El secretario sabía perfectamente a quién iba destinada. Cuando Diana lo encontró, también lo supo. G de Gladis, F de Fred. Los apodos con los que Carlos y Camila Parker Bows se llamaban entre sí desde hacía años. Faltaban 10 días para la boda. Diana tenía 19 años. Llevaba meses preparándose para convertirse en la princesa de Gales.
Había dejado su piso, su trabajo, sus amigas. había soportado el asedio de los fotógrafos, las cenas incómodas en Bálmoral, los protocolos que nadie se había molestado en explicarle del todo. Y ahora, sosteniendo en las manos un regalo que su prometido había encargado para otra mujer, tuvo que decidir si seguía adelante. Para entender cómo llegó Diana a ese momento, hay que retroceder unos pocos años.
Cuando dejó Suiza a principios de 1978, Diana tenía 16 años y ningún plan concreto más allá de instalarse en Londres y encontrar trabajo. Su madre le regaló un piso en Colhern Court, en el barrio de Earls Court, que compartió con tres compañeras. Fueron años de una libertad que ella misma describiría más tarde como desconocida hasta entonces.
Salir, moverse por la ciudad, ganar su propio dinero en empleos modestos. Trabajó como niñera para una familia americana. Dio clases de baile a niños pequeños, limpió casas, atendió fiestas y finalmente encontró su sitio como asistente en el jardín de infancia Yaun England, en el barrio de Pímico. era buena en ese trabajo y no solo porque le gustaran los niños, aunque los adoraba, era buena porque tenía algo que no se aprende, la capacidad de ponerse a la altura de alguien más pequeño y hablar con él de verdad, de hacerle
sentir que en ese momento era la persona más importante de la sala. Sus empleadoras la recordarían siempre como la niñera perfecta, cariñosa, práctica, sin necesidad de que se le pidiera nada dos veces. En noviembre de 1978, Diana fue invitada a los festejos del triéso cumpleaños del príncipe Carlos en el palacio de Buckingham.
No era la primera vez que lo veía, pues había coincidido brevemente con él cuando su hermana Sara lo traía de visita a la finca familiar. Pero aquella noche en el palacio fue diferente. Diana no se intimidó por el entorno ni por los asistentes. Según quienes estaban presentes, causó una impresión genuina en el príncipe.
Carlos era en ese momento el soltero más codiciado del mundo, inteligente, deportista, heredero de una de las monarquías más antiguas de Europa. Tenía también, aunque esto no era de conocimiento público, una historia sentimental complicada. Camila Shan, con quien había mantenido una relación en los primeros años de la década de los 70, se había casado con Andrew Parker Bows en 1973, en parte porque Carlos no se había decidido a proponerle matrimonio.
Las razones que se aducían entonces tenían que ver con las exigencias no escritas de la institución. La futura reina Consorte debía presentar una imagen intachable, sin historias previas que la prensa pudiera explotar. Carlos dudó. Camila esperó y cuando él seguía dudando, ella tomó su propio camino, pero ninguno de los dos había dejado de estar en la vida del otro.
En julio de 1980, Carlos y Diana coincidieron en una reunión en Sásex, en casa de un amigo común. Fue entonces cuando comenzó el cortejo oficial. Diana fue invitada a pasar tiempo en Londres, en los círculos del príncipe y en septiembre de ese mismo año viajó a Balmoral, la residencia escocesa de la familia real, para someterse al escrutinio de la reina y del duque de Edimburgo.
Era, aunque nadie lo llamara así, una audición. Carlos había invitado a Diana a conocer a sus padres para que evaluaran si era adecuada como futura esposa. La visita fue bien. La reina la encontró encantadora. El duque de Edimburgo la aprobó. La prensa, que ya había empezado a seguir cada movimiento del heredero en busca de la futura reina, descurrió a Diana y comenzó a llamarla la tímida D, un apodo que captaba solo la mitad de quién era en realidad.
El problema era que mientras Carlos opaba la decisión, seguía en contacto estrecho con Camila. El matrimonio de ella con Andrew Parker Bows era, según se supo tiempo después, de naturaleza peculiar. Ambos habían mantenido relaciones fuera de él y el marido de Camila parecía aceptar la situación. Carlos había llevado a Diana de visita al campo con los Parker Bowls.
Los cuatro habían ido juntos a las carreras. Camila le decía a Diana con una familiaridad que debería haber resultado extraña, “No le presiones, no le des prisa.” Sabía demasiado de los movimientos privados del príncipe para ser simplemente una amiga más. Diana percibía algo, aunque no tenía aún las palabras exactas para nombrarlo, y lo que percibía no la detuvo, porque el príncipe Carlos era también en ese momento el hombre del que estaba enamorada.
El 6 de febrero de 1981, Carlos le propuso matrimonio en el castillo de Winsor. Diana aceptó de inmediato. Dos semanas después, ambos anunciaron el compromiso ante las cámaras de la BBC. Cuando el periodista les preguntó si estaban enamorados, Diana respondió que por supuesto. Carlos añadió, “Sea lo que sea lo que significa estar enamorado.
” La frase quedó flotando en el aire, incómoda, demasiado honesta para el momento, y nadie supo muy bien qué hacer con ella. Diana se mudó al palacio de Buckingham, donde le asignaron un apartamento, un lacayo y una doncella. Carlos viajó a Australia y Nueva Zelanda durante semanas, pues los compromisos ya estaban agendados.
Ella se quedó en los salones del palacio, rodeada de gente, pero esencialmente sola. Sus amigas ya no formaban parte de su mundo cotidiano. Los cortesanos la trataban con una deferencia que era otra forma de distancia. Nadie le enseñaba las normas no escritas que regían aquel universo y cuando las transgredía lo descubría por el gesto discreto de alguien que prefería no tener que decírselo directamente.
Fue en ese periodo cuando empezaron a manifestarse los primeros síntomas de bulimia. La enfermedad no surgió de la nada. Había estado latente, vinculada a momentos de estrés agudo. Un comentario de Carlos sobre su figura había precipitado algo que ya existía en potencia. En pocos meses su complexión cambió visiblemente y fue en ese periodo también cuando Diana encontró la pulsera destinada a Camila.
Sus hermanas la convencieron de que siguiera adelante. El argumento era sencillo y brutal al mismo tiempo. Tu cara ya está en los platos de toda Inglaterra. No puedes echarte atrás. Diana escuchó. Guardó lo que sentía en algún lugar al que no tenía muy claro cómo acceder y siguió. El 29 de julio de 1981, ante 750 millones de espectadores en todo el mundo y medio millón de personas en las calles de Londres, Diana Frances Spencer se convirtió en la princesa de Gales.
Llevaba un vestido de marfil con 10,000 perlas bordadas y una cola de 25 m, la más larga vista jamás en una boda real. Al bajar del carruaje, luchó unos segundos con la tela, preocupada por si conseguiría salir con elegancia. Caminó hacia el altar con su padre. que había sufrido un infarto y cuyo estado de salud la angustiaba más que cualquier otra cosa en ese momento.
Al pronunciar los votos, cometió un pequeño error en el orden de los nombres del príncipe. Luego, en la sacristía, inclinándose hacia su maquilladora mientras ajustaban el velo, susurró, “Creo que he cometido un error.” Y luego preguntó con una mezcla de horror y humor que era muy suya. “¿Crees que alguien lo ha oído?” Unos 88 millones de personas lo habían oído, pero el mundo que miraba aquella boda como un cuento de hadas no estaba prestando atención a los susurros.
Estaba mirando el vestido, la sonrisa, los fuegos artificiales sobre el palacio de Buckingham. Y Diana aprendió ese día una de las lecciones más importantes de su nueva vida. Lo que el mundo quería ver y lo que estaba ocurriendo en realidad eran dos historias completamente distintas. Elate real Britania llevaba tres días navegando por el Mediterráneo cuando Carlos encontró en su muñeca los gemelos que Camila le había regalado.
Diana los vio, le preguntó por ellos. Carlos respondió que Camila era una amiga muy cercana y que no veía ningún motivo para no llevarlos. La discusión que siguió fue la primera de muchas y ocurrió durante una luna de miel que se suponía debía ser el inicio de un cuento de hadas. Que ese momento ocurriera en un yate rodeado de marineros, edecanes y cenas de gala con protocolo estricto, decía mucho sobre la naturaleza del matrimonio que Diana acababa de contraer.
No había intimidad real, no había espacio para ser simplemente dos personas que se están conociendo. Había obligaciones, audiencias, fotógrafos esperando en cada puerto y entre ellos dos una distancia que Carlos colmaba con sus libros de filosofía y Diana con llamadas a casa y largos silencios. Carlos era casi 13 años mayor que su esposa.
Sus intereses, sus amigos, su manera de entender el tiempo libre eran los de un hombre formado en otro mundo. Mientras él leía, pintaba y salía a cazar con sus amigos en las tierras de Valmoral, Diana se quedaba en la casa sin saber muy bien qué hacer con las horas, en un entorno que era al mismo tiempo espectacular y opresivo. En la mesa, rodeada de personas que le doblaban la edad y que hablaban de asuntos que no eran los suyos.
Diana miraba el plato. La reina, que la observaba, le dijo a un invitado, “No sé qué podemos hacer con ella. Solo se anima cuando Carlos le habla.” Nadie le había explicado que lo que sentía tenía un nombre o que era comprensible o que otras personas en situaciones parecidas habían pasado por lo mismo. Nadie le ofreció apoyo psicológico.
El sistema real no funcionaba así. Tres meses después de la boda, Diana hizo sus primeras apariciones públicas como princesa de Gales. El recorrido por Gales fue una revelación para todos, aunque de maneras diferentes. Para el público galés, Diana era la princesa que bajaba hasta los niños detrás de las vallas, que se arrodillaba en el suelo sin importarle el coste del traje, que miraba a los ojos a las personas mayores con una atención que no parecía fingida.
Para Carlos fue el momento en que comprendió que algo había cambiado sin que nadie lo hubiera planificado. Las multitudes que llenaba las calles pedían a Diana, no al príncipe. Le lanzaban flores y le pedían que se las llevara a su mujer. Él bromeó ante los periodistas diciendo que debería haber traído dos esposas para cubrir los dos lados de la calle.
La broma tenía un filo que nadie quiso reconocer en ese momento. Diana absorbió ese amor popular con una intensidad que revelaba cuánto lo necesitaba. Había crecido buscando que la miraran, que la vieran y de pronto la veía un país entero. Pero por las noches regresaba a Kensington Palace, donde la espera continuaba.
Carlos tenía sus propios compromisos, sus propios amigos, su propia vida, que no se había interrumpido del todo al casarse. Diana cenaba sola en una bandeja delante del televisor, en uno de los palacios más famosos del mundo. La bulimia, que había comenzado durante el noviazgo, se agravó en los primeros meses de matrimonio.
Era una respuesta al estrés, al control que sentía que había perdido sobre su propio cuerpo y su propia vida. A la distancia entre lo que se esperaba de ella y lo que en realidad estaba viviendo, adelgazó de forma notable. La prensa especulaba sobre si estaría embarazada, si estaría enferma, si seguiría alguna dieta extrema.
Nadie dentro del círculo real hablaba del tema abiertamente. El 5 de noviembre de 1981, la familia real anunció que Diana estaba embarazada. La noticia generó una alegría genuina y alivió temporalmente la presión pública sobre la pareja. Pero dos meses después, estando de 12 semanas, Diana cayó por las escaleras en Sandringham.
Salió Ilesa físicamente. Años más tarde se supo que la caída no había sido accidental. Era una señal de hasta dónde había llegado su desesperación en esos primeros meses de matrimonio. Una realidad que el sistema que la rodeaba no estaba equipado para ver ni para atender. El 21 de junio de 1982 nació el príncipe Guillermo en el hospital de St.
Mary en Londres. La llegada del bebé trajo un periodo de calma relativa, quizás el más genuinamente feliz de su matrimonio. Las fotografías de esa época muestran a Carlos y Diana con una cercanía que parecía real, porque en buena medida lo era. El niño les había dado un terreno común, un proyecto compartido. Diana, que siempre había tenido instinto natural para cuidar a los más vulnerables, encontró en la maternidad algo que el protocolo real no podía quitarle, un dominio propio.
Sin embargo, los meses siguientes trajo la depresión postparto que Diana sufrió con una intensidad que quienes estaban a su alrededor no siempre supieron identificar como tal. El 14 de septiembre de 1982 murió en un accidente de tráfico la princesa Gracia de Mónaco, la antigua actriz Grace Kelly, que había sido una de las primeras personas en consolarla durante los duros meses del compromiso.
Diana insistió en acudir al funeral, a pesar de que, según se dijo después, Carlos consideraba innecesario que fuera. fue sola de negro y las cámaras la captaron con una presencia que algunos interpretaron como protagonismo. Era en realidad el duelo de alguien que había perdido a una de las pocas personas que había hecho el esfuerzo de comprenderla.
En marzo de 1983, Carlos y Diana emprendieron su primer viaje oficial conjunto, Australia y Nueva Zelanda. Fue la primera vez que un matrimonio real rompía el protocolo de dejar a los hijos en casa durante las giras de estado. Diana insistió en que Guillermo los acompañara. El bebé se quedó en una granja del interior de Australia con su niñera mientras los príncipes visitaban ciudades y estrechaban manos.
Pero el gesto de haberlo traído fue leído como una señal. Esta princesa no iba a seguir la regla simplemente porque siempre habían sido así. Australia sacudió algo en la percepción global de Diana. Las multitudes que salían a recibirla eran de una magnitud que nadie había anticipado. Se calculó que durante la gira estrechó la mano de unas 6,000 personas.
El país que mantenía una relación históricamente ambivalente con la monarquía británica, fue conquistado no por Carlos, sino por su esposa. Y esa conquista se hizo sin discursos preparados, sin distancia protocolar, simplemente acercándose, mirando, tocando. Carlos regresó a Londres con la incómoda certeza de que el mundo no veía ya la pareja que él imaginaba que eran.
El 15 de septiembre de 1984 nació el príncipe Enrique. Diana había temido decepcionar a Carlos, que quería una niña y había guardado en secreto el sexo del bebé hasta el momento del parto. Con el nacimiento de Enrique, Diana había cumplido lo que el sistema esperaba de ella. Había dado un heredero y un segundo hijo.
Pero lo que había comenzado como un cuento de hadas era ya otra cosa completamente distinta. El cuento terminó. si es que alguna vez comenzó de verdad en los pasillos de Kensington Palace, en las cenas en bandeja frente al televisor, en los gemelos que su marido llevaba con las iniciales de otra mujer. Diana tardaría años en encontrar las palabras para contarlo, pero el relato ya estaba siendo escrito lenta e irremediablemente por los hechos.
En algún momento de la gira australiana de 1983, el príncipe Carlos recogió del suelo un ramo de flores que alguien había lanzado hacia su esposa. Alguien en la multitud le pidió, con una amabilidad que no hacía menos incómodo el momento, que tuviera a bien entregárselas a Diana. Carlos lo hizo.
Luego dijo ante los periodistas con el tono de quien intenta convertir en broma algo que no le resulta divertido, que había llegado a la conclusión de que lo más útil sería haber traído dos esposas para cubrir los dos lados de la calle y que él se habría limitado a dirigir la operación desde el centro.
Era una imagen exacta, aunque involuntaria, de lo que estaba ocurriendo. Carlos había sido durante toda su vida adulta el centro de la atención pública. Era el heredero, el príncipe más famoso del mundo, el hombre cuya vida entera había estado organizada en torno a una preparación para el trono que se hacía esperar.
Y de pronto había a su lado alguien que, sin proponérselo, sin experiencia previa, sin formación específica para ello, atraía hacia sí la mirada de cientos de miles de personas con una naturalidad que él no podía imitar. Para entender cómo llegó Diana a ese punto, hay que comprender lo que había cambiado en ella en los dos años transcurridos desde la boda.
No era que hubiera aprendido a actuar, aunque hubiera aprendido también eso. Era que había encontrado algo genuino en el contacto con el público, algo que le devolvía exactamente lo que el matrimonio y la institución no le estaban dando. La sensación de ser vista y de importar. La vida cotidiana en Kensington Palace tenía una estructura que Diana describió en conversaciones privadas como claustrofóbica.
Carlos partía hacia sus compromisos, sus fincas, sus amigos. Diana permanecía en el palacio con los niños, con el personal doméstico, con una agenda que iba tomando forma, pero que al principio no tenía la densidad suficiente para llenar los días. Cenaba sola con frecuencia. Llamaba a amigas que pertenecían a un mundo al que ya no podía regresar sin escolta ni sin que alguien tomara nota de cada movimiento.
Fue en ese contexto de soledad estructural donde Diana empezó a construir con una intuición que sus colaboradores más cercanos admirarían durante años su propia manera de ser princesa. No siguió el modelo de discreción protocolaria que la institución esperaba de ella. Se inclinaba hacia los niños, se arrodillaba junto a los enfermos, cogía de la mano a personas que nadie tocaba.
Cuando en abril de 1987 inauguró la primera sala hospitalaria del Reino Unido dedicada al tratamiento del sida, lo hizo estrechando la mano de 12 pacientes sin guantes. En un momento en que la enfermedad cargaba con un estigma brutal asociada en la mente de muchos con la marginalidad y con comportamientos que la mayoría condenaba, ese gesto fue una declaración de principios en forma de acto físico.
El sida había comenzado a extenderse en África desde la década de los 30 del siglo XX. Pero fue en los años 70 y 80 cuando llegó a Europa y América del Norte con una fuerza que generó un pánico social extraordinario. Se creía equivocadamente que podía transmitirse por contacto casual. Los enfermos eran apartados, evitados, en ocasiones abandonados por sus propias familias.
Que un miembro de la familia real les estrechara la mano sin protección. Que los mirara a los ojos, que se sentara junto a ellos. Fue un acto que circuló por todo el mundo en una sola fotografía. El impacto no se debió a que fuera un discurso elaborado ni a que contuviera datos científicos. Se debió a que era un cuerpo acercándose a otro cuerpo en un momento en que el miedo separaba a las personas.
Pero el crecimiento de Diana como figura pública no ocurrió en el vacío. Ocurrió en paralelo al deterioro silencioso de su matrimonio y los dos procesos se alimentaban mutuamente de maneras que no siempre eran evidentes. Carlos había retomado su relación con Camila Parker Bows en torno a 1985 y 86. Quienes estaban en su círculo más próximo reconocerían años después que lo hicieron amigos que estaban genuinamente preocupados.
por el estado emocional del príncipe que se encontraba en un punto de profundo desánimo. Carlos siempre había encontrado en Camila una interlocutora que lo comprendía de una manera que nadie más parecía capaz de ofrecerle. Cuando esa conexión se restableció, Diana lo percibió con la misma claridad con que había percibido el significado de la pulsera con las iniciales grabadas.
La respuesta de Diana no fue solo el dolor, también fue la búsqueda. En esos mismos años, Diana inició una relación con el mayor James Hewit, instructor de equitación, que había empezado a darle clases después de que ella expresara el deseo de superar el miedo a los caballos que le quedaba de una caída en la infancia.
La relación duró desde 1986 hasta 1991. Hewit la confirmaría públicamente años después. Diana también lo reconoció en una entrevista televisiva. El asunto es relevante, no para condenar ni para justificar, sino para trazar con precisión el mapa real de ese matrimonio. Ambos buscaban fuera lo que no encontraban dentro y los dos lo hacían con pleno conocimiento de que el otro hacía lo mismo.
En ese contexto, la dedicación de Diana a sus hijos adquiere un significado específico. Guillermo y Enrique eran el territorio donde ella mandaba. Eligió ella misma su ropa, organizó personalmente su cuidado, los llevó al colegio que ella escogió. Cuando Enrique celebraba el día del deporte escolar, Diana corría en la carrera de padres de escalza con falda, sin importarle el protocolo ni la cámara.
Llevaba a los niños al McDonald’s, al cine, a los grandes almacenes, al metro. quería que conocieran una realidad que los palacios no podían enseñarles. Y en las noches frías de invierno, sin avisar a la prensa, sin escolta visible, sacaba a sus hijos a las calles de Londres para hablar con las personas sin hogar.
No era una visita organizada ni una foto preparada. Era una madre que quería que sus hijos supieran, antes de que el peso de su posición les impidiera verlo, que el mundo era más grande y más difícil de lo que el palacio de Buckingham permitía imaginar. que había personas que dormían en el suelo a pocos kilómetros de donde ellos vivían y que esas personas existían y merecían ser miradas.
Guillermo recordaría esas salidas nocturnas de adulto. Hablaría de ellas cuando tuviera su propio vocabulario para nombrar lo que su madre intentaba hacer. Pero en aquellos años 80, mientras Dian organizaba esas expediciones improvisadas y construía en silencio una forma de criar a sus hijos que rompía con siglos de tradición real, nadie en la institución prestaba demasiada atención a lo que aquello significaba.
Lo que sí captaba la institución y con creciente inquietud era la magnitud del fenómeno público que Diana se había convertido. En noviembre de 1985, durante una cena de gala en la Casa Blanca en Washington, Nancy Rigan organizó que Diana bailara con el actor John Travolta, cuya película, Fiebre del sábado noche había marcado una época.
La pista se vació cuando la pareja comenzó a bailar. Quienes estaban presentes lo recordarían durante décadas. Diana había ido a Washington como parte de una visita oficial destinada a promover el arte y el patrimonio británico. Lo que la prensa recordó al día siguiente era otra cosa completamente distinta.
Esa capacidad de concentrar la atención de una sala entera, de un país, de un continente, era algo que Diana poseía sin haberla buscado deliberadamente al principio. Pero con el tiempo aprendió a usarla. Aprendió que su presencia podía generar fondos para organizaciones que sin ella no habrían llegado a ninguna parte, que podía cambiar la percepción de una enfermedad con un solo gesto, que podía dirigir la mirada del mundo hacia lugares que de otro modo nadie querría mirar.
La niña que gritaba, “¡Miradme!” Desde lo alto del tobogán había encontrado al fin algo digno de que la miraran. Y el mundo, que llevaba años mirándola, comenzaba a comprender que no estaba mirando simplemente a una princesa. La sala era pequeña y bien iluminada. Diana llevaba puesta una bata de hospital sobre la ropa porque así lo exigía el protocolo sanitario del lugar.
A su lado, un hombre de 32 años miraba hacia otro lado cuando el fotógrafo levantó la cámara. No quería que su rostro apareciera en la imagen. Era uno de los 12 pacientes con sida a los que Diana estrechó la mano ese día de abril de 1987 en el Middlesex Hospital de Londres, donde acababa de inaugurarse la primera sala dedicada en el Reino Unido al tratamiento de esa enfermedad.
Sin guantes. Ese fue el detalle que recorrió el mundo en cuestión de horas. No era un protocolo médico revolucionario ni una declaración política en sentido estricto. Era simplemente una mano estrechando otra mano. Pero en el contexto de ese momento, cuando el miedo al contagio llevaba a muchas personas a evitar cualquier contacto físico con los enfermos, cuando los pacientes de sida eran tratados con frecuencia como parias, incluso dentro de sus propias familias, ese gesto equivalía a una toma de posición pública tan elocuente como
cualquier discurso. Lo que hace interesante ese momento no es solo lo que Diana hizo, sino lo que revela sobre quién era. Porque al mismo tiempo que protagonizaba ese acto de compasión genuina ante las cámaras del mundo entero, su vida privada atravesaba uno de sus periodos más turbulentos y contradictorios.
Y esa contradicción, lejos de restar valor a su trabajo público, ayuda a comprender a una persona que era mucho más compleja de lo que cualquiera de sus versiones simplificadas, la víctima o la manipuladora, permite ver. Para mediados de la década de los 80, el matrimonio entre Carlos y Diana era en la práctica una convivencia paralela.
Él pasaba gran parte del tiempo en Highgrove, la finca familiar en Glostershire o en Valmoral, acompañado de sus amigos de siempre, muchos de ellos mayores que él, con intereses que Diana no compartía. Ella permanecía en Kensington Palace con los niños y una agenda de compromisos que se iba densificando, pero que no llenaba el vacío fundamental de una relación que no funcionaba.
Los amigos más cercanos de Carlos confirmaron tiempo después, que fue en torno a 1985 y 86 cuando él retomó el contacto íntimo con Camila Parker Bows. No fue una decisión tomada a la ligera ni un episodio de infidelidad frívola. Fue el resultado de años de distancia conyugal y de la persistencia de un vínculo que ni el matrimonio de Camila ni el de Carlos habían logrado interrumpir verdaderamente.
Carlos encontraba en Camila una comprensión que el protocolo de su vida pública y la atención de su vida privada le negaban en otros lugares. Diana lo supo no porque alguien se lo dijera explícitamente, sino porque lo percibió en los detalles, en las ausencias, en las llamadas telefónicas que Carlos hacía desde el estudio con la puerta cerrada.
En febrero de 1989, durante una fiesta de cumpleaños, Diana confrontó a Camila en privado. Le dijo que sabía lo que estaba ocurriendo y que quería a su marido de vuelta. Camila lo negó. La conversación terminó sin resolución y las cosas continuaron exactamente igual. Fue en ese contexto el de una mujer que se sentía sola dentro de un matrimonio que se había convertido en una fachada, donde comenzó la relación de Diana con James Hwit.
Hiwit era oficial de caballería, instructor de equitación y había empezado a darle clases a Diana después de que ella expresara el deseo de superar el miedo a los caballos que le quedaba de una caída en la infancia. La relación se inició en 1986 y se prolongó hasta 1991. Hiwit era atractivo, atento, pertenecía a un mundo diferente al de los cortesanos y asesores que rodeaban a Diana y ofrecía algo que el palacio no podía dar.
Presencia física real, compañía sin agenda institucional. Diana pasaba fines de semana en la casa de la madre de Hiwit en Debon. Llegaba el viernes por la tarde con sus escoltas. Entraba en la casa como si fuera la más natural de las visitas. Ayudaba a fregar los platos después de la cena. Se sentaba junto a la chimenea. Eran dentro de sus propios límites momentos de normalidad que Diana perseguía con una determinación que decía mucho sobre lo que echaba de menos.
La relación fue un secreto bien guardado durante años. Hiwit la confirmaría públicamente tiempo después. Diana también, en términos explícitos, en una entrevista televisiva que sacudiría al país entero. Lo que persiste los testimonios de quienes los conocieron a ambos es que no fue una aventura superficial.
Hiwit hablaría de amor con una convicción que el tiempo no borró del todo y Viana utilizaría más tarde el lenguaje del desamor profundo para describir cómo vivió el final de esa historia. Es importante detenerse aquí porque la narrativa más extendida sobre el matrimonio de Carlos y Diana tiende a construirse en términos morales que no hacen justicia la complejidad de lo que ocurrió.
Diana diría años después, en palabras que se repitieron hasta convertirse en símbolo, que en su matrimonio había tres personas y que por eso resultaba un poco concurrido. Era una frase certera y al mismo tiempo incompleta, porque la misma aritmética se aplicaba en sentido contrario. Ambos fueron infieles.
Ambos buscaron fuera del matrimonio lo que no encontraban dentro y ambos lo hicieron dentro de una institución que no tenía herramientas para gestionar el colapso de una unión que nunca debería haberse precipitado de aquella manera. Eso no significa que las circunstancias fueran equivalentes para los dos. Diana llegó al matrimonio siendo una adolescente, sin experiencia, sin conocimiento real de la persona con quien se casaba, en un entorno que no le ofreció apoyo ni orientación.
Carlos llegó con una historia emocional ya formada, con una red de amigos y confidentes, con una posición que le otorgaba autonomía real, aunque también la carga de responsabilidades que nadie había elegido. Los dos fueron víctimas de una decisión apresurada y de un sistema que priorizó la imagen sobre el bienestar de las personas que lo habitaban.
Los dos pagaron un precio muy alto por ello. Mientras tanto, la vida pública de Diana seguía expandiéndose en direcciones que nadie había planificado. En 1985 había bailado con John Travolta en la Casa Blanca. En 1986 visitó la Expo de Vancouver, donde se desmayó durante un acto oficial, lo que generó titulares sobre su salud y su agenda.
Viajó a Tokio al oriente próximo a Italia, donde se reunió con el presidente de la República y con el Papa Juan Pablo II. Cada viaje añadía una capa nueva a la imagen pública de una mujer que el mundo veía cada vez más como algo distinto a una simple consorte real. En sus compromisos de caridad, Diana había asumido el patronazgo de decenas de organizaciones, muchas de ellas dedicadas a enfermedades que cargaban con un estigma social.
Además del trabajo con enfermos de sida, se involucró con organizaciones de apoyo a personas con lepra, con centros de investigación sobre el cáncer infantil con la Cruz Roja. En todos esos contextos repetía el mismo patrón. Llegaba, se sentaba junto a las personas, las tocaba, las escuchaba. No leía discursos desde una distancia prudente.

Bajaba al nivel de quien tenía delante. El contraste entre esa presencia pública y la soledad de su vida privada era tan pronunciado que sus colaboradores más cercanos lo percibían con claridad. Diana terminaba jornadas extenuantes de actos oficiales y las que había dado lo mejor de sí misma durante horas y regresaba a un palacio donde cenaba sola.
Llamaba amigas a los pocos confidentes que había logrado mantener fuera del círculo institucional. Se construyó una red de apoyo extraoficial formada por personas que no pertenecían al mundo real, desde astrólogos hasta acupuntores, desde terapeutas hasta adivinas que le ofrecían algo que el sistema no sabía darle.
Atención, escucha, la sensación de que alguien se preocupaba por lo que sentía. Era, en definitiva, una mujer que había aprendido a dar a los demás exactamente lo que ella misma necesitaba y no recibía. Y esa paradoja, más que cualquier escándalo o revelación posterior, es quizás la clave más honesta para entender quién fue Diana en esos años centrales de su vida pública.
Una tarde de 1991, Diana estaba sola en una habitación de Kensington Palace. Tenía delante una grabadora y una lista de preguntas escritas a mano. Apretó el botón de grabación y empezó a hablar. Nadie más estaba presente. Las preguntas habían llegado a través de un intermediario. James Colthst, amigo de confianza de Diana, que actuaba como enlace con el periodista Andrew Morton.
El sistema era deliberadamente indirecto. Morton enviaba las preguntas. Colherst llevaba a Diana. Diana respondía en privado. Colherst recogía las cintas y las llevaba de vuelta al periodista. Diana nunca tendría que reunirse con Morton y en caso de que el asunto saliera a la luz, podría negar cualquier implicación directa.
Tenía negación total y plausible, como lo llamaría Morton años después. Lo que Diana grabó en esas sesiones era devastador. Habló de la bulimia, de los intentos de hacerse daño, de la soledad dentro del matrimonio, de los años en que había intentado pedir ayuda sin encontrar respuesta, de la relación de Carlos con Camila, de la frialdad de la institución hacia ella.
Era su versión de los hechos, contada con una franqueza que ningún miembro de la familia real había mostrado jamás públicamente y era consciente de lo que hacía. Estaba poniendo una bomba de relojería en la base del edificio más protegido de Gran Bretaña. Hay que entender el contexto para comprender por qué Diana tomó esa decisión.
A finales de la década de los 80 y principios de los 90, la prensa ya había recogido suficientes indicios de que el matrimonio real no era lo que parecía. Los periódicos habían publicado especulaciones, insinuaciones, fotografías de la pareja en las que la distancia entre los dos era elocuente. Los amigos de Carlos, por su parte, habían comenzado a hablar con periodistas afines, describiendo a Diana en términos que sugerían inestabilidad emocional y comportamiento errático.
Se sembraba la idea de que el problema del matrimonio era ella, no él. Diana percibió esa campaña y decidió no quedarse callada. El libro de Andrew Morton, que se publicaría en junio de 1992 con el título Diana, su verdadera historia era su respuesta. Una respuesta calculada, construida con cuidado durante meses, pero que también reflejaba algo genuino, el agotamiento de una mujer que llevaba una década viviendo una mentira pública y que quería que el mundo conociera su versión de los hechos.
El libro fue una explosión. documentaba la vida privada de la princesa con un nivel de detalle que nadie había visto antes sobre un miembro de la familia real en activo. Describía los episodios de Bulimia, las tentativas de autolesión, la infidelidad de Carlos, la indiferencia de la institución. El entorno del príncipe respondió calificando la obra de fantasiosa y mal informada.
Pero la reacción del público fue otra. Las encuestas mostraban que la simpatía hacia Diana no solo se mantenía, sino que crecía. Diana, como había acordado con Morton, negó públicamente cualquier participación en el libro, pero pocos días después de su publicación fue fotografiada saliendo del domicilio de Caroline Bartolomeu, una de las amigas a las que Morton había entrevistado y cuyo nombre aparecía en los agradecimientos.
Diana salió, miró directamente al fotógrafo que esperaba, besó a su amiga en las mejillas y caminó lentamente hacia el coche. Era un mensaje sin palabras, perfectamente ejecutado. Yo respaldo lo que está escrito en ese libro. Ese verano de 1992 trajo una segunda bomba. Una grabación privada de una conversación telefónica entre Diana y un amigo de la infancia llamado James Gilby fue filtrada a la prensa.
En ella, Diana describía su matrimonio como una tortura y expresaba el temor de que un encuentro reciente pudiera haber sido descubierto mientras Gilby usaba reiteradamente un apodo afectuoso. La publicación de esa grabación generó un escándalo que algunos atribuyeron, sin pruebas concretas, a una operación deliberada para erosionar la imagen de Diana.
Justo cuando su popularidad alcanzaba su punto más alto. Fuera cual fuera su origen, el efecto fue limitado. Diana salió relativamente indemne en términos de opinión pública. En agosto de ese mismo año, tras meses de negociaciones y de intentos fallidos de mediación impulsados por la propia reina, el primer ministro conservador, John Mayor, anunció en el Parlamento que el príncipe y la princesa de Gales habían decidido separarse.
El comunicado oficial subrayaba que no había planes de divorcio, que sus posiciones constitucionales no se veían afectadas y que la custodia de los hijos se repartiría de forma equitativa. La separación fue presentada como una decisión amistosa. Nadie mencionó terceras personas. Lo que siguió fue una guerra de posiciones librada a través de los periódicos, de los amigos, de los asesores, de los periodistas que tenían acceso a uno u otro campo.
El entorno de Carlos describía a Diana como inestable, manipuladora, incapaz de adaptarse a las exigencias de la institución. El entorno de Diana respondía documentando la infidelidad del príncipe y su falta de apoyo emocional hacia su esposa. Los lectores y los telespectadores asistían a ese espectáculo con una mezcla de fascinación y perplejidad, porque nunca antes habían tenido acceso a semejante nivel de detalle sobre la vida privada de la familia real.
En enero de 1993 llegó el tercer gran escándalo sonoro, una conversación íntima entre Carlos y Camila grabada 4 años antes, fue publicada por medios australianos y luego reproducida en toda la prensa británica. El contenido era explícito y ridiculizaba al heredero al trono ante millones de lectores. La respuesta pública fue de una dureza considerable hacia Carlos y de una cierta satisfacción difícil de ocultar por parte de Diana.
que comentó a su escolta de seguridad que aquello era juego, set y partido. Era una victoria en el terreno de la opinión pública, pero las victorias en esa guerra tenían un coste que Diana no siempre calculaba con exactitud. Cada revelación, cada filtración, cada aparición cuidadosamente orquestada añadía leña a un fuego que consumía también su propia imagen.
Los que la apoyaban veían a una mujer que se defendía como podía dentro de un sistema que no la protegía. Los que la criticaban veían a alguien que utilizaba los medios con una habilidad que no encajaba con la imagen de víctima inocente. Ambas lecturas contenían algo de verdad. Diana había aprendido a manejar la prensa con una destreza.
que sus asesores reconocían y que a veces los dejaba sin margen de maniobra. Pero también era cierto que el sistema que la rodeaba llevaba años utilizando esa misma prensa contra ella y que lo había hecho antes y con más recursos. Lo que Diana hizo fue aprender el idioma del adversario. Lo habló con acento propio, con errores de pronunciación ocasionales, con momentos en que la emoción le ganaba la batalla a la estrategia, pero lo habló.
En noviembre de 1992, la pareja realizó lo que sería su último viaje oficial conjunto, una gira de 4 días por Corea del Sur. Las fotografías que se tomaron durante el viaje dieron la vuelta al mundo con un subtítulo que nadie necesitó escribir. Dos personas que no se miraban, que caminaban en paralelo sin tocarse, que sonreían hacia las cámaras con la atención visible de quien lleva demasiado tiempo sosteniendo algo demasiado pesado.
Los periódicos los llamaron los grises, retomando un apodo que había circulado brevemente en los años anteriores. era en todos los sentidos el final de una representación que había comenzado con fuegos artificiales y terminaba con silencio. El coche se detuvo frente a la galería Serpentin de Londres a las 10:30 de la noche del 29 de junio de 1994.
La puerta se abrió y Diana descendió. Llevaba un vestido negro, corto, ceñido, con escote asimétrico y pedrería en el dobladillo. No era un vestido de princesa en ningún sentido convencional del término. Era el vestido de una mujer que había tomado una decisión y que quería que todo el mundo lo supiera. Esa misma noche, en otro canal de televisión, 14 millones de espectadores estaban viendo una entrevista de casi 2 horas y media en la que el príncipe Carlos admitía ante las cámaras haber cometido adulterio.
Lo confirmaba él mismo con su propia voz, añadiendo que la infidelidad se había producido solo después de que el matrimonio fuera irreparable. Mencionaba a Camila Parker Bows como su gran amiga, sin pronunciar las palabras que todos estaban escuchando entre líneas. Diana había grabado la noche en vídeo. Volvió a casa después de la fiesta, lo reprodujo y tomó nota.
El vestido que había elegido esa noche pasaría la historia con un nombre que nadie le puso oficialmente, pero que todos adoptaron de inmediato. El vestido de la venganza era una etiqueta que simplificaba algo más complejo, pero que capturaba con precisión el momento en que Diana dejó de reaccionar y empezó a actuar. Para entender esa noche, hay que situarla dentro de un proceso que llevaba meses desarrollándose.
Desde la separación oficial anunciada en diciembre de 1992, Diana había navegado una situación jurídicamente ambigua. Seguía siendo princesa de Gales, seguía teniendo obligaciones protocolarias, seguía viviendo en Kensington Palace, pero ya no formaba parte del núcleo operativo de la familia real. El círculo de Carlos la trataba como un problema que no había terminado de resolverse.
El círculo de la reina observaba con una combinación de preocupación y distancia. Diana respondió a ese limbo con una estrategia que sus colaboradores más cercanos reconocerían como genuinamente suya, no diseñada por asesores, sino surgida de su propia comprensión de cómo funcionaba el mundo que la rodeaba. Se concentró en los compromisos de caridad que le importaban.
Viajó de forma independiente, mantuvo su presencia en los medios y buscó el apoyo de personas fuera de la institución real que podían darle legitimidad sin pedirle nada a cambio. En enero de 1995, Diana viajó a Japón para una visita oficial al emperador Aquijito. Fue al Bienal de Venecia. Viajó a Moscú, donde recibió el premio internacional Leonardo en reconocimiento a su labor humanitaria.
Cada viaje añadía una línea a un currículum que ya no dependía de su título de princesa, sino de lo que ella misma había construido durante más de una década de trabajo público, pero era consciente de que el tiempo jugaba en su contra. A medida que avanzaban las negociaciones sobre el divorcio, su posición jurídica se debilitaba.
Si el divorcio se formalizaba antes de que ella hubiera dejado clara su versión de los hechos ante la opinión pública, el relato que prevalecería sería el que el entorno de Carlos llevaba años construyendo, el de una mujer inestable que había hecho imposible la convivencia. Diana necesitaba hablar y necesitaba hacerlo pronto.
La oportunidad llegó en noviembre de 1995 cuando el periodista Martin Bashir solicitó una entrevista para el programa Panorama de la BBC. La negociación fue reservada y, según se revelaría años después, envuelta en procedimientos poco transparentes por parte del periodista, que habría utilizado documentos falsos para ganarse la confianza del entorno de Diana.
Sin embargo, Diana cooperó plenamente una vez que la entrevista se puso en marcha, respondiendo con una franqueza que dejó al equipo de producción sin palabras. 23 millones de espectadores vieron la entrevista cuando se emitió el 20 de noviembre de ese año. Diana apareció ante las cámaras con una compostura estudiada. El maquillaje oscuro alrededor de los ojos que acentuaba su mirada y una serenidad en la voz que contrastaba con el contenido de lo que decía.
habló de la bulimia, de la depresión, de las automaciones. Habló del adulterio de Carlos con Camila, habló del suyo propio con Hiwit, sin eludir la pregunta, dijo que había estado enamorada de él y que él la había decepcionado profundamente. Y luego, en un momento que paralizó el país entero, se refirió al futuro del príncipe Carlos y así lo consideraba adecuado para ser rey, señalando que conocía bien el carácter de su exmarido y que el papel de monarca podría resultarle enormemente limitador.
Esa última afirmación fue la que cruzó una línea. Cuestionar la idoneidad del heredero al trono era algo que ningún miembro de la familia real había hecho jamás de manera pública. El entorno de Carlos reaccionó con indignación. Algunos comentaristas políticos hablaron de deslealtad institucional. Otros, especialmente entre el público general y buena parte de la prensa, vieron a una mujer que finalmente se había negado a seguir callando.
La reina actuó con rapidez. En diciembre de 1995 escribió cartas tanto a Carlos como a Diana, instándoles a finalizar el divorcio y poner fin a una situación que seguía generando daño a la institución. Era una instrucción, no una solicitud, aunque estuviera formulada con la cortesía característica de la monarca.
Carlos aceptó sin objeción. Diana se sintió presionada e interpretó la carta como una orden de abandonar el campo de batalla precisamente cuando creía haber ganado terreno. Aceptó el divorcio, pero no sin negociar. Las condiciones se cerraron el 28 de agosto de 1996. Diana recibió una suma de 17 millones de libras, una asignación anual de 400,000 libras y la custodia compartida de los hijos.
Conservó el título de princesa de Gales, pero perdió el de su alteza real. Ese detalle, que desde fuera podría parecer menor, tuvo consecuencias prácticas inmediatas. Significaba que quienes se encontraran con Diana ya no estaban obligados a hacerle una reverencia. Era una pequeña humillación simbólica que la institución administró con la precisión característica de quien sabe exactamente dónde duele.
Diana lloró cuando se conocieron las condiciones. Luego llamó a su peluquero y le pidió que le cortara el pelo, empezando de nuevo. Cuando apareció en público días después estaba diferente, no solo en el cabello, sino en algo más difícil de definir. Había algo en su postura, en la manera en que miraba a las cámaras, que sugería que la batalla había terminado y que lo que empezaba a continuación era otra cosa completamente distinta.
Había tardado 15 años en salir de un sistema que la había elegido, modelado, consumido y, finalmente, expulsado. Salía sin el título que le habían quitado, pero con algo que nadie podía quitarle. La certeza de que millones de personas en todo el mundo la habían escuchado, la habían creído y habían tomado partido por ella. No era poca cosa, era en muchos sentidos todo lo que tenía.
La tierra era rojiza y seca y estaba sembrada de muerte. Diana caminaba despacio con un casco de protección en la cabeza y un chaleco antibala sobre la ropa. A su lado, un técnico del Halo Trust señalaba hacia el suelo con un detector de metales. Era las Aforas de Luanda, capital de Angola, en enero de 1997.
El país llevaba más de dos décadas sumido en una guerra civil que había convertido su territorio en uno de los campos de minas más peligrosos del mundo. Las fotografías de ese momento dieron la vuelta al planeta en cuestión de horas. Diana, con equipo de protección caminando por un terreno que días antes había acostado la pierna a un niño. No era una visita de estado.
No había protocolo oficial, mi carruaje, mi escolta real. Era una mujer que había decidido ir a un lugar donde nadie quería que las cámaras miraran y que sabía perfectamente que las cámaras la seguirían precisamente porque era ella quien iba. Esa paradoja, usar la atención del mundo para dirigirla hacia donde el mundo preferiría no mirar, era el principio que había guiado el trabajo humanitario de Diana desde mediados de los años 80 y en los meses que siguieron al divorcio, sin el aparato institucional de la familia real y sin el título de su
alteza real, ese principio se convirtió en el eje central de su vida pública. El periodo entre el divorcio en agosto de 1996 y su muerte en agosto de 1997 fue uno de los más activos y significativos de toda su trayectoria. Diana había reducido drásticamente el número de organizaciones con las que colaboraba, pasando de más de 100 patronazgos a apenas seis, pero lo que perdió en extensión lo ganó en profundidad.
Las causas que eligió mantener eran aquellas en las que creía que su presencia podía marcar una diferencia real. Los enfermos de sida, los leprosos, los sin techo y ahora las víctimas de las minas antipersona. La campaña internacional para prohibir las minas antipersona era en ese momento un esfuerzo coordinado entre organizaciones humanitarias, gobiernos progresistas y activistas de todo el mundo.
El Halo Trust, organización especializada en la limpieza de explosivos, había invitado a Diana a visitar Angola para dar visibilidad a un problema que la comunidad internacional seguía tratando con tibiesza. La respuesta de Diana fue inmediata. Fue. Su visita no estuvo exenta de controversia. Un alto cargo del Ministerio de Defensa Británico, el Condeu, la describió públicamente como una intromisión en asuntos políticos, señalando que los miembros de la familia real tenían prohibido, por convención pronunciarse sobre cuestiones de política exterior.
Diana respondió ante los periodistas con una calma que no ocultaba del todo su indignación. señaló que su único objetivo era destacar un problema que estaba matando y mutilando a personas inocentes cada día y que no entendía por qué eso podía resultar políticamente incómodo para nadie. La imagen de Diana caminando por el campo de minas con el chaleco antibalas se convirtió en una de las más reproducidas de toda su vida pública.
Pero lo que ocurrió dentro de los hospitales que visitó durante ese viaje fue quizás más revelador. En una de las salas se detuvo junto a la cama de una niña pequeña cuyas heridas eran graves. Le hizo preguntas a través de un intérprete. Cuando Diana se alejó, la niña preguntó quién era esa mujer. El intérprete le explicó que era una princesa de Inglaterra, de muy lejos.
La niña, que moriría pocas horas después, respondió que parecía un ángel. Esa anécdota circuló ampliamente y fue interpretada de maneras distintas. Para quienes admiraban a Diana, era la prueba de que su presencia tenía un efecto real sobre las personas a las que visitaba, independientemente de cualquier consideración política o mediática.
Para sus críticos más escépticos, era una muestra más de la habilidad con que su entorno construía narrativas favorables. Lo más honesto es reconocer que ambas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo y que la tensión entre ellas era constitutiva de quién era Diana. Antes de Angola, Diana había intentado obtener un reconocimiento oficial para su labor humanitaria.
A finales de 1995 había mantenido una reunión con el entonces primer ministro John Mayor para explorar la posibilidad de ser nombrada embajadora oficial del Reino Unido, un papel que le habría permitido continuar su trabajo con respaldo institucional y recursos del Estado. Major había considerado la propuesta viable y había iniciado conversaciones al respecto, pero la familia real bloqueó la iniciativa.

El mensaje llegó a Diana por fax, no sería embajadora. La reacción de Diana ante esa negativa fue de una rabia que sus colaboradores más cercanos recordarían como una de las pocas veces en que la vieron perder verdaderamente la compostura. No era solo la frustración ante una puerta cerrada, era la confirmación de que la institución seguía considerándola un problema a gestionar, no un activo a aprovechar.
Que una mujer capaz de generar millones de libras para organizaciones humanitarias, de cambiar la percepción pública de enfermedades estigmatizadas, de llevar la atención del mundo a lugares olvidados, fuera rechazada como representante oficial del país que había moldeado su vida entera. Era una paradoja que Diana no estaba dispuesta a aceptar en silencio.
Su respuesta fue continuar exactamente igual, pero sin pedir permiso a nadie. En marzo de 1997 visitó un hospital de le Nepal. En mayo viajó a Pakistán para conocer el hospital oncológico fundado por Imran Kan, figura pública de enorme influencia en el país. Ese viaje tenía también una dimensión personal.
Diana esperaba encontrarse con la familia del médico Hasnat KH. El cirujano cardíaco con quien había mantenido una relación durante casi dos años y a quien describía en conversaciones privadas como el amor de su vida. La relación era un secreto celosamente guardado. Diana usaba pelucas y disfraces para salir con él sin ser reconocida.
Evitaba cualquier lugar donde pudiera ver fotógrafos. Protegía esa historia con una determinación que revelaba cuánto le importaba. Hasnat KH era un hombre profundamente privado que rehusaba convertirse en figura pública. Su familia en Pakistán estaba dividida respecto a la relación y él mismo no estaba dispuesto a comprometerse con el tipo de vida que compartir el futuro con Diana inevitablemente implicaría.
La historia terminó sin un final definitivo, con esa ambigüedad dolorosa que tienen las relaciones que no se rompen por falta de sentimiento, sino por incompatibilidad de circunstancias. En los meses siguientes, Diana navegó ese duelo silencioso mientras mantenía una agenda pública que no daba señales externas de lo que estaba atravesando.
Asistió a galas benéficas en Nueva York, donde su presencia garantizaba recaudaciones que ningún otro nombre podía igualar. En una de esas veladas, cuando una mujer entre el público le gritó que dónde estaban sus hijos, Diana se detuvo un momento, miró hacia el fondo de la sala y respondió simplemente en el colegio.
Luego continuó su discurso. El público le dio una ovación de pie. Era la diana de esos últimos meses, capaz de sostener la presión pública con una gracia que parecía natural porque había costado años de práctica construirla. libre de la institución que la había definido durante 15 años y buscando todavía, con una perseverancia que en sí misma era admirable, un lugar en el mundo que fuera completamente suyo.
A las 12:23 minutos del 31 de agosto de 1997, un Mercedes negro entró a gran velocidad en el túnel del alma en París. Llevaba cuatro ocupantes, el conductor Henry Paul, el guardaespaldas Trevor Ris Jones en el asiento delantero y en la parte trasera Dodi Alfayet y Diana, princesa de Gales. Fuera del túnel, varios fotógrafos en motocicleta mantenían la persecución que había comenzado a la salida del hotel Rich minutos antes.
El coche golpeó un pilar de hormigón. El impacto fue descrito por un testigo como una explosión. Henry Paul y Dod Alfayed murieron en el acto. Ris Jones quedó gravemente herido. Diana estaba de rodillas en el suelo del vehículo cuando llegó el primer médico que se detuvo en la escena, el Dr. Frederick Malier, que circulaba en sentido contrario.
Al acercarse, Diana levantó la cabeza, le preguntó qué había ocurrido y luego se quejó del dolor antes de perder el conocimiento. Fue trasladada al hospital Pities al Petriar. Los médicos trabajaron durante horas. A las 4 de la mañana del 31 de agosto de 1997, Diana, princesa de Gales, fue declarada muerta. Tenía 36 años.
Para entender cómo llegó Diana a esa túnel en esa madrugada de agosto, hay que retroceder unas semanas. El verano de 1997 había comenzado bien. Sus hijos Guillermo y Enrique pasaban el verano con Carlos en Balmoral y Diana había aceptado la invitación del empresario Mohamed Alfayed para pasar unos días en su yate en el sur de Francia.
Alfayed era el propietario de los grandes almacenes Harrots de Londres, un hombre de enorme fortuna y ambición que llevaba años intentando obtener la ciudadanía británica sin éxito. El 11 de julio, Diana llegó a San Tropé. Los fotógrafos, que la seguían desde tierra y desde embarcaciones cercanas comenzaron a publicar imágenes de sus vacaciones.
El día siguiente llegó Dodi Alfayed, hijo de Mohamed, productor de cine de 42 años. Las fotografías que los mostraban juntos en el yate, nadando, riéndose, comenzaron a circular por todo el mundo. Diana era consciente de las cámaras y no hacía nada por evitarlas. Se lanzaba al agua desde la proa, navegaba en moto acuática, se sentaba encubierta con la naturalidad de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.
Hay interpretaciones encontradas sobre lo que esa relación significaba realmente para Diana en ese momento. Algunos de sus amigos más cercanos afirman que estaba genuinamente feliz, que veía en Dodi a alguien que podía ofrecerle la estabilidad familiar que siempre había buscado. Otros sostienen que era una relación nacida del verano, precipitada en parte por el dolor del final de su historia con Hasnat KH y que Diana usó la visibilidad de ese romance para enviarle un mensaje a quien verdaderamente le importaba. Probablemente las dos cosas
contenían algo de verdad y probablemente Diana misma no habría sabido trazar una línea clara entre ellas. Lo que sí es claro es que Diana llamó a un fotógrafo de renombre, Jason Fraser, para asegurarse de que las imágenes del crucero llegaran a los medios correctos. Ella misma preguntaba qué fotografías se habían obtenido, si la calidad era buena, por qué algunas salían borrosas.
Después de años protegiéndose de los fotógrafos, de usar disfraces y rutas alternativas para preservar su privacidad, estaba ahora al teléfono con uno de ellos, coordinando la cobertura de su propia historia de amor. Era una inversión completa de la relación que había mantenido con la prensa durante toda su vida adulta y decía mucho sobre el estado de ánimo en que se encontraba.
A finales de julio, Diana y Dodi regresaron a Londres. Ella llamó a su amiga Lana Marx para confirmar que seguían en pie sus planes de pasar unos días juntas en los lagos italianos a finales de agosto. Pero el padre de Lana murió inesperadamente y los planes se cancelaron. Dod aprovechó esa semana libre para invitar a Diana a un segundo viaje por el Mediterráneo. Ella aceptó.
El 30 de agosto, la pareja aterrizó en París. La ciudad estaba llena de fotógrafos que habían sido alertados de su llegada. Durante el día realizaron varios desplazamientos en coche por la ciudad, cambiando de ruta repetidamente para despistar a los paparazzi que lo seguían en motocicleta. Por la noche, Dod había reservado una mesa en un restaurante fuera del hotel, pero la presencia de fotógrafos en la puerta lo hizo cambiar de planes varias veces.
Finalmente decidieron cenar en la suite del hotel Ritz, propiedad de su padre. La tensión dentro del hotel era palpable. Dodaba furioso con el servicio de seguridad por no haber gestionado mejor la situación. Los fotógrafos esperaban en la entrada principal. Se decidió que saldrían por la puerta trasera en un Mercedes conducido por Henry Paul, el jefe adjunto de seguridad del hotel que había pasado la tarde fuera.
El plan era llegar al apartamento de Dodi sin ser detectados. La investigación posterior estableció que Henry Paul presentaba en el momento del accidente un nivel de alcohol en sangre equivalente a tres veces el límite legal permitido en Francia y que además tomaba medicamentos incompatibles con la conducción. Esa combinación, junto con la velocidad a la que circulaba el vehículo, entre 85 y 130 km porh según distintas estimaciones y la persecución de los fotógrafos en moto fue declarada oficialmente como la causa del accidente.
La investigación francesa refrendada por la operación Pajet de la Policía Metropolitana Británica entre 2004 y 2006 concluyó que se trató de un homicidio involuntario por negligencia grave. Mohamed Alfayed, que había perdido a su hijo esa noche, nunca aceptó esa conclusión. Afirmó públicamente que el accidente había sido un asesinato planeado por personas que temían lo que Diana podía revelar sobre la familia real.
Esa teoría y las múltiples variantes que fueron surgiendo en los años siguientes encontraron eco en una parte significativa de la opinión pública que necesitaba explicar lo inexplicable. que una de las mujeres más reconocidas del mundo hubiera muerto en un túnel de París por una combinación de velocidad, alcohol y cámaras fotográficas.
Ninguna investigación oficial ha encontrado evidencias que sustenten ninguna de esas teorías. Lo que encontraron fue algo más banal y más terrible al mismo tiempo. Una noche de verano en que una serie de decisiones humanas equivocadas se encadenaron con consecuencias irreversibles. En las horas que siguieron a la muerte de Diana, en el castillo de Valmoral, donde se encontraban sus hijos con Carlos y con la reina, hubo una discusión intensa sobre el protocolo a seguir.
La reina no quería que el cuerpo fuera trasladado a ninguna capilla real. Carlos insistió en un tratamiento que honrara la posición que Diana había tenido. El conflicto entre los dos campos que habían estado en guerra durante años no se detuvo ni siquiera en esa madrugada. Carlos voló a París a recoger el cuerpo de su exmujer.
Quienes lo acompañaron recordarían después que estuvo pendiente de los detalles más pequeños, que insistió en que no podía faltar uno de sus pendientes, que estaba destrozado de una manera que no intentó ocultar. Cuando el avión con el feretro de Diana aterrizó en Gran Bretaña, había comenzado ya algo que nadie dentro de la institución real estaba preparado para gestionar, el duelo de un país entero y con él una crisis para la monarquía que tardaría semanas en resolverse.
Nadie había dado ninguna instrucción, nadie había convocado a nadie. Y sin embargo, en las primeras horas del 31 de agosto de 1997, cuando la noticia de la muerte de Diana comenzó a extenderse por el Reino Unido, la gente empezó a ir a las puertas del palacio de Buckingham. Llegaron solos, en pareja, en familia.
Traían flores, las dejaban en el suelo contra las rejas de hierro, sin saber muy bien por qué lo hacían ni qué esperaban encontrar. Para el amanecer había ya centenares de ramos. Para la tarde, miles, para el final de la semana millones. Fue uno de los fenómenos de duelo colectivo más masivos e inesperados de la historia contemporánea.
No tenía precedentes modernos en su escala ni en su naturaleza. No era el duelo por un líder político ni por una figura religiosa. Era el duelo por una mujer que la mayoría de quienes lloraban nunca habían conocido personalmente, pero a quien sentían como alguien próximo, como alguien que los había comprendido sin haberlos visto jamás.
La familia real, mientras tanto, permanecía en valmoral. La bandera del palacio no se hizó a media hasta porque la tradición establecía que esa señal solo se usaba para miembros de la familia real en activo y Diana había perdido su título de su alteza real con el divorcio. La decisión fue interpretada por una parte considerable de la opinión pública como una señal de frialdad institucional y la presión sobre la monarquía fue creciendo a lo largo de la semana.
Los periódicos, algunos de los mismos que habían perseguido a Diana durante años con sus fotógrafos, publicaban ahora editoriales exigiendo que la reina regresara a Londres y se dirigiera al pueblo. Elizabeth II volvió el viernes 5 de septiembre. Se detuvo ante las flores y los mensajes que cubrían las rejas del palacio.
Esa noche pronunció un discurso televisado, algo inusual en ella, en el que habló de Diana en términos de admiración genuina. destacó su energía, su compromiso, su dedicación a sus hijos. Era un gesto que llegó tarde para muchos, pero que llegó. Al día siguiente, por primera vez en la historia del palacio, la bandera ondeó a media hasta el 6 de septiembre de 1997, más de 1 millón de personas se alinearon en las calles de Londres para ver pasar el féretro de Diana.
2,500 millones de personas lo vieron por televisión en todo el mundo. La procesión recorrió el centro de la ciudad hasta la abadía de Westminster, donde se celebró el funeral oficial. Detrás del ataú caminaban el príncipe Carlos, el duque de Edimburgo, el hermano de Diana, Charles Spencer, y los dos príncipes, Guillermo, de 15 años y Enrique de 12.
Dos niños que caminaban detrás del ataú de su madre ante los ojos del mundo entero. En el interior de la abadía, el hermano de Diana pronunció un discurso que sacudió a quienes lo escucharon. Habló de ella como única, compleja, extraordinaria e irreemplazable. prometió que él y su familia velarían para que los hijos de Diana no quedaran atrapados por el deber y la tradición, a costa de pardar las emociones, la empatía y las características tan maravillosamente humanas de su madre.
El aplauso que estalló fuera de la abadía entre la multitud que seguía la ceremonia en pantallas gigantes, entró lentamente en el interior del edificio. Era una cosa que no se había visto jamás en un funeral real británico. Esa tarde el cuerpo de Diana fue trasladado en un cortejo privado hasta la finca familiar de Althorp en Northamptonshire, donde fue enterrada en una isla dentro de los terrenos del lago.
Llevaba puesto el vestido negro que había elegido su hermana Jane y en sus manos sostenía el rosario que la madre Teresa de Calcuta le había regalado cuando se conocieron en Nueva Deli. Dos mujeres cuyas vidas no podrían haber parecido más distintas, unidas por un objeto pequeño y silencioso. El legado de Diana no se puede medir únicamente en los términos habituales del impacto público.
Los fondos recaudados, los patronajos asumidos, los gestos que cambiaron la percepción de una enfermedad o de un colectivo. Su legado es también, y quizás principalmente, lo que transmitió a sus dos hijos durante los 16 años que tuvo para criarlos. Guillermo y Enrique crecieron con una madre que lo llevaba a hablar con personas sin hogar en las calles de Londres en noches de invierno, que los acompañaba a McDonald’s y al metro y a los grandes almacenes, que quería que supieran lo que era el mundo más allá de los muros del palacio.
una madre que les daba dinero de bolsillo para que aprendieran a comprarse sus propios caramelos, que competía descalza en la carrera de padres del colegio, que lloraba sin disculparse y que reía a carcajadas, que les enseñó, antes de que tuvieran palabras para nombrarlo, que las emociones no son debilidades, sino la sustancia de lo que significa ser humano.
Ambos príncipes llevarían esas enseñanzas a su vida adulta de maneras visibles. hablarían públicamente sobre salud mental en una época en que ese tema seguía cargando con estigmas considerables. Continuarían el trabajo humanitario de su madre con compromisos propios. Guillermo y su esposa Catalina adoptarían una forma de ejercer la vida pública que tiene en muchos momentos el sello inconfundible de lo que Diana les mostró.
El hecho de que Kate Middleton sea hoy princesa de Gales, el título que llevó Diana durante 15 años es una de esas continuidades que la historia construye sin que nadie las planifique. El caso de Enrique y Megan tiene una resonancia distinta, pero igualmente conectada con el legado de su madre. Cuando ambos hablaron públicamente de la presión de la institución, de la soledad dentro del sistema, de la invasión de la prensa y de sus efectos sobre la salud mental, muchos reconocieron en esas palabras el eco de algo que Diana había dicho, con otras palabras, y en otro
contexto, décadas antes. Diana no pudo proteger a Megan, pero lo que vivió y lo que dijo sigue siendo para bien y para mal el marco de referencia con el que el mundo interpreta lo que ocurre dentro de la familia real británica. Su influencia en la moda fue igualmente duradera. Los vestidos que usó siguen siendo referencia para diseñadores, para museos, para coleccionistas.
El vestido de su boda, el de la venganza, el de la última noche en el Ritz. Todos forman parte de un vocabulario visual que se sostiene décadas después de que ella dejara de usarlos. fue patrona de diseñadores británicos emergentes y contribuyó a dar visibilidad internacional a una industria que necesitaba exactamente el tipo de escaparate que ella representaba.
Pero más allá de todo eso, lo que hace que Diana siga siendo una figura presente casi 30 años después de su muerte es algo que no pertenece a ninguna categoría concreta. Es el hecho de que representó en un momento y en un contexto en que era extraordinariamente difícil hacerlo la posibilidad de ser una persona completa dentro de una institución que exigía que sus miembros renunciaran a buena parte de su humanidad.
No siempre lo consiguió. A veces la institución ganó. A veces la emoción le ganó la batalla a la estrategia. A veces el dolor llegó a decisiones que no fueron las más sabias. Pero lo intentó. con una obstinación que fue a la vez su mayor fortaleza y la fuente de muchos de sus sufrimientos. Diana dio a millones de personas el permiso de sentir, de no estar bien y decirlo, de tocar al que nadie quería tocar, de mirar al que nadie quería mirar, de llamar a la puerta que todo el mundo pasaba de largo. En eso reside su
verdadero legado, no en las flores que se marchitaron ante las rejas del palacio, sino en lo que cambió lenta e irreversiblemente en la manera en que las personas se relacionan con el sufrimiento propio y ajeno. Gracias por acompañarme en este recorrido por la vida de Diana, princesa de Gales.
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