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LUIS “EL MATADOR” HERNANDEZ : CONFESÓ LO QUE HIZO

Minuto 94, México perdiendo 2 a 1, un pelotazo al área, un defensa que falla y Luis Hernández se barre con la zurda. Todo México gritó ese nombre al mismo tiempo. Y ese mismo hombre hoy no tiene para pagar la renta. Eso ya lo sabías. Lo que no sabías es que Luis Hernández no cayó por las razones que todo el mundo cree.

No fue el fútbol, no fue la edad, no fue que México lo olvidó. Fue una sola decisión, una tomada en el mejor momento de su vida, en el momento en que más tenía que perder. Y cuando escuches cuál fue esa decisión, vas a entender por qué esta historia no es solo la historia de un futbolista.

 Es la historia de cualquier hombre que alguna vez tuvo todo en las manos y no supo sostenerlo. Revisé más de 40 entrevistas, registros de transferencias y testimonios de personas que estuvieron cerca de él para armar lo que vas a escuchar. Hay cosas en este documental que nunca se dijeron en voz alta, pero antes de llegar a esa decisión, necesitas saber quién era Luis Hernández cuando nadie cuestionaba su nombre.

 Porque la caída solo duele si primero entiendes la altura desde la que cayó. Y esa altura era mayor de lo que la mayoría recuerda. Posa Rica, Veracruz, un lugar donde nadie espera llegar a ningún lado, donde los sueños no se dicen en voz alta, porque decirlos en voz alta y que no se cumplan duele más que nunca haberlos tenido.

 Luis Hernández nació ahí el 22 de diciembre de 1968 en una familia sin dinero, sin contactos, sin ningún apellido que pudiera abrirle una puerta en un país donde las puertas se abren. Casi siempre por palanca o por herencia. Solo tenía una cosa, un instinto frente al gol que no se enseña en ninguna escuela de fútbol del mundo. O lo tienes o no lo tienes.

 Luis lo tenía desde niño y todo el que lo vio jugar en esas canchas de tierra de Poza Rica lo supo desde el primer partido. Pero el talento en México no es suficiente. Nunca lo ha sido. Hay miles de niños con talento que nunca llegan a ningún lado, que juegan en canchas de tierra, que entrenan con lo que hay, que tienen velocidad y visión.

 Y ese olfato especial frente al gol, pero que nunca nadie ve a tiempo, que se quedan en la colonia, en el municipio, en el estado, siendo el mejor jugador del barrio, sin que eso signifique nada más allá del barrio. Luis lo sabía, lo veía a su alrededor cada día. Conocía a esos chicos, había crecido con ellos.

 Por eso, desde niño tenía algo que iba más allá del talento. Desde niño, una sola cosa lo separaba de todos los demás. No se rendía nunca. Mientras otros paraban, Luis seguía. Mientras otros se conformaban con el empate, Luis buscaba el gol. Mientras otros usaban el cansancio como excusa, Luis usaba el cansancio como combustible. Mientras otros salían del entrenamiento pensando en la tarde, Luis se quedaba practicando el disparo que había fallado dos horas antes.

Eso no se enseña, eso se trae desde adentro o no se trae. Y Luis lo traía desde Poza Rica, desde la necesidad, desde el miedo a quedarse donde estaba, si paraba aunque fuera un segundo. Debutó con Cruz Azul a los 21 años. No fue inmediato, no llegó y deslumbró desde el primer partido. Tuvo que esperar su oportunidad, tuvo que ganarse cada minuto en la cancha.

Me corrieron del Monterrey: Luis Hernández | Telediario México

 Tuvo que demostrar partido a partido, entrenamiento a entrenamiento, que merecía estar donde estaba. Hubo momentos en esa primera etapa con Cruz Azul donde el técnico no lo ponía y Luis se quedaba en la banca viendo el partido con una cara que sus compañeros describían siempre igual. No era tristeza, no era frustración, era impaciencia, era el rostro de un hombre que sabe que puede hacer algo y que no entiende por qué nadie le está dando la oportunidad de demostrarlo.

Y desde el primer día llevaba una sola idea, que nunca dijo en voz alta, pero que se le notaba en los ojos cada vez que pisaba una cancha. No volver a ser pobre no era ambición, era miedo. El miedo de quien creció sin nada y sabe exactamente lo que es no tener. Ese miedo que en algunos hombres paraliza y en otros se convierte en combustible puro que no se agota.

 En Luis se convirtió en combustible puro. No era el más técnico de su generación. No tenía la magia de Cuautemoc Blanco, que podía hacer cosas con el balón que desafiaban la física y que hacían que los porteros rivales rezaran para que el balón no le llegara en posición favorable. No tenía la pausa de los mediocampistas que leían el partido tres jugadas adelante y distribuían con una precisión casi matemática.

No tenía la elegancia de los delanteros europeos que había visto de pequeño en la televisión y que se movían dentro del área como si el espacio les perteneciera por derecho natural. Pero tenía algo que vale más que todo eso en el momento que más importa. tenía instinto asesino. Cuando la pelota le caía a 3 metros del portero, el pensamiento se apagaba, el miedo se apagaba, el análisis se apagaba, todo lo que no fuera ese balón y ese arco desaparecía y lo que quedaba era una sola cosa, puro gol.

 No lo pensaba, lo hacía. mientras otros delanteros calculaban el ángulo, la distancia, la posición del portero. Si había que controlar primero o disparar de primera, si la zurda o la derecha, Luis ya había disparado. Mientras otros dudaban una fracción de segundo, Luis ya había corrido a festejar. Esa fracción de segundo era la diferencia entre el gol y el palo.

 Y Luis casi siempre elegía el gol, por eso lo llamaban el matador. No era un apodo romántico que alguien inventó en una redacción de periódico buscando algo que sonara bien. Era una descripción exacta y sin adornos de lo que hacía dentro de una cancha. mataba partidos, mataba esperanzas de porteros y defensas, mataba la resistencia del equipo contrario con una eficiencia fría y efectiva que hacía que los entrenadores rivales diseñaran estrategias específicas para neutralizarlo antes de cada partido.

 Y aún así, la mayoría de las veces Luis encontraba la manera de meterse entre esas estrategias y hacer lo que había venido a hacer. Para 1994 ya era conocido en la Liga Mexicana. Para 1995 debutaba con la selección nacional y cuando Tigres lo contrató en 1996, Luis Hernández estaba a punto de demostrarle al mundo de qué estaba hecho.

38 goles en 64 partidos con Tigres, eso no es rendimiento, eso es dominación absoluta. Es un jugador que en dos temporadas completas mete más goles que muchos delanteros en toda su carrera. ¿Sabes cuánto ganaba Luis Hernández en su mejor año? Más que cualquier futbolista mexicano en la historia hasta ese momento.

 Las marcas lo buscaban, los contratos llegaban solos, las portadas, las entrevistas, los eventos, los patrocinios. Empresas que nunca habían puesto un peso en el fútbol mexicano, de repente querían su cara en sus productos. porque su cara se había convertido en la cara del fútbol mexicano. El niño de Posa Rica, que creció sin nada tenía todo.

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