Posted in

El régimen lo vigilaba día y noche, pero él respondió con verduras y una calma imposible; nadie imaginó que aquel gesto humilde convertiría una amenaza en una grieta dentro del poder

En medio de una dictadura, cuando el miedo pesaba más que las palabras y cualquier gesto de rebeldía podía costar la libertad o la vida, José “Pepe” Mujica volvió a mirar de frente al poder.

Había pasado más de 12 años preso, varios de ellos en condiciones inhumanas, encerrado como preso político en Uruguay. Había conocido el silencio, el hambre, la oscuridad y la soledad. Pero aun así, algo dentro de él no se había quebrado.

Era 1980. En Montevideo, la tarde caía con una luz dorada sobre la pequeña casa de Rincón del Cerro. Mujica, de 45 años, trabajaba entre sus flores mientras una vieja radio anunciaba la visita oficial de Augusto Pinochet a Uruguay.

La dictadura uruguaya recibía con honores al dictador chileno.

Pepe subió el volumen y miró a Lucía Topolansky, su compañera, también sobreviviente de prisión política.

—¿Escuchaste eso, Lucía? Viene a “fortalecer lazos”, dicen.

Lucía apretó los labios con amargura.

—Siempre es igual, Pepe. Los poderosos se abrazan mientras la gente común paga las consecuencias.

En el pequeño televisor en blanco y negro aparecían soldados perfectamente formados, banderas ondeando y Pinochet bajando del avión con su postura rígida, rodeado de honores. Para muchos era una ceremonia diplomática. Para Mujica era una herida abierta.

Apenas unos meses antes había recuperado la libertad. Todavía pesaban sobre él los años de encierro, las noches interminables, los golpes, el aislamiento. Sin embargo, al ver a dos dictaduras estrechando la mano, sintió que guardar silencio era otra forma de rendirse.

—Tenemos que hacer algo —murmuró.

Lucía lo miró con preocupación.

—Pepe, recién saliste. Cualquier cosa puede mandarte de vuelta a la cárcel.

—Lo sé —respondió él, pasándose la mano por el cabello canoso—. Pero hay muchas formas de hablar.

Al día siguiente, en una oficina clandestina donde circulaban textos prohibidos, el periodista Roberto Rodríguez recibió un sobre anónimo. Dentro había una hoja mecanografiada, sin firma. Pero quienes conocían a Mujica reconocieron de inmediato su estilo: seco, profundo, directo, con una mezcla extraña de rabia contenida y humanidad.

—Esto lo escribió Pepe —dijo Roberto—. No tengo duda.

El texto criticaba la visita de Pinochet, pero lo más fuerte estaba al final. Era un párrafo que parecía escrito directamente para el dictador chileno:

—A quien camina sobre las espaldas de su pueblo y se viste con la sangre de los inocentes, la historia no le reservará más que un rincón oscuro junto a todos los que confundieron poder con justicia. Porque no hay tanque ni fusil que pueda matar las ideas. Y mientras usted duerme en palacios, los hijos de los desaparecidos crecen con la verdad en el corazón.

Read More