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FUI ABANDONADA PARA MORIR EN LA NIEVE — PERO EL REY ALFA ME LLEVÓ EN SUS BRAZOS

…Permanecí erguida, aunque temblorosa, aunque con el vestido pegado a mi cuerpo húmedo. Si caía, sería destruida. Entonces me mantuve de pie, entera, aunque frágil. El rey se volvió hacia ella. No gritó, no alzó la voz, solo dijo, en un tono grave que reverberó en el salón. Despreciable es quien se ríe de la caída de otro.

El silencio que siguió fue más ensordecedor que cualquier tumulto. Vi los ojos de mi media hermana vacilar, su sonrisa agrietarse por un instante. Y, sin darme cuenta, noté que todos me miraban no ya como polvo, sino como enigma. Aún así, la humillación me quemaba por dentro. Sabía que aquello no era un rescate de cuentos.

No había bondad pura en sus brazos, sino un gesto cargado de peso y propósito que todavía no comprendía. El rey no me había salvado por piedad, de eso estaba segura. Su mirada cuando me atravesaba parecía buscar algo oculto en mí, como si cargara un secreto que ni yo misma conocía. Y tal vez, de alguna forma, lo cargaba. Los días que siguieron fueron una tormenta silenciosa.

Me asignaron una habitación pequeña, pero limpia, en el ala este del castillo, lejos de los aposentos nobles, pero también lejos de las cocinas donde había pasado mi infancia. Era un espacio ambiguo, como si el rey no supiera exactamente dónde colocarme en su tablero de ajedrez. Las criadas me miraban con una mezcla de curiosidad y recelo.

Algunas murmuraban a mis espaldas, otras simplemente me evitaban. Como si mi presencia fuera un presagio de cambios que no querían enfrentar. Cada mañana, me despertaba con la sensación de estar siendo observada. No era paranoia. Había ojos en cada esquina, orejas detrás de cada puerta.

El castillo entero parecía contener la respiración, esperando el siguiente movimiento del rey. Y yo, atrapada en el centro de esa expectativa, no sabía si era una pieza valiosa o un peón sacrificable. Lady Elira intensificó su campaña de desprecio. En los pasillos, cuando nuestros caminos se cruzaban, ella se apartaba ostensiblemente, levantando sus faldas como si mi sola presencia pudiera contaminarla.

Sus amigas, un grupo de damas de alta cuna, me lanzaban miradas afiladas y comentarios apenas audibles, pero perfectamente calculados para herir. —¡Qué extraño que el rey se preocupe tanto por los desperdicios! —decía una. —Tal vez tiene un gusto peculiar por la caridad —agregaba otra, con una risa cristalina que cortaba como vidrio. Pero era en los banquetes nocturnos donde la tortura alcanzaba su clímax.

El rey me había ordenado, a través de un mensajero, que asistiera a las cenas formales. No me dio explicaciones, solo la orden. Y así, cada noche, yo bajaba las escaleras con mi vestido menos raído, intentando ignorar las miradas que me seguían como sombras hambrientas. Me sentaban en el extremo más alejado de la mesa principal, un lugar que técnicamente me incluía pero que prácticamente me aislaba.

Desde ahí podía ver todo, las copas de vino levantándose en brindis que nunca me incluían, los platos de comida exquisita que llegaban tarde a mi lugar y siempre fríos. Las conversaciones animadas que morían cuando yo intentaba participar. Y sobre todo, podía verlo a él. El rey se sentaba en el centro como un sol oscuro alrededor del cual todo orbitaba.

Hablaba poco, observaba mucho. A veces, nuestras miradas se encontraban a través del largo de la mesa. Y en esos instantes sentía como si el aire se espesara, como si todos los demás desaparecieran y solo quedáramos él y yo, atrapados en un diálogo silencioso que no lograba descifrar.

¿Era amenaza? ¿Era curiosidad? ¿Era algo más oscuro y profundo que no tenía nombre? Lady Elira se levantó de su asiento, copa en mano, y propuso un brindis. Por las tradiciones que nos definen, dijo con voz dulce como miel envenenada. Por la pureza de sangre que nos une, por los lazos legítimos que sostienen nuestro reino. Cada palabra era una flecha dirigida hacia mí. Las copas se alzaron.

Los murmullos de aprobación llenaron el salón. Yo mantuve mi copa sobre la mesa sin levantarla, sintiendo el peso de cien miradas sobre mi negativa. El rey tampoco levantó su copa. El silencio que siguió fue absoluto. Lady Elira palideció. Las sonrisas secundarias congelaron en los rostros de los nobles.

Él simplemente dejó su copa sobre la mesa con un golpe seco que resonó como un trueno y dijo con esa voz que no necesitaba alzarse para dominar. La pureza de sangre no vale nada si el corazón está podrido. Me levanté de la mesa antes de que terminara la cena, las piernas temblorosas pero la cabeza en alto. No podía seguir siendo el campo de batalla donde él y mi media hermana libraban su guerra.

En el pasillo, lejos de las miradas, me apoyé contra la pared fría de piedra y cerré los ojos. El listón azul de mi madre, siempre escondido contra mi piel, era lo único que me recordaba quién era antes de todo esto. ¿Huyendo? Su voz me hizo dar un salto. El rey estaba ahí, apenas a unos pasos, surgido de las sombras como si formara parte de ellas. En la penumbra del pasillo, sin los candelabros del salón iluminándolo, parecía aún más imponente, más peligroso.

No huyo, majestad, respondí sorprendida de que mi voz sonara firme. Solo busco aire. El aire de este castillo está envenenado, dijo él, acercándose un paso. Lo has notado, supongo. Lo he respirado toda mi vida. Sus ojos se entornaron ligeramente, como si mi respuesta lo hubiera sorprendido o, peor aún, complacido.

Tu madre trabajó aquí, en las cocinas. No era una pregunta, pero asentí de todas formas. Él sabía todo sobre mí, eso era evidente. Pero yo no sabía nada sobre él, excepto los rumores que circulaban, que era despiadado en batalla, que había heredado el trono de su padre a los 20 años tras una serie de muertes misteriosas, que nunca había mostrado interés en tomar esposa a pesar de la presión del consejo.

Algunos decían que era incapaz de amar, otros que simplemente no había encontrado a nadie digno de su atención. ¿Por qué me salvó? La pregunta salió de mis labios antes de que pudiera detenerla. Era atrevida, impertinente incluso, pero necesitaba saberlo. Él no respondió de inmediato. Dio otro paso hacia mí, y otro, hasta que estuvo tan cerca que pude ver las pequeñas cicatrices que marcaban su mentón, rastros de batallas o duelos que su posición real no podía borrar completamente.

Cuando habló, su voz era baja, casi un murmullo que solo yo podía escuchar. Porque vi algo en tus ojos que no he visto en ningún otro lugar de este castillo podrido. Hizo una pausa y su mirada se clavó en la mía con una intensidad que me hizo estremecer. Verdad. Antes de que pudiera responder, antes de que pudiera responder, antes de que pudiera siquiera procesar sus palabras. Él ya se había alejado, sus pasos resonando en el pasillo vacío hasta desaparecer en la oscuridad.

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