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DESPERTÉ COMO UNA OMEGA PERDIDA EN TIERRA DESCONOCIDA — Y EL REY ALFA SUSURRÓ: “SIEMPRE FUISTE MÍA.”

…Era el olor del poder, tenso y tangible, impregnado en cada piedra, en cada rincón de ese lugar. Los guardias me condujeron por pasillos interminables, iluminados apenas por antorchas que proyectaban sombras danzantes en las paredes. Podía sentir miradas clavándose en mí desde las esquinas oscuras, sirvientes que se apartaban a mi paso como si fuera contagiosa, como si mi sola presencia pudiera traer desgracia.

Finalmente llegamos a una sala enorme, tan grande que mi voz se habría perdido si hubiera intentado gritar. El techo era altísimo, sostenido por columnas talladas con figuras que parecían contar historias de batallas y conquistas. Había velas encendidas por todas partes, cientos de ellas creando una luz dorada y parpade que hacía que todo pareciera irreal, como si estuviera dentro de un sueño febril.

En el centro de la sala, elevado sobre una plataforma de madera oscura y piedra, estaba el trono. Era imponente, tallado en una sola pieza de madera casi negra, decorado con incrustaciones de metal que brillaban con la luz de las velas, pero estaba vacío por ahora. Los guardias me obligaron a arrodillarme frente al trono.

Mis rodillas golpearon el piso de piedra con un sonido seco que resonó en toda la sala. El dolor fue agudo, pero breve. Nada comparado con el terror que comenzaba a expandirse en mi pecho. No sabía qué esperaban de mí, qué había hecho para merecer estar ahí arrodillada como una criminal. Los guardias se retiraron a las sombras, dejándome sola en el centro de ese espacio enorme, expuesta, vulnerable.

El silencio era tan denso que podía escuchar mi propia respiración acelerada y entrecortada. Y entonces lo escuché. pasos. No los pasos apresurados de los sirvientes, ni el sonido metálico de las botas de los guardias. Estos eran diferentes, lentos, deliberados, cada uno midiendo el peso de su presencia.

El sonido de esas botas contra la piedra era como el latido de un corazón gigante y con cada golpe el aire parecía volverse más pesado, más difícil de respirar. sabía sin necesidad de levantar la vista que él había entrado. El rey Alfa, el hombre del que todos hablaban en susurros, el que había construido este reino con sangre y voluntad inquebrantable, llegó desde algún lugar detrás del trono y cuando finalmente lo vi, mi corazón dio un vuelco tan violento que pensé que se detendría.

Era alto, mucho más de lo que había imaginado, con hombros anchos y una presencia que parecía llenar cada rincón de la sala. Su cabello era oscuro, casi negro, cortado de forma práctica, pero que caía con elegancia sobre su frente. Sus ojos eran lo más impactante, de un color gris acero que parecía capaz de atravesarte, de ver cada mentira, cada miedo, cada secreto que intentabas ocultar.

Su rostro era duro, tallado en ángulos pronunciados, con una mandíbula que hablaba de fuerza y determinación. Vestía de negro casi por completo, con detalles en dorado que marcaban su rango. Y cada movimiento que hacía era controlado, calculado, como un depredador que conocía perfectamente su territorio.

Se detuvo frente a mí a solo unos pasos de distancia y el mundo pareció reducirse a ese espacio entre nosotros. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, podía oler su aroma. madera de cedro, cuero y algo más salvaje, más primario. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, un escalofrío que me recorrió de pies a cabeza, una sensación extraña de reconocimiento que no tenía ningún sentido.

Mantuve la cabeza agachada, demasiado aterrada para mirarlo directamente, pero sentía su mirada sobre mí, pesada como una mano en mi nuca. “Levanta la cabeza”, ordenó. Su voz era grave, profunda, con un tono de comando que no admitía desobediencia. Sonaba como truenos distantes, como el rugido de una tormenta que se aproximaba inevitablemente.

Obedecí sin pensarlo, como si mi cuerpo respondiera a una autoridad que iba más allá de mi voluntad consciente. Cuando nuestros ojos se encontraron, algo antiguo se movió dentro de mí, algo que había estado dormido y que ahora despertaba con violencia. Era como si mi sangre reconociera algo en él, como si cada célula de mi cuerpo gritara una verdad que mi mente se negaba a aceptar.

Él se acercó más y yo contuve la respiración. Se agachó lentamente hasta quedar a mi altura y extendió la mano hacia mi rostro. Sus dedos rozaron mi barbilla, cálidos, casi febriles, contra mi piel fría. me obligó a mantener la mirada en él y en sus ojos vi algo que me aterrorizó y me fascinó al mismo tiempo. Posesión.

No era deseo, no era curiosidad, era la mirada de alguien que ha encontrado algo que le pertenece, algo que había estado buscando durante mucho tiempo. No debiste olvidar, dijo en voz baja, tan cerca que su aliento rozaba mi mejilla. Tú siempre fuiste mía. Las palabras cayeron sobre mí como un juramento antiguo, como una verdad grabada en piedra que había existido mucho antes de que yo naciera.

Y lo más aterrador de todo fue que algo dentro de mí, un instinto profundo y primitivo, respondió a esas palabras con un sí silencioso que resonó en mis huesos. Lo conocía. No sabía cómo, no sabía de dónde, pero lo conocía. Era como recordar una canción que habías escuchado en un sueño, como reconocer un hogar al que nunca había sido.

Me quedé mirándolo, incapaz de hablar, incapaz de moverme. Su mano seguía en mi barbilla y podía sentir el pulso acelerado en mi cuello. Sabía que él también podía sentirlo. En sus ojos había algo más que posesión, había hambre, pero también dolor, como si mi presencia le recordara algo que prefería olvidar.

Finalmente se puso de pie y la ausencia de su toque fue como un vacío repentino que me dejó temblando. Dio unos pasos hacia atrás sin dejar de mirarme, como si temiera que si apartaba la vista, yo desaparecería nuevamente. “Llévenla a la Torre este”, ordenó a los Sin Wanas, guardias que esperaban en las sombras.

Nadie se le acerca sin mi permiso, nadie le habla. Y si alguien intenta lastimarla, su sangre manchará estas piedras antes del amanecer. Su voz resonó en la sala con una amenaza tan real que vi a los guardias tensarse. Luego me miró una última vez y en su mirada había una promesa y una advertencia. recuperarás tu memoria y cuando lo hagas entenderás que huir de mí fue tu error más grande.

Se dio la vuelta y caminó hacia una puerta lateral, sus pasos resonando cada vez más lejanos hasta que finalmente desapareció. Los guardias se acercaron y me levantaron nuevamente, pero esta vez sus manos eran más cuidadosas, como si de repente yo fuera algo valioso, algo que debía protegerse. Mientras me conducían fuera de la sala, pude sentir todas las miradas clavadas en mi espalda, todos los susurros que comenzaban a llenar el silencio que el rey había dejado.

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