¡HALLAZGO HISTÓRICO! La TUMBA ZAPOTECA que SHEINBAUM llamó el descubrimiento del SIGLO en MÉXICO
El nivel de conservación de lo que encontraron aquí y la información que nos va a arrojar, pues es muy importante. Se trata de una tumba zapoteca ubicada en la zona arqueológica de Witzo en los Valles centrales de Oaxaca, que por su nivel de conservación y riqueza decorativa facilitará entender la complejidad social, artística y simbólica de esta civilización.
Imagínate una tumba sellada a oscuras, 100 años exactos sin que nadie la abra. Y cuando los arqueólogos por fin entran, lo primero que ven en la pared es un búo de piedra y el pico del búo está cubriendo la cara de un hombre. El 23 de enero de 2026, la presidenta de México, Claudia Shainbow, se paró en la mañanera y dijo con todas sus letras que esto era el descubrimiento arqueológico más importante de la última década, no de un año, no de cinco, de 10.
Y cuando entiendas lo que hay dentro de esa tumba, vas a entender por qué. Hoy te voy a contar quiénes la encontraron, qué descubrieron al cruzar el umbral, qué significa ese búo tapando una cara y por qué hay arqueólogos ahora mismo discutiendo si esto cambia lo que creíamos saber sobre los zapotecas por el nivel de conservación e información que aporta.
Es una tumba zapoteca del clásico tardío, 600 años de nuestra era, y destaca por su arquitectura monumental, entrada decorada con un búo. Vean este video, es algo extraordinario, extraordinario. Orgullo de los mexicanos, grandeza de México. Te voy a ser honesta. Llevo años cubriendo descubrimientos arqueológicos para este canal y casi siempre exageran un poquito.
Hay una pieza, un fragmento, una pared. Aquí no. Aquí estamos hablando de una cámara funeraria entera con sus murales originales en cinco colores, sus guardianes tallados en piedra y los nombres calendáricos del personaje al que enterraron. Cuando vi las fotos por primera vez, paré. No me lo creía. Vamos por orden. Para entender esto, hay que volver a finales de 2025, a un cerro que casi nadie conoce, a unos 30 km de la ciudad de Oaxaca.
El sitio se llama Cerro de la Cantera. Está en San Pablo Witzo, en el norte del valle de Etla. Y aunque el nombre no te suene, ese cerro pertenece a un complejo arqueológico mucho más grande llamado cerro de la campana ojazu en Zapoteco, que significa literalmente fortaleza de guerra. Ahí, hace 1400 años había una ciudad zapoteca importante, una de las que dominaban el norte del valle junto con Montealbán al sur, una ciudad de plataformas, terrazas, edificios ceremoniales repartidos en casi 100 hactáreas y debajo de todo eso tumbas,
tumbas que llevan siglos esperando. A finales de 2025 llega al INA un reporte que en arqueología es la peor noticia que puede recibir. Alguien estaba excavando ilegalmente en el cerro de la cantera. Saqueadores, buscando piezas para vender en el mercado negro. Y aquí entran los arqueólogos del centro INA, Oaxaca, concretamente Jorge Bautista Hernández y Gabriela Galicia Moreno.
Lo que ellos pensaban que iba a ser una intervención de rescate, una emergencia para frenar el saqueo, se convirtió rápidamente en otra cosa, en algo mucho más grande, porque mientras documentaban el daño, encontraron algo que los saqueadores no habían visto. un tiro de acceso, un pasaje vertical sellado con piedra que llevaba ahí intacto desde el siglo VI, 100 años sin que nadie tocara ese sello.
Y eso en arqueología mexicana es casi un milagro, porque la mayoría de las tumbas zapotecas que conocemos fueron reabiertas en la antigüedad por los propios zapotecas en rituales secundarios o saqueadas hace siglos. Encontrar una sellada virgen con todo lo que dejaron dentro el día del entierro. Es como encontrar una cápsula del tiempo del año 600.
Los arqueólogos llamaron a esa cámara funeraria tumba 10 de Witcho. Y lo que ninguno de los dos sabía, mientras quitaban con cuidado la primera piedra del sello, es que estaban a punto de ser las primeras personas en 100 años en mirar a la cara al señor que mandaba en esa ciudad. Un señor cuyo retrato seguía esperando, intacto al fondo de la cámara.
Entrar en la tumba 10 no es como entrar en una habitación, es bajar. Y al bajar lo primero que ves no es la cámara funeraria, es una antecámara, una especie de antesala antes de la cámara principal. Y ya ahí, antes de llegar al cuerpo, los zapotecas te están diciendo dónde estás. Sobre la entrada del antecámara hay un búo tallado en piedra, un búo grande.
Y este búo no está ahí de adorno. En la cosmovisión zapoteca el búo es el ave de la noche, de la muerte y del poder. Tres cosas que en su mundo eran la misma cosa. El que manda, manda porque tiene contacto con los muertos. Y el búo es el mensajero, pero lo más perturbador no es el búo en sí, es lo que hace el búo.
Su pico tallado en la piedra baja y cubre la cara de una figura humana que está justo debajo. Una cara estucada y pintada, una cara de hombre. Los arqueólogos creen que esa figura es el retrato del personaje al que se dedicó la tumba. El señor Zapoteca, el líder. Y el pico del búo cubriéndole el rostro. No es casualidad, es un mensaje.
En la lógica zapoteca, ese hombre ya no era un hombre, era un antepasado, un intercesor, alguien a quien sus descendientes acudían para hablar con los dioses. El búo lo había transformado. Para, Piensa un momento en eso. En el siglo VI, en una montaña de Oaxaca, hubo alguien con tanto poder que cuando murió decidieron tallar un búo de piedra que le tapara la cara para siempre, para que nadie volviera a verlo como hombre, solo como ancestro.
Pero esto es solo la entrada, la antecámara. Sigues caminando, atraviesas un umbral y ese umbral está flanqueado por un dintel de piedra y en la parte de arriba del dintel grabado hay un friso de lápidas con nombres calendáricos. Los nombres calendáricos en la cultura zapoteca son los nombres con los que nacía cada persona.
Según el día del calendario ritual de 260 días. No te ponían José o María, te ponían el día en que naciste con su signo y su número. Cinco Yuar. ocho movimientos. Esos eran los nombres reales y los que aparecen tallados en ese dintel son casi con seguridad los del personaje enterrado y los de su linaje.
Su árbol genealógico escrito en piedra sobre la entrada de su tumba. A los lados del umbral en las jambas dos figuras más, un hombre y una mujer. Tallados en piedra también llevan tocados elaborados y sostienen objetos en las manos. Los arqueólogos de Linach creen que son guardianes, los guardianes simbólicos del lugar, como dos centinelas que llevan 100 años haciendo su trabajo.
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Y entonces atraviesas el umbral y entras en la cámara funeraria. En las paredes de esa cámara hay murales, murales originales en su sitio con los pigmentos del año 600, ocre, blanco, verde, rojo y azul. El azul es el más raro de todos en arqueología mesoamericana porque el azul maya, el famoso azul maya, es uno de los pigmentos más estables y más bonitos del mundo antiguo.
Y aquí lo tienes en una pared zapoteca después de 100 años. ¿Y qué pintaron en esos murales? Una procesión, una fila de personajes que caminan, cargan bolsas. En esas bolsas llevan Copal, la resina aromática que los pueblos mesoamericanos quemaban para hablar con los dioses. Y todos esos personajes caminan en la misma dirección, hacia la entrada, hacia el señor enterrado. Imagínate la escena.
Hace 100 años alguien pintó en esa pared a la gente del pueblo, llevando ofrendas a su líder muerto. Y esa pintura sigue ahí. La gente que llevó esas ofrendas reales, los cuerpos que las pintaron, llevan siglos siendo polvo, pero la procesión sigue caminando. Ahora bien, te voy a decir algo importante. Los arqueólogos de Lina ya están comparando la tumba 10 con otra tumba zapoteca, la tumba 5 del cercano cerro de la campana, descubierta en 1985 hace 40 años.
La tumba cinco tiene más de 40 m² de pintura mural, 60 personajes representados, mascarones de jaguar, glifos. Hasta hoy se consideraba la mejor tumba zapoteca jamás encontrada. La tumba 10 está jugando en esa liga y por una sola razón está jugando con ventaja. No fue saqueada nunca. La tumba cinco estuvo perturbada. Esta no. Esta está como la dejaron el día que la sellaron.
Pero todavía no te he contado lo más importante y tiene que ver con por qué Shain Bom se atrevió a llamar a esto el descubrimiento de la década. Lo más importante de la tumba 10 no es lo que hay dentro, es lo que va a salir de ahí en los próximos años. Mira, cuando un arqueólogo abre una tumba saqueada, encuentra arquitectura, encuentra murales, encuentra glifos, pero pierde el contexto porque alguien revolvió las cosas.
Las ofrendas no están en su sitio. La cerámica está rota, el cuerpo está movido y sin contexto una pieza vale mucho menos. Es como leer un libro al que le arrancaron las páginas y las mezclaron. Cuando abres una tumba intacta, en cambio, lees el libro entero. Sabes dónde estaba cada vasija, sabes qué tenía dentro. Sabes en qué postura enterraron al Señor, sabes qué llevaba puesto.
Sabes qué pusieron a sus pies y qué a su cabeza. Y todo eso te dice cómo pensaban, cómo entendían la muerte, quién mandaba sobre quién, cómo se relacionaba el linaje con el poder. Por eso, el equipo del centro INAC, Oaxaca está trabajando con un cuidado obsesivo. Están haciendo análisis cerámicos, iconográficos, epigráficos. Están descifrando los nombres calendáricos del dintel uno por uno.
Están haciendo antropología física para saber quién era ese hombre, qué edad tenía cuando murió, de qué murió, qué comía, si tenía deformaciones rituales en el cráneo, si le habían limado los dientes. Y la pintura mural está delicada. Hay raíces que se metieron por las grietas en 100 años. Hay insectos, hay cambios de humedad.
Estabilizar esos pigmentos antes de que se pierdan es una carrera contra el tiempo, pero la pieza clave, la que cambia el juego, son los nombres calendáricos del dintel, porque si los descifran bien, vamos a saber el nombre real del señor enterrado ahí, ¿no? El señor de la tumba 10, su nombre, el día en que nació, el de su padre, el de su madre, el de su linaje entero.
Y eso en arqueología zapoteca es algo que casi nunca pasa. Conocemos pocos nombres reales de gobernantes zapotecas del clásico tardío, muy pocos. Si la tumba 10 nos da uno con su biografía pegada al lado, eso ya justifica la frase de Shane Bound. Pero hay algo más, y esto es lo que más me llama la atención.
Esta tumba no estaba en Monte Albán, no estaba en la capital, estaba en una ciudad satélite secundaria que durante décadas hemos considerado periferia y la tumba que apareció ahí está al nivel de las mejores tumbas del centro del Imperio Zapoteca. Eso significa que la idea que teníamos de cómo se distribuía el poder en el mundo zapoteca con Montealbán arriba y todo lo demás abajo podría ser falsa o al menos demasiado simple.
Había señores en estos cerros del norte del valle de Etla con tanto poder, tanto arte y tanto linaje detrás como cualquier señor de la capital. Y la tumba 10 lo demuestra. Te voy a confesar una cosa. Cuando estaba leyendo el boletín de Liná y mirando las fotos de los arqueólogos entrando en la tumba 10, hubo una imagen que me detuvo, la del búo de piedra cubriendo la cara del Señor.
Y me quedé un rato pensando en eso, porque yo crecí, como muchos de ustedes, escuchando hablar de los aztecas y de los mayas como si fueran las dos únicas civilizaciones mesoamericanas que importan. Los libros de historia de la escuela les daban capítulos. A los zapotecas, si llegaban, les daban dos páginas. Y sin embargo, aquí estamos. Año 2026.
Se descubre una tumba zapoteca y la presidenta del país sale a decir que es lo más importante que ha pasado en arqueología mexicana en una década. No de los aztecas, no de los mayas, zapoteca. Y eso me hace pensar en cuánta historia hemos contado a medias, cuánto hay enterrado en Oaxaca, en Chiapas, en Guerrero, en Veracruz, que llevamos siglos pisando sin mirar.
Cuántos linajes con nombres calendáricos. Cuántos señores con su búo de piedra. ¡Cuánta gente cuya historia todavía no ha aparecido! Y lo otro que me marca es esto. La tumba 10 se descubrió porque alguien la estaba saqueando. Si esos saqueadores hubieran trabajado un poco más rápido, un poco más callados, lo que hoy es el descubrimiento de la década habría salido por pedazos en una subasta clandestina.
Habríamos perdido los murales, los nombres, el contexto, todo. Y nadie en México habría sabido nunca que ese señor existió. Por eso quería contarte esta historia, porque cada hallazgo así es una segunda oportunidad, una que casi se pierde. Y hoy, varios meses después de aquel anuncio en la mañanera, el equipo del centro INA Oaxaca sigue ahí, en el cerro de la cantera, estabilizando murales con pinceles finos, descifrando glifos uno a uno, intentando ponerle nombre al hombre que el búo de piedra lleva 100 años protegiendo. Y todavía no sabemos qué
más hay, porque la tumba 10 podría ser solo la primera de varias. Yo te quiero preguntar una cosa. ¿Crees que cuando finalmente descifren ese nombre calendárico el del Señor, deberíamos sustituir el nombre Tumba 10 por su nombre real? Devolverle su identidad después de 14 siglos. Cuéntamelo en los comentarios. Los voy a leer todos.
Y si esta historia te ha dejado pensando, hay otra que tienes que ver. Hace unos meses cubrí el caso de una ciudad maya entera que la selva había escondido durante 300 años y que volvió a aparecer casi por accidente. La conexión con lo que acabas de escuchar te va a sorprender. Te la dejo aquí arriba.
Nos vemos allí hasta el próximo vídeo.