Posted in

No es un Papa de Oficina: Tres Hitos que Explican el Gobierno del Papa León XIV

No es un papa de oficina. Antes de Roma hubo arena en las sandalias y sal en el aire. En el norte del Perú, un joven agustino aprendió a mirar a los ojos, a escuchar los silencios y a llamar por su nombre a quienes casi nadie ve. Allí el tiempo corre distinto, la fe se hace vecina y el pastor camina al ritmo de su pueblo.

Si hoy muchos se preguntan por qué León XIV insiste tanto en periferias, misión y pueblos, la respuesta huele a desierto, mar y plazas pequeñas. Piense un instante en los lugares que lo marcaron a usted. Una capilla sencilla, una parroquia de barrio, un sacerdote que se quedaba después de la misa para oír a la gente con paciencia.

Eso mismo forjó el corazón de este Papa. Por eso, cuando habla de dignidad, trabajo y familia, no suena discurso preparado. Suena a camino andado, a manos apretadas en un velorio, a risas compartidas en un bautizo, a nombres que se llevan a la oración de cada mañana. Hoy vamos a recorrer tres momentos de su vida en el Perú que siguen latiendo en sus decisiones.

Veremos cómo se aprende a gobernar acompañando, cómo se discierne sin gritos y cómo se sirve poniendo primero a la persona y luego al plan. Y escucharemos en voz reciente un acento misionero que confirma lo esencial. La iglesia crece cuando sale al encuentro y se queda donde hace falta. Quédese con nosotros.

En estos minutos uniremos tierra y memoria para entender por qué su gobierno tiene acento misionero y corazón agustiniano. Si alguna vez usted sintió que la fe se vuelve más clara cuando alguien está a su lado, este relato le resultará familiar. Comencemos. Para entender por qué hoy su voz habla de misión con tanta naturalidad, hay que volver al lugar donde ese lenguaje se aprendió de verdad, no en un aula, sino bajo el sol, con tiempo sin prisa y con personas concretas delante.

Empecemos allí, primérito en Perú, Chulucanas, la escuela de la cercanía. Llegar desde Chicago a Piura fue aprender otra geometría del tiempo, menos prisa, más encuentro. En la prelatura de chulucanas, los días no se medían por agendas apretadas, sino por nombres propios. La mañana comenzaba con saludos en la calle y terminaba con oraciones en patios abiertos, donde la fe se mezclaba con el olor a pan y a tierra húmeda.

Allí, el entonces joven Agustino descubrió que el ministerio no empieza en la sacristía, sino en la puerta de cada casa. La comunidad enseñaba con gestos simples. Una madre que pedía bendición para su niño, un abuelo que mostraba con orgullo gastada de boda, un joven que acercaba su guitarra para acompañar un canto. Lo sagrado no estaba lejos.

Estaba en la mesa compartida, en el agua que refresca, en la sombra de un árbol donde se reza al caer la tarde. La iglesia era vecina y el sacerdote, si quería ser creíble, debía aprender antes que a hablar. Chulucanas fue una escuela de escucha. Escucha de historias largas contadas despacio, de silencios que dicen más que cualquier discurso, de dolores que necesitan compañía y no explicación.

Con esa pedagogía, el lenguaje se ordena solo. Primero el nombre, luego la palabra, primero la mirada, luego el consejo. Así se aprende a llamar a cada uno por su nombre y a llevar esos nombres a la oración diaria, como quien ofrece lo mejor que tiene. También fue una escuela de humildad. El español no entró por libros, sino por la calle.

Al principio hubo tropiezos y risas compartidas, pero cada intento de hablar como el otro tendía un puente. Aprender la manera local de saludar, el tono que consuela, la broma que desarma la distancia, todo eso construyó cercanía real. La lengua dejó de ser una herramienta y se volvió hogar compartido. La geografía ayudó a esa lección.

El desierto enseña a no complicar lo que es simple, el mar, a confiar en que las mareas pasan. Hay caminos de tierra que obligan a ir más despacio y al ir despacio se ve mejor lo importante. La señora que necesita un medicamento, la familia que espera un bautizo, el joven que busca orientación, el anciano que quiere contar por enésima vez la misma anécdota para no perderla.

Caminar esos caminos cambió la forma de decidir. Primero la persona, luego el plan. La liturgia respiraba la vida del pueblo. Las misas en capillas sencillas tenían sabor a fiesta y a trabajo bien hecho. Los cantos nacían de voces comunes, sin virtuosismos, y por eso llegaban hondo.

Cada celebración parecía tejer una red invisible. Quien llegaba solo salía acompañado. Quien llegaba cansado salía sostenido. Para el misionero no había mejor homilía que la de una comunidad que terminada la misa se quedaba un rato más para preguntar por el vecino enfermo o para organizar una ayuda urgente. La pastoral se extendía más allá de las paredes del templo.

visitas a enfermos, catequesis al aire libre, encuentros de formación para quienes apenas podían leer, conversaciones con dirigentes locales para resolver pequeñas urgencias. Allí se aprendió que gobernar en la iglesia es antes que nada acompañar procesos que tienen el ritmo de la vida real, que no todo se arregla con un documento y que las decisiones más sabías nacen de haber estado, haber escuchado y haber vuelto a estar.

Chulucanas también enseñó a celebrar y a llorar con la gente. Bautizos donde la alegría desborda. Bodas con promesas dichas con pudor y esperanza, velorios donde el silencio de la noche pide palabras sobrias y una presencia fiel. El sacerdote no era funcionario de ritos, era testigo de la vida. Esa experiencia templó la voz por dentro.

Cuando más tarde hablara de dignidad, familia, trabajo y paz, esa voz no saldría de conceptos, sino de recuerdos. Hubo además una lección que quedó grabada para siempre. La fe se transmite por contagio de cercanía. Un vecino que presta su patio para una reunión. Una catequista que recorre a pie tres cuadras de tierra para enseñar a un grupo de niños.

Un joven que aprende a tocar un instrumento para levantar la oración de su comunidad. En ese ambiente, el papel del pastor es encender sin deslumbrar, sostener sin suplantar, enviar sin abandonar. Con el tiempo, esa escuela de chulucanas se volvió criterio. Criterio para priorizar a quien no tiene voz, para reconocer el valor de las devociones populares, para pedir a los responsables de comunidades que no se enamoren de los planes y se olviden de la gente.

Criterio para corregir sin humillar, para esperar sin desesperar, para organizar sin sofocar la creatividad de los sencillos. Criterio, en definitiva, para que la Iglesia conserve el corazón de casa, aún cuando tenga que funcionar como institución. Por eso, cuando hoy se escucha a León XIV insistir en las periferias, no habla de un mapa, habla de una familia.

Read More