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FIDEL CASTRO PROMETIÓ a La Madre de SORÍ MARÍN Que NO Lo Mataría – 24 HORAS Después Lo EJECUTÓ

Parte 1

A las 5:45 de la mañana, mientras La Habana todavía olía a salitre y pólvora, Humberto Sori Marín cayó frente al muro de La Cabaña con el uniforme verde olivo puesto, el mismo que había usado cuando creyó que Fidel Castro era su hermano y no su verdugo.

No pidió venda. No pidió perdón. No bajó la mirada.

Los soldados que apuntaban contra él eran demasiado jóvenes para saber que aquel hombre de 46 años había escrito parte de las leyes que ahora lo condenaban. Algunos apenas podían sostener el fusil sin temblar. Humberto, en cambio, parecía más vivo que todos ellos. Tenía el brazo herido, la camisa manchada, el rostro adelgazado por los interrogatorios, pero una serenidad insoportable le cubría los ojos.

El oficial leyó la sentencia con una voz seca, como si estuviera anunciando el cierre de una oficina.

—Humberto Sori Marín, Rafael Díaz Hansom, Manuel P Millar, Rogelio González Corzo y los demás acusados han sido condenados por traición a la revolución, conspiración armada y colaboración con fuerzas enemigas.

Humberto miró el cielo pálido de abril. Por un segundo, no vio el paredón. Vio la Sierra Maestra. Vio el barro en las botas, el humo del café pobre, los papeles escritos a la luz de un quinqué. Vio a Fidel inclinado sobre una mesa rústica, discutiendo con él sobre justicia, elecciones y libertad.

El mismo Fidel que 8 horas antes había llamado a su madre.

La noche anterior, en una casa humilde de La Habana, la madre de Humberto había levantado el teléfono con las manos frías. Llevaba semanas sin dormir. Cada golpe en la puerta la hacía pensar que venían a entregarle el cadáver de su hijo. Cuando escuchó aquella voz, se quedó sin aire.

—Señora, soy Fidel.

Ella se apoyó contra la pared.

—Comandante… por Dios, dígame la verdad. ¿Qué van a hacer con Humberto?

Hubo una pausa medida, cruel, casi tierna.

—Sé que está sufriendo. Pero quiero que sepa algo: a Humberto no le va a pasar nada. Tiene mi palabra.

La madre cerró los ojos y lloró en silencio. Conocía esa voz desde los días de la montaña. Fidel había comido en su mesa. Había abrazado a Humberto como a un hermano. Había prometido una Cuba limpia, digna, sin dictadores. Ella quiso creer, porque una madre desesperada se aferra incluso a la cuerda que la está ahorcando.

—Gracias, Fidel… Dios se lo pague.

Colgó convencida de que su hijo viviría.

Pero en otro despacho, esa misma noche, una orden ya caminaba hacia la muerte. Fidel había decidido que Humberto debía desaparecer antes de que su nombre se convirtiera en bandera. No podía permitir que un antiguo comandante rebelde, exministro de agricultura y abogado respetado denunciara que la revolución había sido robada desde adentro.

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