¿Alguna vez te has preguntado qué come el hombre más poderoso de la Iglesia católica cuando nadie lo está viendo? Detrás de las sotanas blancas, los anillos de oro y los balcones frente a millones de personas, hay un ser humano con hambre. Hoy vamos a recorrer la mesa privada de los papas más influyentes de la historia moderna.
Desde el que pedía pizza de delivery hasta el que casi no comía nada. Esta es la historia que nadie te cuenta en los tours, pero los cocineros mayordomos y el personal que los vio comer todos los días sí lo vieron. Y lo que vieron no tiene nada que ver con la imagen oficial, el Papa Francisco. Cuando Jorge Mario Bergoglio fue elegido Papa en 2013, el personal del Vaticano se preparó para lo que siempre habían hecho.
Menús elaborados, cinco tiempos, cristalería fina, servicio formal. Lo que no esperaban era que el nuevo Papa les dijera que pararan. Francisco tenía una obsesión. La pizza, no cualquier pizza, pizza romana de masa delgada y crujiente, la que se hacía en una pequeña pizzería cerca del Vaticano que él frecuentaba cuando era cardenal.
Cuando se convirtió en papa, ya no podía salir a buscarla. Entonces, la pizza tuvo que venir a él. Pero no se queda solo ahí. Su pasta favorita no lleva salsa elaborada ni ingredientes importados. Le gustaba con un chorro de aceite de oliva, algunas verduras y punto. Sin ceremonias. Y después está el dulce de leche. El personal del Vaticano decía que Francisco guardaba un frasco en su apartamento.
Lo tenía para el desayuno untado en tostadas. Como si todavía estuviera en Buenos Aires. También mantenía su mate. Lo tomaba todos los días a lo largo de toda la mañana. Es quizás la imagen más llamativa del Papa Francisco. Y hay algo más que lo diferencia de cualquier Papa en la historia reciente. Francisco no comía en el comedor papal, comía en la cafetería de la Casa Santa Marta, donde viven otros sacerdotes y visitantes.

Se paraba en la fila del buffet Caseaf, agarraba su bandeja, se sentaba con otros. Su almuerzo habitual, un trozo de pollo a la plancha, verduras al vapor y fruta. Los chefs del Vaticano, entrenados durante años para preparar banquetes de estado, tuvieron que aprender a cocinar comida de cafetería. Papa Pío X.
Eugenio Pacheli. Pío X es probablemente el Papa con los hábitos alimenticios más severos del siglo XX. Su régimen en la mesa no era humildad, era casi no comer. Sus comidas eran minestrone, pan y fruta, agua o té débil. sin vino ni en los banquetes de estado donde la tradición lo exigía.
El servicio vaticano tuvo que reorganizarse completamente. Sus predecesores habían tenido mesas generosas. Pío X los dejó sin función. Comía solo en su apartamento privado con documentos sobre la mesa. El almuerzo le llevaba exactamente 20 minutos. La cena a veces era solo pan y queso. El personal estaba preocupado por su salud de manera constante.
No era un acto de humildad pública como el de eventos Francisco. Era algo más íntimo y más oscuro. La convicción de que el cuerpo debía ser disciplinado, no complacido. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, mientras Europa se hundía, Pío X seguía sentándose frente a su sopa simple en silencio. Solo Papa Juan Pablo Segund.
Carol Boitigua fue el primer papa polaco en la historia y su mesa lo recordaba en cada comida. Su plato del alma era la cremovka, un pastel de crema polaco de su ciudad natal, Guadowitze. Cuando visitantes polacos llegaban al Vaticano, con frecuencia le traían cajas del postre.
Él las recibía con una alegría que, según quienes lo vieron, no era protocolo, era genuina. Sus mañanas empezaban con té caliente con limón, nunca café y pan de centeno con mantequilla y miel. Al mediodía, vigos, el guiso cazador polaco hecho con chucrut, distintas carnes y hongos. Los cocineros vaticanos mantenían una olla lista casi permanentemente, pero su plato más querido, el que pedía con más frecuencia, eran los pieroghi, esas empanadas polacas rellenas de papa y queso, servidas con crema ácida, exactamente como su madre las preparaba.
El personal decía que podía comer 12 de una sola sentada. Juan Pablo II tenía también una debilidad bien documentada por el chocolate oscuro europeo. Cuando viajaba, que fue más que cualquier otro papa en la historia, se traía chocolates de los países que visitaba. Y por las noches, casi sin excepción, terminaba con un pequeño tazón de helado de vainilla, simple, frío, suficiente.
Era un hombre que cargó el peso del mundo en los hombros y encontraba alivio en los sabores de un país que había dejado atrás. Papa Benedicto 16. Joseph Ratzinger nació en un pueblo pequeño de Baviera y eso nunca lo abandonó. Cuando llegó al papado en 2005, sus gustos culinarios eran los de su madre, cerdo asado con dumplings y chucrut, el tipo de plato que se cocina en horas, que llena la cocina de olor, que te ancla al lugar donde creciste.
Los chefs del Vaticano tuvieron que aprenderlo y lo preparaban al menos una vez por semana. Benedicto también era el papa de la cerveza, específicamente de la Wehen Stefanner, una cerveza bárbara que se produce en la cervecería más antigua del mundo. Mientras los cardenales italianos a su alrededor bebían vino, él prefería una pinta bien tirada, una sola, con la cena nada más, nada menos.
Sus desayunos eran austeros, huevos revueltos con hierbas del Jardín Vaticano. Cuando era cardenal Ratzinger, vivía en un apartamento pequeño y a veces los cocinaba el mismo. Como papa seguía pidiéndolos. El estrúle de manzana era su postre de cabecera hecho con masa estirada hasta quedar casi transparente, como lo hacía la repostería de su infancia en Alemania.
Hay algo poético en eso. El hombre que lideró la doctrina más compleja del mundo pedía al final del día la comida más sencilla que conocía. Papa Juan Pablo I. Alvino Luciani fue papa solo 33 días. Murió en su apartamento en septiembre de 1978 y hasta hoy su muerte sigue generando preguntas. Pero en esos 33 días quienes trabajaron a su lado vieron a un hombre que no se adaptó ni un poco a la pompa Vaticana.
Su comida favorita era la polenta, harina de maíz cocida con queso o champiñones, el plato más humilde de las montañas dolomitas donde creció. No pedía variaciones, no pedía presentaciones elegantes, la quería como siempre la había conocido. Tomaba espreso negro sin azúcar varias veces al día. Su desayuno era pan con mermelada, el mismo que había comido como sacerdote en un pueblo sin recursos.
Se sabe que Juan Pablo primero se sentía profundamente incómodo con las escenas formales que el protocolo exigía. Su ama de llaves contó después que él se disculpaba con los chefs por no querer los platos que habían preparado. Un papa que pedía perdón por no comer bien. En 33 días eso dice suficiente sobre quién era. Papa Pablo.
Sexto Giovanni Batista Montini era milanés hasta los téétotes huesos. Y los milaneses tienen una relación seria con el risoto. No es un plato que se improvise, requiere paciencia, técnica y atención constante. Pablo VI lo sabía y por eso era exigente. Su plato favorito era el risotoamilanese. El risoto con azafrán que le da ese color dorado inconfundible.
Los chefs lo preparaban semanalmente y las instrucciones eran claras. El arroz tenía que quedar cremoso, pero con cada grano distinto. Demasiado blando era un error. Demasiado seco también. No había término medio aceptable. No era gran bebedor. En las cenas formales, donde el protocolo casi obliga al vino, Pablo VI tomaba apenas medio vaso y solo de Frescati, el vino ligero de los alrededores de Roma.
Su verdadera bebida era el agua San Pelegrino, siempre servida a la temperatura exacta. El personal aprendió rápido que eso no era negociable, pero lo que más define su relación con la comida es algo que hacía en el Jardín Vaticano. Salía a caminar y recogía él mismo tomates y hierbas. No lo hacía para la foto, lo hacía porque le gustaba.

Su almuerzo de verano favorito era una ensalada caprece con los tomates que él había cosechado esa misma mañana. Mozzarella fresca, albaca, aceite, sin más. Para un hombre que vivía rodeado de ceremonias y protocolos, ese plato era casi un acto de libertad. Antes de ser Papa, cuando era arzobispo de Milán, visitaba las cafeterías de las fábricas y comía con los obreros.
Pedía lo mismo que ellos, sin excepción. Eso no cambió cuando llegó al trono de Pedro. La mesa para Pablo VI nunca fue un lugar para impresionar, era un lugar para estar presente. Papa Juan 23º. Angelo Roncali era el Papa gordo y feliz, el que abrió las ventanas del Vaticano al mundo moderno con el Concilio Vaticano Segundo.
Y su forma de comer no era un detalle menor, era exactamente el mismo hombre que veías en el balcón. Amaba la polenta con aves pequeñas, un plato tradicional de su bérgamo natal. También pedía tagliatele con mantequilla y salvia, sencillo y aromático. Los chefs notaban que limpiaba el plato siempre con satisfacción visible, sin pretender moderación.
No había en él ningún gesto de austeridad forzada. Comía con gusto y no le daba vergüenza. Bebía vino tinto de los Castel y Romani con genuino placer. Una copa en el almuerzo, una en la cena. Decía abiertamente que el vino era un regalo de Dios y que sería una descortesía no apreciarlo. Ningún cardenal se atrevía a contradecirlo en eso.
Tenía una costumbre que encantaba a sus visitas, guardar chocolates en el cajón de su escritorio. Cuando llegaban obispos, cardenales o visitantes importantes, abría el cajón y los ofrecía como si fueran viejos amigos reunidos en una casa de barrio. No funcionarios en una audiencia papal. También comía higos frescos conciuto del Jardín Vaticano, con la naturalidad de alguien que nunca necesitó fingir que era más de lo que era.
Antes de ser papa, cuando era patriarca de Venecia, salía a comer en tratorías del barrio y pedía lo que comían los trabajadores. No era un gesto político, no era para la prensa, era simplemente lo que quería. Y eso en alguien que llegaría a ser papa es más raro de lo que parece. Lo que une a todos estos hombres con todo lo que lo separa en doctrina, personalidad e historia es que en la mesa ninguno pudo fingir.
Francisco volvía siempre a Buenos Aires con el mate en la mano. Juan Pablo Segund no podía renunciar a los pierogi de su madre. Benedicto X necesitaba su cerveza Bárbara para sentirse en casa. Los papas eligieron a sus santos. Escribieron encíclicas que movieron continentes, guiaron o dividieron a millones de fieles. Pero al final del día lo que pedían para comer era la comida de su infancia.
Tal vez eso es lo más humano que puede decirse de cualquier persona sin importar el título que lleve. ¿Cuál de todos te sorprendió más? Cuéntanos en los comentarios. Y si quieres seguir explorando los secretos del Vaticano que no aparecen en los tours oficiales, el siguiente video te espera.
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