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MARCO ANTONIO BARRERA: CONFESÓ Todo lo que Le Hicieron y es MUY TRISTE

Hay una anécdota muy reveladora de esos primeros años. Cuentan quiénes lo conocieron entonces, que Marco Antonio empezó a estudiar la carrera de derecho en la universidad casi al mismo tiempo que peleaba profesionalmente. No lo hacía por capricho intelectual, lo hacía porque su madre, mujer sabia de pocas palabras, le había advertido muchas veces que en el mundo del boxeo había más trampas en los contratos que golpes en el ring.

Y él, obediente y prudente como era, decidió estudiar leyes para poder leer por sí mismo los documentos que le ponían enfrente. Esa decisión que en su momento parecía la más sensata, resultó ser insuficiente porque una cosa es estudiar leyes entre clases y entrenamientos y otra muy distinta es enfrentarse a abogados experimentados, especializados en contratos deportivos, con décadas de oficio ocultando cláusulas bajo términos técnicos complicados.

Marco Antonio leía, “Sí, pero no siempre entendía y cuando preguntaba le respondían con sonrisas amables que todo estaba en orden, que no se preocupara, que ellos veían por sus intereses.” Esa frase “Nosotros vemos por tus intereses”, se la repitieron tantas veces a lo largo de su carrera que terminó por creérsela. Y ese fue quizast su primer gran error durante los años 90 mientras consolidaba su nombre con el título mundial Supergalo de la OMB.

Marco Antonio empezó a notar detalles extraños. Bolsas prometidas que llegaban un poco más bajas de lo pactado, descuentos misteriosos por conceptos que nadie le explicaba con claridad, viáticos caros, comisiones por aquí, comisiones por allá. Siempre había una razón, siempre había un papel que justificaba el descuento y él que estaba metido de lleno en los entrenamientos, en las dietas estrictas, en la preparación mental para cada siguiente rival, prefería no gastar energía en esas discusiones. Ya veremos después. Meo se

decía, lo importante ahora es pelear. ese después nunca llegaba o cuando llegaba las cuentas ya eran tan enredadas que desmadejarlas habría requerido meses de trabajo contable que él no estaba dispuesto a emprender. Y así, pelea tras pelea, el patrón se repetía, ganaba, defendía, subía bolsas y en paralelo, las cifras reales que llegaban a sus cuentas siempre eran menores a las que él había calculado.

Siempre había una diferencia, siempre había un porcentaje que no aparecía por ningún lado. Lo más doloroso, según lo que él mismo diría años después, no era la cantidad que faltaba en cada ocasión. Era la sensación de que todo ese aparato que lo rodeaba, esos hombres que decían trabajar para él, en realidad trabajaban para sí mismos.

Él era el producto, él era la máquina que generaba ingresos y el producto no tiene voz cuando se reparten las ganancias. El producto solo tiene que seguir funcionando, pegando, ganando, respondiendo en la báscula, subiendo al ring cuando se le indique. A finales de los años 90 llegaron las derrotas contra Junior Jones.

Dos peleas consecutivas que pusieron en duda su futuro. Fue la primera vez que sintió de verdad que el piso se movía debajo de sus pies. Cuando un boxeador gana, todos lo rodean. Cuando pierde dos veces seguidas, muchos desaparecen. Esa lección brutal directa se le quedó grabada para siempre. Y fue en esos meses difíciles, en ese valle oscuro entre 1996 y 1997, cuando empezó a entender algo fundamental.

La lealtad en el boxeo no existe. Lo que existe son contratos temporales disfrazados de amistad. Pronto vas a entender por qué ese aprendizaje, aunque doloroso, no fue suficiente para protegerlo de lo que vendría después. Porque a pesar de haber entendido intelectualmente que el mundo a su alrededor era frío, Marco Antonio seguía siendo en el fondo un hombre bueno y los hombres buenos, aunque sepan que los engañan, suelen seguir confiando porque no saben vivir de otra manera.

Tras esas derrotas, regresó con fuerza renovada, recuperó títulos, levantó su carrera y entonces, a principios del nuevo siglo, llegó la trilogía que marcaría el boxeo mexicano para siempre. Las tres peleas contra Eric Morales, aquellas batallas que dividieron al país entre barrios enteros, aquellas noches en las que todo México se paraba frente al televisor, respirando al ritmo de cada asalto.

Aquellas contiendas que aún hoy la gente recuerda con un nudo en la garganta. La primera pelea en febrero del año 2000 fue declarada combate del año por varias revistas especializadas. Una batalla de 12 asaltos donde ambos boxeadores dejaron el alma. Marco Antonio perdió por decisión dividida y muchos consideraron que en realidad había ganado.

Pero más allá del resultado, eh quedó algo más importante. Quedó la imagen de un guerrero capaz de soportar lo que fuera por defender su nombre. Y esa imagen paradójicamente fue la que empezó a usarse contra él. Hay que entender lo que significó aquella primera pelea para el público mexicano. No era un simple combate, era un choque entre dos formas de entender el boxeo.

Morales con su estilo frontal, valiente, casi temerario. Barrera con su cabeza fría, su técnica refinada, sus combinaciones calculadas. El país se dividió, en las cantinas, se discutía, en las casas durante las sobremesas se elevaba el tono cuando alguien defendía uno u otro. Y esa división nacional que parecía solo folklore deportivo, en realidad multiplicó varias veces el valor comercial de Marco Antonio como producto.

Los promotores lo entendieron antes que él. Después de aquella primera derrota, los teléfonos en las oficinas de sus representantes no pararon de sonar durante semanas. Llegaron propuestas de peleas de todos lados, llegaron patrocinadores nuevos, llegaron ofertas de cadenas televisivas pidiendo exclusivas. El nombre Barrera, que antes valía cierta cantidad, de pronto valía cuatro o cinco veces más.

Y en esa borágine de oportunidades, Marco Antonio apenas alcanzaba a entender lo que estaba pasando, porque mientras él procesaba la derrota, los que lo rodeaban celebraban en privado el nuevo escenario comercial que se abría. Uno de los detalles más reveladores de esa época lo contaría un periodista que lo cubrió durante varios años.

Según este testimonio, Marco Antonio se enteró tarde, muy tarde, a de las verdaderas cifras que se estaban moviendo alrededor de su figura, por ejemplo, pagos por derechos de imagen, acuerdos de transmisión en mercados extranjeros, licencias para productos con su cara impresa, hasta negocios menores con camisetas y memorabilia.

Nada de eso aparecía con claridad en los informes que le entregaban. Siempre había una partida global, un total resumido, sin desglose. Y cuando él pedía detalle, la respuesta era siempre la misma. Después te lo explicamos. Ahora concéntrate en lo tuyo. Una anécdota muy representativa de ese periodo ocurrió en una entrevista que nunca llegó a publicarse.

Un reportero ya fallecido, le preguntó directamente sobre cuánto había cobrado exactamente por aquella primera pelea contra Morales. Marco Antonio respondió con una cifra. El reportero eh que había investigado previamente y tenía acceso a fuentes internas de la industria televisiva, sabía que esa cifra estaba bastante por debajo de lo que realmente se había generado en concepto de transmisión.

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