
—Dime.
—Me duele un poco menos.
Paco, que estaba de rodillas recogiendo un trozo de carne, la miró con una sonrisa de suficiencia.
—Ya lo sabía yo.
—Pero no se le ocurra decir “te lo dije”.
—No hace falta que lo diga —respondió él, volviendo a su tarea.
—Ya lo dice tu cara, que ha pasado de parecer un limón exprimido a una manzana de feria.
Manu miraba a ambos, confundido.
—¿Entonces estamos bien? ¿Nadie va a urgencias?
—Aquí no se va a urgencias por una caída de costillas, Manu —sentenció Paco.
—Aquí se limpia, se aprovecha lo que se puede y se sigue adelante.
—Como con la espalda de tu mujer.
Elena ayudó a recoger, sintiendo que el romero seguía trabajando en sus fibras musculares.
Era una sensación extraña, de calor y frescor al mismo tiempo.
Pero la tregua duró poco, porque Paco ya estaba planeando la siguiente fase.
—Ahora que estás mejor, Elena, podrías ayudarme a mover el aparador del salón.
Elena se quedó helada con una servilleta en la mano.
—¿Mover el aparador? ¿Ahora?
—Sí, es que creo que hay un nido de hormigas debajo y quiero echarles un poco de…
—¡Ni se le ocurra decir alcohol de romero para las hormigas! —le interrumpió ella.
—No, para las hormigas tengo algo mucho mejor —dijo Paco con un brillo peligroso en los ojos.
—¡Manu, saca el amoníaco del garaje!
Elena suspiró. La tarde no había hecho más que empezar.
PARTE 3
El olor a amoníaco empezó a competir seriamente con el del alcohol de romero.
Elena se sentía en medio de una guerra química que probablemente estaba prohibida por la Convención de Ginebra.
—Paco, de verdad, que no es el momento de mover muebles —insistió Elena.
Estaba apoyada en el marco de la puerta de la cocina, tratando de defender su recién recuperada movilidad.
—¿Y cuándo es el momento, Elena? ¿Cuando las hormigas se lleven el aparador a hombros hasta la calle?
Paco ya estaba empujando una de las esquinas del mueble de roble macizo.
Era un mueble que pesaba lo mismo que un tanque ligero de la Segunda Guerra Mundial.
—¡Manu, ayúdame aquí, no te quedes ahí mirando como un pasmarote! —ordenó el suegro.
Manu dejó la bayeta y se puso al otro lado del mueble.
—Papá, Elena tiene razón, se va a volver a fastidiar la espalda de vernos sufrir.
—Ella lo que tiene que hacer es mirar y aprender cómo se hacen las cosas con técnica.
—¿Técnica? —Elena no pudo evitar intervenir.
—¿Empujar un bloque de madera de doscientos kilos sin faja y a tirones es técnica?
—Es técnica Sánchez —respondió Paco, rojo como un tomate por el esfuerzo.
—A la de tres. ¡Una, dos y…!
El mueble emitió un quejido agónico, un sonido de madera vieja rascando contra el terrazo.
—¡Cuidado con el suelo! —gritó Elena, viendo cómo las patas del aparador amenazaban con dejar cicatrices eternas.
—¡El suelo está para pisarlo y para que agante! —resopló Paco.
Lograron mover el aparador unos diez centímetros.
Lo suficiente para revelar un ecosistema que llevaba décadas sin ver la luz del día.
—Ahí las tienes —dijo Paco, señalando un pequeño ejército de hormigas que corrían despavoridas.
—Paco, eso se soluciona con un spray del súper, no moviendo la casa entera.
—Los sprays esos son agua con azúcar. Aquí hace falta artillería pesada.
Paco se puso de cuclillas, ignorando por completo cualquier consejo sobre ergonomía.
Elena sentía que le dolía la espalda solo de verlo en esa postura.
—¡Ayyy! —exclamó Paco de repente, quedándose congelado.
El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el zumbido de la nevera.
Elena y Manu se miraron con el terror grabado en las pupilas.
—¿Papá? —preguntó Manu con voz temblorosa.
—¿Paco? —dijo Elena, dando un paso adelante.
Paco no se movía. Seguía de cuclillas, con una mano apoyada en el suelo y la otra en su propia zona lumbar.
—Me ha dado —susurró Paco.
—¿Qué te ha dado? —preguntó Manu.
—El calambre. El latigazo. El rayo de Júpiter.
Paco intentó incorporarse, pero emitió un sonido que recordaba a una bisagra oxidada.
—¡No te muevas! —gritó Elena.
—¡Manu, ayúdalo a sentarse!
Entre los dos consiguieron levantar a Paco y llevarlo, casi en volandas, hasta su sillón de orejas.
El hombre, que hace cinco minutos era el rey del mundo y el gurú de la medicina natural, ahora parecía un muñeco de trapo deshinchado.
—Esto me pasa por ayudar a los demás —se quejó Paco, con los ojos apretados.
—Te pasa por bruto, suegro, que ya no tienes veinte años.
Elena, olvidándose de su propio dolor, tomó el mando de la situación.
—Manu, ve al baño y trae el bote.
—¿Qué bote? —preguntó Manu, aturdido.
—¿Qué bote va a ser? ¡El alcohol de romero!
Paco abrió un ojo y miró a su nuera con una mezcla de orgullo y agonía.
—¿Ahora sí crees en el milagro, eh?
—Ahora creo en que eres un cabezota y que tenemos una emergencia.
Manu regresó con el brebaje oscuro.
Elena se arremangó con determinación, imitando los gestos que Paco había hecho antes.
—A ver, Paco, inclínate hacia delante si puedes.
—Me duele hasta respirar, Elena. Esto es el fin. He visto la luz blanca.
—No has visto nada, es el reflejo de la lámpara en tu calva. Venga, quieto.
Elena vertió el alcohol en sus manos.
Sintió el frío, el olor penetrante y la rama de romero golpeándole la palma.
Empezó a frotar la espalda de su suegro.
Paco soltó un alarido que debió de oírse en tres manzanas a la redonda.
—¡Bruta! ¡Que no soy un filete de ternera!
—¡Es para que penetre, Paco! ¡Si no pica, no cura! ¡Lo dijiste tú!
—¡Pero yo tengo la piel fina, no soy como tú!
—¡Usted es el que decía que el cuerpo está hecho para aguantar!
Elena aplicaba la misma fuerza que Paco había usado con ella.
Era una mezcla de terapia y venganza poética.
—¡Manu, dile algo a tu mujer! ¡Me está quitando las capas de la dermis! —suplicó Paco.
Manu, desde una distancia de seguridad prudencial, se limitaba a observar.
—Yo no me meto en asuntos médicos, papá. Ella es la profesional ahora.
Elena seguía frotando, notando cómo los músculos de Paco estaban tan tensos como cables de alta tensión.
—Estás peor que yo, suegro. Esto es un lumbago de manual.
—Es el aparador… que tenía mala leche —gruñó Paco.
—El aparador no tiene leche, Paco, tiene años y kilos.
Tras diez minutos de “fregado intenso”, Elena se detuvo.
Tenía las manos rojas y el salón olía como si hubiera estallado una destilería en un bosque.
—Ya está. Ahora, la manta.
—No quiero la manta, que hace calor —protestó Paco débilmente.
—¡La manta! —ordenó Elena con una autoridad que no admitía réplicas.
Manu trajo la manta de lana y envolvió a su padre como si fuera una momia egipcia.
Paco se quedó allí, derrotado, sudando bajo la lana y oliendo a romero.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Elena, limpiándose las manos.
Paco esperó unos segundos, moviendo cautelosamente la cadera.
—Me siento… humillado.
—Pero, ¿te duele?
—Me duele un poco menos, pero me pica el orgullo.
Elena se sentó a su lado, agotada por el esfuerzo y la tensión.
—Bueno, pues ya estamos los dos igual.
—Dos tullidos en un sofá —comentó Manu, trayendo dos vasos de agua.
—Esto es lo que pasa por intentar ser más listos que la fisiología —dijo Elena.
Paco suspiró profundamente, haciendo que la manta subiera y bajara.
—A lo mejor tienes razón, Elena.
—¿Cómo? ¿He oído bien? —Elena se puso la mano en la oreja.
—No me hagas repetirlo, que me duele el cuello.
—A lo mejor la silla esa de la NASA no es tan mala idea para gente que está todo el día sentada.
—¿Y el alcohol de romero? —preguntó ella con una sonrisa.
—El alcohol de romero es infalible, pero hay que saber aplicarlo sin saña.
—Yo no he tenido saña, Paco, he tenido eficacia.
Se quedaron los tres en silencio durante un rato.
El sol empezaba a bajar, bañando el salón con una luz más suave, menos agresiva.
—¿Y las hormigas? —preguntó Manu de repente.
Paco miró hacia el aparador, que seguía desplazado y mostrando la suciedad acumulada.
—Que se queden con el piso si quieren. Yo de ahí no me muevo hasta mañana.
—Mañana te pido cita con mi fisio, Paco —propuso Elena.
Paco hizo una mueca de asco.
—¿Con el del pelo largo y la música de ballenas?
—Es muy bueno, de verdad. Te dejará como nuevo.
Paco lo pensó durante un largo minuto.
—Bueno —cedió finalmente.
—Pero dile que se traiga su propio alcohol de romero, por si acaso su ciencia falla.
Elena se rió y, por primera vez en todo el día, sintió que su espalda estaba completamente en paz.
La tensión había desaparecido, no solo de sus músculos, sino también del aire entre ella y su suegro.
—Manu —dijo Paco.
—¿Qué, papá?
—Pide unas pizzas. Las costillas están en el suelo y tu mujer y yo somos bajas de guerra.
—Pizzas… —suspiró Elena—. ¿No tienen demasiado gluten para tu dieta de hombre de campo?
—El gluten es otra mentira de los modernos, Elena.
—Donde esté una masa con mucho queso, que se quite todo lo demás.
Manu sacó el móvil mientras Elena y Paco se quedaban allí, envueltos en el aroma de la tradición y el reposo forzado.
PARTE 4
La pizza llegó cuarenta minutos después, justo cuando el efecto analgésico del alcohol de romero estaba en su punto álgido de somnolencia.
Manu tuvo que poner una mesa auxiliar frente a los dos sofás, porque ni Paco ni Elena estaban para muchos trotes de comedor oficial.
Allí estaban, dos náufragos del lumbago, compartiendo una “Cuatro Estaciones” con el cuidado de quien manipula material radiactivo.
—Oye, Elena —dijo Paco, cogiendo una porción con cuidado para no girar demasiado el tronco.
—Dime, Paco.
—¿Ese fisio tuyo… te pone corrientes de esas que te dan calambritos?
—A veces, se llama electroterapia. Ayuda a relajar el músculo.
Paco negó con la cabeza mientras masticaba.
—Eso es trampa. La electricidad es para las bombillas.
—Al cuerpo hay que convencerlo con calor y presión, no con chispazos.
—Paco, llevas diez minutos diciendo que el cuerpo es un templo y lo estás alimentando con una pizza de cadena comercial.
—El estómago es una cosa y la espalda es otra muy distinta.
Elena sonrió. A pesar de los pesares, sentía una extraña calidez en el pecho.
Ese domingo, que había empezado con ella sintiéndose como una extraña dolorida en casa de sus suegros, terminaba con una complicidad forjada en el dolor compartido.
—Sabes qué —dijo Paco tras un trago de cerveza.
—¿Qué?
—Que el martes, si voy a ese sitio tuyo, me voy a poner la camisa buena.
—¿La de los domingos? —preguntó Manu desde la cocina.
—Sí, la de los domingos. No quiero que el muchacho piense que soy un viejo cualquiera que no sabe lo que es la modernidad.
—Le va a encantar conocerte, Paco. Te aviso que te va a mandar ejercicios.
—¿Ejercicios? ¿A mi edad?
—Movilidad, estiramientos… lo que tú llamas “mover el esqueleto”.
Paco soltó una carcajada que esta vez controló para que no le diera el pinchazo.
—Bueno, si me manda a hacer el pino puente, le digo que se lo haga él.
La noche cayó sobre Madrid, y con ella, el aroma a romero empezó a disiparse, dejando paso al olor a masa horneada y hogar.
Elena se levantó con cautela para irse a casa.
—¿Seguro que estás bien para conducir, hija? —preguntó Paco, todavía envuelto en su manta.
—Sí, suegro. El alcohol ese me ha dejado la espalda como si fuera de goma.
—Te lo dije. Es mano de santo.
—Y yo te dije que la silla ergonómica no era el problema.
Paco la miró fijamente y, por primera vez en años, le guiñó un ojo.
—A lo mejor el problema es que trabajas demasiado, Elena.
—Y eso no hay alcohol ni silla que lo cure.
Elena se quedó callada, asimilando la verdad más grande que Paco había soltado en todo el día.
—Puede que tengas razón en eso también.
Se despidieron con un beso sonoro, evitando cualquier movimiento brusco que pudiera arruinar la tregua muscular.
Mientras bajaba por las escaleras, Elena notó que caminaba con una ligereza que no recordaba.
No sabía si era la friega de Paco, el efecto placebo o simplemente que se había reído más de lo habitual.
Al llegar al coche, Manu la miró con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿En qué piensas? —le preguntó él.
—En que mañana voy a comprar una botella de alcohol de romero —confesó ella.
—¿En serio? ¿La científica se pasa al lado oscuro?
—No es el lado oscuro, Manu. Es el plan B.
—Porque la ciencia está muy bien, pero un suegro cabezota con un bote de hierbas tiene algo que no se estudia en ninguna facultad.
Manu arrancó el motor y el coche se alejó de la casa de Paco.
En el salón, Paco seguía sentado, mirando fijamente el aparador desplazado.
—Mañana lo muevo solo —murmuró para sí mismo.
Pero luego, sintió un pequeño recordatorio en la zona lumbar y suspiró.
—Bueno… a lo mejor espero al fisio.
Cerró los ojos y se quedó dormido bajo la manta, oliendo a romero, a pizza y a la satisfacción de haber tenido razón, aunque fuera solo a medias.
Porque al final, entre el remedio natural y el profesional, lo que realmente había curado la tarde era ese rato de estar juntos, peleándose por lo de siempre para acabar sintiéndose como nunca.
La contractura del estrés había muerto por asfixia de risas y tradición.
Y eso, pensó Paco en sus últimos segundos de vigilia, no lo vendían en ninguna farmacia.