El tigre Azcárraga. Su hija decidió terminar con su vida y él tenía el poder de haberlo impedido. Emilio Azcárraga mismo comprendía con exactitud lo que su hija estaba atravesando por dentro. Ese abismo interior, esa angustia profunda, ese amor que otra persona determinó que no tenía derecho a existir, lo comprendía porque a él le habían hecho lo mismo.
Le habían arrancado a la mujer que amaba por mandato de su propio padre. Y cuando su hija Paulina rogó por el suyo, cuando le vedaron el acceso al hombre que amaba justo en el momento en que más lo necesitaba, él no abrió la boca. El hombre que decidía lo que 90 millones de mexicanos veían en sus pantallas. El hombre que determinaba quién tenía existencia pública y quién desaparecía, que decidía, el hombre que reunió 5000 millones de dólares.
Ese mismo hombre fue incapaz de pronunciar una sola palabra en defensa de su propia hija y ella encontró otra salida. Pero esa no es la historia completa, porque el patrón que terminó con la vida de Paulina comenzó mucho antes de que ella viniera al mundo. Comenzó con un padre que delante de todos los trabajadores de su empresa llamaba a su hijo el príncipe idiota.

Lo comparó con su cuñado durante años. Lo humilló públicamente cada vez que tuvo oportunidad. Y cuando Emilio Azcárraga Milmo finalmente se hizo cargo del emporio más grande de habla hispana, dedicó el resto de su existencia a demostrar que su padre había estado equivocado. No lo consiguió porque ese hombre, el tigre, el más poderoso de México, murió solo en un yate en Miami, consumido por un cáncer de páncreas, y su propia hermana se negó a acudir a despedirse de él.
Esa hermana, Laura, recibió llamadas, recibió súplicas. Su otra hermana, Carmela, le imploró que fuera. Le decía que Emilio estaba agonizando, que fuera a despedirse. Laura respondió que no y no cambió de posición. Hoy vas a conocer cuatro cosas que nunca te han contado sobre el tigre Azcárraga. La primera, las palabras precisas que su padre le dirigía frente a los empleados de Televisa, las humillaciones que lo marcaron para siempre.
lo que ese hombre le hizo a su único hijo varón. La segunda, lo que verdaderamente ocurrió con su hija Paulina. La verdad que México nunca llegó a conocer porque la versión oficial fue una mentira. ¿Y qué papel tuvo el tigre en su muerte? La tercera, la razón exacta por la que su hermana Laura jamás lo perdonó. y por qué se rehusó a verlo mientras se consumía de cáncer en un yate en Miami? Y la cuarta, lo que pronunció en su lecho de muerte.
Las últimas palabras de un hombre que lo tuvo todo referidas a una mujer que había fallecido 60 años antes. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes de contarte cómo terminó, necesitas entender cómo empezó, porque esta historia no comienza con el tigre, comienza con el hombre que lo forjó y al mismo tiempo lo destruyó.
Emilio Azcárraga Vidaurreta, el padre, el fundador, el patriarca, el que puso todo en marcha. Nació en Tampico, Tamaulipas. Si te gusta este contenido, suscríbete para no perderte ninguna historia oculta. El 2 de marzo de 1895, a los 17 años, en plena Revolución Mexicana, mientras el país se desangraba, él vio una oportunidad.
Empezó a vender de todo. Era bueno, muy bueno. Tenía instinto para los negocios y ningún escrúpulo para cerrarlos. De acuerdo con múltiples fuentes históricas, durante la revolución, los hermanos Azcárraga adquirían bienes de familias desesperadas que huían del conflicto para luego revenderlos en Estados Unidos.
Así se sembró la fortuna. A los 22 años, Emilio Azcárraga Vidaurreta ya contaba con su propia distribuidora, una agencia de autos Ford en Monterrey. Después llegó Víctor Talking Machine, después la radio. En 1930 fundó la XW, la voz de la América Latina desde México, la primera radiodifusora con alcance nacional en el país.
El día que esa estación comenzó a transmitir, su esposa Laura Milmo Higman, le obsequió algo. Un hijo. El 6 de septiembre de 1930, en un hospital de San Antonio, Texas, nació Emilio Azcárraga Milmo, el heredero. Pero Azcárraga Vidaurreta no quería un heredero, quería un guerrero, y lo que veía en su hijo no le satisfacía.
El niño era sensible, caprichoso, enamoradizo, no era el tipo de hombre que Azcárraga Vidaurreta respetaba y se lo hizo sentir cada día de todas las maneras posibles. La revista Quién, tras investigar la historia de la dinastía, lo describió así. Su infancia y adolescencia estuvo marcada por una relación complicada con su padre, quien fue sumamente duro con él, y lo trató incluso peor que a sus propios empleados.
peor que a sus empleados. Los trabajadores recibían un salario, recibían instrucciones, a veces recibían gritos, pero no recibían lo que el joven Emilio recibía. No recibían el desprecio de un padre que no los quería y ese desprecio lo convirtió en lo que fue. Años más tarde, cuando ya era el dueño de Televisa, sus propios colaboradores explicaban su personalidad con frases que helaban la sangre.
Valentín Pimstein, el productor de telenovelas que trabajó con él durante décadas, lo describió así. Le dicen el tigre, porque cuando te abraza te saca sangre. Y su amigo Otón Vélez tenía otra versión. Te da un zarpazo y luego una lamida. Eso era Emilio Azcárraga Milmo, un hombre capaz de dártelo todo y arrebatártelo en el mismo movimiento.
Un hombre que aprendió de su padre que el amor y la crueldad podían ir de la mano y que lo perfeccionó. Aquí viene lo primero que te prometí. Según el libro El Tigre, Emilio Azcárraga y su Imperio Televisa, escrito por los periodistas Claudia Fernández y Andrew Paxman. Tras 5 años de investigación y más de 200 entrevistas, Azcárraga Vidaurreta tenía un apodo para su hijo.
Lo llamaba el príncipe idiota, de frente, delante de otros, delante de ejecutivos, delante de empleados. El heredero del emporio más grande de México, llamado Idiota por su propio padre. Pero eso no era todo. Azcárraga Vidaurreta comparaba constantemente a su hijo con otro hombre, Fernando Barroso, el esposo de Laura, la hermana mayor de Emilio.
Barroso era todo lo que Azcárraga Vidaurreta hubiera querido en un sucesor brillante, determinado, sin sentimentalismos. Y el padre se encargaba de que Emilio lo tuviera muy claro. Mira a Fernando, aprende de Fernando. Fernando sí sabe. Cada logro de Barroso era un recordatorio del fracaso de Emilio.
Cada error de Emilio era una confirmación de lo que su padre siempre había sabido. Y hubo un error que su padre jamás dejó de echarle en cara, el Estadio Azteca. En 1962, Emilio Hijo recibió el encargo de construir el estadio más grande de México, un proyecto monumental, la sede de la Copa del Mundo de 1970. Era su oportunidad de demostrar que podía gestionar proyectos de gran envergadura y fracasó.
Los costos se dispararon, los plazos no se cumplieron, los problemas técnicos se multiplicaron. Su padre tuvo que intervenir, tuvo que rescatar el proyecto, tuvo que demostrar una vez más quién era el verdadero empresario de la familia. Según el libro de Paxman y Fernández, Azcárraga Vidaurreta usó ese fracaso como arma durante años.
Cada vez que Emilio proponía algo ambicioso, acuérdate del estadio Azteca, cada vez que pedía más responsabilidad, tú que dejaste que el Azteca se saliera de control. El estadio eventualmente se terminó y se convirtió en un icono. El escenario donde Pelé ganó su tercer mundial, donde Maradona marcó el gol del siglo.
Pero para Emilio siempre fue un recordatorio de su fracaso, de que su padre tuvo razón, de que era el príncipe idiota. Esas palabras lo persiguieron toda la vida. 60 años después de escucharlas por primera vez, seguían ahí. en cada decisión, en cada negocio, en cada demostración de poder. Y lo que su padre nunca comprendió es que estaba creando exactamente lo que más temía.
Un hombre incapaz de amar sin destruir, un hombre que repetiría el mismo patrón con todos los que se le acercaran. Emilio Azcárraga Milmo creció con una sola misión, demostrar que no era idiota. Lo enviaron a estudiar a Estados Unidos, a la academia militar Culber en Indiana. Confiaban en que la disciplina lo endureciera. No funcionó.
A los 17 años, Emilio conoció a una mujer y lo abandonó todo. María, Regina Sondé, Almada. Gina era mexicana, hermosa, y él se enamoró de ella con la intensidad de alguien que nunca ha sido amado, porque eso era Emilio Azcárraga Milmo a los 17 años. un muchacho rico que nunca había recibido el amor de su padre y que encontró en Gina todo lo que le faltaba.
Pero su padre no aprobaba la relación. Quería que su hijo se concentrara en el negocio, en aprender, en prepararse para heredar, no en romances. Emilio, por primera vez en su vida, desobedeció y para demostrar que podía mantenerse solo, que no dependía del dinero de su padre, hizo algo impensable. Empezó a vender enciclopedias de puerta en puerta.
La enciclopedia británica, el heredero del emporio mediático más grande de habla hispana tocando timbres en las casas más acomodadas de la Ciudad de México. Buenos días, señora. ¿Le interesaría una enciclopedia? Todo por amor. Todo por Gina. En 1952 finalmente se casaron. Emilio tenía 22 años, toda la vida por delante y una mujer que lo amaba.
8 meses después, Gina estaba muerta, un tumor cerebral. Estaba embarazada cuando falleció. El bebé también se fue. Emilio Azcárraga, Milmo, perdió a su esposa y a su hijo en el mismo instante, a los 22 años. El historiador Andrew Pxman, coautor del libro El Tigre, lo describió así. Emilio no tenía la experiencia ni los recursos para lidiar con su pena. Lo consumió.
Lo consumió. Esas dos palabras explican todo lo que vino después, porque algo se rompió dentro de él que nunca volvió a reconstruirse. Lo que siguió fue el primer patrón que definiría su vida, buscar en otras mujeres lo que perdió con Gina. Nunca lo encontró, nunca, pero no dejó de buscar. Poco después de la muerte de Gina, Emilio conoció a otra mujer, Silvia Pinal.
Era joven, hermosa, talentosa. Apenas comenzaba en el espectáculo mexicano, él seguía destrozado por la pérdida de Gina. Se encontraron en el momento exacto y se enamoraron. Décadas después, Silvia Pinal habló públicamente de esa relación en su autobiografía y en una entrevista con el programa Hoy de Televisa confesó que Emilio Azcárraga Milmo fue el amor de su vida, el amor de su vida, pero no pudieron estar juntos.
La razón, el padre, otra vez el padre. Azcárra Gabidaurreta no quería que su hijo se casara con una actriz mexicana. No importaba que Silvia Pinal se convirtiera en una de las grandes estrellas del cine mexicano. No importaba que trabajara con Luis Buñuel, nada de eso contaba. Para Azcarra Gavidaurreta, su hijo necesitaba una esposa que sirviera para alianzas, no para el amor, y tomó la decisión por él.
arregló el matrimonio de su hijo con una mujer francesa, Pamela de Surmont. El 26 de marzo de 1959 en París, en la iglesia de San Honoré de Ilau, Emilio Azcárraga, Milmo se casó con una mujer que no había elegido porque su padre lo había decidido. Silvia Pinal quedó atrás el amor de su vida, sacrificado por la voluntad de un hombre que lo llamaba príncipe idiota.
Emilio y Silvia siguieron siendo amigos hasta el día que él murió. Casi 40 años de amistad, pero nunca más fueron pareja. ¿Sabes lo que es amar a alguien toda la vida y no poder estar con esa persona? ¿Sabes lo que es ver a ese alguien en eventos, en fiestas, en reuniones y saber que pudieron haberlo tenido todo, pero alguien más decidió que no? Silvia Pinal supo.
Emilio Azcárraga, Milmo, también lo supo hasta el último día. Con Pamela de Surmont, la francesa que su padre eligió, Emilio tuvo tres hijas: Paulina, Alesandra, Arián. Pero el matrimonio estaba condenado desde el principio. No se eligieron, no se amaban. Estaban juntos porque un patriarca decidió que debían estarlo y Emilio era incapaz de serle fiel a una sola mujer.
Las infidelidades comenzaron casi de inmediato. Eran constantes, públicas, humillantes para Pamela. Según múltiples fuentes, incluyendo el libro de Paxman y Fernández, Emilio no se molestaba en ocultar a sus amantes. No le importaba que Pamela lo supiera, no le importaba que todo México lo supiera, era el tigre, hacía lo que quería.
Pamela tenía un carácter fuerte, no era el tipo de mujer que acepta humillaciones en silencio. Se divorciaron. No. Y aquí comenzó otro patrón. Emilio Azcárraga Milmo, tratando a las mujeres exactamente como su padre lo trató a él, como si fueran desechables, reemplazables, útiles solo mientras servían para algo.
El príncipe idiota se había convertido en una versión más cruel de su padre. En 1965, Emilio se casó de nuevo, esta vez con otra francesa, Nadin Jin. Quizás pensó que la nacionalidad traería suerte. No fue así, pero Nadín le dio algo que ninguna otra mujer pudo darle. Un hijo varón. Emilio Azcarragay nació en 1968, el heredero del heredero, la cuarta generación de la dinastía, pero la historia se repitió una vez más.
Infidelidades, ausencias, un padre que no estaba. Emilio Azcárraga Milmo, el hombre que sufrió por la ausencia emocional de su padre, se convirtió en un padre ausente, no solo físicamente, sino sobre todo emocionalmente. Según la revista Qui Emilio Azcárraga Jean creció enfrentando las ausencias de su padre, quien al estar completamente dedicado a Televisa, habitualmente no compartía tiempo con su familia.
Televisa era la familia del tigre. Televisa era su esposa, sus hijos, su padre. Televisa era todo y su hijo biológico era únicamente el heredero, alguien a quien preparar, no alguien a quien amar. El mismo patrón, el hijo del príncipe idiota, criando a su propio hijo exactamente como lo criaron a él. O peor, porque al menos Azcárraga Vidaurreta estaba presente para humillar. El tigre ni siquiera estaba.
El matrimonio con Nadín también terminó. Las infidelidades, siempre las infidelidades. Según reportes de la época, Emilio inició una relación con otra mujer mientras todavía estaba casado con Nadín. Paula Cusi, una mujer 20 años menor que él. El patrón continuaba. En 1972, el mismo año que murió su padre, Emilio se casó con Paula.
Fue su tercer matrimonio y el más prolongado. 25 años juntos. Paula había sido conductora del clima en el noticiero 24 horas. Jacobo Sabludowski la presentaba cada noche, pero pocos conocían la verdad. Emilio Azcárraga Milmo había creado esa sección expresamente para ella, para tenerla cerca, para verla cada noche en su propia televisora.
el hombre más poderoso de los medios en México, creando un segmento de televisión para conquistar a una mujer y funcionó. Paula se convirtió en su esposa, pero incluso con ella el patrón continuó. Las otras mujeres nunca desaparecieron y Emilio tenía una frase que, según múltiples fuentes cercanas, repetía sin pudor, “Cuando cumplas 40, te cambio por dos de 20.
” No era un chiste, no era una exageración, era una promesa. Y las promesas del tigre se cumplían. Pero antes de hablar de cómo terminó su matrimonio con Paula, necesitas entender qué ocurrió cuando murió su padre, porque ese momento lo cambió todo. El 23 de septiembre de 1972, en Houston, Texas, Emilio Azcárraga, Vidaurreta, exhaló su último aliento.
El patriarca, el fundador, el hombre que llamó a su hijo príncipe idiota durante 42 años, había muerto. y Emilio Azcárraga, Milmo, finalmente heredó el imperio, pero no heredó paz, porque según el libro El tigre, la memoria de su padre muerto siguió impulsándolo durante décadas más, al menos durante 20 años.
La sombra de su padre fallecido continuó empujándolo a expandir la empresa hasta convertirla en un emporio de medios cada vez más vasto. 20 años. El padre llevaba dos décadas muerto y su voz seguía ahí. Cada vez que Emilio cerraba un trato millonario, el príncipe idiota. Cada vez que destruía a un competidor, el príncipe idiota. Cada vez que controlaba lo que México veía y pensaba, el príncipe idiota, demostrando que no lo era, acumulando poder como si el poder pudiera acallar esa voz, nunca la silenció.
Un año después de la muerte de su padre, en 1973, Emilio logró algo que Azcarra Gavidaurreta nunca pudo. Fusionó Telesistema Mexicano con Televisión Independiente de México. Nació Televisa, televisión vía satélite, el monopolio más grande de habla hispana. Y Emilio Azcárraga Milmo se convirtió en el hombre más poderoso de México.
No el presidente. El presidente cambiaba cada 6 años. No, el ejército. El ejército obedecía órdenes. No la iglesia. La iglesia predicaba los domingos. Él, el tigre, porque él decidía lo que la gente veía, lo que la gente pensaba, lo que la gente creía y lo sabía perfectamente. En 1990 dijo algo en público que definió su relación con el poder político del país, algo que nadie se había atrevido a pronunciar en voz alta.
Somos soldados del PRI. No lo ocultó, no lo disfrazó. Televisa era el brazo mediático del Partido Revolucionario Institucional, el partido que gobernó México durante 71 años consecutivos y el tigre era su general. Las protestas que Televisa no transmitía no existían. Los candidatos de oposición que Televisa ignoraba no existían.
La realidad que Televisa no mostraba no era realidad. En 1986, en las elecciones de Chihuahua, hubo protestas masivas por fraude electoral. El PAN y organizaciones civiles denunciaron manipulación. Miles de personas salieron a las calles. Televisa no las transmitió. La gente se enteró por los periódicos. Para la televisión simplemente no existieron.
Y si llegaban a mencionarlas, solo hablaban del caos vial que provocaban. Nunca de por qué protestaban, nunca de lo que exigían, nunca de la injusticia. Dos años después, en 1988, llegó la prueba definitiva del poder del tigre. Cuautemo Cárdenas, hijo del general Lázaro Cárdenas, candidato de la izquierda.
Millones de mexicanos votaron por él. Muchos creen que ganó esa elección, pero algo ocurrió. El sistema de cómputo se cayó y cuando volvió a funcionar, Carlos Salinas de Gortari aparecía como ganador. Televisa apoyó a Salinas desde el primer día, marginó a Cárdenas, minimizó las protestas y cuando el candidato de oposición denunció el fraude, la televisora siguió la línea oficial.
El periodista Jacobo Zabludowski, conductor del noticiero 24 horas durante 27 años, reconoció después que ejercía el periodismo en una empresa concesionada con las limitaciones que eso representaba. Limitaciones, así le llamaban a la censura. Cuautemoc Cárdenas dijo en 1994, refiriéndose a Televisa, se ha constituido en uno de los pilares que sostienen al régimen autoritario que padecemos.
Televisa sirve al Estado y se sirve de él. Eso era el poder del tigre, decidir quién gobernaba México y lograr que el país lo aceptara. Pero el poder del tigre no solo se ejercía sobre la política, también se ejercía sobre las personas. especialmente sobre las mujeres. En Televisa existía algo que todos conocían, pero nadie mencionaba públicamente. Las consentidas del tigre.
Actrices que recibían trato especial, contratos exclusivos, papeles protagónicos en las telenovelas más importantes, protección dentro de la empresa. ¿A cambio de qué? Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sabían. Verónica Castro fue una de ellas, la protagonista de Los ricos también lloran.
Lucía Méndez también, la estrella más grande de Televisa en los 80, protagonista de Colorina y el extraño retorno de Diana Salazar. Años después, en una entrevista con Adela Micha, Lucía Méndez finalmente habló. De alguna forma no era tan fácil, era el patrón. Yo era muy jovencita, me daba miedo, era imponente, era el patrón, le daba miedo, tenía que elegir entre su carrera y qué.
La periodista Maxim Woodside fue más directa. Hablando de Talia, otra de las grandes estrellas de Televisa en los 90, dijo en 2015, Talia fue muy consentida del tigre, tuvo un romance con él y estaba muerto de amor por ella. Si no se hubiera muerto, yo creo que se hubiera divorciado de Adriana. Talía recibió el contrato más caro en la historia de Televisa hasta ese momento para protagonizar María la del barrio.
Ella nunca confirmó ni negó nada, pero los rumores la siguieron durante años. El tigre tenía un sistema, un sistema donde el talento importaba, pero donde el acceso al hombre más poderoso de la televisión importaba más. Y él lo sabía. Según el libro de Fabricio Mejía, Madrid, Nación TV, la novela de Televisa, El Tigre tenía frases que revelaban cómo concebía a las personas que trabajaban para él.
Los artistas son ambiciosos por naturaleza, por eso la única forma de tratarlos es como sirvientas. Eso decía el hombre que creaba estrellas. Eso pensaba de las personas que lo hicieron rico. Otra frase que se le atribuye, yo hago a los cantantes de América Latina, no para que sean los mejores, sino para que sean los únicos.
No quería talento, quería control absoluto sobre quién existía y quién no. Y otra más, quizá la más reveladora. La radio es mi esposa, para ella nada. La tele es mi amante, para ella todo, hasta lo que no me pida. Así funcionaba su mente, así lo trataba todo, como propiedades, la radio, la televisión, las mujeres, los artistas, todo era suyo para dar y quitar según le pareciera.
Pero el poder tiene un precio y ese precio siempre lo paga la familia. En 1980, mientras el tigre consolidaba su imperio, algo ocurrió que lo cambió todo. Aquí viene lo segundo que te prometí. Necesito que pongas atención porque lo que voy a contarte es algo que México no supo durante décadas. Paulina Azcárraga, la hija de Emilio y Pamela de Surmont, una de sus tres hijas de ese matrimonio, adolescente, joven, con toda la vida por delante.
A principios de 1980, Paulina murió. La versión oficial fue un ataque de asma. Eso fue lo que se publicó. Eso fue lo que la familia dijo. Eso fue lo que México creyó durante años. Un ataque de asma, una tragedia. Fin de la historia. Pero no era verdad. Según el libro El tigre de Claudia Fernández y Andrew Paxman, basado en testimonios de personas cercanas a Azcarraga Milmo, la realidad fue completamente diferente.
Paulina estaba enamorada de un joven italiano, profunda y desesperadamente enamorada. El tipo de amor que solo se siente cuando eres joven y crees que el mundo puede terminar si pierdes a esa persona. Pero su madre, Pamela de Surmont, le prohibió verlo. No sabemos exactamente por qué. Quizás no le agradaba el muchacho. Quizás tenía otros planes para su hija.
Quizás quería controlar la vida de Paulina, exactamente como Azcárraga Vidaurreta controló la vida de su hijo, el patrón. Siempre el patrón. A Emilio le prohibieron estar con Silvia Pinal. A Paulina le prohibieron estar con su italiano. Generación tras generación, la misma historia. Pero Paulina no era Emilio. Ella no se resignó.
No aceptó un matrimonio arreglado con alguien que no amaba. Ella tomó otra decisión. Según el libro de Paxman y Fernández, se encontró con que su exesposa Pamela había prohibido a su hija Paulina verse con un joven italiano del que estaba profundamente enamorada. En lo que pareció un pacto suicida, Paulina se quitó la vida con una sobredosis.
De alguna forma, el joven italiano sobrevivió a su propia sobredosis y pudo relatar lo que había ocurrido. Paulina y su novio decidieron terminar con sus vidas juntos. Ella lo logró. Él sobrevivió y pudo contar lo que realmente pasó. La hija del tigre Azcárraga no murió de asma. Se quitó la vida porque le prohibieron amar.
Tenía toda la vida por delante. Era joven, era rica, llevaba el apellido más poderoso de México y nada de eso importó porque lo único que quería, lo único que daba sentido a todo, se lo habían arrebatado. Su madre determinó que ese italiano no era para ella, igual que el padre de Emilio determinó que Silvia Pinal no era para él, igual que el poder siempre decide sobre el amor.
Y Paulina, a diferencia de su padre, no lo aceptó. No se resignó a una vida sin la persona que amaba. Eligió otra salida. Pero aquí está lo que nadie dice, lo que conecta esta tragedia directamente con el tigre. Emilio Azcárraga. Milmo sabía perfectamente lo que era que te prohibieran amar. A él le quitaron a Silvia Pinal el amor de su vida por decisión de su padre y vivió con ese dolor durante 40 años.
Él sabía lo que Paulina estaba sintiendo. Él sabía lo que era perder a la persona que amas porque alguien más decidió que no podías estar con ella. Y cuando Pamela le prohibió a su hija ver al italiano, Emilio pudo haber intervenido. Pudo haber dicho, “Yo sé lo que es esto. Déjala ser feliz.” Pudo haber roto el patrón que su padre inició.
No lo hizo, se quedó callado, igual que todos se quedaron callados cuando su padre lo humillaba, igual que él se quedó callado cuando le arrebataron a Silvia. El silencio, siempre el silencio. Y ese silencio mató a Paulina. No solo la prohibición de su madre, el silencio de su padre. El hombre que controlaba lo que México veía, lo que México pensaba, lo que México hacía, no pudo abrir la boca para defender a su propia hija.
Eso es lo que el tigre nun se perdonó. Eso es lo que chargó hasta la tumba. Eso es por lo que suya se quitó la fida, por el patrón que él pudo romper y no rompió. Emilio Azcárraga Milmo recibió la noticia. Viajó hasta donde estaba el cuerpo de su hija y en ese trayecto tuvo que enfrentar la verdad. Él pudo haberlo evitado.
Él sabía lo que era ese dolor y no hizo nada. ¿Habrá recordado a Gina? ¿Habrá pensado en Silvia Pinal? ¿Habrá comprendido que el patrón que destruyó su vida acababa de destruir la de su hija? No lo sabemos. Lo que sabemos es lo que hizo. Después regresó a México. Según el libro El tigre, siendo un hombre muy reservado, inclinado a guardar secretos, casi nadie se enteró del torbellino que se desató en su interior al ocurrir la segunda gran tragedia de su vida.
La segunda gran tragedia. La primera fue Gina, la esposa que murió a los 8 meses de casados. La segunda fue Paulina, su propia hija. Y Emilio hizo lo que siempre hacía, lo que su padre le enseñó. Callar, seguir adelante, no mostrar debilidad. Regresó a México y no dijo nada a sus ejecutivos. Siguió trabajando como si nada hubiera sucedido.
La versión oficial quedó establecida. Ataque de asma. Nadie cuestionó. Nadie investigó, nadie preguntó. Era el tigre. Su palabra era ley. Solo años después reveló la verdad a dos personas, únicamente dos. El abad de la Basílica de Guadalupe, Guillermo Schulenburg, y Miguel Alemán Velasco, hijo del expresidente y uno de sus socios más cercanos, Nadie más.
El dueño de Televisa, el que decidía qué era noticia y qué no existía, guardó el secreto más oscuro de su vida hasta que ya no pudo cargarlo solo. Su hija se había quitado la vida porque le prohibieron amar, exactamente como a él le prohibieron amar a Silvia Pinal. El patrón no solo se repetía, el patrón mataba.
Quizá tú también conoces lo que es guardar un dolor que no puede contarse. Algo que ocurrió en tu familia y nunca se habló. Algo que se enterró con una versión oficial que todos aceptaron, aunque todos supieran que no era verdad. Emilio Azcárraga Milmo cargó ese secreto el resto de su vida, 17 años más, y siguió adelante, porque eso es lo que hacen hombres como él.
Siguen adelante, destruyen, construyen, acumulan y nunca se detienen a mirar los escombros que dejan atrás. Para 1993, Emilio Azcárraga Milmo había llegado a la cima. La revista Forbes lo confirmó. Era el hombre más rico de América Latina. 5,000 millones de dólares más que Carlos Slim en ese momento, más que cualquier otro empresario del continente.
El príncipe idiota había llegado mucho más lejos que su padre y se aseguró de que todo México lo supiera. Tenía cuatro canales de televisión nacionales 2, 4 5 y 9. Tenía la editorial de revistas en español más grande del mundo, editorial Televisa. Tenía estudios de producción que exportaban telenovelas a más de 100 países.
Tenía los equipos de fútbol América y Necaxa. Tenía el Estadio Azteca, el mismo que casi lo destruyó, pero que terminó siendo un símbolo de su poder. Tenía Univisión en Estados Unidos, la cadena en español más grande del país vecino. Tenía disqueras, agencias de artistas, productoras de cine, tenía todo lo que podía tenerse y decidía quién existía en el entretenimiento mexicano.
Si el tigre te apoyaba, eras estrella. Si el tigre te ignoraba, no existías. Así de simple. Así de brutal. El poder de hacer y destruir carreras con una llamada telefónica. El poder de crear realidades alternativas para 100 millones de personas. Y hay un dato que necesitas escuchar. Según estudios del Instituto Nacional del Consumidor de esa época, un niño mexicano promedio pasaba 100 horas al año frente al televisor.
¿Sabes cuántas pasaba en la escuela? Menos de 1000. Los niños mexicanos dedicaban más tiempo a ver Televisa que a aprender en el salón de clases. Y lo que veían, lo que pensaban, lo que creían, lo decidía un solo hombre. Emilio Azcárraga Milmo, el hombre que pensaba que México era un país de jodidos, el hombre que hacía televisión para entretenerlos, no para educarlos, lo tenía todo.
Y ese año, en una celebración por el éxito internacional de los ricos también lloran, protagonizada por Verónica Castro, dijo algo que lo definiría para siempre, algo que México nunca olvidó. Las palabras exactas, registradas y publicadas. México es un país de una clase modesta, muy jodida, que no va a salir de jodida.
Para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil. Pero no terminó ahí. Los ricos como yo no somos clientes porque los ricos como yo no compran ni madres. Eso pensaba de su audiencia, de los millones de personas que veían sus telenovelas, de las mujeres que lloraban con sus historias, de las familias que se reunían frente al televisor cada noche, jodidos que no iban a salir de jodidos.
Y él estaba ahí para entretenerlos, para darles diversión mientras seguían siendo pobres. Pero esa no fue la única frase que pronunció ese día. Continuó hablando con el micrófono abierto, desbordando euforia. Ustedes nunca han visto un aparato de televisión en la basura. Nunca. Yo les juego lo que quieran.
A ver, ¿alguno de ustedes que se presumen periodistas? Díganme, ¿cuándo han visto un aparato de televisión en la basura? Estoy esperando. ¿O dónde carajos están los aparatos que ya no sirven? ¿Los desaparecieron? ¿Se los comieron? Así hablaba el hombre más rico de América Latina. Así trataba a los periodistas, así se burlaba de su propia audiencia.
Y cuando los comentaristas lo criticaron durante semanas por la frase de los jodidos, alguien le sugirió que publicara una aclaración. Miguel Sabido, uno de sus ejecutivos más cercanos, le dijo que era importante explicarse. La respuesta del tigre fue simple. No doy explicaciones. Cuatro palabras. Eso era todo lo que la audiencia de México merecía.
Ese mismo año, 1993, Paula Cusi cumplió 40 años. Y Emilio cumplió su promesa. No la cambió por dos de 20, sino por una de 18. Adriana Abascal, Miss México, 1988. Emilio la conoció cuando ella tenía 18 años. Él tenía 60, 42 años de diferencia. No le importó. Nada le importaba, excepto lo que él quería. Según el libro El tigre, Adriana era ambiciosa, sabía lo que quería y sabía cómo conseguirlo.
Una vez consolidada su posición profesional en San Ángel, procedió a afirmar su dominio sobre su hombre. Como un jugador de ajedrez, movió sus piezas en contra de Paula. La molestaba por teléfono, lanzaba rumores, hizo que alguien fotografiara a Emilio en el yate eco con ella y le envió esas fotos a Paula. Imagina eso.
25 años de matrimonio, 25 años soportando infidelidades, 25 años siendo la esposa oficial, mientras él hacía lo que quería. Elo, él, él, él, él. Y un día un sobre llega a tu casa, lo abres y ves a tu esposo en su yate de lujo con una mujer que podría ser tu hija. Las fotos llegaron a Paula. Paula entendió. Una semana antes de Navidad de 1993, después de 25 años de matrimonio, Paula dejó a Emilio.
25 años liquidados con unas fotos en un sobre. El tigre nunca se casó con Adriana, pero ella permaneció a su lado hasta el final y Paula no se fue con las manos vacías. Pero eso viene después. Mientras destruía su matrimonio con Paula, Emilio también destruía otra relación, quizás la más importante de todas. la relación con su hermana.

Aquí viene lo tercero que te prometí. Laura Azcárraga Milmo, la mayor de los tres hermanos, la favorita de su padre, la que se casó con Fernando Barroso, el hombre que Azcárraga Vidaurreta siempre puso como ejemplo. Cuando el patriarca murió en 1972, dividió las acciones de telesistema mexicano entre sus tres hijos, Laura, Carmela, Emilio. Partes iguales.
Emilio quedó con el control operativo por ser el varón, pero Laura tenía acciones, muchas acciones, y Emilio las quería todas. En 1993, el mismo año en que dejó a Paula, el mismo año en que declaró que México era un país de jodidos, Emilio llegó a un acuerdo para comprar las acciones de su hermana.
El precio pactado, 100 millones de dólares. Pero no los tenía en efectivo, así que se endeudó y comenzó a pagar en cuotas. Al principio todo marchaba bien, pero los pagos se fueron retrasando, los intereses se acumularon. La deuda que comenzó en 600 millones creció hasta 10,000 millones, lo que empezó como un acuerdo entre hermanos, se convirtió en una guerra.
Según la revista Quién, Laura era muy querida por el tigre, pero una deuda de dinero entre ellos provocó una fractura que nunca más cerró. Nunca más. Esas palabras importan. Nunca más. Laura no perdonó a su hermano y la razón era más profunda que el dinero. Según personas cercanas a la familia entrevistadas para el libro El tigre, Laura sentía que su hermano la había traicionado de múltiples formas a lo largo de los años.
No era solo la deuda, era toda la historia, porque Laura tenía razones para guardar rencor que venían de muy atrás. Su esposo Fernando Barroso había sido el favorito de Azcárraga Vidaurreta, el yerno perfecto, el heredero que el padre hubiera querido tener. Y el 12 de noviembre de 1965, Fernando Barroso murió.
Un accidente aéreo. Iba a una reunión de trabajo en Acapulco. El avión privado despegó y uno de los motores falló. Los pilotos intentaron un aterrizaje forzoso en el lago de Texcoco. Todos fallecieron. Fernando Barroso tenía 38 años y su muerte lo cambió todo, porque si Fernando hubiera vivido, probablemente él habría heredado el control de telesistema mexicano.
Era el favorito, era el que Azcárraga Vidaurreta respetaba, pero murió y el camino quedó libre para Emilio. El príncipe idiota solo pudo heredar el imperio, porque el hombre que su padre realmente quería ya no estaba. Laura nunca olvidó eso. Nunca olvidó que su hermano construyó su fortuna sobre la tumba de su esposo.
Y cuando Emilio comenzó a retrasarse en los pagos, cuando la deuda creció de 600 millones a 10,000 millones de dólares, cuando los intereses se acumularon, todo ese resentimiento explotó. No era solo el dinero, era cómo la trataba en las reuniones, cómo ignoraba sus opiniones, cómo hacía negocios con ella como si fuera una extraña y no su hermana.
Era toda una vida de promesas rotas, de ser tratada como menos, de ver a su hermano convertirse exactamente en lo que su padre fue, el patrón, otra vez el patrón. En 1996, la vida de Emilio Azcárraga Milmo cambió para siempre. Le diagnosticaron cáncer de páncreas, uno de los cánceres más agresivos, más letales, más crueles.
Tenía 66 años y sabía que le quedaba poco tiempo. Lo que siguió fue un año de agonía. Según el libro El tigre, en sus últimos meses de vida, Azcárraga viajaba de un lado a otro por negocios. continuaba enfrascado en una batalla con sus banqueros y con su hermana Laura por las deudas pendientes. Le robaba tiempo a Adriana para estar con Paula Cusi y realizaba visitas furtivas a sus médicos en Los Ángeles. Lee eso otra vez.
En sus últimos meses de vida, muriendo de cáncer, seguía peleando con su hermana por dinero y seguía dividido entre dos mujeres. Adriana, la joven, que lo acompañaba oficialmente. Paula, la esposa que había dejado tres años antes. Le robaba tiempo a Adriana para estar con Paula después de todo lo que le había hecho, después de las infidelidades, después de cambiarla por una Miss México. seguía buscándola.
Quizás la extrañaba, quizás se arrepentía, quizás solo quería lo que ya no podía tener. El tigre muriendo como vivió, sin poder elegir, sin poder quedarse con una sola cosa, queriéndolo todo y perdiendo todo al mismo tiempo. Sus últimas semanas fueron un deterioro constante. El hombre que pesaba más de 100 kg, el que llenaba una habitación con su presencia, el que hacía temblar a sus empleados con solo mirarlos.
Ese hombre se fue consumiendo. Perdió 40 kg en sus últimos meses. Su piel se volvió amarilla por la ictericia. El dolor era constante, pero seguía trabajando. Seguía llamando a sus ejecutivos. Seguía peleando por las deudas con su hermana. Seguía dividido entre Adriana y Paula. Hasta el último momento, el tigre no pudo soltar nada.
ni el poder, ni el dinero, ni las mujeres, ni el rencor. Todo lo que lo definió en vida lo acompañó hasta la muerte. El 3 de marzo de 1997, Emilio Azcárraga Milmo apareció en el noticiero 24 horas, el mismo noticiero donde Paula había presentado el clima durante años. apareció en un video pregrabado, visiblemente disminuido, delgado, pálido, enfermo.
Ya no era el tigre, era un hombre muriendo. Y todo México lo vio. Anunció su retiro de la presidencia de Televisa y dejaba el mando a su hijo Emilio Azcarra Gallay y a Guillermo Cañedo White, hijo de otro de sus socios históricos. El joven de 29 años que había crecido sin la presencia de su padre, ahora tenía que cargar con un imperio y con todas sus deudas, porque el tigre no solo dejaba Televisa, dejaba 400 millones de dólares en deudas con los bancos, dejaba la deuda con su hermana Laura, que seguía creciendo, dejaba una familia destrozada, dejaba un
testamento que encendería una guerra. Un mes después del anuncio, Carmela Azcárraga Milmo lo intentó. Carmela era la hermana del medio, la conciliadora, la que siempre procuraba mantener unida a la familia. Sabía que Emilio se estaba muriendo. Estaba en Miami, en su yate Eco, esperando el final.
Y sabía que Laura, la hermana mayor, no le había hablado en años. Así que hizo lo que siempre hacía. Trató arreglar las cosas. Le pidió a Laura que viajara a Miami, que fuera a ver a su hermano, que se despidiera, que dejara atrás el rencor antes de que fuera demasiado tarde. Laura dijo que no. Carmela insistió. Laura volvió a decir que no.
Según la revista Quién, en el lecho de muerte de Emilio, Carmela trató de interceder con Laura para que viajara a Miami a despedirse de él, pero todo intento fue inútil. Laura no perdonó jamás a su hermano enfermo de cáncer y no volvió a verlo nunca más. El hombre más poderoso de México, 5,000 millones de dólares.
Dueño de lo que el país veía y pensaba, declarado soldado del PRI, capaz de decidir quién gobernaba. Y su propia hermana no quiso verlo antes de morir. Eso es lo que el poder te compra. Eso es lo que el dinero te da. Una muerte en un yate de lujo. Solo el 16 de abril de 1997, a las afueras de Miami, Florida, Emilio Azcárraga Milmo exhaló su último aliento a bordo de su yate Eco, el yate que había usado para conquistar a Adriana.
El yate donde tomaron las fotos que destruyeron su matrimonio con Paula. Ahora era el lugar donde moría. Adriana Abascal estaba con él. Su hermana Laura no estaba. Paula no estaba. De sus hijos, algunos estaban, otros no. La familia que él mismo había destrozado, dispersa hasta el final. Su funeral fue el 18 de abril de 1997 en la Basílica de Guadalupe, el mismo lugar donde años antes había confesado la verdad sobre Paulina Alabad Guillermo Schulenburg.
Asistieron más de 3000 personas, políticos, empresarios, artistas. El presidente Ernesto Cedillo envió una corona. Jacobo Zabludowski, el hombre que durante 27 años leyó las noticias que el tigre quería que México escuchara, pronunció el discurso principal. Lo llamó un hombre de visión extraordinaria. No mencionó a las mujeres destruidas.
No mencionó a la hija que se quitó la vida. No mencionó a la hermana que se negó a despedirlo. No mencionó el país de jodidos en la muerte como en vida. La narrativa la controlaba Televisa y Televisa solo contaba lo que convenía. Pero antes de perder la consciencia, unas horas antes del final, dijo algo.
Aquí viene lo cuarto que te prometí. Según el libro El Tigre, en sus últimos momentos de lucidez, Emilio le dijo algo a su hermana Carmela, no a Adriana, la mujer que estaba a su lado. No sobre Televisa, el imperio que construyó. No sobre el dinero, los 5,000 millones que acumuló sobre una mujer. Mira, estoy contento porque ya me voy a reunir con Gina.
Gina, la primera esposa, la que murió a los 8 meses de casados en 1952, 60 años antes. No dijo Paula, no dijo Adriana, no dijo Silvia, dijo Gina, la muchacha por la que vendió enciclopedias de puerta en puerta, la que murió antes de que él se convirtiera en el tigre, antes de los 5000 millones, antes de las cuatro esposas, antes de las amantes, antes de las humillaciones, antes de todo, en su lecho de muerte, el hombre que tuvo cuatro esposas oficiales, que tuvo a Silvia Pinal el amor de su vida y no pudo quedar arse con ella, que tuvo
docenas de amantes, que tuvo a todas las mujeres que el poder y el dinero pueden comprar. Ese hombre, en el momento final pensaba en una muchacha que murió cuando él tenía 22 años. La única que nunca pudo reemplazar, la única que se fue antes de que él pudiera destruirla. Y si Gina hubiera vivido, ¿y si ese bebé hubiera nacido? Y si Emilio Azcárraga Milmo hubiera tenido a los 22 años lo que buscó durante los 44 siguientes, nunca lo sabremos.
Pero él pensó en eso, en su último momento de lucidez. pensó en lo que pudo haber sido y en todo lo que destruyó tratando de recuperarlo. Quizá tú también has perdido a alguien que nunca pudiste olvidar, alguien que se fue demasiado pronto, alguien que, sin importar cuántos años transcurran, sigue ahí en los momentos de silencio, en las noches que no puedes dormir, en los últimos pensamientos antes de cerrar los ojos.
Emilio Azcárraga Milmo tuvo todo lo que el mundo considera éxito, dinero, poder, fama, mujeres. Y en el momento final solo quería volver a ver a una muchacha que murió antes de que él se convirtiera en el tigre, antes del poder, antes del dinero, antes de las humillaciones y las traiciones, cuando todavía era solo Emilio, un muchacho de 22 años que vendía enciclopedias por amor.
Todo lo demás, los 5000 millones, los 90 millones de televidentes, los presidentes que ayudó a elegir, las telenovelas exportadas al mundo entero, no sirvió de nada. Al final solo quería a Gina. Pero la historia no termina con su muerte, porque el tigre dejó algo más que un imperio, dejó un testamento y ese testamento encendió una guerra que dura hasta hoy.
En enero de 1996, un año antes de morir, mientras luchaba contra el cáncer, Emilio decidió cómo dividir su fortuna. Seis partes iguales, una para cada uno de sus cuatro hijos, Alesandra, Arián, Carla y Emilio Jin. Una para Paula Cusi, la esposa de 25 años, la que él había dejado, la que seguía visitando en secreto mientras se moría, y una para Adriana Abascal, la amante, la Miss México, la que tenía 42 años menos que él, la esposa y la amante, heredando exactamente lo mismo.
Si eso no te dice todo lo que necesitas saber sobre Emilio Azcárraga Milmo, nada lo hará. Lo que siguió fue exactamente lo que cabría esperar. Un circo. Así lo describió Andrew Pxman, un circo de juegos de poder, la caótica vida amorosa del protagonista y la que alguna vez fue la empresa más poderosa de México.
Emilio Azcarragayin, el hijo, solo contaba con el 10% de las acciones de Televisa cuando su padre murió. 10%. Para tomar el control real de la empresa necesitaba mucho más y para conseguirlo tuvo que pelear contra sus hermanas, contra su tía Laura y la familia Barroso, contra Paula Cusi, contra Adriana Abascal, contra todos.
Según documentos judiciales publicados por la revista Proceso en 2011, mediante estratagemas jurídicas y financieras que podrían constituir delitos fiscales o presuntos fraudes civiles, Emilio Azcárraga. Jin pasó de tener el 10% al 50.3% de las acciones de Grupo Televisa. Del 10 al 50.
En 3 años, sin que hubiera concluido el proceso de reparto de la herencia, los abogados de Paula Acusi lo acusaron de todo, de manipular los pasivos, de incrementar artificialmente las deudas de la sucesión, de valerse de maniobras para quedarse con más de lo que le correspondía. Y Paula terminó en la cárcel en el penal de Santa Marta a Catitla.
La mujer que estuvo casada con el tigre durante 25 años. La mujer que él visitaba en secreto mientras se moría en prisión, acusada de falsedad de declaraciones mientras peleaba por su herencia. Años después, en 2021, los Pandora Papers revelaron dónde terminó parte del dinero del tigre. Paulakusi había creado fideicomisos en las islas vírgenes británicas.
Según los documentos filtrados, llegó a controlar casi 580 millones de dólares en activos, obras de arte, piezas arqueológicas prehispánicas, dos grabados mallas que vendió por 2.4 millones dó lingotes de oro valuados en 23.5 millones dó. la exesposa del hombre que dijo que México era un país de jodidos con lingotes de oro en paraísos fiscales.
Adriana Abascal también aparece en los Pandora Papers comprando arte, un cuadro de Ed Rucha por 2.8 millones dó un 25% de un Picasso por 512,000 € La amante del tigre coleccionando Picasos. 4 años después de la muerte de Azcárraga, Adriana se casó con Juan Villalonga, el exdirector de Telefónica España.
Pasó de los brazos de un magnate mexicano a los de uno español. El patrón del tigre con las mujeres funcionaba en ambas direcciones y Laura, la hermana que no fue a despedirlo. Laura Azcárraga Milmo, murió el 30 de diciembre de 2014 a los 88 años. 17 años después de la muerte de su hermano, sin haberlo perdonado, se fue de este mundo con ese rencor intacto.
Su familia, los Barroso, se quedó con el 21% de Grupo Televicentro y el 35% de la parte editorial de Televisa. No les fue mal económicamente, pero el dinero nunca fue el punto. El punto era que su hermano la trató como su padre los trató a todos y ella decidió que eso no merecía perdón. ni siquiera cuando él estaba muriendo, ni siquiera cuando Carmela le rogó, nunca.
Carmela, la hermana del medio, la conciliadora, falleció en febrero de 2020. A los 91 años dejó una fortuna que generó una de las controversias más sonadas de los últimos tiempos. La Suprema Corte de Justicia ordenó al gobierno mexicano devolver más de 1000 millones de pesos en impuestos a sus herederos. El presidente López Obrador dijo públicamente que le dolía en el alma que esa devolución se hiciera con dinero del pueblo.
Los Azcárragas siguen siendo los Azcárraga casi 30 años después de que el tigre murió. Y Emilio Azcárraga, el hijo que creció sin padre presente, el heredero que tuvo que pelear contra toda su familia, logró algo que nadie esperaba. sacó a Televisa de la crisis, pagó las deudas, modernizó la empresa. Según él mismo dijo, Televisa me quitó a mi padre y Televisa me lo devolvió. Lo entendió.
Su padre nunca había estado presente porque Televisa era su verdadera familia y ahora Televisa era suya. Bajo su mando, la empresa cambió. Se fusionó con Univisión. Perdió audiencia ante Netflix y las plataformas de streaming. Dejó de ser el monopolio absoluto que fue en tiempos de su padre. El rating de los noticieros cayó.
Las telenovelas ya no dominan como antes. La gente ya no ve televisión como la veía cuando el tigre lo controlaba todo. Y quizás eso es justicia poética. El imperio construido sobre la idea de que México era un país de jodidos que no iba a salir de eso, perdiendo relevancia ante un mundo donde los jodidos tienen más opciones, donde ya no dependen de lo que un solo hombre decida que pueden ver, donde la realidad ya no la controla nadie.
Pero la historia tiene un giro más. En octubre de 2024, Emilio Azcarra Gallay tuvo que tomar licencia de la presidencia de Televisa. La razón, una investigación del Departamento de Justicia de Estados Unidos relacionada con supuestos sobornos a funcionarios de la FIFA para obtener derechos de transmisión de los mundiales de fútbol, el caso FIFA Gate.
La investigación reveló pagos millonarios a funcionarios de la FIFA a cambio de derechos de transmisión, sobornos que supuestamente comenzaron en la era del tigre y continuaron después de su muerte. el patrón de hacer negocios, de conseguir lo que se quería sin importar el costo, de usar el dinero para comprar lo que no podía comprarse.
Ese patrón seguía vivo. Y ahora, por primera vez desde 1930, desde que Azcárraga Vidaurreta fundó la XCW, una Azcárraga no está al frente del emporio familiar. Bernardo Gómez, un ejecutivo sin el apellido mágico, tomó el control. El legado del tigre sigue generando consecuencias. Casi 30 años después de su muerte, el patrón continúa y quizás nunca termine.
Esta es la historia de Emilio Azcárraga Milmo, el tigre, un hombre que pasó 66 años intentando demostrar que no era el príncipe idiota que su padre creía y que en el proceso se convirtió exactamente en eso. Un hombre que no supo amar sin destruir, que no supo ejercer el poder sin abusar de él, que no supo construir una familia sin despedazarla.
Su padre lo llamó idiota y él respondió acumulando 5000 millones de dólares, controlando lo que 90 millones de personas veían cada día, declarándose soldado de un partido político, afirmando que México era un país de jodidos, cambiando de esposas como quien cambia de automóvil, prometiendo cambiar a su mujer de 40 por dos de 20 y cumpliendo la promesa, encubriendo la muerte de su propia hija, peleando con su hermana hasta que ella se negó a despedir mientras moría de cáncer y muriendo solo en un yate de lujo, pensando en una
mujer que llevaba 60 años muerta, el príncipe idiota. Al final, quizás su padre tenía razón, no porque Emilio fuera tonto, era brillante para los negocios, sino porque era idiota para lo único que realmente importa, para amar, para dejarse amar, para dejar algo más que dinero, poder y rencor. Su hermana no fue a verlo.
Su hija se quitó la vida y su último pensamiento fue sobre la única mujer que no tuvo tiempo de perder. Eso es lo que queda del tigre. Un yate vacío en Miami, una familia que sigue peleando por su dinero y la voz de un padre que desde la tumba sigue teniendo razón. El príncipe idiota Emilio Azcárraga Vidaurreta murió en 1972, creyendo que su hijo era un idiota.
Y Emilio Azcárraga Milmo pasó los 25 años siguientes demostrando que podía ser más grande, más rico, más poderoso que su padre. Lo logró, pero en el proceso perdió todo lo que importaba. A su primera esposa la perdió por la muerte. A Silvia Pinal la perdió por la voluntad de su padre.
A Pamela la perdió por sus infidelidades. A Nadín por las mismas razones. A Paula la cambió por una Miss México. A Paulina la perdió por el mismo patrón que destruyó su propia vida. A Laura la perdió por el dinero y el orgullo, y asimismo se perdió hace mucho tiempo. Quizás cuando su padre lo llamó idiota por primera vez, quizás cuando Gina murió, quizás nunca tuvo oportunidad porque el patrón estaba escrito antes de que él naciera.
Y ahora el patrón continúa en sus hijos, en sus nietos, en la empresa que construyó, en las familias que destruyó. El tigre murió hace casi 30 años, pero su rugido todavía se escucha. Si esta historia te hizo pensar en alguien de tu propia familia, en ese padre que nunca te dio lo que necesitabas, en esa relación que se rompió y nunca se reparó, en ese secreto que toda la familia guarda, pero nadie menciona, en esa despedida que nunca pudiste dar, no estás sola.
Las familias más poderosas del mundo cargan con los mismos dolores que las familias que no tienen nada, solo que los esconden mejor hasta que alguien cuenta la verdad. Si quieres más historias como esta, suscríbete al canal. La próxima semana tengo otra historia que nadie se ha atrevido a contar. Nos vemos ahí.