Las fotografías continuaron. Las preguntas de algunos reporteros se mezclaban con el murmullo general y Marina se limitaba a acompañarlo. Esa era la rutina, una imagen impecable que no admitía fallas. Sin embargo, cualquiera que se fijara con atención habría notado que ella parecía estar contando los minutos. A las 10:45, el sonido de una copa golpeando suavemente contra el cristal anunció el inicio de los discursos.
Adrián subió al estrado con paso firme, seguro de que el público estaba dispuesto a escuchar cada palabra sobre su nuevo proyecto humanitario, un intento de mejorar su imagen corporativa. Mientras él hablaba, Marina se mantuvo unos metros atrás en una zona semioscura del museo. Observaba sin emoción, sin distracción, sin juicio visible.
Un camarero pasó entre los invitados con una bandeja vacía. Marina lo miró de forma apenas perceptible. El hombre respondió con un gesto tan pequeño que cualquiera lo habría confundido con un movimiento involuntario. Después se dirigió hacia una salida lateral. A las 10:58, Adrián mencionó el nombre de Marina en su discurso, señalando hacia el sitio donde ella debía estar, y a mi esposa Marina, quien siempre ha sido mi apoyo.
Pero ese lugar estaba vacío. Un murmullo inquieto recorrió al público. Adrián tardó apenas un segundo en recomponer el gesto. Parece que se retiró un momento. A veces olvida lo mucho que la admiran. bromeó. Las risas superficiales disolvieron la incomodidad. Adrián terminó el discurso y bajó del estrado atendiendo felicitaciones, pero una irritación creciente se instalaba en su pecho.

Marina conocía las reglas estar presente, sonreír, servir como pieza clave en su fachada perfecta. A las 11:15 revisó su reloj. Ya era demasiado tiempo. Hizo una seña a su jefe de seguridad. Ricardo dijo sin alterar el tono. Búscala. Dile que si se siente mal nos iremos, pero que debe salir ahora. Ricardo Mena asintió y se alejó de inmediato.
Mientras tanto, Adrián continuó hablando con algunos asistentes, aunque su mirada buscaba discretamente algún indicio de Marina. 5 minutos después, Ricardo volvió con el rostro tenso. No está en los baños ni en la terraza. Revisamos las salidas y las cámaras del ala este. ¿Qué pasa con las cámaras? Preguntó Adrián sintiendo una punzada de alarma. El registro está repetido.
Hay 10 minutos de imagen duplicada como si el sistema hubiera sido intervenido. Adrián dejó de fingir tranquilidad. Su respiración se volvió más rápida. Consigue el auto. Nos vamos. Ya abandonaron el museo entre miradas confundidas. Afuera, la avenida Alpina estaba llena de automóviles de lujo y fotógrafos que trataban de captar su salida apresurada.
Ya dentro del vehículo, Adrián abrió la aplicación que usaba para rastrear el teléfono de Marina. Aquel control nunca había estado sujeto a negociación. No había señal. Intentó llamarla. La operadora respondió que el número ya no estaba en servicio. No apagado, no fuera de cobertura. El número ya no existía.
Adrián sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. No pensó primero en su bienestar, pensó en la imagen pública, en lo que significaría una desaparición repentina, en que alguien podría interpretar aquello como debilidad o peor como un escándalo. “Llévame a la torre Landatech”, ordenó al conductor. Ricardo lo miró con duda.
“¿No sería mejor ir a casa o avisar a la policía?” No, no, hasta saber qué está pasando. El auto aceleró por la avenida iluminada. Adrián creía que estaba reaccionando con rapidez, pero no comprendía que lo que ocurría ya no estaba bajo su control. Marina no estaba perdida, no estaba escondida por error.
Lo que había hecho formaba parte de algo preparado durante años. Y él, que se consideraba dueño de cada pieza de su vida, no podía ver que acababa de cruzar el punto de no retorno. La torre Landatech se alzaba oscura y brillante cuando llegaron. Eran casi las 11:55 y el personal nocturno no esperaba verlo aparecer con el traje aún impecable, pero la mirada desencajada.
Subió directamente al piso más alto, empujando la puerta de su oficina. Laura desbloquea el terminal maestro. ordenó a su asistente que estaba trabajando pese a la hora. ¿Pasó algo, señor?, preguntó ella preocupada. Solo hazlo. Se sentó frente al computador, decidido a activar un sistema interno capaz de rastrear a cualquier persona en la ciudad mediante cámaras públicas y privadas.
Tenía prohibido usarlo sin autorización, pero eso nunca lo detuvo antes. Ingresó su clave. Acceso denegado. Probó de nuevo. Acceso denegado. Firma biométrica no coincide. El dolor en su pecho se volvió real. Laura, ¿qué está pasando? Ella revisó los registros desde su tableta. Señor, su acceso fue retirado hace 30 minutos.
Retirado por quién? Preguntó Adrián con voz baja y peligrosa. No tuvo respuesta porque alguien habló desde la entrada de la oficina. Ya no eres el administrador”, dijo Ernesto Rigo, su director financiero, entrando con un fulder en la mano. Adrián lo miró sin comprender. “Ernesto, si esto es una broma, no lo es”, respondió el hombre con una serenidad inquietante.
“Marina vino a verme hace meses.” Y así, con aquella simple frase, la estructura de control que Adrián había construido comenzó a romperse de manera irreversible. Adrián sintió que el aire a su alrededor se volvía pesado. Ernesto Rigo, siempre nervioso y servicial, parecía ahora otra persona, alguien que había dejado atrás el temor habitual.
Sostenía el folder con fuerza, como si ese objeto fuera una barrera entre ambos. Marina no tiene idea de finanzas, Ernesto. Ni siquiera entiende cómo funcionan las cuentas básicas. dijo Adrián intentando que su voz recuperara firmeza. “¿Te equivocas?”, respondió Ernesto avanzando un poco más. Ella sabía exactamente de qué hablaba.
Fue muy clara cuando me pidió acceso a los reportes internos, a las estructuras de las subsidiarias y, sobre todo, a las compañías pantalla que creaste fuera del país. Adrián se levantó con brusquedad, tirando su silla atrás. ¿Estás despedido? No puedes despedirme”, contestó Ernesto sin inmutarse. A medianoche, Landatech se declaró en emergencia financiera.
La solicitud ya está registrada en la corte y tú, Adrián, ya no eres el dueño de nada. Las palabras cayeron como piedras una tras otra, sin posibilidad de esquivarlas. “No sabes lo que dices,”, replicó Adrián. “Tenemos miles de millones en liquidez.” Ernesto negó con un gesto lento. Teníamos a las 11:15, justo cuando Marina abandonó la gala, el sistema procesó varias transferencias que solo podían activarse con tus códigos.
Movieron el dinero a miles de cuentas distintas. Es irreversible. Ya es demasiado tarde. Adrián sintió un zumbido en los oídos. Yo no autoricé nada. El sistema cree que sí. explicó Ernesto abriendo el folder y dejándolo sobre el escritorio. Reconoció tu voz, tu registro ocular y tu firma biométrica. Todo coincide.
Es como si tú mismo lo hubieras aprobado. Adrián sabía que algo así no podía ocurrir por accidente. Ese reconocimiento tan detallado solo podía replicarse con acceso íntimo, prolongado, casi cotidiano. Entonces lo comprendió. Marina llevaba años conviviendo con él, escuchando, observando, tocando sus manos, viéndolo trabajar.
Había tenido acceso a todo, cada gesto, cada hábito, cada clave. ¿Dónde está ella?, preguntó Adrián. Eso deberías decirnos tú, respondió Ernesto. Pero te dejó algo. Señaló la pantalla del computador. Adrián, sin quitar los ojos de su director financiero, abrió su correo personal. Le temblaban los dedos.
Había un solo mensaje. Asunto: Jaque mate. Adrián lo abrió. El video comenzó de inmediato. Marina aparecía sentada en lo que parecía ser una habitación sencilla. Su cabello estaba recogido y su rostro mostraba una serenidad extraña, casi inquietante. “Si estás viendo esto,” decía ella, “ya estoy fuera de Suiza.
No voy a regresar.” No es por el dinero ni por lo que hiciste con tantas personas, es por Daniel. Tú sabes la verdad. Adrián sintió como su estómago se cerraba. Daniel Sorel, su cuñado, el hombre que había acusado su empresa de fabricar un componente defectuoso que podía fallar en pleno funcionamiento. La misma persona que de forma trágica había muerto meses después.
Marina había llorado por él durante semanas. Adrián había fingido consolarla. Creíste que podías borrar su muerte como borras cualquier escándalo”, continuó Marina. “Pero yo no lo olvidé y no lo perdoné.” El video seguía, pero Adrián apenas pudo escucharlo. Su mente retrocedió al momento en que Daniel lo enfrentó en su oficina cuando aseguró que no permitiría que Landa tex camuflara un error que podría costar vidas.
Adrián lo había considerado una amenaza y las amenazas en su mundo no se dejaban sin resolver. Marina había descubierto la verdad y ahora lo estaba destruyendo desde adentro. El video terminó con una frase que dejó helada la oficina. Te quité lo que más valorabas, el control. Ahora tú eres el que no tiene salida.
La pantalla se oscureció. Ernesto cerró el folder. Yo colaboré con las autoridades. Tengo inmunidad total. Ellos llegarán en cualquier momento. Como si sus palabras hubieran sido una señal, las luces azules y rojas comenzaron a reflejarse contra las ventanas de la torre. Adrián sintió la urgencia de correr, de escapar antes de que todo se derrumbara.
Pero Ricardo Mena entró en la oficina justo entonces. Adrián, hay agentes abajo. No creo que podamos salir. Su jefe de seguridad, siempre firme, tenía ahora la expresión de un hombre derrotado. Adrián buscó una salida, pero la oficina parecía achicarse a cada segundo. Esto no termina aquí, dijo Adrián mirando a Ernesto.
Si Marina cree que puede destruirme, no conoce lo que soy capaz de hacer. Ella lo sabe perfectamente”, respondió Ernesto. Por eso no dejó cabos sueltos. El elevador emitió un sonido. Puertas abriéndose, pasos firmes acercándose por el pasillo. El inspector Bruno Carler entró primero, acompañado por dos agentes uniformados y la agente Naria Farell.
El rostro del inspector reflejaba cansancio, pero también convicción. Adrián Landa declaró Bruno con voz firme. Queda detenido por fraude corporativo, desvío de fondos y la posible relación con la muerte de Daniel Sorel. Adrián no parpadeó. No tienen pruebas. Nadie se acercó con un dispositivo en la mano. Su esposa las envió. Todas.
archivos encriptados, copias de seguridad, grabaciones, incluso registros de llamadas que usted creyó haber borrado. El mundo se volvió un eco lejano. Adrián permitió que le colocaran las esposas, pero su mente estaba lejos de la oficina. Estaba concentrada en un solo pensamiento. Marina seguía viva y lo estaba desafiando abiertamente.
Mientras lo escoltaban hacia el elevador, creyó escuchar su propia respiración romper el silencio. No era miedo, era furia. Una furia tan profunda que no tenía nombre. En el pasillo, antes de entrar al ascensor, se detuvo y miró hacia atrás. “La voy a encontrar”, murmuró. No importa donde se esconda, nadie lo sostuvo del brazo.
Ella ya no es la que conocías. El ascensor descendió marcando el inicio del final de Adrián y la confirmación de que Marina había calculado cada movimiento con precisión quirúrgica. Desde la sala de control, uno de los agentes comentó que las cámaras habían detectado accesos no autorizados en los servidores horas antes. Todo había sido manipulado sin que nadie lo notara.
Adrián cerró los ojos. No había sido un error. No había sido un impulso. Marina había planificado todo y él, el hombre que presumía controlar a todos, no la vio venir. La detención de Adrián se volvió la noticia más comentada en Surich antes de que amaneciera. Los noticieros hablaban del colapso del Imperio Landatech.
Los periódicos digitales actualizaban titulares cada hora y la residencia Alto Zich fue rodeada por cámaras y curiosos. Pero mientras la ciudad intentaba descifrar el escándalo, Adrián pasaba la noche en una habitación fría del centro de detención, sentado frente a una mesa metálica con las manos esposadas. El inspector Bruno Carlot regresó a la sala con una carpeta bajo el brazo.
A su lado, la agente Naria Farro revisaba documentos en una tableta. Ninguno parecía impresionado por el empresario que hasta esa misma noche era considerado intocable. “Su abogado llegará en unas horas”, dijo Bruno dejando la carpeta frente a Adrián. Pero necesitamos obtener claridad cuanto antes.
Su esposa sigue desaparecida y las pruebas indican que usted sabía más de lo que dijo. Adrián mantuvo la mirada fija en la mesa. Yo no sé dónde está Marina. Eso no es lo que muestran sus registros, intervino Nadia. Encontramos aplicaciones de rastreo que usted instaló en sus dispositivos, historiales de llamadas, mensajes eliminados.
Ella estaba bajo vigilancia constante. Adrián soltó una risa amarga. Vigilar a Marina nunca fue el problema. El problema es que ella me vigiló a mí sin que yo lo notara. Nadie deslizó la tableta hacia él. Las transferencias, las implicaciones con la muerte de Osoro. Todo está respaldado. Usted tenía motivos para querer silenciarlo.
Daniel era un obstáculo para un proyecto que no podía detenerse, respondió Adrián sin suavizar su tono. No era personal. Bruno golpeó la mesa con la palma abierta. No era personal para usted, pero para Marina él lo era todo. El silencio cayó como una sombra entre los tres. Adrián no apartaba la mirada del inspector y este, lejos de intimidarse, sostuvo la confrontación con calma.
“Hubo más movimientos esa noche”, continuó Bruno. Marina cortó toda comunicación, suspendió su número, desapareció de las cámaras públicas y privadas. Alguien intervino los sistemas y usted insiste en que no sabía nada. Marina hizo esto sola dijo Adrián con voz tensa. No tiene cómplices. No los necesita. Bruno cruzó los brazos.
¿Y por qué lo cree? Adrián apoyó los codos sobre la mesa. Porque la conozco. No actúa por impulso nunca. Si dio este paso es porque llevaba años preparándolo. Elegir el momento exacto para desaparecer, eso es completamente propio de ella. Nadie tomó nota mental de aquella afirmación. No habla como un hombre sorprendido por la traición de su esposa.
No estoy sorprendido, respondió él. Solo estoy irritado por no haberlo previsto. Bruno guardó silencio unos segundos. Pues debería comenzar a preocuparse, dijo más serio. Porque Marina no solo lo expuso a usted. Existen indicios de que lo que ha dejado suelto puede comprometer a figuras políticas de alto nivel y esas personas no van a quedarse de brazos cruzados.
Adrián entendió de inmediato en mensaje oculto. Él no era el único que quería dar con el paradero de Marina y quizá otros la estaban buscando con métodos menos visibles. Mientras tanto, en un punto remoto de la Patagonia, Marina se ajustaba a una peluca rubia frente a un espejo agrietado. La habitación del pequeño hospedaje donde se encontraba Lucía vieja, pero era perfecta para pasar inadvertida.
No había cámaras. El dueño raramente interactuaba con los huéspedes y solo se aceptaba pago en efectivo. Marina guardó la peluca, tomó una mochila sencilla y caminó hacia la pequeña estación de buses. Las montañas al fondo estaban cubiertas por nubes pesadas y el viento gélido golpeaba su rostro.
Allí nadie sabía quién era, nadie la miraba con curiosidad. La invisibilidad era un privilegio y al mismo tiempo una carga. había conseguido llegar hasta ese lugar mediante una ruta cuidadosamente planeada, primero rumbo a un puerto del sur de Chile, luego cambiando de identidad en múltiples ocasiones. Lo había hecho sin prisa, sin dejar rastros tecnológicos, confiando solo en efectivo y documentos falsos.
Pero algo la inquietaba. Esa mañana sintió por primera vez en días que alguien la observaba. En la estación se mezcló entre los pasajeros mientras analizaba cada rostro. Un hombre alto con chaqueta gris y gorra caminaba hacia ella. Movimientos tranquilos, postura firme, mirada inmutable. No parecía un turista, no parecía local.
Marina apretó la correa de su mochila. Era demasiado tarde para dudar, demasiado tarde para cometer errores. Se dirigió hacia un pasillo lateral, evitando el flujo principal de personas. El aire frío entraba por las rendijas de la estructura metálica, pero lo que realmente la heló fue escuchar pasos detrás de ella, medidos, constantes.
Volteó un instante. El hombre también había cambiado de dirección. No había tiempo. Corrió hacia una salida que conducía a una colina cercana. El viento era más fuerte en ese punto y la pendiente dificultaba el movimiento. El desconocido seguía su ritmo con inquietante precisión. Marina se detuvo un instante, respirando con fuerza.
El paisaje abierto no le daba esconderse, pero sí le permitía ganar distancia. abrió su mochila y revisó el pequeño estuche donde guardaba el diamante amarillo. Aquel objeto, más allá de su valor, contenía algo que no comprendía totalmente, pero sabía que otro sí. Se ajustó la mochila y siguió avanzando hasta encontrar un sendero entre arbustos bajos. No se volvió a mirar.
Su intuición era suficiente para confirmar que aquel hombre no desistiría. De regreso en Surich, la situación de Adrián se tornó más compleja. Había pasado la medianoche cuando su abogado finalmente apareció pálido y sin la acostumbrada seguridad. “La situación es grave”, dijo cerrando la puerta del salón privado.
Se han filtrado documentos que lo comprometen con operaciones ilegales en varios países. También hay reportes que sugieren irregularidades vinculadas a contratos gubernamentales. Adrián no observó sin pestañar. No hables en generalidades. ¿Qué quieren? ¿Qué coopere? Respondió el abogado en voz baja.
Lo mejor que puede hacer es entregar a Marina. Demostrar que usted no planeó todo esto con ella. Adrián dejó escapar una carcajada breve. Cooperar con pruebas que ni siquiera existen. Marina fabricó cada una. Eso no importa. intervino atrás la gente Nadia, que entró sin anunciarse. Ella se adelantó a todas sus defensas, “Señor Landa, si no la encontramos pronto, esto podría escalar hasta otras jurisdicciones.
” Adrián la miró fijamente. “No la encontrarán si no es conmigo.” “No estamos pidiendo su ayuda,” respondió Nadia. “Estamos advirtiéndole que su antigua vida se acabó.” Pero justo cuando iba a retirarse, Adrián añadió, “Marina no dejó cabos sueltos, pero sí dejó algo que solo yo puedo reconocer. Y si ella lo planeó así, es porque quiere que yo la busque.
” La agente Farel lo observó con cautela. Explíquese. Marina no solo huyó, está enviando un mensaje. Todo lo que hace tiene un significado. Adrián apoyó las manos sobre la mesa. Ella está esperando que la siga. Bruno cerró la carpeta. Y usted no irá a ninguna parte. Este caso es s de cualquier voluntarismo. Marina Sorel es buscada internacionalmente y usted es el principal sospechoso de varios delitos.
Adrián sonrió de forma inquietante. Entonces no entienden nada. Para Marina, esto apenas comienza. La agente Farel lo miró con una mezcla de irritación y desconfianza. No se equivoque, Adrián. Si ella reaparece, no lo hará para verlo. Lo hará para destruir lo último que le quede.
Adrián no respondió, pero sus ojos oscuros una obstinación que ningún encierro podía frenar. En el sur del mundo, mientras las nubes bajas ocultaban el cielo, Marina se refugió detrás de unas rocas intentando evaluar sus posibilidades. El hombre alto aún buscaba en la zona. Se movía con calma, como si supiera que ella no tenía a donde huir.
Marina cerró los ojos un instante. El juego ahora era distinto y no había vuelta atrás. Hagamos un juego para quienes leen los comentarios. Escribe la palabra ensalada en la sección de comentarios. Solo quien llegó hasta aquí lo entenderá. Continuemos con la historia. Marina mantuvo la respiración mientras el viento helado golpeaba la ladera.
El hombre de chaqueta gris avanzó con una precisión inquietante, estudiando cada rincón del terreno. Sus pasos no mostraban prisa, pero tampoco dudas. Era evidente que no era un agente común ni un cazador improvisado. Era alguien entrenado para encontrar personas que no querían ser encontradas. Marina buscó una salida.
La pendiente descendía hacia un sector rocoso que terminaba en un sendero estrecho. Si lograba llegar allí sin ser vista, podría escabullirse entre las formaciones naturales. Ajustó la correa de su mochila, mantuvo la vista hacia el suelo y comenzó a retroceder con cuidado. Un crujido la delató. Una piedra rodó cuesta abajo.
El hombre se detuvo. Giró la cabeza hacia la zona donde ella estaba oculta. El silencio entre ambos pareció congelarse. Marina apretó los dientes. Quedarse inmóvil ya no serviría. Corrió. El hombre no tardó ni un segundo en reaccionar. El sonido de sus pasos aumentó detrás de ella, cada vez más cerca.
Marina llegó al sendero estrecho y descendió sin mirar atrás, sintiendo como la adrenalina inundaba sus pulmones. Las rocas se volvían más afiladas a medida que avanzaba. y la tierra suelta dificultaba el equilibrio. Un disparo silencioso atravesó el aire. La roca a su lado explotó en fragmentos. Marina se cubrió la cabeza mientras seguía corriendo.
Aquel hombre no era un perseguidor casual. tenía un silenciador y la frialdad suficiente para usarlo en un terreno abierto. No quedaba duda. Adrián no lo había enviado. Ella lo sabía por instinto. Esto provenía de un lugar más profundo dentro del entramado político que había descubierto. Llegó a un pequeño borde natural donde el sendero terminaba abruptamente.
Abajo había una zona inclinada cubierta de arbustos secos. Lanzarse implicaba lastimarse. No hacerlo implicaba morir. Saltó. El golpe la dejó sin aire. Rodó por el declive hasta que la vegetación amortiguó su caída. Los rasguños ardían, pero seguía viva. Se levantó como pudo y continuó corriendo hacia un grupo de construcciones precarias al fondo del valle.
Allí había gente y donde hay gente hay distracciones. En Surichen a desbordarse más allá del control de las autoridades. Los medios hablaban de filtraciones masivas de información sensible, de investigaciones que se extendían hacia funcionarios de alto nivel y de un rompecabezas internacional en el que una mujer había desenmascarado una red de corrupción.
La historia se narraba con tonos dramáticos, casi cinematográficos. Mientras tanto, en la sala de interrogatorios, Adrián escuchaba los rumores a través de fragmentos de conversaciones entre agentes. Dicen que hay documentos que comprometen a políticos de varios países. Todo está saliendo a la luz a una velocidad absurda.
Nadie entiende cómo Marina obtuvo tanto acceso. Adrián cerró los ojos y respiró hondo. Marina no solo lo había traicionado, había activado algo mucho más grande que ellos dos. Y quienes estaban perdiendo poder y dinero por su culpa no iban a quedarse quietos. El abogado de Adrián regresó con expresión de derrota.
“Acabo de recibir una notificación”, dijo sentándose frente a él. Se han encontrado archivos encriptados que lo vinculan directamente con operaciones que usted nunca admitió. Esto podría llevarlo a cadena perpetua. Adrián lo observó con una calma sorprendente. No son reales. Ella los fabricó o los manipuló. Eso no importa, continuó el abogado.
Las agencias internacionales ya los dieron por válidos y aunque intentara defenderse, el daño mediático es irreversible. La puerta se abrió. El inspector Bruno Carl entró con paso decidido. Señor Landa, las autoridades federales quieren trasladarlo a otra instalación para continuar con la investigación. Tendrá que prepararse.
¿Creen que van a encerrarme para siempre? preguntó Adrián con voz firme. Marina sabe que no terminará tan fácilmente. Ella sabe que voy a buscarla y usted debería saber que ella tampoco está segura. Bruno entrecerró los ojos. Está insinuando que alguien podría estar persiguiéndola. Adrián se inclinó hacia adelante. No estoy insinuando nada.
Solo digo que Marina tocó intereses que no toleran la exposición. Si piensan que soy su enemigo, no conocen a los otros. Un silencio incómodo llenó la habitación. La agente Naria Ferrell llegó con nuevos informes. Inspector, hay movimientos sospechosos en torno a los documentos filtrados. Varios grupos buscan esa información y también buscan a Marina.
Bruno cruzó los brazos pensativo. Entonces debemos encontrarla antes que ellos. Adrián sonrió levemente. Le será imposible. Marina planeó esto durante años. No comete errores. Todos cometen errores, respondió Nadia. No, ella, insistió Adrián. Marina juega con ventaja porque sabe lo que ustedes buscarán y cómo lo harán, pero si quieren realmente encontrarla, necesitarán más que procedimientos estándar.
Bruno lo miró con desconfianza. ¿Y qué propone? Propongo que me escuchen. Yo conozco su forma de pensar. Lo que para ustedes parece un movimiento errático, para ella tiene un propósito muy claro. Nadie negó con la cabeza. No vamos a darle libertad de maniobra. No la quiero respondió Adrián. Solo quiero sobrevivir. Y para sobrevivir, Marina debe ser encontrada antes de que otra persona la encuentre primero.
Bruno intercambió una mirada con la gente Farel. Había en sus palabras algo que no podían ignorar, el reconocimiento tácito de que Marina no era una fugitiva común. En la Patagonia, el hombre de chaqueta gris llegó al borde desde donde Marina había saltado. Se asomó a la pendiente y evaluó la distancia. No parecía sorprendido por el salto, tampoco irritado, calculaba.
Sacó un pequeño dispositivo del bolsillo. Una luz parpadeó. Había detectado algo. No dijo una sola palabra. Avanzó por el camino alterno con una paciencia terrible, como si supiera exactamente hacia dónde se dirigía su objetivo. Marina llegó a las pequeñas construcciones. Eran talleres mecánicos, puestos de venta y una cafetería improvisada, todo conectado por calles de tierra.
Su respiración estaba agitada, pero mantuvo la compostura al entrar en el espacio más concurrido, un pequeño local donde varias personas bebían café. Nadie la reconoció, nadie la miró con sospecha, pero eso no significaba que estuviera a salvo. Tomó asiento cerca de una ventana. Observó hacia afuera, aunque no podía ver al hombre. Ese silencio era peor que verlo.
Significaba que él estaba eligiendo su siguiente movimiento con precisión. tenía que decidir qué hacer con el diamante. Lo sacó discretamente del estuche y lo observó bajo la luz tenue del local. La piedra brilló de forma irregular, casi inquietante. En su interior, a través de un ángulo exacto, se alcanzaban a distinguir patrones microscópicos.
No era solo una joya, era un contenedor. Un contenedor que valía más que cualquier fortuna, porque lo que guardaba no era dinero, sino acceso. Acceso a sistemas que ella no terminaba de comprender, pero sabía que quienes estaban detrás de Adrián sí. Y esos hombres mandarían a cazadores. El hombre de chaqueta gris no era el primero, no sería el último.
Una mujer sentada en la mesa de enfrente la observó un instante. Marina cerró el estuche con cuidado y lo guardó. tenía que seguir moviéndose, tenía que sobrevivir lo suficiente para decidir si destruir ese objeto o usarlo. Pero antes de levantarse sintió un cambio en el ambiente. No era un ruido, no era una mirada específica, era intuición pura.
El cazador estaba cerca. Marina respiró hondo. La partida continuaba y ella no iba a perder. El ambiente dentro de la pequeña cafetería era cálido, pero para Marina cada segundo se sentía como una cuerda tensándose alrededor de su pecho. Había aprendido a confiar en su intuición incluso antes de comenzar su plan contra Adrián.
Sabía que el cuerpo reaccionaba antes que la mente cuando el peligro se acercaba y ahora lo sentía. El cazador estaba demasiado cerca. No podía permanecer sentada. tampoco podía huir de nuevo sin pensar. Salió del local manteniendo la mirada baja, entremezclándose con un grupo de turistas que pasaban por la calle. Sus pasos parecían normales, pero su respiración estaba acelerada.
Caminó hacia un mercado improvisado donde la multitud le daría al menos unos segundos de protección. Desde un punto elevado, el hombre de chaqueta gris, Crans la observaba. No necesitaba correr, no necesitaba llamar la atención. Su misión no era atraparla enseguida, sino obtener lo que llevaba. Y por la forma en que ella protegía su mochila, sabía exactamente qué era.
Marina avanzó por el mercado y dobló por una calle lateral. No debía quedarse en lugares abiertos. Mientras cruzaba hacia un callejón más angosto, revisó mentalmente sus opciones. Había usado solo dinero en efectivo, documentos sin rastreo, rutas improvisadas, pero aún así él la había encontrado. Eso solo significaba que la información que llevaba el diamante era mucho más valiosa de lo que había imaginado.
De pronto, un ruido detrás de ella la obligó a girar. Una moto pasó por la calle principal, pero no era eso. Era la sensación de que alguien imitaba sus tiempos, sus movimientos. No puedo seguir huyendo así, susurró para sí misma. Se adentró en un pasillo donde las paredes eran de madera envejecida. El olor a humedad y tierra era fuerte.
Tomó la primera puerta que encontró abierta, una bodega usada para almacenar cajas. Entró rápido y cerró sin hacer ruido. Respiró. Contó hasta cinco. Se acercó a una ventana pequeña y miró hacia afuera. Crans había llegado al pasillo. Caminaba despacio, sin mostrar tensión. Parecía un animal que olfateaba el aire buscando el rastro exacto.
Marina retrocedió intentando no hacer ruido, pero su codo golpeó una caja apilada. El sonido fue leve, pero suficiente. Cran se detuvo. Marina sintió como la sangre le abandonaba la cara. Dio dos pasos hacia atrás, apretó la correa de la mochila y se preparó para correr, pero entonces la puerta se abrió con un golpe seco.
Se acabó, dijo Cran con tono neutro. Marina reaccionó inmediatamente, empujó una estantería cercana y la dejó caer entre ambos, creando una barrera improvisada. Las cajas se desparramaron, pero Cran ni siquiera retrocedió. Comenzó a apartarlas con una precisión casi mecánica. Ella corrió hacia la parte trasera de la bodega, donde un panel de madera estaba mal asegurado.
Metió la mano, lo arrancó y se deslizó por un hueco que daba a un camino estrecho detrás del edificio. Salió de rodillas sintiendo el suelo húmedo y volvió a levantarse. Crans atravesó el hueco segundos después. Marina llegó a un antiguo mirador con varandas oxidadas donde el viento golpeaba con fuerza. Debajo, la pendiente descendía hacia un bosque denso.
No tenía un plan, no tenía tiempo para pensar. Se apoyó en la varanda evaluando la caída. Cran caminó hacia ella sin prisa. Estás acorralada. No quiero hacerte daño. Solo dame el collar. No sabes lo que estás pidiendo, dijo Marina. Lo sé, respondió él. Y también sé lo que pasará si no lo entregas. Marina notó que sus ojos no mostraban odio ni emoción alguna.
Era como hablar con una sombra. El diamante en su mochila pesaba más que nunca. “Una última oportunidad”, dijo Crans. Marina tomó aire, miró el bosque, miró sus manos, miró a Cr, luego saltó. El viento le golpeó el rostro y la caída la desorientó, pero un arbusto grande amortiguó el impacto. Rodó cuesta abajo, sintiendo como ramas y piedras desgarraban su ropa y su piel.
Se detuvo al chocar contra un tronco grueso. El golpe la dejó sin aliento. Arriba, Cran observó la caída. No dudó. Saltó también. Marina escuchó el crujido de ramas y supo que tenía segundos para moverse. Corrió entre árboles que parecían cerrar el camino. El sonido de los pasos de Cran se acercaba más rápido de lo que debía ser humanamente posible.
El bosque era un laberinto de sombras. Las nubes bajas ocultaban cualquier indicio de luz. Marina se detuvo un instante para orientarse, pero la oscuridad la obligaba a moverse a ciegas. A lo lejos vio una pequeña cabaña abandonada. Una de las ventanas estaba rota. Entró por allí cuidando no cortarse con los fragmentos. El interior estaba vacío, excepto por una mesa vieja y una estufa oxidada.
Se escondió detrás de la mesa, respirando silenciosamente. Cranch llegó a la cabaña segundos después. Entró con una calma que aterrorizaba. Marina, dijo en voz baja, no haces esto fácil. Ella lo observaba desde un hueco entre las tablas. Él examinaba el lugar sin apuro, sin mostrar cansancio. Era como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Marina sintió un impulso irracional. Debía ganar tiempo de algún modo. Debía pensar. Desde su escondite habló. ¿Quién te envió? Cranz no se giró hacia ella. No necesito saber su nombre, solo cumplo instrucciones. ¿Y si te diera una razón para detenerte? No existe tal razón, contestó él. Mi trabajo no es negociar. Marina lo sabía. Era inútil tratar de convencer a un hombre que ya había entregado su humanidad a una misión y aún así debía mantenerlo hablando aunque fuera unos segundos.
Cran se acercó a la mesa. Marina retrocedió, pero él no la vio. Tocó con su mano una de las patas como si calculase la resistencia de la madera. Tu esposo habló mucho de ti, dijo finalmente. Cree que todo lo que haces es por él. Marina cerró los ojos. Adrián no entiende nada. No lo hace desde hace años. Entonces, ¿por qué destruirlo así? Preguntó Cran.
pudo haber muerto y nadie habría investigado. Ella sintió la rabia arder en su pecho porque una muerte rápida habría sido demasiado simple. Yo quería que sintiera lo que le hizo a otros. Quería que aprendiera que su poder no lo protegería de todo y quería que el mundo lo viera caer. Cran se detuvo. Había encontrado el tono emocional que buscaba.
había encontrado la dirección del sonido. Marina abrió la boca para moverse, pero él ya había volteado. Corrió hacia la ventana rota intentando escapar, pero tropezó con un pedazo de madera y cayó fuera de la cabaña. Se levantó rápidamente y volvió a correr entre los árboles mientras Cran salía tras ella como una sombra imparable.
Después de varios minutos, Marina llegó a un claro donde un viejo puente de madera cruzaba un río angosto. El agua golpeaba las rocas con fuerza. La estructura parecía frágil, deteriorada, pero no había alternativa. Marina cruzó. La madera crujía con cada paso. Cuando llegó al otro lado, se giró. Crans estaba a mitad del puente.
Una idea desesperada surgió en su mente. Tomó una roca afilada del suelo y golpeó una de las cuerdas viejas que sostenían el puente. La cuerda se tensó, se desgastó, pero no se dio. Cran avanzó un paso más. Marina golpeó de nuevo. La cuerda comenzó a desilacharse. Un tercer golpe. La cuerda se partió. El puente se inclinó bruscamente, lanzando a Crans hacia el vacío.
El impacto del agua contra su cuerpo resonó en todo el claro. Marina, temblorosa, vio como la corriente se lo llevaba río abajo. No sabía si estaba muerto, no sabía si volvería, pero una cosa sí era segura. Tenía que desaparecer nuevamente antes de que él regresara. En Surich, el fiscal encargado del caso recibió un paquete anónimo.
Dentro había un pendrive con archivos que detallaban operaciones encubiertas ligadas a figuras políticas. El remitente no estaba especificado, pero todos sabían quién lo había enviado. Marina no solo estaba huyendo, estaba todavía moviendo las piezas. Y Adrián, desde su celda comprendió que su caída era apenas la primera fase del plan.
La corriente arrastró a Crans por varios metros río abajo, golpeándolo contra rocas sumergidas. La presión del agua habría desorientado a cualquier persona, pero él mantenía una sorprendente lucidez, incluso bajo peligro. Sus manos alcanzaron una raíz gruesa cerca de la orilla y logró sujetarse. Tosió expulsando agua y se impulsó para salir del cauce con movimientos lentos pero seguros.

No estaba herido de gravedad, solo molesto. Marina había demostrado ser más hábil de lo que los informes sugerían y eso significaba que seguiría dificultando el trabajo. Cran se incorporó entre la vegetación del borde del río, escurrido y con la mirada fija en la dirección por donde ella había escapado. Sus órdenes seguían vigentes.
Mientras la misión no se cumpliera, no habría retorno. Marina se alejó del puente sin comprobar si Cran había sobrevivido. La adrenalina la impulsaba a seguir moviéndose. Sabía que cualquier pausa podía costarle la vida. El bosque se volvió más denso y el frío más cortante mientras avanzaba hacia un camino rural.
Necesitaba encontrar un lugar donde reorganizar sus ideas, planear sus siguientes movimientos y, sobre todo, analizar nuevamente el diamante. Horas después, tras caminar sin descanso, llegó a una pequeña comunidad rural donde solo se veían unas cuantas casas de madera y postes de luz temblorosos. Una camioneta antigua se detuvo a unos metros.
El conductor, un hombre mayor, bajó la ventana. ¿Necesita ayuda?”, preguntó con acento local. Marina evaluó el riesgo. No veía señales de peligro. Aún así, prefirió una respuesta neutral. “Solo busco un lugar donde descansar un poco.” El hombre señaló una construcción sencilla al final del camino. Ahí alquilan cuartos baratos.
“No hay muchos visitantes por aquí, así que no tendrá problemas.” Marina agradeció y continuó caminando. No quería ser recordada como la mujer que aceptó un aventón. Prefería moverse sola. Encontró el hospedaje, una casa antigua con una entrada amplia y ventanales con cortinas gastadas. Pagó en efectivo sin dar nombres, como había hecho desde que comenzó su huida.
La dueña, una mujer tranquila, no hizo preguntas. le entregó una llave y la acompañó hasta una habitación pequeña con una cama estrecha. Marina cerró la puerta con seguro, apagó la luz, se sentó en la cama y abrió la mochila. El diamante brilló en la penumbra como si generara su propia luz.
Ella lo sostuvo entre sus dedos mirándolo con detenimiento. En su interior había pequeños patrones geométricos, casi invisibles a simple vista. ¿Qué eres realmente? susurró. Sacó un pequeño dispositivo de análisis portátil que había conseguido tiempo atrás. Era rudimentario, pero suficiente para detectar ciertos rastros. Pasó el diamante por el lector.
La pantalla mostró una serie de códigos que parecían corresponder a un sistema encriptado. No era solo información económica o legal, era algo más grande, algo que jamás imaginó tener en sus manos. Marina dejó caer el diamante sobre la cama atónita. Adrián no lo había dicho nunca porque era demasiado peligroso, porque esa pieza, en las manos equivocadas podía activar o manipular sistemas de defensa, vigilancia o control.
Podía derribar gobiernos, podía iniciar conflictos. Comprendió porque la buscaban, comprendió por qué CRS no dudaba. comprendió por qué ella no podía entregarlo. Aún si quería salvar su vida, no podía permitir que ese objeto regresara a quienes lo crearon. Tuvo un pensamiento fugaz, destruirlo. Pero una duda se impuso. ¿Qué ocurriría si destruirlo desencadenaba una reacción o activaba protocolos de emergencia? ¿Y si había información en el que podía usar para exponer a los verdaderos responsables de todo? Y si destruirlo dejaba libre a quienes más poder tenían,
no podía decidir aún. En Surich, la fiscalía trabajaba bajo presión. Cada hora aparecían nuevas filtraciones, nuevas acusaciones y más personas involucradas. El caos político era inevitable. En medio de ese escenario, el inspector Bruno Carler y la agente Naria Farrow discutían sobre las próximas medidas. La situación se está desbordando”, dijo Nadia, dejando caer un folder lleno de reportes sobre el escritorio.
Marina no solo robó información, sino que la está liberando estratégicamente. Esto no es una fuga común, es una operación. Bruno asintió. Y no sabemos cuántos más están implicados. Peor aún, continuó Nadia. Si lo que filtró sobre Landa Tech es apenas una parte de lo que tiene, esto puede afectar a varios países.
Hay muchas manos en este asunto. Bruno miró a Adrián a través del vidrio de la sala de observación. El exempresario estaba sentado con la mirada fija en un punto indefinido, como si calculase silenciosamente. “Él sabe algo que no quiere decir”, murmuró el inspector. “Porque está midiendo cuánto puede salvarse”, respondió Nadia.
Pero si logramos hacerlo hablar, podríamos anticiparnos a los grupos que buscan a Marina. ¿Crees que puede ayudarnos a encontrarla? No lo hará por nosotros, pero sí por él. Estoy segura de que su mayor miedo no es la cárcel, es que alguien más encuentre a Marina antes que él. Bruno respiró hondo. Comprendía esa dinámica.
Adrián no actuaba por amor ni por arrepentimiento, sino por orgullo, por control. por ese deseo inquebrantable de no ser superado por ella. En el sur de Chile, Cran salió finalmente del bosque empapado y cubierto de tierra. Caminó hasta un camino de tierra donde un vehículo lo esperaba.
El conductor no dijo nada cuando él subió al asiento trasero. La perdió, dijo el conductor tras unos segundos. La encontraré, respondió Cran secándose la sangre del labio. El conductor encendió el motor. Nuestros empleadores no aceptarán otro fallo. No fallaré, dijo Cran con tono helado. Ella tiene algo que no puede desaparecer y donde sea que vaya, dejará un rastro.
lo seguirá sin saberlo. Mientras el vehículo avanzaba por el camino rural, Cran sacó un pequeño dispositivo. En la pantalla apareció una señal tenue, casi imperceptible, pero real. El diamante emitía un patrón único, un rastro microscópico, y aunque fuera débil, él sabría decifrarlo. Marina no logró dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, veía diferentes escenarios posibles. Adrián escapando, transgresando, agentes armados irrumpiendo en el hospedaje. Su respiración se aceleraba con cada uno de esos pensamientos. Al amanecer tomó la decisión de no quedarse un día más en aquel lugar. Guardó el diamante en un compartimento oculto, se vistió con ropa más discreta y abandonó el hospedaje sin ser vista.
Caminó hasta un mercado cercano donde varias personas se preparaban para un día de trabajo. Allí se mezcló con el bullicio. Su objetivo era, claro, llegar a una ciudad más grande para encontrar un equipo que permitiera acceder completamente al contenido del diamante. Pero justo cuando se dirigía a la parada de bus, un sonido conocido la tensó por completo.
Era el ruido de un vehículo frenando de golpe. Marina se giró lentamente. Un auto oscuro se detuvo a pocos metros. La puerta trasera se abrió. Un hombre alto, de traje oscuro, bajó del vehículo. Ella lo reconoció de inmediato, no por su rostro, sino por lo que representaba. No era un mercenario ni un agente de seguridad. Su postura, su actitud era un emisario.
Y cuando un emisario te encuentra, significa que alguien más poderoso está dando órdenes. Marina sabía que este encuentro no era casual. Sabía que su tiempo se acortaba. El hombre la observó con seriedad. Señora Sorel, necesitamos hablar. Marina dio un paso atrás. No tengo nada que decirles. Nosotros sí, respondió él.
Y si quiere seguir con vida, tendrá que escucharnos. Marina sintió un frío distinto al del viento. Sabía que ese momento llegaría, pero no imaginó que sería tan pronto. Otra broma para quienes solo revisan la caja de comentarios. Escriban la palabra zanahoria. Los que llegaron hasta aquí entenderán el chiste. Continuemos con la historia.
Marina retrocedió un paso mientras evaluaba al hombre que había descendido del auto oscuro. No tenía la rigidez militar de Crans ni la desesperación de un funcionario corrupto intentando encubrir su caída. era distinto. Su presencia sugería que pertenecía a un grupo capaz de moverse sin dejar rastro, sin uniforme, sinolo alguno.
Ese tipo de hombres no buscaba negociar, buscaban poseer. “No voy a acercarme”, advirtió Marina, manteniendo el peso de su cuerpo listo para correr. “No ha entendido,” respondió él. “No vengo a detenerla. Vengo a impedir que cometa un error irreversible. Marina frunció el ceño. Qué error. El hombre miró alrededor, asegurándose de que nadie pudiera escucharlos.
El objeto que lleva no es un simple archivo, no son solo códigos, es un núcleo de acceso directo diseñado para activar y desactivar sistemas a escala nacional. Usted cree que lo está controlando, pero en realidad no sabe qué mecanismos podría liberar. Marina sintió un escalofrío. Se suficiente como para mantenerlo lejos de quienes lo crearon.
Ese no es el problema, continuó él. El problema es que existen facciones enteras intentando obtenerlo. No buscan justicia ni equilibrio. Buscan poder y si usted sigue moviéndose sin apoyo, cada vez estará más expuesta. Marina dio otro paso hacia atrás. No busco apoyo. Busco desaparecer. El hombre negó lentamente. Desaparecer ya no es una opción para usted. No después de lo que desencadenó.
Si pretende sobrevivir, necesitará aliados o al menos información que no posee. Si se acerca un paso más, gritaré, advirtió Marina, aunque sabía que en aquel lugar nadie correría a ayudarla. No voy a obligarla a acompañarme, respondió él alzando ligeramente las manos. Pero escuche esto antes de decidir. El hombre que la perseguía no era el único enviado. Él solo fue el primero.
Los siguientes no fallarán. Marina sintió que el aire se volvía más pesado. ¿Quiénes son ustedes?, preguntó ella. Somos quienes intentamos evitar que este desastre se convierta en una catástrofe mundial, respondió el hombre. Entendemos que usted quiere justicia, que quiere exponer la verdad. Pero si no actúa con precisión, podría provocar algo mucho peor de lo que Adrián jamás habría imaginado.
Marina permaneció inmóvil, pero su mente era un torbellino. El hombre señaló la puerta abierta del vehículo. Si decide venir, no se le hará daño. Si decide irse, no volveré a buscarla. Pero no puedo asegurar que otros hagan lo mismo. Se produjo un silencio profundo. El viento movió las ramas cercanas y por un instante Marina deseó tener consigo alguna certeza.
Pero su vida se había convertido en una sucesión de decisiones desesperadas. No voy a entrar en ese auto dijo finalmente. Pero si escucharé lo que tengan que decirme más adelante mandaré un mensaje cuando yo lo decida. El hombre respiró hondo, como si esa respuesta fuera aceptable. Entonces, asegúrese de mantenerse con vida hasta ese momento.
Subió al auto y la puerta se cerró sin prisa. La camioneta avanzó por el camino sin acelerar, como si supiera que no era necesario perseguirla. La encontrarían cuando ellos quisieran. Marina permaneció allí, inmóvil, observando como el vehículo se alejaba entre la neblina. En cuanto desapareció, una sensación amarga la recorrió.
No era miedo, era claridad. Había entrado en una guerra que no era suya, pero en la que ya no podía rendirse. En Zich, la residencia Alto Zich estaba vacía por primera vez desde que Adrián la habitaba. Los agentes habían recogido documentos, aparatos electrónicos y cualquier objeto que pudiera servir como evidencia. El eco en el pasillo principal era frío, distante, como si el lugar ya no perteneciera a nadie.
En la prisión temporal donde Adrián estaba recluido, la tensión aumentaba con cada noticia que emergía. Informes oficiales señalaban que los contratos secretos que Landatech mantenía eran más comprometedores de lo esperado. Varias autoridades comenzaron a negar vínculos con él y a señalarlo como el único responsable. Pero Adrián sabía que no era así.
Una mañana, el guardia abrió la puerta de su celda. Tienes visita. Adrián esperaba ver a su abogado, pero quien entró fue un funcionario de traje oscuro con un maletín. No dijo su nombre, simplemente se sentó frente a él. Señor Landa, ha causado un problema considerable. Sus filtraciones comprometieron acuerdos internacionales que no debieron salir a la luz.
Adrián arqueó una ceja. Yo no filtré nada, eso es irrelevante. Ahora, lo importante es que aún puede ser útil o un obstáculo. Adrián comprendió entonces lo que aquel hombre representaba. No era fiscal, ni policía, ni intermediario. Era parte de quienes querían encontrar el diamante. “Marina lo tiene”, dijo Adrián sin rodeos.
No lo entregará. no confía en nadie y no planea hacerlo. Sabemos que ella está expuesta, respondió el funcionario. Y sabemos que usted entiende mejor que nadie su manera de actuar, por eso estamos aquí. Adrián se recostó en la silla. Entonces, ¿necesitan mi ayuda. Necesitamos su cooperación para evitar que la situación empeore. Adrián sonrió.
Era la primera vez en días que sentía recuperar algo de control. Cooperaré si ustedes me dan algo a cambio. El funcionario no se sorprendió. ¿Qué quiere Adrián? No dudó. Protección y acceso a cierta información. Será evaluado, respondió el hombre levantándose. También quiero saber quién la está persiguiendo, añadió Adrián.
porque ella no caerá fácilmente y ustedes lo saben. El funcionario no respondió, simplemente salió de la sala. Pero Adrián tenía claro que su petición sería considerada porque nadie allí tenía más motivación para encontrar a Marina que él mismo. En una cafetería rural de la Patagonia, Marina compró un mapa físico de carreteras.
Necesitaba planear su desplazamiento sin depender de tecnología. dobló el mapa y lo guardó junto al diamante en el compartimento oculto de su mochila. Ese objeto, esa pieza que creía solo un símbolo de su pasado con Adrián, era ahora algo que podía alterar el futuro de muchas personas y paradójicamente era también la única arma que tenía para protegerse.
Caminó hacia la terminal de buses sin mirar atrás. Sabía que el hombre del auto volvería a buscarla. Sabía que Crans no se daría por vencido y sabía sobre todo que Adrián no permanecería tranquilo mientras ella siguiera libre. Pero ella no había llegado hasta ese punto para detenerse. No después de haber perdido tanto, no después de haber destrozado todo lo que Adrián valoraba.
Una nueva jornada comenzaba en aquella región alejada del mundo y Marina entendió que su lucha ya no era solo por justicia, era por supervivencia, era por libertad y por algo que nunca había tenido antes el control sobre su propia historia. subió al bus, se acomodó junto a la ventana y observó como el vehículo comenzaba a moverse.
El paisaje se alejaba lentamente y con él la última sombra de su vida anterior. Marina no sabía cuál sería su próximo destino, pero sabía algo con absoluta certeza. Aún no había terminado. ¿Qué te pareció esta historia? Déjanos tu opinión en los comentarios. Cuéntanos qué parte fue tu favorita y califica esta historia del cer al 10.
No olvides darle me gusta al video, suscribirte al canal y activar la campanita para que no te pierdas nuestras próximas historias. Y si te quedaste con ganas de más, aquí en pantalla puedes hacer clic para ver otra historia emocionante que te va a encantar. Nos vemos en el próximo