Según Josefo, que es nuestra fuente principal para entender esa época, empiezan a surgir por toda la región distintos Mesías. Los romanos los persiguen y ejecutan. Proclamarse Mesías es casi firmar tu sentencia de muerte. Rebelión tras rebelión, el patrón se repite, pero el fenómeno no se detiene, porque la esperanza tampoco.
Uno de esos mesías fallidos es Judas el Galileo, fundador del movimiento Celote, que busca la libertad del pueblo, incluso con violencia. Hacia el año 6 después de Cristo intentaría una insurrección y también sería sofocada. En medio de ese clima, José y María embarazada viajan a Belén para empadronarse por orden de César Augusto.
Ahí María da luz a Jesús, lo envuelve en pañales y lo acuesta en un pesebre porque no había lugar para ellos. Jesús nace desde abajo. En un mundo que sueña con un rey guerrero, nace un niño sin ejército ni estatus. Y desde ese contraste comienza una historia que va a sacudirlo todo. La familia regresa a Nazaret, donde Jesús crece fuerte y sabio.
Cuando cumple 12 años, sube con sus padres a Jerusalén por Pascua. Al regreso, él se queda sin que lo noten. María y José lo buscan angustiados y tres días después lo encuentran en el templo sentado entre maestros escuchando y preguntando. Todos se asombran. Ese detalle de los tres días parece una referencia discreta a los tres días que pasarán entre la crucifixión y la resurrección.
Como si desde la primera Pascua de Jesús la historia ya estuviera apuntando hacia la última, la Pascua de la Cruz. Jesús vuelve con sus padres a Nazaret y vive obedeciéndolos mientras sigue creciendo. Pasan los años, Jesús crece y se vuelve un carpintero campesino. De hecho, la palabra griega que usan los evangelios para su oficio es Tecton.
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Se refiere a un artesano de clase baja. En el año 15 de Tiberio César, Pilato gobierna Judea y Herodes Galilea. Juan el Bautista predica en el Jordán y llama al bautismo de conversión. La gente se pregunta si Juan es el Cristo, pero él dice que viene otro más fuerte a quien no es digno ni de desatar las sandalias.
Según Benedicto 16, el bautismo de Juan es un bautismo de conversión, reconocer de verdad los pecados, pedir perdón y decidir dejar atrás la vida de antes para empezar otra nueva. En pocas palabras, mirarse con sinceridad y elegir cambiar. Eso es lo que el bautismo expresa con sus gestos.
Al sumergirse en el agua, la persona simboliza una muerte, dejar atrás la vida vieja. En el mundo antiguo, las aguas profundas eran vistas como fuerzas peligrosas capaces de devorar la vida. Así que entrar al agua tenía ese sentido de morir a lo anterior. Pero el agua también es símbolo de vida, sobre todo en un río, fecunda la tierra y sostiene a los pueblos.
El río Jordán, de hecho, era y es fuente de vida para su región. Por eso, salir del agua representa un renacer. Así, el bautismo es purificación y comienzo a la vez, soltar el peso del pasado y levantarse una vida nueva como una pequeña imagen de muerte y resurrección. En Jesús esto se vuelve todavía más profundo. Al entrar al agua asume desde el inicio la carga del pecado humano y el camino que lo llevará a la muerte.
Al salir se anticipa su resurrección y la vida nueva que viene con él. Entonces aparece Jesús, sale de Nazaret después de 30 años y Juan lo bautiza. Jesús vuelve del Jordán y se va al desierto 40 días. Sin comer siente hambre. El lo tienta. Le pide que convierta piedras en pan. Jesús responde que no solo de pan vive el hombre, le ofrece los reinos del mundo.
Jesús responde que solo a Dios se adora. Lo reta a tirarse del templo, ya que está escrito que sus ángeles lo sostendrán. Jesús responde que no se debe tentar a Dios y la tentación termina. Esta retirada de Jesús al desierto es una preparación para el gran reto que le viene encima. El desierto, árido y vacío evoca un espacio de soledad y silencio.
Jesús se apartó para ordenarse por dentro, espiritual, mental y emocionalmente, antes de lo que va a vivir. Y como también es humano, las tentaciones pueden leerse como luchas internas. Lleva días sin comer, tiene hambre, está débil y ahí apareció la tentación. No fue casualidad, casi siempre llega cuando uno está cansado o vulnerable.
Además, la tentación rara vez se presenta como haz algo malo porque sí, es más fina, te ofrece algo que parece lógico o incluso bueno, pero te saca del centro y te hace poner lo urgente por encima de lo importante. La primera tentación fue por ahí. Convertir piedras en pan. Suena bastante lógico porque Jesús tenía hambre, pero hacerlo habría sido usar el poder de Dios para servirse a sí mismo.
Y eso abre una pendiente peligrosa, porque hoy por necesidad, mañana por comodidad y pasado por orgullo. Los límites se corren sin que te des cuenta. Por eso respondió, “No solo de pan vive el hombre.” Es decir, no vivimos solo de lo inmediato, también vivimos de sentido. Y a veces ese sentido pide renunciar a placeres rápidos o atravesar el dolor.
La segunda tentación fue el poder, todos los reinos del mundo. Parecía un atajo para hacer el bien, porque con poder podrías imponer orden y asegurar la fe, pero como sugiere Benedicto, cuando la fe se mezcla con el poder político, casi siempre termina sirviendo al poder y jugando con sus reglas. Jesús la rechazó y dejó claro que su reino no era de este mundo.
Herodes, el tetrarca, está furioso con Juan. Juan lo ha criticado por casarse con Herodías. la esposa de su hermano y por muchas otras injusticias. Herodes manda arrestarlo y tiempo después ordena decapitarlo. Después de que Juan fuese entregado, Jesús marcha a Galilea y proclama, “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios ha llegado.
Conviértanse y crean en la buena nueva.” En Galilea, Jesús enseña las sinagogas y la gente lo admira. Su fama se extiende. Baja a Cafarnaún en la sinagoga. Enseña con tal autoridad que todos quedan asombrados. De pronto, un hombre con un espíritu impuro grita. Jesús le ordena, “Cállate y sal de él.” El espíritu sale.
La gente queda impactada. Hasta los espíritus le obedecen y su fama crece más. En Cafarnaú cura a todos los que le llevan, enfermos o atormentados. Un día, junto al mar de Galilea ve dos barcas, sube a la de Simón y enseña la multitud desde ahí. Al terminar le dice, “Trema mamar adentro y echa las redes.” Simón responde que no han pescado nada toda la noche, pero si Jesús lo dice, lo harán.
echan las redes y sacan tantos peces que casi se rompen y las barcas casi se hunden. Simón se queda impactado. Jesús le dice, “No tengas miedo. Desde ahora serás pescador de hombres.” Luego llama también a Santiago y a Juan. Ellos lo dejan todo y lo siguen. Así Jesús reúne a sus primeros discípulos. Un día se le acerca un leproso y le suplica, “Si quieres puedes limpiarme.” Jesús le dice, “Quiero.
” Queda limpio. Y queda curado al instante. Su fama crece y la gente se junta para huirlo y sanar. Cuando vuelve a Cafarnaú, la casa se llena. Le llevan a un paralítico y lo bajan por el techo. Jesús le dice, “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” El hombre se levanta y sale caminando.
Todos quedan impactados. Después Jesús ve a Mateo, un publicano, y le dice que lo siga. Mateo se levanta y lo sigue, pero no tarda en aparecer la tensión. Los fariseos y sus escribas lo miran con desconfianza. Jesús rompe con muchas de sus ideas. Los fariseos eran un movimiento religioso laico, es decir, no formado por sacerdotes, muy influyente.
Eran expertos en la Torá y buscaban que todo el pueblo de Israel viviera la ley en lo diario. Pureza, sábado, diezmos, comida, etcétera. Los escribas, por otro lado, eran una profesión. Copiaban, estudiaban e interpretaban la Torá como juristas o teólogos de la época. Muchos escribas eran fariseos, por eso a veces aparecen juntos.
Mateo invita a Jesús a su casa y le hace un banquete. La mesa se llena de publicanos y gente señalada. Los fariseos reclaman, “¿Por qué comen y beben con publicanos y pecadores?” Jesús responde, “Los sanos no necesitan médico. Los enfermos sí. Yo no vengo a llamar a los que se creen justos, sino a los pecadores. Y en el cielo hay más alegría por uno que vuelve que por muchos que creen no necesitarlo.
” Luego cuenta una historia. Un padre tiene dos hijos. El menor pide su herencia, se va lejos y la derrocha. Termina cuidando cerdos y pasando hambre. Entonces piensa, “En casa de mi padre sobra pan. Volveré, le pediré perdón y le pediré que me trate como un trabajador. Regresa el padre, lo ve de lejos, corre, lo abraza, lo besa y hace una fiesta.
Estaba perdido y ha vuelto. El hermano mayor se enoja, pero el padre le dice, “Todo lo mío es tuyo, pero tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida. ¿Cómo no celebrar?” Es interesante notar que al contar esta parábola, Jesús está describiendo lo que pasa ahí mismo frente a él. Él comía con pecadores y los fariseos se indignaron.
lo sintieron injusto y por eso se parecen al hermano mayor. Se ven como los obedientes, los que cumplieron la ley y estuvieron cerca de Dios, al menos como ellos lo entienden, y creen tener derecho a reclamar. El hermano mayor tampoco vio toda la historia de su hermano. No vio su caída, su vergüenza, ni su deseo de volver, solo vio el banquete y lo sintió como injusticia.
Ahí se asoma una envidia. Él también soñaba con esa libertad, pero nunca se atrevió a vivirla. Su obediencia estaba más ligada a la recompensa que al amor. Por eso su reclamo suena a alguien que ha estado en casa, pero sin disfrutarla, sin la alegría de vivir con el padre. Exactamente como los fariseos.
Ese es el mensaje que Jesús les quería dar. Celebra que los pecadores vuelven, pero también invita a los buenos, entre comillas, a no medir el amor como salario, sino a entrar a la fiesta y alegrarse por la vida recuperada del otro. La gracia no se gana, se recibe. Y si lo ven como injusticia, están lejos de casa, aunque nunca se hayan ido.
Y esta idea no sirve a cualquiera. No porque hagamos las cosas bien, tenemos derecho a juzgar al otro sin conocer sus caídas y su camino. El amor verdadero no compite ni lleva cuentas. El amor verdadero se alegra cuando alguien perdido vuelve a vivir. Pero los roces con los fariseos no paran. Jesús entra otra vez en la sinagoga.
Hay un hombre con la mano paralizada. Los fariseos lo vigilan para acusarlo si cura en sábado. Jesús pregunta, “¿En sábado es mejor hacer el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?” Ellos callan. Jesús le dice al hombre que extienda la mano y la mano queda sana. Al salir los fariseos se juntan y planean deshacerse de él.
Aquí vale la pena detenernos para entender qué significaba el sábado en el judaísmo, porque solo así se ve que estaba realmente en juego en estas discusiones entre Jesús y los fariseos. Para los judíos, el sábado, el Shabbat, es sagrado, no se trabaja y hay reglas muy detalladas sobre lo que cuenta como trabajo.
Esto viene del relato de la creación, donde Dios descansa el séptimo día. Al descansar, el pueblo imita a Dios. El problema es que algunos fariseos tomaban esas reglas como absolutas, incluso si eso implicaba dejar a alguien con hambre o sin ayuda. Por eso, ver a Jesús curar o permitir que sus discípulos arrancaran espigas para comer en sábado les parecía escandaloso.
Y fíjate cómo respondió Jesús, “¿Qué es mejor en sábado? ¿Hacer el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?” Y en el evangelio de Marcos dice, “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado.” Es decir, el sábado fue dado para el ser humano para descansar, respirar, reencontrarse con la familia, con lo sagrado y con la vida.
Es un regalo, no una cadena. Si aplicar la norma te vuelve indiferente al sufrimiento o te empuja a hacer el mal por obediencia, ya se perdió el sentido de la ley. Para Jesús las reglas deben estar al servicio del amor, de la compasión y de la justicia. Por eso en el evangelio de Lucas pregunta, si alguien se le cae un hijo o un buey a un pozo en sábado, no lo saca de inmediato.
Es puro sentido humano. Dicho en otras palabras, no fuiste hecho para obedecer reglas ciegamente. Las normas están para ayudarnos a vivir mejor. Si una regla te vuelve cruel, frío o te impide hacer el bien, deja de cumplir su propósito. Si en tu trabajo nadie puede levantarse antes de la hora, pero alguien se desmaya, quedarse sentado por obediencia sería absurdo.
La regla importa, pero la vida va primero. Después de Jesús, los cristianos empezaron a reunirse el primer día de la semana porque era el día de la resurrección. Ya en el siglo primero hay señales de ese hábito y pronto se le llamó el día del Señor. Muchos cristianos de origen judío seguían guardando el sábado y además celebraban el domingo, pero con el tiempo, al diferenciarse del judaísmo, el domingo quedó como la Pascua semanal cristiana.
Y algo interesante es que el domingo nació primero como día de culto, no como fin de semana, como lo entendemos hoy. Durante siglos no fue feriado civil, la gente trabajaba normal y se reunía como podía. El gran giro social llegó con el año 321. Influido por el cristianismo, decretó el descanso dominical y lo vinculó con ciertas libertades para los esclavos.
Y así el día del Señor entró en el sistema legal como día de descanso, algo que con el tiempo se arraigó en buena parte de Occidente y llegó hasta hoy. Todo esto nos deja una reflexión para hoy. Quizá nuestra sociedad necesita recuperar un día de descanso real. Vivimos con ritmos acelerados de una lógica de rendimiento y presión de productividad que incluso para muchos creyentes ha contaminado esos días pensados para el reposo y la familia.
Qué distinto sería si al menos una vez por semana bajáramos la guardia, estuviéramos con los nuestros, descansáramos de verdad y volviéramos a hacer de la casa un hogar. La fama de Jesús crece y la gente llega de todas partes. Él sube al monte, llama a 12 y los nombra apóstoles para enviarlos a predicar. Pedro, Andrés, Santiago y Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago de Alfeo, Simón Elcelote, Judas Tadeo y Judas Iscariote.
Luego baja con ellos a un llano. Hay una gran multitud. Vienen a escucharlo y a ser sanados. Los atormentados por espíritus impuros quedan libres. Jesús, dirigiendo la mirada a sus discípulos, dice, “Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios. Bienaventurados los que tienen hambre, porque serán saciados.
Bienaventurados los que lloran, porque reirán. Bienaventurados cuando los odien por causa mía, su recompensa será grande. Estas bienaventuranzas son del Evangelio de Lucas y como ves ahí Jesús habla de manera literal. Los pobres y los hambrientos. En cambio, en Mateo aparecen con un matiz más interior, los pobres de espíritu y los que tienen hambre y sed de justicia.
Benedicto explica que cuando Jesús habla de los pobres no se refiere solo a quienes no tienen dinero, sino a una forma de situarse ante la vida. Recuerda que hubo épocas en que el pueblo judío fue conquistado y quedó en la miseria y eso rompió la antigua idea de que al justo siempre le iba bien y que la pobreza era castigo por una mala vida.
Desde ahí nació otra conciencia religiosa de que cuando no tienes en qué apoyarte es más fácil reconocer tu fragilidad y abrirte a Dios. Pero la pobreza de la que habla Jesús no puede ser solo material, porque ser pobre por sí solo no te hace mejor persona. También el que no posee nada puede endurecerse, llenarse de resentimiento o envidia y olvidar lo esencial.
Y al revés, no basta decir que eres humilde o eres religioso si tu vida gira en torno al dinero, el estatus o la imagen. Para Benedicto, el tener solo tiene sentido cuando se convierte en servicio. Los pobres de espíritu no se plantan ante Dios o ante la vida presumiendo méritos como si exigieran recompensa. Saben que por dentro también están necesitados.
Por eso aman más, agradecen más y reciben con sencillez lo que llega. Llegan con las manos vacías y abiertas. vacías porque no se aferran ni se creen dueños de todo, abiertas porque están dispuestos a recibir, aprender y cambiar con lo que Dios o la vida les ponga enfrente. Pasemos ahora a la bienaventuranza de los que lloran.
¿Está Jesús romantizando el sufrimiento? Como si fuera bello en sí mismo o como si llorar fuera una virtud automática. Conviene aquí distinguir dos maneras de estar afligido, dos formas de dolor. Hay una tristeza que hunde cuando alguien cae y en vez de abrirse, empezar de nuevo, se cierra en la desesperación. Esa tristeza aplasta, vuelve cínico y hace rendirse.
Más adelante veremos un ejemplo claro de este dolor en un personaje importante y te lo voy a señalar. Pero hay otra tristeza, la que nace al dolerte el mal cuando ves tu propia caída o la del mundo y no quieres seguir igual. Es el llanto que limpia hablan del corazón y empuja a cambiar. Para Benedicto, esta bienaventuranza habla sobre todo de esta aflicción, el llanto de alguien que no se endurece ante el dolor propio o ajeno, de quien no se acostumbra al mal, el que sufre al ver injusticia, violencia, hipocresía o pobreza y no
dice así es la vida sino esto no debería ser así. Por eso esta bienaventuranza se conecta con la última, la de los perseguidos. Porque llorar así también es resistir. Quien vive con el corazón despierto se duele del mal y no coopera con él. incomoda y termina señalado, criticado o incluso perseguido.
El consuelo prometido es que ese llanto no es inútil, tiene sentido. Es un camino de regreso al bien y a la vida. Más adelante veremos este tipo de aflicción en otro personaje. Después de las bienaventuranzas, Jesús agrega, “Pero, ¿hay de ustedes los ricos porque ya han recibido su consuelo? Hay de ustedes los que ahora están satisfechos porque tendrán hambre.
Hay de los que ahora ríen porque se afligirán y llorarán. Ahí cuando todos los hombres hablen bien de ustedes, porque de ese mismo modo trataron sus antepasados a los falsos profetas. Esas palabras nos asustan un poco y es normal preguntarse qué quiso decir Jesús con esos ahí de ustedes. Y aquí se abre un diálogo interesante entre Nietzsche y Benedicto.
¿De verdad es malo ser rico, estar satisfecho, reír o que hablen bien de nosotros? Nietzsche se agarró justo de esto para lanzar una de sus críticas más fuertes al cristianismo. Decía que la moral cristiana era un crimen capital contra la vida y tenía en mente precisamente este tipo de sermón. Para Nietzsche, el bienaventurados, los pobres, los mansos, los que lloran, era puro resentimiento.
El cristianismo no nació entre reyes, sino desde abajo, en un pueblo oprimido, humillado y conquistado una y otra vez. Según él, de tanta herida nació un resentimiento profundo hacia lo que representaban los dominadores, fuerza, ambición, riqueza, comodidad y poder. Y entonces ocurrió una inversión de valores.
Lo fuerte se volvió malo y lo débil se volvió bueno. Si no podían ser poderosos, ser manso tenía que verse como virtud. Si no podían ser ricos, ser pobre tenía que verse como algo elevado. Pero Nietzsche decía que esa inversión no nació de una convicción sincera, sino de no tener alternativa. Como no podían revelarse, cambiaron el sentido de las cosas para consolarse.
Y el problema para él es que esto, en lugar de impulsar al ser humano a crear, crecer y desplegar su fuerza, lo empuja a resignarse y a sentirse culpable por desear más. Ahora, Benedicto 16 responde, dice que esos hay de ustedes no son maldiciones, sino advertencias. Como en Jeremías 17 o en el salmo 1, primero se muestra el camino bueno y luego se pone una señal de peligro para no despeñarte.
Jesús hace igual, primero las bienaventuranzas y luego los a para advertir que este otro camino puede perderte. Lo peligroso no es tener dinero, reír, estar bien o recibir admiración, sino cuando todo eso te encierra en lo superficial, cuando la riqueza te vuelve autosuficiente, incapaz de necesitar a Dios o a los demás.
Cuando la comodidad te anestesia y nada ajeno te toca. Cuando la risa sirve solo para no mirar hacia adentro. Y cuando el aplauso te hace vivir para agradar y no incomodar. Y para reforzar su punto, Veredicto recuerda que la historia moderna ya nos mostró qué pasa cuando el éxito, el poder, el dinero o el disfrute se vuelven absolutos.
Surgen totalitarismos que aplastan personas, capitalismos que convierten al ser humano en mercancía y abusos económicos e indiferencia brutal ante el pobre. Todo eso ayuda a entender por qué Jesús enciende esas alertas. Entonces, para Benedicto hay dos caminos. Uno es vivir centrado en ti, en lo inmediato, aprovechando la vida sin escrúpulos.
El otro es vivir desde el amor, salir de ti, abrirte, cargar con otros, buscar justicia, paz y misericordia. Ese segundo camino, aunque parezca pérdida o debilidad, es para él el camino alto de la vida. No resentimiento, sino amor. Y al final una felicidad más sorda. ¿Tú qué opinas de este diálogo de la crítica de Nietzsche y de la respuesta de Benedicto? ¿Con quién estás más de acuerdo y por qué? Te leo en los comentarios.
Jesús continúa con su discurso. Amen sus enemigos. Hagan bien a los que odian. Bendigan a los que los maldicen. Oren por los que los hiereren. Si te golpean una mejilla, ofrece la otra. Si te quitan el manto, da también la túnica. Den al que pide. No reclamen lo que les quitan. traten a los demás como quieren que los traten a ustedes.
Si solo aman a quien los ama, no tiene mérito. También los pecadores lo hacen. Si solo hacen bien a quien les hace bien, tampoco tiene mérito. Si prestan para que les paguen, eso lo hace cualquiera. Amen, hagan el bien y presten sin esperar nada. Sean compasivos, no juzguen y no serán juzgados. No condenen y no serán condenados. Perdonen y serán perdonados.
Den y se les dará. Con la medida que usen se les medirá. Y les pone un ejemplo, un ciego no puede guiar a otro ciego. Los dos caerán. ¿Por qué ves la brisna en el ojo ajeno y no la viga en el tuyo? Saca primero la viga de tu ojo y entonces verás claro para ayudar al otro. No hay árbol bueno que dé fruto malo. Cada árbol se conoce por su fruto.
El bueno saca lo bueno de su corazón, el malo saca lo malo. La boca habla de lo que el corazón está lleno. Después Jesús enseña a sus discípulos a orar. Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Vamos a analizar esta oración clave para el cristianismo. Benedicto dice que el Padre Nuestro es una guía de vida. Primero trae tres peticiones en clave de tú que ponen a Dios en el centro y luego cuatro en clave de nosotros que aterrizan todo en nuestras necesidades.
La lógica es que si Dios va primero, lo demás se reordena. Empezamos con la invocación. Padre nuestro que estás en el cielo. Decir padre recuerda que no estamos solos. Para un creyente habla de un amor que sostiene y de una paternidad que une donde las paternidades humanas a veces separan. Para alguien no creyente puede entenderse como una invitación a confiar en que la vida se sostiene en el vínculo, reconocernos frágiles, necesitados, acompañados y parte de algo más grande que el propio ego.
Y por eso es padre nuestro, no padre mío. Nos saca del encierro del yo y nos coloca en un nosotros invitándonos a mirar al otro como hermano. Luego viene, santificado sea tu nombre. Benedicto dice que el nombre de Dios es santo, pero puede ensuciarse cuando se usa como fachada para quedar bien, manipular o justificar lo injustificable.
Por ejemplo, alguien presume en redes Dios primero, pero trata mal a los demás. Llevado a lo cotidiano, pedir que el nombre sea santificado es pedir que lo importante no se vuelva pretexto para el ego, ni para sentirte superior, ni para maquillar lo que está mal. Después, venga tu reino. Benedicto subraya. La palabra tú no se trata de que venga mi reino o mi proyecto.
Para un creyente es pedir que Dios gobierne en el interior, lo que implica un corazón dócil capaz de escuchar. Para cualquiera es pedir que no manden el miedo, el orgullo, el egoísmo o la ambición, sino la justicia, el amor, la compasión y la verdad. Luego sigue, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Otra vez aparece el contraste, tu voluntad, no la mía. Y esto me recuerda al amor fati. Nietzsche lo define como amar el destino, no querer que nada sea distinto ni en el futuro ni en el pasado, no solo soportar lo necesario, sino amarlo. Amor fati es aprender a aceptar lo que la vida trae, lo bueno y lo doloroso, sin pelear todo el tiempo con la realidad.
Esta petición va por ahí. Aceptar la voluntad de Dios o el lenguaje laico. Aceptar la vida tal como viene. El resentimiento nace cuando la vida no cumple el guion que esperábamos. Querías que alguien te quisiera y no te quiso. Querías lograr algo y no pudiste. La idea del amor fati o de esta petición es aprender a integrar esos no, estar en paz con que la vida, oh Dios, no está obligada a ser como yo quiero y aún así puedo seguir adelante sin quedarme atrapado en el enojo o la amargura.
No es resignarse de forma pasiva, sino aceptar lo que pasó y desde ahí darle una oportunidad honesta a lo que sigue. Luego viene la petición, danos hoy nuestro pan de cada día. Benedicto dice que aquí Dios toma en serio nuestras necesidades concretas. Tenemos hambre y está bien pedir pan, pero pedimos nuestro pan, no el mío.
Eso incluye también el pan de los demás. El hambre del otro también me concierne pedir pan es al mismo tiempo comprometerse a compartirlo. Quien tiene de sobra está llamado a dar. Un creyente no puede desentenderse de la obligación de ayudar a sus hermanos a conseguir el pan de cada día. Y sí, esta idea incomoda.
Tu bienestar no puede construirse sobre el vacío del otro. Lo que tienes no es solo para acumular. Cobra sentido cuando se vuelve servicio. Después viene el corazón. Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. En el mundo existen ofensas y la ofensa suele llamar a otra ofensa.
Así se forma una cadena de represalias donde la culpa crece y cada vez es más difícil romper el ciclo. Para Benedicto, esta petición afirma que el mal no se supera con venganza, sino con perdón y añade que el perdón solo puede entrar de verdad en quién también está dispuesto a perdonar. El tema del perdón atraviesa todo el evangelio.
En Mateo 5:23, Jesús dice, “Si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja ahí tu ofrenda. Ve primero a reconciliarte y luego vuelve.” Es decir, no puedes presentarte ante Dios mientras sostienes una guerra abierta con el otro. El gesto más extremo de esa lógica es Jesús en la cruz pidiendo perdón por quienes lo están matando.
Pero para entender esa petición a fondo, hay que preguntarse, ¿qué es realmente perdonar? Benedicto es muy realista aquí. La ofensa ha causado una destrucción concreta y por lo mismo necesita ser reparada. El perdón no es hacer como que no pasó ni simplemente intentar olvidar. La herida tiene que ser atendida, reparada y superada y eso cuesta, sobre todo, a quien perdona.
Tiene que enfrentar el daño por dentro, casi como cauterizarlo y dejar que ese proceso lo transforme. Solo así, esa purificación interior puede alcanzar también al culpable, de modo que ambos, atravesando el mal y superándolo salgan renovados. Más adelante voy a complementar esta definición de perdón cuando lleguemos al momento en que para mí se muestra con más fuerza.
La sexta petición es no nos dejes caer en la tentación. Benedicto aclara que Dios no tienta, pero la vida sí nos pone a prueba y esas pruebas son necesarias para crecer, para que la fe o el carácter, si lo quieres decir en lenguaje laico, no se quede en algo superficial. En el fondo, esta frase dice dos cosas a la vez.
Sé que vendrán pruebas y sé que puedo caer, así que no me sueltes. Dicho más directo, la vida siempre va a lanzarnos tentaciones, sobre todo cuando estamos vulnerables, cansados o confundidos. Y ahí se vuelve importante aceptar que a veces necesitamos algo más grande que nosotros para sostenernos. Llámalo Dios o llámalo sentido.
El ser humano puede atravesar dolor, renunciar a cosas o hacer sacrificios duros, pero lo hace mejor cuando siente que todo eso tiene un paraqué. Por eso, quizá hoy valga la pena construir un para qué más grande, algo en lo que puedas apoyarte cuando estés débil para no caer en la tentación. Puede ser por ti, por la persona que quieres llegar a ser, por tu familia, por tu comunidad, por lo que de verdad te dé sentido.
Y al final viene, líbranos del mal. Benedicto entiende esta súplica como pedir que nada, ni poderes económicos o políticos, ni ideologías centradas solo en el placer, el tener o el ganar, nos arranque el centro de la vida, el lenguaje de cualquiera que no nos roben a nosotros mismos. Más tarde, Jesús come en casa de un fariseo.
Una mujer con mala fama entra, llora a sus pies, se los limpia con su cabello y los unge con perfume. El fariseo la juzga en silencio. Jesús le responde que al que se le perdona más ama más. Luego le señala que el fariseo no tuvo gestos de acogida, pero la mujer sí y por eso sus pecados quedan perdonados. Su amor muestra su arrepentimiento.
Jesús recorre pueblos con sus discípulos y algunas mujeres sanadas. Un día después de predicar se sube a una barca con ellos. Otras barcas los acompañan. De pronto se levanta una tormenta fuerte, las olas entran en la barca y casi la hunden. Jesús está en la popa dormido sobre un cojín. Ellos lo despiertan y le preguntan si no le importa que se hunden.
Jesús se levanta, reprende al viento y cae al mar. El viento se calma y todo queda en silencio. Entonces Jesús les dice, “¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Todavía no tienen fe?” El viaje sigue hasta la región de los geracenos. Ahí Jesús se encuentra con un hombre poseído. El hombre le grita que se llama legión. Porque son muchos demonios.
Jesús los expulsa y el hombre recupera la cordura. Luego aparece una mujer que sufre hemorragias desde hace 2 años. Ha gastado todo en médicos y está peor. Con fe se acerca por detrás y toca el manto de Jesús. Al instante se cura. Jesús pregunta quién lo tocó. Ella temblando lo confiesa delante de todos. Jesús le dice que su fe la ha salvado.
Después Jesús va a la casa de Jairo, cuya hija de 12 años acaba de morir. Jesús entra, la toma de la mano y la levanta. La niña vuelve a vivir. Más tarde, Jesús regresa a Nazaret con sus discípulos. enseña la sinagoga y la gente se asombra por su sabiduría y por los milagros que hace, pero muchos no creen.
Jesús dice, “Un profeta no es valorado en su propia tierra y sorprendido por la falta de fe ahí casi no hace milagros, salvo curar a unos pocos enfermos.” Luego Jesús reúne a sus 12 discípulos y los envía por los pueblos a predicar y a sanar. Cuando regresan, le cuentan todo lo que han hecho, pero la gente los sigue desde todas partes.
Jesús ve a la multitud, siente compasión y se pone a enseñarles. Se hace tarde y los discípulos se preocupan. No hay que comer. Jesús toma cinco panes y dos peces, los bendice y los reparte. La comida alcanza para todos unas 5,000 personas. Comen y quedan satisfechos. Donde quiera que entra, pueblos, ciudades o aldeas le llevan enfermos a las plazas y Jesús los cura.
Aquí vale la pena detenernos un momento en los milagros porque casi siempre se abren dos caminos de lectura. Por un lado, quienes creen que los milagros de Jesús ocurrieron tal cual. Esa postura depende de la fe y partiendo de esa convicción no hay mucho que discutir. Por otro lado está la lectura más simbólica, típica de ciertos eruditos modernos.
Para entender esta mirada hay que mirar el contexto del mundo antiguo. En el Mediterráneo de la época, la mayoría creía en milagros y en hacedores de milagros. Era una cultura donde se daba por hecho que dioses, curanderos o figuras carismáticas podían intervenir en la vida humana. Ahí está el caso de Apolonio de Tiana o del emperador Vespasiano.
Autores romanos como Tácito y Suetonio cuentan que en Alejandría sanó a un ciego con saliva y devolvió la movilidad a un paralítico. Fuera verdad o propaganda, lo importante es que esas historias circulaban y se veían como algo posible. Así que lo extraño no era que alguien hiciera milagros, sino quién los hacía.
Normalmente eran personas con prestigio, poder político o estatus religioso. Por eso, algunos estudiosos dicen que lo verdaderamente desconcertante de Jesús no es que la gente creyera que curaba, sino que un campesino galileo apareciera con esa autoridad divina. De hecho, en los evangelios nunca se discute si Jesús tiene poder, sino de dónde viene ese poder.
En Marcos, por ejemplo, sus detractores dicen que expulsa demonios porque está aliado con Belcebú. No niegan el fenómeno, cuestionan la fuente. Y en Marcos 6, la falta de fe del pueblo parece frenar sus milagros. Desde esta lectura, los milagros funcionan para decir algo sobre quién es Jesús y qué significa su reino. Algunos autores, como John Dominic Crossan, además, distinguen entre curar y sanar.
Curar es quitar la enfermedad biológica. Sanar es romper el estigma que la acompaña y reintegrar a la persona en la comunidad. Así que cuando Jesús devuelve la vista a un ciego, levanta un paralítico o toca a quienes eran considerados impuros, como un leproso o una mujer con hemorragia, estaría anunciando un mundo sin exclusiones.
Cuando multiplica panes y peces, estaría mostrando un mundo donde nadie se queda sin comer. Cuando expulsa demonios, estaría anticipando que el bien terminará triunfando sobre el mal. Y cuando resucita a alguien, estaría señalando la promesa de la vida eterna. En ese sentido, los milagros funcionarían como metáforas de un orden nuevo, un mundo sin hambre, sin exclusión, sin enfermedad, sin mal y sin muerte.
Pero bueno, tú cómo los lees más como hechos literales, como signos simbólicos o un poco de ambas. Te leo en los comentarios. Un día un legista le pregunta a Jesús qué ha de hacer para heredar la vida eterna. Él mismo, como doctor de la ley conoce la respuesta, pero quiere ver qué dice Jesús al respecto. Jesús entonces le remite simplemente a la escritura.
¿Qué está escrito en la ley? Le pregunta. El legista responde, “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.” Jesús le responde que ha respondido bien, pero el escriba insiste, “¿Y quién es mi prójimo?” La pregunta no es casual, lo sigue poniendo a prueba porque era un tema muy discutido en las escuelas judías.
En ese contexto, prójimo casi siempre significaba el connacional, alguien del pueblo de Israel, parte de una comunidad con deberes mutuos. Los extranjeros quedaban en la orilla. En teoría, la escritura pedía amarlos, pero en la práctica solo se consideraba prójimo al extranjero ya asentado en la tierra de Israel.
Tampoco se veía como prójimos a herejes, delatores, apóstatas, ni a los samaritanos, que eran considerados enemigos religiosos y sociales. Recuerda bien esto último. Veamos qué le responde Jesús. Jesús le relata una parábola. Un hombre baja por el camino y cae en manos de bandidos. Lo golpean, lo despojan y lo dejan medio muerto.
Pasa un sacerdote, lo ve y se aparta. Pasa un lévita y hace lo mismo, pero pasa un samaritano, lo ve y se compadece, se acerca, venda sus heridas, les pone aceite y vino, lo monta en su cabalgadura, lo lleva a una posada y cuida de él. Al día siguiente deja dinero al posadero y le dice, “Cuídalo. Si gastas más, te lo pago al volver.
” Jesús pregunta, “¿Quién de los tres fue prójimo del herido?” El escriba responde, “El que tuvo misericordia.” O sea, el samaritano. Jesús le dice, “Ve y haz lo mismo.” Benedicto nota cómo Jesús cambió la pregunta. La duda original era, ¿quién es mi prójimo? Pero Jesús la volteó.
¿Quién fue prójimo del herido? No es que primero alguien sea nuestro prójimo y luego decidamos ayudar, es al revés. Cuando vemos a alguien necesitado y nos dejamos tocar, ahí nace el prójimo. El samaritano no se preguntó si el herido entraba o no en su lista, simplemente se conmovió y actuó. Así se hizo prójimo.
Ser prójimo no depende de quién sea el otro, si se parece a mí, si piensa como yo, si me cae bien o comparte mis valores. Eso es lo fácil. Depende de lo que hacemos cuando nos cruzamos con alguien que necesita ayuda, sea quien sea. El amor al prójimo del que habla Jesús implica lo que hizo el samaritano. Detenernos donde estamos, ser humanos donde nos toca y no cerrar los ojos ante la persona concreta que encontramos en el camino.
Y como Jesús enseña que no hay mandamiento más grande que amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, quiero detenerme en este segundo porque lo que hemos escuchado describe un amor verdaderamente radical. Después de escuchar eso de amar y hacer el bien a quien nos hace mal, inevitablemente surge la duda.
¿De verdad tendríamos que vivir así? Más aún, ¿es siquiera posible? A primera vista, este mandato parece absurdo. ¿Cómo se supone que ame a mi enemigo? Al que me odia, al que me maldice, al que me hizo daño de verdad. ¿Por qué habría de hacerlo si ni siquiera tengo garantía de que esa persona me vaya a amar de vuelta? Puede que ni me conozca, que le sea indiferente lo que me pase o que cuando le convenga vuelva a lastimarme.
Entonces, ¿qué sentido tiene amar a alguien así? Creo que pocas cosas chocan tanto con nuestra naturaleza como este mandato. Imagina algo extremo. ¿Alguien lastima a uno de tus hijos? ¿Nadie esperaría que amaras a esa persona? Lo normal sería odiarla, desearle el mal, incluso buscar venganza. Y la mayoría lo entendería.
Entonces, ¿por qué Jesús pone justo esta instrucción como una de las más importantes si parece tan irracional? Precisamente por eso es tan importante, porque es lo más difícil. Y mientras más difícil es algo para el ser humano, más necesario es recordarlo. Jesús lo dijo. Si solo amas a quien te ama y haces el bien a quien te hace el bien, eso es fácil.
Es como en la escuela, cuando los niños rompen una regla una y otra vez, los maestros insisten más porque sin esa regla todo se descompone. Por eso esta llamada radical al amor es fundamental. Nada contrarresta tanto nuestra programación básica como este mandato. Sin él, el mundo sería aún más salvaje. Llamar así implica un salto de fe de soltar impulsos que nos llevan a lo contrario y distinguirnos de las bestias.
Sostener esta instrucción es sostener lo que nos hace humanos. En el fondo, nos necesitamos unos a otros. Vivimos por vínculos y nos salvamos por vínculos. Soy humano y nada humano me es ajeno. Y hoy esta instrucción se siente especialmente urgente. En un mundo donde el yo va primero, yo antes que todo, y donde cada vez nos alejamos más del otro, pasamos de largo su dolor, nos encerramos en burbujas y justificamos el desprecio por diferencias ideológicas o culturales, reivindicar el amor al prójimo se vuelve imprescindible. Lo paradójico es que la
filosofía de Jesús es clarísima en esto y aún así hay quien dice seguirlo, hablar en su nombre e incluso defenderlo, pero vive al revés, juzga, excluye, odia y humilla. El amor del que habla Jesús no es un discurso, es una práctica. Yo, siendo sincero, también estoy de acuerdo con esta máxima y de hecho son muchas las doctrinas y religiones que coinciden en este punto y trato de vivirla, claro, no sin dificultades, errores ni caídas.
Soy un ser humano con defectos, pero amar así es una forma de vida que se construye y se pelea todos los días. Y es importante que no desistamos porque de intentar amar al prójimo depende que la humanidad no se nos muera por dentro. Jesús va a la región de Tiro, donde una mujer cirofenicia le ruega que libera a su hija de un espíritu impuro.
Jesús la sana. Luego vuelve al mar de Galilea, le llevan a un hombre sordo y tartamudo. Jesús lo toca y el hombre empieza a oír y hablar bien. Después llegan fariseos y discuten con él. Uno lo invita a comer. Jesús entra y se sienta a la mesa sin lavarse las manos según el rito. El fariseo se sorprende. Jesús le dice, “Ustedes limpian lo de afuera, pero por dentro están llenos de maldad.
Den al necesitado lo que tienen y entonces serán limpios.” Pagan el diezmo de cosas pequeñas y descuidan la justicia y el amor a Dios. Buscan los primeros asientos y los saludos en las plazas. Un escriba le responde, “Con eso también nos ofendes a nosotros.” Jesús dice, “Y a ustedes también. cargan a la gente con leyes pesadas, pero ustedes no las alivian ni con un dedo.
Luego vuelve a llamar a la gente y les dice que nada de lo que entra en el hombre desde fuera puede contaminarlo. Lo que de verdad lo contamina es lo que sale de él. Explica que lo que entra no llega al corazón, sino al vientre y termina en el excusado. Con eso deja claro que todos los alimentos son puros y remata: lo que realmente mancha al ser humano nace de dentro del corazón.
De ahí salen las malas intenciones. Fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, engaños, libertinaje, envidia, injuria, soberbia e insensatez. Todo eso sale de dentro y eso es lo que contamina al hombre. Aquí hay que explicar otra cosa de la ley judía para entender esta disputa.
En tiempos de Jesús, muchas normas prohibían ciertos alimentos para no quedar ritualmente impuro y evitar así un proceso de purificación. Mientras alguien estaba impuro, no podía participar plenamente en ciertas prácticas sagradas, sobre todo las del templo. Es decir, antes de acercarte a Dios debías ordenarte ritual y simbólicamente.
Por eso, cuando Jesús se sentó a comer sin hacer ese rito, los fariseos se escandalizaron. Pero lo que Jesús defendía era otra cosa. El verdadero problema no es lo externo, sino el corazón. Una pureza sin amor se vuelve hipocresía. Les dijo que limpian lo de afuera, pero por dentro están llenos de rapiña y maldad, que se fijan en lo secundario y descuidan lo esencial, la justicia y el amor a Dios.
De nada sirve que por fuera todo parezca limpio si por dentro estás podrido. La verdadera impureza no se mide por lo que entra a tu boca, sino por lo que sale de tu vida. En Judea, unos fariseos vuelven a ponerlo a prueba. Le preguntan si un hombre puede divorciarse. Jesús les dice, “Moisés lo permitió por la dureza de corazón de ustedes.
” Pero desde el principio Dios los hizo hombre y mujer. Los dos se vuelven una sola carne. Ya no son dos, sino uno. Lo que Dios une que no lo separe el hombre. Luego en casa añade, “Quien deja a su esposa y se casa con otra, comete adulterio.” Y lo mismo si ella deja a su marido. Otra vez Jesús cuenta una parábola.
Dos hombres suben el templo a orar. Uno es fariseo y el otro publicano. El fariseo dice, “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás ni como este publicano. Ayuno y doy diezmo.” El publicano, en cambio, se queda atrás, no se atreve ni a alzar los ojos, se golpea el pecho y dice, “Dios, ten compasión de mí que soy pecador.
” Jesús explica que el publicano vuelva a su casa justificado, no el fariseo, porque el que se engrandece será humillado y el que se humilla será levantado. Después le trae niños a Jesús. Los discípulos intentan apartarlos, pero Jesús se enoja. Pide que los dejen venir y explica que el reino de Dios es de los que son como ellos.
El que no lo reciba como un niño no entrará. En otra ocasión, con miles de personas alrededor, alguien le dice, “Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo.” Jesús responde, “Cuídense de la codicia. La vida no depende de cuánto tienes.” Y cuenta, “Los campos de cierto hombre rico dieron una abundante cosecha y pensaba para sus adentros, ¿qué haré ahora si no tengo donde almacenar todo el grano?” Entonces se dijo, “Ya sé lo que voy a hacer.
Demoleré mis graneros y edificaré otros más grandes. Almacenaré allí todo mi río y mis bienes y me diré, “Ahora ya tienes abundantes bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe y banquetea.” Pero Dios le dijo, “Qué necio eres. Esta misma noche te reclamarán la vida. ¿Para quién será entonces todo lo que has preparado? Así es el que atesora riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios.
” Jesús remata, “No pueden servir a Dios y al dinero. Si sirven a uno, despreciarán al otro.” Luego Jesús sigue el camino. Un hombre corre, se arrodilla ante él y pregunta, “Maestro, ¿qué hago para heredar la vida eterna?” Jesús dice, “Cumple los mandamientos. No mates, no robes, no cometas adulterio, no mientas. Honra a tu padre y a tu madre.
” El hombre responde. Todo eso lo cumplo desde joven. Jesús le dice que le ha faltado una cosa. Vende lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, “Ven y sígueme.” El hombre se entristece y se va porque es muy rico. Jesús dice a sus discípulos, “Qué difícil es que los ricos entren en el reino de Dios.
Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino. Pero le dice que ellos lo han dejado todo para seguirlo. Jesús les asegura, “Nadie que deje casa, esposa, hermanos, padres o hijos por el reino de Dios se quedará sin recompensa. Recibirá mucho más ahora y vida eterna después.
” A lo largo del relato hemos visto como Jesús es muy directo y radical cuando habla del dinero y las riquezas. Hay quienes leen sus palabras literalmente y ven ahí un llamado a una vida sencilla, incluso asética. Y algo de razón tienen. Jesús sí incomoda y cuestiona de frente el apego a las riquezas.
Pero también hay otra lectura, la misma que veíamos en las bienaventuranzas, que va al corazón del asunto. El problema no es simplemente tener o no tener dinero, sino qué lugar ocupa el dinero en tu vida. El conflicto es cuando se vuelve tu centro, como el hombre que decía cumplir todos los mandamientos, pero al final mostró que su riqueza era más importante que todo eso.
O como el rico de la parábola que solo almacena para sí pensar en nadie más. Cuando acumulas solo para ti, cuando tu seguridad está únicamente en lo que tienes y te vas volviendo insensible al dolor ajeno, el dinero deja de ser herramienta y se convierte en amo. Si tu vida gira en torno a la ganancia, el estatus y la acumulación, lo demás, Dios, los otros, la justicia, la compasión, el amor, termina girando alrededor de eso.
Desde esta perspectiva, Jesús no está en contra de tener cosas. Lo que cuestiona es cuando las cosas nos tienen a nosotros, cuando lo que poseemos termina poseyendo también nuestro corazón. ¿Tú cómo interpretas todo lo que dice Jesús sobre los ricos y el dinero? Te leo en los comentarios. Mientras suben a Jerusalén, Jesús empieza a decirles lo que va a pasar. Allá me entregarán a los paganos.
Se burlarán de mí, me insultarán, me escupirán, me azotarán y me matarán. Pero al tercer día resucitaré. Se aproximan a Jerusalén, al pie del monte de los Olivos. Jesús envía a dos de sus discípulos a traer un burro. Lo montan y Jesús sube en él. La multitud lo aclama mientras entra así en Jerusalén.
Jesús entra en el templo, ve a los comerciantes instalados ahí y entonces los expulsa, voltea las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas y dice, “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.” También anuncia que el templo será destruido y que él lo levantará en tres días.
Cuando los sumos sacerdotes y los escribas se enteran de esto, empiezan a buscar la manera de eliminarlo. Este episodio es importantísimo, así que vale la pena analizarlo con calma. En el mundo antiguo, el templo era el corazón del judaísmo. Ahí se concentraban la presencia de Dios, el culto, la identidad del pueblo e incluso su cohesión política.
La tradición judía decía que estaba construido sobre la piedra fundacional, el punto desde donde Dios habría fundado el mundo y donde la creación se sostiene. También se vinculaba con el lugar del sacrificio de Isaac por Abraham. Al templo de la época de Jesús se le llama segundo templo, porque antes existió el de Salomón, destruido por los babilonios en el siglo VI antes de Cristo.
Tras el exilio, los judíos lo reconstruyeron y ese es el que llega a tiempos de Jesús, ya con las enormes ampliaciones de Herodes. Muchos judíos tenían una relación ambivalente con ese templo. Era el centro de su fe, pero estaba controlado por élites sacerdotales que colaboraban abiertamente con los romanos. Josefu incluso dice que el sumo sacerdote Caifás y el gobernador romano Poncio Pilato eran aliados cercanos.
Durante la Pascua, los peregrinos se encontraban tres tipos de mesas. Las que vendían corderos, las que vendían palomas y las de los cambistas. La lógica era que la gente compraba un cordero para ofrecerlo en sacrificio por sus pecados y luego comerlo en la cena pascual. Quien no podía pagar un cordero compraba una paloma.
Pero se consideraba blasfemo hacer esa compra con cualquier moneda que no fuera la oficial del templo. Así que primero tenían que cambiar su dinero con los cambistas y solo después podían comprar el animal. negocio redondo. Jesús no estaba de acuerdo con lo que pasaba ahí y por eso volcó las mesas de los cambistas y vendedores.
¿Por qué? Primero porque quería limpiar el espacio sagrado de todo lo que estorbaba la adoración. Él dijo, “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones.” Y justo este evento sucedió en el patio de los gentiles, el único lugar del templo abierto a los no judíos. En vez de ser un lugar para que cualquiera pudiera rezar, se había vuelto un mercado.
Al despejarlo, Jesús parece haber tenido la intención de que volviera a ser un lugar de encuentro con Dios para todos. Pero hay algo más. Jesús sentía que el templo se había vuelto una farsa, un teatro religioso donde el culto se mezclaba con el negocio. Para entender bien esa crítica, Benedicto nos hace mirar siglos atrás a Jeremías.
Él ya había llamado al templo cueva de bandidos porque veía que el pueblo creía que cumplir los ritos aseguraba la protección de Dios, aunque su vida estuviera llena de injusticia. Fue tajante. Un templo convertido en cueva de ladrones no tiene la protección divina. No hay culto verdadero si afuera se roba, se oprime, se mata, se adultera y se vive de espaldas a Dios.
Con eso en mente se entiende mejor lo que pasó aquí. Jesús vio repetirse el mismo patrón. El templo se había convertido en un mercado. Otra vez, el centro de la fe se usaba para algo contrario a Dios. Y todavía hay algo más. Las palabras proféticas de Jesús cuando anunció que el templo será destruido y que lo levantará al tercer día.
Está hablando de su propio cuerpo como el verdadero templo. El culto antiguo debía caer para dar paso a algo nuevo, una forma diferente de buscar y adorar a Dios. Jesús tenía que pasar por la cruz para convertirse como resucitado en el nuevo templo, el nuevo lugar de encuentro entre Dios y el ser humano.
Jesús enseña todos los días en el templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los jefes del pueblo buscan cómo eliminarlo, pero no se atreven porque la gente lo escucha con atención. Un día los escribas y fariseos le llevan a una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen, “Moisés manda apedrar a estas mujeres.
¿Tú qué dices? Es una trampa. Jesús se inclina y escribe con el dedo en el suelo. Luego dice, “El que esté sin pecado que tire la primera piedra.” Vuelve a escribir. Uno por uno se van yendo, pero no se rinden. En otro momento intentan atraparlo con una pregunta. ¿Es lícito pagar tributo al César o no? Jesús ve la hipocresía y responde, “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
” Después, hablando para que todos lo oigan, advierta a sus discípulos. Cuídense de los escribas. Les gusta pasearse con ropas llamativas, recibir saludos en las plazas, ocupar los primeros asientos y los mejores puestos y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largas oraciones. A esos les espera un juicio más duro. Jesús se sienta frente al tesoro del templo y observa.
Muchos ricos echan grandes cantidades. Luego llega una viuda pobre y echa dos moneditas. Jesús llama a sus discípulos y les dice, “Esta viuda ha dado más que todos. Ellos han dado lo que les sobra. Ella da lo que necesita para vivir, todo lo que tiene. También cuenta la historia de un hombre que se va de viaje y antes de irse reparte sus bienes entre tres servidores.
A uno le da cinco talentos, a otro dos y a otro uno, según lo que cada quien puede cargar. El de cinco se pone a trabajar con eso y gana otros cinco. El de los dos hace lo mismo y gana otros dos, pero el de uno por miedo lo entierra. Cuando el amo vuelve y pide cuentas, felicita a los dos primeros con las mismas palabras.
Bien, siervo bueno y fiel, fuiste fiel en lo poco, entra en la alegría de tu señor. En cambio, al tercero lo reprende duro por no haber hecho nada con lo que recibió. Le quita el talento y lo echa fuera. Esta parábola de los talentos es de mis favoritas. Fíjate có la clave no está en la cantidad, sino en la actitud. Al que recibió cinco y al que recibió dos, el amo los trató igual.
No les celebró el tamaño del resultado, sino la fidelidad con lo que se les confió. En otras palabras, no importa cuánto tengas, sino qué haces con eso. El talento en su mundo era una gran fortuna, así que simboliza todo lo que se te ha dado, tu vida, tus capacidades, tu tiempo, tus oportunidades, tus bienes, etcétera. La pregunta es, ¿lo pusiste a circular o lo enterraste? Si se te dio un talento, no es para guardarlo como reliquia, sino para que se vuelva vida para otros.
El problema del tercer siervo no fue que tenía poco, sino que se paralizó por miedo. Esa inmovilidad es justo lo que Jesús denunciaba. Una vida blindada que no se arriesga a amar ni a servir. Se va marchitando. Lo que se encierra se pierde, lo que se entrega crece. Si te cierras, te haces más pequeño por dentro.
Si ejercitas el amor, el corazón se ensancha. El llamado es poner lo nuestro al servicio del bien y de los demás, aunque dé miedo y no haya garantías. Esto es muy relevante. Hoy vivimos en una época en donde la lógica del rendimiento lo impregna todo. Casi todo lo medimos en términos de ganancia.
¿De qué obtengo a cambio? Así se nos olvida lo desinteresado, lo gratuito. Donar tiempo, dones, presencia, por el simple hecho de ayudar. Necesitamos recuperar eso, hacer cosas por otros sin estar calculando el retorno. Faltan dos días para la Pascua. Los sumos sacerdotes y los escribas buscan cómo prender a Jesús con engaño y eliminarlo.
Entonces Judas Iscariote, uno de los 12 apóstoles, va con ellos para entregarlo. Ellos se alegran y le prometen dinero. Desde ese momento, Judas espera la ocasión. Llega el primer día de los áimos, cuando se sacrifica el cordero pascual. Jesús come la Pascua con sus discípulos en una sala grande, en el piso alto de una casa.
Mientras están recostados, Jesús dice, “Uno de ustedes me va a entregar.” Luego toma pan, lo bendice, lo parte y se los da. Tomen, esto es mi cuerpo. En cuanto Judas tome el bocado, se levanta y sale. Es de noche. En un sentido más profundo, Judas está saliendo de la luz para meterse en la oscuridad.
Después, Jesús toma la copa, da gracias y se las pasa. Esta es mi sangre de la alianza derramada por muchos. Pedro le dice, “Estoy listo para ir contigo a la cárcel y a la muerte.” Jesús le responde, “Esta misma noche, antes de que cante el gallo dos veces, me negarás tres.” Salen hacia el monte de los Olivos.
Jesús se aparta un poco, siente angustia y ora, “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Vuelve con los suyos y les dice, “Ha llegado la hora.” De pronto aparece un grupo armado guiado por Judas. Judas se acerca y lo besa. Esa es la señal. Lo detienen y se lo llevan preso a casa del sumo sacerdote. Pedro lo sigue de lejos.
Entra al patio y se queda con la gente. Una criada lo ve y dice, “Tú estabas con él.” Pedro niega, “No lo conozco.” Canta un gallo. La criada insiste frente a todos. Este es uno de ellos. Pedro vuelve a negar. Un poco después otros lo señalan. Claro que eres de los suyos. Pedro jura, “No conozco a ese hombre.

” Entonces canta el gallo por segunda vez. Pedro recuerda las palabras de Jesús, se quiebra y llora. Acabamos de ver claramente los dos tipos de aflicción de los que hablamos en las bienaventuranzas. En el evangelio de Mateo se cuenta que Judas se afligió, se arrepintió y devolvió el dinero, pero el problema es que ya no pudo creer en el perdón.
Su arrepentimiento se fue cerrando sobre sí mismo hasta convertirse en pura desesperación. Y esa tristeza sin esperanza terminó siendo destructiva. Pedro, en cambio, es el ejemplo opuesto. Él también cayó, también se afligió, pero ese llanto no lo destruyó, sino que lo abrió. Fue el inicio de su reconstrucción.
Sus lágrimas le permitieron volver, rehacerse y empezar de nuevo. En cuanto se hace de día, llevan a Jesús ante el sanedrín. Buscan un testimonio para condenarlo, pero no lo encuentran. Muchos lo acusan en falso y sus versiones no coinciden. Algunos dicen que lo oyeron afirmar que destruiría el templo y que en tres días levantaría otro.
El sumo sacerdote se levanta y le pregunta, “¿No respondes nada? ¿No oyes lo que dicen contra ti?” Jesús calla. Entonces el sumo sacerdote insiste, “¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios?” Jesús responde, “Sí.” Y verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del poder y viniendo entre las nubes. El sumo sacerdote se rasga las túnicas.
¿Qué más testigos necesitamos? Esto es blasfemia. Todos lo declaran reo de muerte. Algunos le escupen, le cubren el rostro y lo golpean. ¿Por qué las autoridades judías llegaron hasta este punto? ¿Por qué rechazaban a Jesús con tanta fuerza que terminaron queriendo deshacerse de él? ¿Por qué declarar ante el sanedrín que era el Mesías bastó para condenarlo? Para entenderlo, hay que recordar qué esperaba la mayoría del pueblo.
Como expliqué antes, la esperanza más común entre los judíos estaba puesta en la situación concreta y dolorosa del pueblo de Israel, un pueblo humillado por Roma, empobrecido, oprimido, con un templo vigilado y una identidad amenazada. Muchos imaginaban al Mesías como un gran rey guerrero, un libertador político, descendiente de David, que restaurara el reino, expulsara a los romanos y devolviera dignidad al pueblo.
Por eso, la idea de que el Mesías fuera el hijo de un carpintero venido de un pueblito sin prestigio como Nazaret, chocaba por completo con esa expectativa. En el evangelio de Juan incluso aparece esa frase medio burlona. de Nazaret puede salir algo bueno, pero no era solo su origen humilde, sino su manera de entender la fe.
A lo largo del relato vimos como Jesús contradijo muchas enseñanzas tradicionales y legalistas de su época. Se juntaba con pecadores, publicanos, prostis y marginados. Juraba en sábado y decía que el sábado debía servir al ser humano. Afirmaba perdonar pecados, algo reservado solo a Dios. Llamaba prójimo, incluso a enemigos religiosos como los samaritanos.
relativizaba los rituales de pureza diciendo que lo que contamina no es lo que entra al cuerpo, sino lo que sale del corazón. Y hablaba de un reino no político ni militar, sino interior y universal. En otras palabras, Jesús no encajaba con la salvación concreta que muchos esperaban para el pueblo de Israel. Parecía incluso lo contrario.
Aún así, al principio las autoridades no parecían alarmadas. Parecía otro movimiento provinciano en Galilea, como tantos que se apagaban solos. Pero todo cambió cuando Jesús llegó a Jerusalén, el centro del judaísmo. ¿Qué pasó ahí? Vimos como la multitud lo aclamó al entrar. Luego vino la purificación del templo con palabras que sonaban a juicio profético y para algunos a anuncio del fin del templo tal como lo conocían.
Después siguieron sus intervenciones públicas dentro del templo mientras la gente se le acercaba cada vez más. Eso ya no se podía ignorar y menos en Pascua, cuando la ciudad se llenaba de peregrinos y la esperanza mesiánica podía encender fácilmente un conflicto político. Ya no era un movimiento menor, podía encender a la ciudad y provocar una reacción de Roma.
Las autoridades del templo temían que el imperio viera esto como el inicio de una rebelión y terminara destruyendo el templo y aplastando al pueblo. Aquí lo religioso y lo político eran inseparables. Cuidar el templo era cuidar la fe y la supervivencia del pueblo. Si caía el templo, se derrumbaba todo.
Por eso, desde su lógica, era mejor apagar la chispa antes de que se volviera incendio. Preferían el estatus quo. Roma al menos permitía el templo y respetaba ciertos límites religiosos. El pueblo, aunque sometido, podía seguir existiendo. En el interrogatorio ante el sanedrín, vimos como primero intentaron acusarlo con lo del templo, que Jesús supuestamente lo destruiría y lo reconstruiría en tres días.
Pero los testimonios no coincidieron y no quedaba claro qué había dicho exactamente. Entonces quedaba la acusación decisiva, que Jesús asumía una pretensión mesiánica que lo ponía a la altura de Dios. Cuando el sumo sacerdote Caifás le preguntó si él era el Cristo, el Hijo de Dios, Jesús respondió que sí y añadió, “El Hijo del Hombre vendrá sobre las nubes del cielo.
” Con esa frase lo que hizo fue tomar la imagen del libro de Daniel y la aplicó a sí mismo. Estaba afirmando que él era ese hijo del hombre, cuyo reino nacía del poder humano ni era de este mundo, sino que venía de Dios y era definitivo. Para las autoridades eso era políticamente desconcertante y teológicamente inaceptable.
Jesús estaba hablando de Dios con una cercanía que parecía participación en la misma naturaleza divina. Dentro de su marco eso era blasfemia, caso cerrado. Por eso Caifas se rasgó las vestiduras. Ese gesto estaba prescrito al juez al oír una blasfemia. Así terminó el interrogatorio ante el sanedrín. Jesús fue declarado culpable de blasfemia, delito que según la ley judía, merecía la muerte. Pero había un problema.
Los judíos ya no podían ejecutar a nadie. Solo los romanos tenían esa facultad. El caso debía pasar a manos de Pilato y la acusación tomó un giro político. Jesús se había presentado como Mesías, aunque su idea de mesianismo era diferente, para las autoridades eso sonaba a realeza y reclamar una dignidad regia, por mínima que fuera, podía verse como rebelión contra Roma.
Bajo ese marco, la realeza mesiánica se volvió un delito político que la justicia romana debía castigar. Y por eso Jesús es llevado al pretorio y presentado ante Pilato como un criminal que merece la muerte. Lo acusan diciendo que alborota al pueblo, que prohíbe pagar tributo al César y que se hace llamar rey.
Pilato le pregunta, “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús responde, “Tú lo dices.” Pilato sale y dice que no encuentra delito en él. Pero ellos insisten. Cuando Pilato se entera de que Jesús es galileo, lo manda con Herodes. Herodes le hace muchas preguntas, pero Jesús no responde. Herodes se burla de él, lo viste con un manto brillante y lo devuelve a Pilato.
Pilato reúne a los sacerdotes, a las autoridades y al pueblo. Ni yo ni Herodes hallamos culpa en este hombre. No merece la muerte. Lo soltaré. Pero la multitud grita. Cada Pascua Pilato libera un preso. Hay uno famoso, Barrabaz, preso por un motín que hubo en la ciudad y asesinato. Pilato les pregunta, ¿a quién quieren que suelte? Los sumos sacerdotes empujan a la gente a pedir a Barrabá.
¿Y qué hago con Jesús? Pregunta Pilato. Todos gritan, “¡Crucifícalo, qué mal ha hecho! Crucifícalo.” Pilato cede, suelta Barrarz. A Jesús lo manda a azotar y lo entrega para que lo crucifiquen. La flagelación era un castigo que en el derecho romano solía acompañar la condena a muerte. Era brutal e inhumano. Varios soldados azotaban al condenado hasta agotarse, dejando su carne hecha girones y colgando en pedazos ensangrentados.
Ahora quiero entrar de lleno al juicio de Jesús ante Pilato. Como ha explicado, la acusación de que se había declarado rey de los judíos era gravísima, porque para Roma un rey sin su legitimación era un rebelde que amenazaba la Pax romana y merecía la muerte. Pero Pilato no era ingenuo. Sabía que Jesús no había levantado un movimiento armado.
Por lo que había oído, lo veía más como un visionario religioso que chocaba con la Torá o con el orden interno judío. Tras interrogarlo, lo confirmó. Jesús no era un revolucionario político, ni su mensaje ni su conducta amenazaban al dominio romano. No tenía ejército, nadie peleaba por ese rey y su reino no era violento.
Prueba de eso es que no persiguieron y eliminaron a sus discípulos con él, cosa que sí hacían cuando un Mesías autoproclamado y su grupo se levantaban en armas. Así que si acaso Jesús había quebrantado la ley judía, a Pilato eso no le importaba. Por eso primero lo envió con Herodes. Pero cuando Herodes se lo devolvió, Pilato quedó atrapado.
Las autoridades judías lo acorralaron. Absolver a Jesús podía costarle caro. En plena Pascua, con la ciudad llena y tensa, cualquier chispa podía provocar disturbios y además le lanzaron la amenaza directa. Si lo sueltas, no eres amigo del César. Pilato entendió que su carrera estaba en juego, así que más por miedo que por convicción recurrió a la costumbre de soltar al preso que el pueblo pidiera y puso frente a la multitud a Jesús y a Barrabaz. Y esto es muy simbólico.
Barabaz no era cualquier preso. Marcos dice que estaba encarcelado por una revuelta donde hubo un homicidio. Juan lo llama bandido, pero Benedicto aclara que en ese contexto político esa palabra podía significar también terrorista o combatiente de la resistencia. Mateo, además, lo describe como un preso famoso, lo que sugiere que era un personaje destacado, quizá incluso uno de los líderes de esa insurgencia.
En otras palabras, Barrabá a ser una figura mesiánica en sentido político, el tipo de libertador que muchos esperaban y su nombre lo refuerza. Bar Abaz significa hijo del padre, un título con resonancia claramente mesiánica. No parece casual que la elección del pueblo sea justamente entre Jesús y Barrabá. Dos figuras mesiánicas, dos modos completamente distintos de entender la salvación.
Incluso hay otro detalle muy fuerte, Orígenes, teólogo de los primeros siglos, menciona que en varios manuscritos antiguos Barrabá se llamaba Jesús Barrabaz, es decir, Jesús Hijo del Padre, casi un doble de Jesús, como si el texto nos pusiera adelante dos Jesuces, uno que encarna el mesianismo de la fuerza y la violencia y otro este Jesús desconcertante que actúa solo con el poder de la verdad y del amor proponiendo la negación de sí mismo como camino hacia la vida.
¿Y a cuál de los dos prefirió a la gente? La respuesta tristemente no sorprende. Y Benedicto lanza esta pregunta que es bastante inquietante. Si hoy tuviéramos que elegir, ¿tendría alguna oportunidad de alguien como Jesús? Los soldados llevan a Jesús al palacio, lo visten de púrpura, le ponen una corona de espinas y se burlan. Salve, rey de los judíos.
Lo golpean, le escupen, se arrodillan ante él riéndose. Cuando terminan, le quitan la púrpura, le ponen su ropa y lo sacan. En el camino obligan a un hombre, Simón de Sirene, a cargar la cruz detrás de Jesús. También llevan a otros dos condenados. Llegan al Gólgota, al Calvario. Los sigue mucha gente.
Algunas mujeres lloran por él. Alrededor de las 9 de la mañana clavan a Jesús en la cruz. Sobre su cabeza ponen el letrero Rey de los judíos. A su derecha y a su izquierda crucifican a los otros dos. Jesús dice, “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen.” Esto es fuertísimo. Jesús está poniendo en acto la ética de amor radical que predicó.
Está viviendo ahí mismo lo que dijo en el sermón de la montaña. No conoce odio ni venganza. Pide perdón por quienes lo están literalmente matando. Eso me recuerda algo en lo que he reflexionado antes. La palabra perdón tiene una etimología muy bonita, viene de per que sugiere algo permanente y donare que es donar.
En ese sentido, perdonar es dar un regalo gratuito, sin condiciones y sin fecha de caducidad. Desde aquí, el filósofo Jax de Rida plantea algo muy fuerte, que el verdadero perdón solo aplica a lo imperdonable. Porque si solo perdonamos lo que es fácil de perdonar y hay condiciones y eso contradice la gratuidad del perdón.
Lo mismo pasa si el perdón depende del arrepentimiento del otro o si puede retirarse después. Se vuelve transaccional, no perdón pleno. Suena muchísimo lo que decía Jesús. ¿Te acuerdas? Si solo aman a quien los ama, ¿qué mérito tiene? Aquí aplicaría decir, si solo perdonamos lo perdonable, eso es fácil, ¿no? Por eso lo que de verdad necesita perdón es justo eso que creíamos imposible de perdonar, eso que más nos consume por dentro.
Y esto es lo que hizo Jesús en la cruz, perdonar lo imperdonable. Ahora, desde nuestra humanidad no todo puede perdonarse. Hay heridas que nos rebasan. Pero si alguien decide intentarlo para no quedarse atado a lo que le hicieron, para que la historia no lo devore, ayuda mucho distinguir el perdón de otras cosas con las que solemos confundirlo.
Primero, justicia y perdón no son lo mismo. Puedes seguir resentido con alguien que fue castigado y también puedes liberarte emocionalmente de alguien que jamás pagó nada. Perdonar no es absolver ni justificar lo que te hicieron. es aceptar el dolor, reconocerlo y dejar de darle a quien nos ofendió el poder de seguir definiendo nuestra vida emocional.
Segundo, perdón y reconciliación tampoco son lo mismo. Puede haber perdón sin reconciliación y reconciliación sin perdón. Quien termina una relación por infidelidad, pero sin rencor perdona aunque no vuelva. Y quien regresa con su pareja pero sigue sacando el tema, quizás se reconcilió, pero no perdonó.
Finalmente, el perdón, si es verdaderamente perdón, no depende de condiciones externas. No lo concede el culpable, ni lo dicta una norma moral. Lo otorga la víctima por ella y para ella. Por eso, solo lo imperdonable, lo que no debería perdonarse, lo que duele de forma inimaginable, cumple con los requisitos de un perdón auténtico, incondicional, infinito y no transaccional.
Así el perdón siendo imposible y al mismo tiempo necesario se vuelve el regalo supremo. Dicho esto, la petición del Padre Nuestro de perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, cobra peso. Recibimos ese regalo en la misma medida en que lo damos a los demás. Los soldados se reparten su ropa echando suertes. La gente que pasa lo insulta.
Si ibas a destruir el templo y levantarlo en tres días, sálvate, baja de la cruz. Los sumos sacerdotes se burlan. A otro salvó, pero asíismo no puede salvarse. Que baje y creeremos. Uno de los condenados también lo insulta. Si eres el Cristo, sálvate y sálvanos. El otro lo reprende. Nosotros merecemos esto.
Él no ha hecho nada malo y le dice a Jesús, “Acuérdate de mí cuando vengas con tu reino.” Jesús responde, “Hoy estarás conmigo en el paraíso.” La imagen del ladrón arrepentido me parece de las más conmovedoras. Un hombre que gastó su vida en caminos torcidos y terminó colgado de una cruz sin futuro. Ya no podía arreglar nada ni pedir perdón a quien les lastimó.
Y sin embargo, su redención no vino de compensar el daño, sino de reconocer la verdad. Aceptó que su vida estuvo mal llevada y que estaba pagando consecuencias justas. No se justificó, no se victimizó ni culpó a otros. Tampoco pidió un milagro para escapar. Solo dijo, “Acuérdate de mí.” Como si confesara, “Sé quién fui, pero aún quiero volver.
” Y Jesús le respondió, “Hoy estarás conmigo en el paraíso.” Hoy. No mañana, no después de una larga penitencia. Hoy el buen ladrón así se vuelve un símbolo de esperanza que nos recuerda que incluso después de una vida equivocada la puerta no se cierra mientras haya un gesto sincero de regreso.
Y ojo, esto no es una excusa para vivir como sea y dejar el arrepentimiento para el final. Es más bien una revolución contra la desesperanza. Aunque te hayas equivocado mucho y tu historia tenga partes muy oscuras, el último capítulo no está escrito hasta que se escribe. Mientras haya vida, siempre hay camino de vuelta.
Desde lejos, algunos de sus seguidores, incluida su madre, miran todo con horror. Llega la hora sexta y la oscuridad cubre toda la tierra hasta la hora nona. A la hora nona, Jesús grita, “¡Dios mío, Dios mío, ¿porque me has abandonado?” Luego dice, “Tengo sed.” Uno de los presentes empapa una esponja en vinagre, la pone en una caña y se la acerca.
Jesús la prueba y dice, “Todo está cumplido.” Inclina la cabeza y muere. Entonces el velo del santuario se rasga en dos de arriba a abajo. El centurión que está frente a él al verlo morir así dice, “De verdad este hombre era hijo de Dios.” El velo se rasgó en dos de arriba a abajo, señal de que fue un acto que vino de Dios.
¿Qué podría significar esto? En el templo había dos velos, pero seguramente se habla del interior. El que separaba el santo de los santos, el corazón del templo donde se creía que habitaba la presencia de Dios. Nadie podía entrar ahí, excepto el sumo sacerdote una vez al año y tras rigurosos rituales. Hasta entonces, el rostro de Dios estaba velado.
Que ese velo se rompiera justo cuando muere Jesús indica que algo terminó y algo nuevo comenzó. Con su muerte, la época del antiguo templo, con sus sacrificios y acceso limitado a Dios, llegó a su fin y se abrió un camino nuevo donde el acceso a Dios quedó libre. El velo rasgado es la imagen de lo que Jesús anunciaba.
El antiguo templo caería y nacería uno nuevo, no de piedra, sino en una persona. Su cuerpo entregado se vuelve el lugar donde Dios se deja encontrar. No obstante, la gran ironía es que el templo físico terminó destruyéndose igual. Las autoridades creían que eliminando a Jesús lo evitarían, pero no fue así.
En el año 70, la tensión con Roma estalló en una gran rebelión. Tito sitió Jerusalén, la ciudad fue arrasada y el segundo templo quedó destruido para siempre. Nunca se volvió a levantar otro templo en ese lugar. Lo único que quedó en pie fue parte del muro exterior que sostenía la explanada del templo, el muro occidental conocido como el muro de los lamentos, hasta hoy el lugar de oración más sagrado para los judíos.
Con los siglos, ese mismo monte se volvió sagrado también para el Islam. Según la tradición musulmana, ahí ocurrió el viaje nocturno y la ascensión de Mohamed y por eso ya bajo dominio musulmán se construyeron el domo de la roca y la mezquita de Ala- Aka. Desde el siglo VI, el recinto del antiguo templo es el Jam al Sharif, el tercer lugar más santo del Islam.
O sea, me estás diciendo que muchos judíos siguen esperando la venida de un Mesías que recupere ese lugar sagrado para ellos, pero que para hacerlo tendría que destruir el domo de la roca y la mezquita, que son de lo más sagrado del Islam. Eso suena que tal vez el conflicto entre estas dos religiones es casi imposible de resolver.
Al atardecer, Pilato entrega el cuerpo a José de Arimatea. José compra una sábana, baja a Jesús de la cruz, lo envuelve y lo pone en un sepulcro excavado en roca. Luego rueda una piedra sobre la entrada. Las mujeres van detrás, ven dónde lo dejan y cómo lo colocan. Después regresan a preparar aromas.
Al amanecer del domingo van al sepulcro para embalsamarlo, pero al llegar ven que la piedra está retirada. Entran y encuentran a un joven vestido de blanco sentado a la derecha. Él les dice, “No está aquí. Jesús ha resucitado. A mí me gusta ver la pasión de Cristo como un modelo simbólico de vida.
Si lo piensas bien, todo lo que Jesús enfrentó refleja algunos de los miedos más profundos que tenemos como seres humanos. De entrada, Jesús sabía lo que venía. Sabía exactamente el dolor y el horror que estaban por ocurrir. Y aún así, con miedo decidió enfrentarlo. Ahí ya tenemos el primer elemento, la voluntad.
Pero no una voluntad libre de miedo. Lo enfrentó con todo y miedo. Luego llegaron las traiciones, Judas y la negación de Pedro. ¿Qué miedo es más universal que ese? Que las personas que amamos y en quienes confiamos nos traicionen. Ese es uno de los grandes temores colectivos. Después vinieron las humillaciones públicas, las burlas, la difamación y el rechazo social.
Otro miedo enorme. Que hablen mal de nosotros, que nos malinterpreten o que nos juzguen injustamente. Jesús también atravesó eso. A todo esto se sumó otra cosa, el abandono de sus amigos. Nadie quiere estar solo cuando más necesita apoyo. Ese también es un miedo colectivo. Y finalmente, uno de los miedos más profundos de todos, la muerte.
Y no cualquier muerte, sino una dolorosa lenta, una crucifixión. La mayoría de nosotros desea una muerte tranquila, nos aterra a una muerte angustiante. Jesús enfrentó a ese terror también. ¿Y qué ocurrió después? Jesús murió en la cruz y resucitó transformado. Tal vez la vida se trate de esto, de atrevernos a descender voluntariamente, con todo y miedo, a las zonas más oscuras de nuestra experiencia, enfrentar aquello que quisiéramos evitar, pero que necesitamos enfrentar para que deje de frenarnos.
nuestros sufrimientos, nuestros errores, nuestras culpas, nuestros miedos o esos obstáculos de afuera a los que no nos hemos atrevido a hacer frente. Y al hacerlo, algo en nosotros muere, morimos simbólicamente y después nos elevamos, resucitamos como una persona nueva y un poco mejor, no una sola vez, sino muchas veces a lo largo de la vida.
Y claro, nadie carga su cruz solo. Jesús necesitó a Simón de Sirene. Nosotros también necesitamos ayuda. No somos autosuficientes. Tenemos que permitirnos ser ayudados. Las mujeres, María Magdalena, Juana, María, la de Santiago y las demás vuelven corriendo y le cuentan a los apóstoles que vieron a Jesús, pero ellos no les creen.
Después Jesús se aparece a dos discípulos que van camino a una aldea. Ellos regresan a contarlo, pero tampoco les creen. Por último, Jesús se aparece a los 11 mientras están a la mesa. Los reprende por su incredulidad y por su dureza. Luego les dice, “Vayan por todo el mundo y anuncien la buena noticia a toda la creación.
” Después de hablarles, Jesús es elevado al cielo y se sienta a la derecha de Dios. Y los discípulos salen a predicar por todas partes. Después de la muerte de Jesús, sus seguidores empezaron a decir que lo habían vuelto a ver. Una forma de entenderlo es literal. La resurrección ocurrió y Jesús volvió a la vida.
Pero en un plano más histórico o simbólico se pueden pensar otras posibilidades. Es posible que los discípulos hayan llegado a la convicción de que Jesús debía haber resucitado porque Dios lo había reivindicado. Lo mataron como un blasfemo. Pero si Jesús venía de Dios, su muerte no podía ser el final, ni carecer de sentido.
La resurrección sería entonces la manera en que Dios lo confirma y lo reivindica. Ahora bien, si Dios lo reivindica, ¿por qué dejar que muera primero? Aquí entra la Pascua judía. Recordemos que en esa fiesta los judíos subían a Jerusalén para sacrificar un cordero en expiación de sus pecados. Con ese trasfondo, los primeros cristianos empezaron a leer la muerte de Jesús como un sacrificio por los pecados de la humanidad.
Por eso Juan lo llama el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y si Jesús es el cordero definitivo, ya no harían falta más sacrificios de animales. La expiación quedaba cumplida en él. El cristianismo nace entonces con un rito nuevo que recoge esa idea. En lugar de ofrecer corderos, se comparte el pan y el vino como signo del cuerpo y la sangre de Jesús.
Pero la historia no terminó ahí. Si Dios lo levantó, entonces Jesús tenía razón y su mensaje tenía que abrirse al mundo. Los discípulos sintieron que debían anunciar lo que vieron y aprendieron, difundir la buena nueva, compartir su ética del amor radical, bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y formar comunidades que vivieran según el reino que él anunciaba.
Ahí empezó el cristianismo como tal, como una misión nacida de la convicción de que Dios había confirmado a Jesús. Y bueno, quiero cerrar recordando que mi objetivo con este video fue reconstruir hasta donde pude la vida del Jesús histórico y analizar sus enseñanzas sin intentar probar ni negar que Jesús sea Dios. Esa es una pregunta teológica y personal.
Cada quien la responde desde su propia fe o desde su propia búsqueda. Dicho eso, es innegable que Jesús, un carpintero judío, campesino de la Galilea rural, haya sido Dios o no, cambió el rumbo de la civilización. Venía de los estratos más bajos de su sociedad. Vio un mundo lleno de sufrimiento e injusticia y no se conformó.
Anunció un mundo distinto, más humano y más justo. Y no solo lo predicó, enseñó cómo empezar a construirlo con una ética concreta, una forma radical de amar. Acogió a los marginados, tocó lo impuro, levantó a los caídos y puso en el centro al ser humano real, el que tenía enfrente. Y después se atrevió a llevar esa visión al corazón del poder político y religioso de su época.
Desafió a los poderosos y a las estructuras que oprimían y maquillaban la fe y pagó el precio con su propia vida y su reino. Pues algo extraño pasó después. Tras su muerte, sus seguidores difundieron su mensaje por todo el Imperio Romano. En el mundo mediterráneo, persona tras persona, con persecución de por medio, fue dejando atrás la lógica de un imperio basado en la violencia, la dominación, la esclavitud y la acumulación para abrazar una fe centrada en amar al prójimo sin importar origen ni estatus.
300 años después, el mismo imperio que lo ejecutó como criminal político terminó adoptando la religión nacida de ese carpintero crucificado. Así que quizá después de todo su reino se llegó. Ahora bien, si los cristianos han vivido esa ética hasta hoy es otra discusión. Cada quien puede mirar eso con honestidad y sacar sus conclusiones.
¿Qué pensaría este Jesús de nuestro mundo, de nuestros debates y de aquellos mismos que dicen hablar en su nombre? Cada quien responderá a su manera. Lo que sí parece innegable es que la vida de Jesús cambió el mundo y sigue incomodando, inspirando y poniendo preguntas sobre la mesa 2000 años después.
Quizás, aunque fuera un poco, a nuestro mundo, no le haría nada mal recuperar algo de esa ética de amor radical. Muchas gracias por llegar hasta el final de este video. Recuerda que si no te has suscrito a mi canal, lo puedes hacer en este momento y me ayudarías muchísimo. Y tú y yo nos vemos en el próximo