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¿Era JESÚS el ELEGIDO… o solo un HOMBRE COMÚN ?

Según Josefo, que es nuestra fuente principal para entender esa época, empiezan a surgir por toda la región distintos Mesías. Los romanos los persiguen y ejecutan. Proclamarse Mesías es casi firmar tu sentencia de muerte. Rebelión tras rebelión, el patrón se repite, pero el fenómeno no se detiene, porque la esperanza tampoco.

Uno de esos mesías fallidos es Judas el Galileo, fundador del movimiento Celote,  que busca la libertad del pueblo, incluso con violencia. Hacia el año 6 después de Cristo intentaría una insurrección y también sería sofocada. En medio de ese clima, José y María embarazada viajan a Belén para empadronarse por orden de César Augusto.

Ahí María da luz a Jesús, lo envuelve en pañales y lo acuesta en un pesebre porque no había lugar para ellos. Jesús nace desde abajo. En un mundo que sueña con un rey guerrero, nace un niño sin ejército ni estatus. Y desde ese contraste comienza una historia que va a sacudirlo todo. La familia regresa a Nazaret, donde Jesús crece fuerte y sabio.

Cuando cumple 12 años, sube con sus padres a Jerusalén por Pascua. Al regreso, él se queda sin que lo noten. María y José lo buscan angustiados y tres días después lo encuentran en el templo  sentado entre maestros escuchando y preguntando. Todos se asombran. Ese detalle de los tres días parece una referencia discreta a los tres días que pasarán entre la crucifixión y la resurrección.

Como si desde la primera Pascua de Jesús la historia ya estuviera apuntando hacia la última, la Pascua de la Cruz. Jesús vuelve con sus padres a Nazaret y vive obedeciéndolos mientras sigue creciendo. Pasan los años, Jesús crece y se vuelve un carpintero campesino. De hecho, la palabra griega que usan los evangelios para su oficio es Tecton.

Se refiere a un artesano de clase baja. En el año 15 de Tiberio César, Pilato gobierna Judea y Herodes Galilea. Juan el Bautista  predica en el Jordán y llama al bautismo de conversión. La gente se pregunta si Juan es el Cristo, pero él dice que viene otro más fuerte a quien no es digno ni de desatar las sandalias.

Según Benedicto 16, el bautismo de Juan es un bautismo de conversión, reconocer de verdad los pecados, pedir  perdón y decidir dejar atrás la vida de antes para empezar otra nueva. En pocas palabras, mirarse con sinceridad y elegir cambiar. Eso es lo que el bautismo  expresa con sus gestos.

Al sumergirse en el agua, la persona simboliza una muerte, dejar atrás la vida vieja. En el mundo antiguo, las aguas profundas eran vistas como fuerzas peligrosas capaces de devorar la vida. Así que entrar al agua tenía ese sentido de morir a lo anterior. Pero el agua también es símbolo de vida, sobre todo en un río, fecunda la tierra y sostiene a los pueblos.

El río Jordán, de hecho, era y es fuente de vida para su región. Por eso, salir del agua representa un renacer. Así, el bautismo es purificación y comienzo a la vez, soltar el peso del pasado y levantarse una vida nueva como una pequeña imagen de muerte y resurrección. En Jesús esto se vuelve todavía más profundo. Al entrar al agua asume desde el inicio la carga del pecado humano y el camino que lo llevará a la muerte.

Al salir se anticipa su resurrección y la vida nueva que viene con él. Entonces aparece Jesús, sale de Nazaret después de 30 años y Juan lo bautiza. Jesús vuelve del Jordán y se va al desierto 40 días.  Sin comer siente hambre. El lo tienta. Le pide que convierta piedras en pan. Jesús responde que no  solo de pan vive el hombre, le ofrece los reinos del mundo.

Jesús responde que solo a Dios se adora. Lo reta a tirarse del templo, ya que está escrito que sus ángeles lo sostendrán. Jesús responde que no se debe tentar a Dios y la tentación termina. Esta retirada de Jesús al desierto es una preparación para el gran reto que le viene encima. El desierto, árido y vacío evoca un espacio de soledad y silencio.

Jesús se apartó para ordenarse por dentro, espiritual, mental y emocionalmente, antes de lo que va a vivir. Y como también es humano, las tentaciones pueden leerse como luchas internas. Lleva días sin comer, tiene hambre, está débil y ahí apareció la tentación. No fue casualidad, casi siempre llega cuando uno está cansado o vulnerable.

Además, la tentación rara vez se presenta como haz algo malo porque sí, es más  fina, te ofrece algo que parece lógico o incluso bueno, pero te saca del centro y te hace poner lo urgente por encima de lo importante. La primera tentación fue por ahí. Convertir piedras en pan. Suena bastante lógico porque Jesús tenía hambre, pero hacerlo habría sido usar el poder de Dios para servirse a sí mismo.

Y eso abre una pendiente peligrosa, porque hoy por necesidad, mañana por comodidad y pasado por orgullo. Los límites se corren sin que te des cuenta. Por eso respondió, “No solo de pan vive el hombre.” Es decir, no vivimos solo de lo inmediato, también vivimos de sentido. Y a veces ese sentido pide renunciar a placeres rápidos o atravesar el dolor.

La segunda tentación fue el poder, todos los reinos del mundo. Parecía un atajo para hacer el bien, porque con poder podrías imponer orden y asegurar la fe, pero como sugiere Benedicto, cuando la fe se mezcla con el poder político, casi siempre termina sirviendo al poder y jugando con sus reglas. Jesús la rechazó y dejó claro que su reino no era de este mundo.

Herodes, el tetrarca, está furioso con Juan. Juan lo ha criticado por casarse con Herodías. la esposa de su hermano y por muchas otras injusticias. Herodes manda arrestarlo y tiempo después ordena decapitarlo. Después de que Juan fuese entregado, Jesús marcha a Galilea y proclama, “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios ha llegado.

Conviértanse y crean en la buena nueva.” En Galilea, Jesús enseña las sinagogas y la gente lo admira. Su fama se extiende. Baja a Cafarnaún en la sinagoga. Enseña con tal autoridad que todos quedan asombrados. De pronto, un hombre con un espíritu impuro grita. Jesús le ordena, “Cállate y sal de él.” El espíritu sale.

La gente queda impactada. Hasta los espíritus le obedecen y su fama crece más. En Cafarnaú cura a todos los que le llevan, enfermos o atormentados. Un día, junto al mar de Galilea ve dos barcas,  sube a la de Simón y enseña la multitud desde ahí. Al terminar le dice, “Trema mamar adentro y echa las redes.” Simón responde que no han pescado nada toda la noche, pero si Jesús lo dice, lo harán.

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