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El sol de mediodía entraba por el ventanal del salón de Paco con una saña casi personal. Era ese tipo de luz castiza que no perdona ni una mota de polvo sobre el aparador de roble.

PARTE 1

El sol de mediodía entraba por el ventanal del salón de Paco con una saña casi personal.

Era ese tipo de luz castiza que no perdona ni una mota de polvo sobre el aparador de roble.

Elena intentó cambiar de postura por decimoquinta vez en los últimos tres minutos.

Sintió un chasquido seco en la base del cuello.

Fue un sonido nítido, como el de una rama de olivo partiéndose en pleno agosto.

Cerró los ojos y apretó los dientes, conteniendo un gemido que habría sido el pistoletazo de salida para el desastre.

Paco, sentado en su sillón de orejas de toda la vida, no le quitaba ojo.

Paco no miraba, Paco escaneaba.

Tenía esa habilidad de los suegros de detectar la debilidad ajena a kilómetros de distancia.

Llevaba un palillo en la comisura de los labios que movía rítmicamente de izquierda a derecha.

Ese palillo era el metrónomo de una sentencia inminente.

—Te va a dar algo, Elena —soltó Paco de repente.

La voz de Paco era profunda, curtida en mil discusiones de bar y tres décadas de fábrica.

Elena ni siquiera abrió los ojos.

—No me va a dar nada, suegro, es solo una molestia.

—Una molestia dice —bufó él, acomodándose la faja invisible que parecía llevar por decreto ley.

—Te he visto retorcerte como un sarmiento desde que hemos puesto los aperitivos.

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