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Este Es El Oscuro Motivo Por El Que Cantinflas Selló Aquella Habitación Prohibida

Hay una habitación en la ciudad de México que lleva décadas sin que nadie la toque. Las paredes están negras por dentro. El suelo tiene marcas que ningún arquitecto ha podido explicar. Y el hombre que vivió ahí durante 40 años, el hombre que hizo reír a medio mundo, dejó instrucciones muy precisas antes de morir.

Que nadie entrara, que la sellaran, que si alguien preguntaba dijeran que era un cuarto de almacén. Si estás viendo esto es porque ya sabes que algo no cuadra y tienes razón. Quédate porque lo que viene a continuación  no lo vas a encontrar en ninguna biografía oficial, en ningún documental patrocinado, en ningún  entrevista de esas que dan en televisión abierta.

Esto viene de otro lado, de los que estuvieron ahí y callaron durante años, de los documentos que  casi se desaparecen, de las personas que entraron a ese cuarto y salieron cambiadas. Mario Moreno Reyes nació en  1911 en uno de los barrios más pobres de la Ciudad de México. Eso lo sabe todo el mundo. Lo que no sabe todo el mundo es que desde muy joven desarrolló una fascinación que sus biógrafos oficiales siempre describieron como interés por las tradiciones populares.

Una frase muy limpia para algo que visto de cerca tenía una textura completamente distinta. Los que lo conocieron en sus primeros años en el ambiente del espectáculo hablaban  de un Mario Moreno que coleccionaba cosas. objetos, amuletos, piezas que compraba en mercados de barrio, en tianguis, en puestos que vendían lo que los vendedores llamaban material de protección.

En los años  30 y 40 en México, ese lenguaje lo entendía cualquiera. Limpias, amarres, trabajos. La ciudad de México de esa época tenía una relación con lo oculto que la  modernidad nunca llegó a borrar del todo. Convivían la radio, el cine sonoro y las curanderas de Tepito en una mezcla que a nadie le parecía contradictoria.

Mario Moreno no era el único hombre de dinero que frecuentaba esos círculos, pero sí era, según quienes  lo concieron de cerca, uno de los más metódicos. No compraba por impulso, preguntaba, investigaba, buscaba piezas específicas con una precisión que desconcertaba a los propios vendedores. Su ascenso fue extraordinario.

Para finales de los años 40, Cantinflas era ya el cómico  más famoso de América Latina y uno de los actores mexicanos más reconocidos del mundo. Chaplin lo llamó el mejor comediante del planeta. Hollywood lo llamó. El dinero llegó en cantidades que su barrio de origen no podía ni imaginar. Y con el dinero llegó la casa.

La residencia antinflas en las lomas de Chapultepec era una propiedad que sus contemporáneos describían como enorme, elegante,  discreta hacia afuera y extraordinaria por dentro. tenía jardines, salones de recepción, cuartos de servicio, una zona de  caballerizas y tenía en una ala que los planos originales registran con la categoría genérica de área de uso privado.

Una habitación que desde muy temprano quedó separada del resto de la casa por una dinámica que todos los empleados domésticos entendieron sin que nadie tuviera que explicársela. A ese cuarto no se entraba. No había cerrojo especial al principio, no hacía falta. La instrucción era tan clara y venía de alguien con tanto peso que ningún empleado consideró siquiera la posibilidad de desobedecerla.

La puerta estaba ahí, se veía desde el pasillo y todos pasaban de largo. Lo que sí notaron desde el principio era el olor, no un olor fuerte ni desagradable, algo más sutil. Una combinación que algunos describieron como copal, como tierra mojada, como algo que no sabían nombrar, pero que reconocían de haber entrado alguna vez a un espacio donde se hacían trabajos.

Un olor que se filtraba por debajo de la puerta en ciertas noches y que al día siguiente había desaparecido completamente. Estas lo que me viene ahorita es lo que ningún biógrafo oficial quiso incluir en sus libros, porque a hay cosas que cuando las escribes te preguntan de dónde las sacas. Y la respuesta es incómoda.

De las personas que estuvieron ahí y que hablaron cuando ya no tenían nada que perder. una de las empleadas domésticas que trabajó en la residencia durante más de 12 años en una conversación que fue grabada a finales de los años 90 y que circuló durante años en copias de mano en mano entre periodistas y biógrafos no autorizados, describió lo siguiente, que en ciertas noches, cuando el señor Moreno llegaba tarde a la casa y los demás empleados ya habían terminado su jornada, se escuchaban pasos que iban desde la entrada principal hasta el ala privada.

que la puerta del cuarto sellado se abría y se cerraba y que durante un rato variable, podía ser 20 minutos o podía ser 2 horas, no se escuchaba nada más, solo silencio, el tipo de silencio que, según ella se sentía distinto al silencio normal de una casa vacía. Como si el aire estuviera quieto de una manera que no es natural, dijo en esa grabación.

Lo que también describió, y esto es lo que hizo que esa grabación circulara entre quienes la conocieron, era lo que pasaba después. que el señor Moreno salía del cuarto siempre con el mismo aspecto, tranquilo, como aliviado, como alguien que acaba de terminar una tarea importante y que a veces cuando el ángulo del correcto y la luz del pasacho le daba de frente, se podía ver que tenía las manos manchadas, no de sangre, de algo oscuro como tierra, como ceniza, como algo que ella no quiso describir con más detalle.

La grabación termina ahí. La mujer que habló nunca dio su nombre completo, solo dijo que llevaba años queriendo contarlo y que lo hacía porque le pesaba en el pecho como una piedra. Ahora bien, aquí es donde la historia se complica, porque no es solo una empleada doméstica, son varias fuentes en distintos momentos que apuntan hacia lo mismo sin saberse coordinar.

Un periodista de espectáculos que cubrió la vida de Cantinflas durante décadas y que publicó sus memorias de forma independiente en los años 2000. incluyen un capítulo que  tituló simplemente Lo que no pregunté a tiempo, una anécdota que vivió en los años 60. cuenta que estaba en una reunión social en Sasa de un producto de cine, una de esas reuniones donde el mundillo del espectáculo mexicano se juntaba a beber y hablar de negocios y que en un momento de la noche uno de los asistentes, un hombre al que describe como cercano al círculo íntimo de Moreno, hizo un

comentario que quedó flotando en el aire sin que el comentario fue según el periodista más o menos el siguiente, que Cantinflas tenía protecciones, que ningún otro artista de su generación tenía y que esas protecciones venían de un lugar que no era ni la empresa, ni si el sindicato, ni los políticos, que venían de más adentro.

Nadie preguntó qué quería decir con eso. Nadie quiso. El periodista escribe que pasó años pensando en ese comentario, que cada vez que veía cantinflas en pantalla con esa cara de inocencia calculada, con ese personaje que parecía flotar por encima de los problemas del mundo sin que nada le afectara de verdad, pensaba en la frase protecciones que venían de más adentro.

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