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TODAS LO RECHAZARON SIN ESCUCHAR SU HISTORIA… HASTA QUE UNA DECIDIÓ QUEDARSE

Me alegro mucho de que hayas decidido quedarte. El valle de Santa Aurelia despertaba siempre antes que sus habitantes. Primero llegaba el frío, ese frío particular de las madrugadas en las tierras altas de México, ese que se cuela por debajo de las puertas de madera y hace que los cobertores nunca sean suficientes.

 Luego venía la neblina descendiendo despacio desde los cerros, cubriéndolo todo con una capa blanquecina que borraba los contornos de los árboles, los caminos de tierra apisonada, las milpas y los corrales. Y cuando el sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes del oriente, el valle mostraba su cara verdadera, verde, profundo, generoso con quienes sabían trabajarlo.

 Santa Aurelia era un pueblo de 3,000 almas enclavado entre dos cordilleras que lo protegían del viento del norte y lo exponían sin remedio a las lluvias del sur. Había una plaza central con una fuente de cantera rosa que llevaba décadas sin funcionar correctamente. Había una iglesia de fachada barroca construida sobre los cimientos de algo más antiguo que nadie recordaba con certeza.

 Había un mercado que los martes y los viernes desbordaba de colores, olores y voces. Y había sobre todo, una presencia constante en la vida de ese pueblo, una presencia que se sentía sin necesitar ser vista, la hacienda Los Arrayanes. Desde cualquier punto del valle se podía ver la hacienda. No era la más grande que había existido en esa región.

 En los tiempos del auge agrícola, décadas atrás había haciendas que triplicaban su extensión, pero los arrayanes tenía algo que ninguna otra propiedad del valle poseía, una permanencia casi obstinada, mientras otras haciendas se habían fragmentado, vendido por partes, convertido en ejidos o simplemente abandonado a la maleza, los arrayanes seguía siendo los arrayanes con sus paredes.

 de adobe encalado que amarilleaban con los años, con su arco de entrada de piedra volcánica, con sus corredores de columnas delgadas y sus macetas de barro que alguna vez estuvieron llenas de flores y con Leandro Montenegro adentro. La gente del pueblo decía que Leandro tenía 42 años, aunque pocos podían afirmarlo con certeza, porque hacía tiempo que no se le veía con claridad.

Se sabía que bajaba al pueblo una vez al mes, puntualmente los primeros viernes para revisar cuentas con el notario y recoger encargos del almacén general. Se sabía que hablaba poco, pagaba bien y nunca aceptaba invitaciones a quedarse a tomar café. Se sabía también que llegaba a caballo, siempre el mismo caballo vallo de nombre Centella y que regresaba a la hacienda antes de que el mediodía doblara al pueblo.

 Lo que la gente no decía en voz alta, pero sí susurraba con los ojos bien abiertos, era que Leandro Montenegro era un hombre marcado. No físicamente, no tenía cicatrices visibles, ni caminaba diferente a cualquier otro hombre de rancho. era alto, de constitución fuerte, con manos anchas de haber trabajado la tierra desde joven, aunque ahora tuviera peones para eso.

 Tenía el cabello entreco, más gris que negro, y los ojos de un color café oscuro que en cierta luz parecían casi negros. No era un hombre que causara miedo por su aspecto. Era un hombre que causaba algo más difícil de describir, una incomodidad, una sensación de estar parado en el umbral de algo que no quieres terminar de ver. El origen de esa reputación tenía fecha exacta.

 16 años atrás, en el mes de octubre, una joven llamada Rosario Fuentes había llegado a los Arrayanes con todas las características de convertirse en su señora. Era hija de una familia de comerciantes de la ciudad, educada, seria, con una belleza discreta que los hombres del valle recordaban todavía. Ella y Leandro habían sido presentados por intermediarios, como era costumbre en ciertos círculos, y la cosa había progresado con la formalidad propia de ese tipo de arreglos, visitas supervisadas, cartas, una pedida de mano ante las familias reunidas. La boda

estaba fijada para el 23 de noviembre. El 14 de octubre, Rosario Fuentes cayó muerta en el corredor norte de la hacienda. La versión oficial, la que el médico de la ciudad firmó sin mayores preguntas, decía que había sido un paro cardíaco. Nadie preguntó demasiado. Rosario tenía 24 años y ningún historial de problemas de salud, pero los médicos rurales de aquella época tenían una relación práctica con los misterios.

 Si el corazón se detenía, era el corazón. Fin del asunto. Pero el asunto nunca terminó realmente porque quedaron cosas sin explicar. El corredor donde la encontraron tenía la puerta al fondo entreabierta y esa puerta daba al ala oeste de la hacienda, un ala que Leandro siempre mantuvo cerrada con llave desde que compró la propiedad.

 Quedó sin explicar por qué Rosario estaba sola en ese corredor a las 11 de la noche, cuando se suponía que dormía. quedó sin explicar la carta que, según decía una de las sirvientas de aquella época, Rosario había estado escribiendo esa misma tarde, carta que nunca apareció. Leandro no habló más de lo necesario.

 Pagó el velorio, devolvió las pertenencias de Rosario a su familia, cerró el ala oeste con una cadena nueva y un candado que nadie en 16 años había vuelto a abrir y siguió viviendo en la hacienda. Solo los peones que trabajaban la tierra de los arrayanes iban y venían. Algunos duraban años, otros se marchaban después de unos meses con la misma explicación vaga que los hombres dan cuando no quieren confesar que algo los inquieta, que el trabajo era pesado, que la paga no alcanzaba, que tenían familia en otro lado.

 Pero en las conversaciones de cantina, cuando el mezcal soltaba las lenguas, decían otras cosas. Decían que por las noches el corredor norte crujía de una manera que no crujían los otros corredores. Decían que el ala oeste, aunque cerrada, a veces dejaba escapar un olor raro, como a flores marchitas.

 Decían que Leandro Montenegro tenía la costumbre de sentarse en la mecedora del corredor sur al caer la noche y quedarse ahí quieto, mirando hacia la oscuridad del campo como si esperara alguien que nunca llegaba. Estas historias viajaban. Los pueblos pequeños son grandes conductores de historias. Y con los años la historia de Leandro y los Arrayanes se había convertido en algo que el valle de Santa Aurelia ya no distinguía de la realidad.

La hacienda estaba y quien se acercara demasiado a ella pagaría las consecuencias. Todo esto lo sabía perfectamente Clemencia Ríos, la encargada de correos del pueblo, una mujer de 58 años con memoria de elefante y ningún respeto por la privacidad ajena. Y fue Clemencia quien un martes de febrero vio llegar al pueblo un hombre que no reconoció de inmediato.

 Un hombre de traje café oscuro con sombrero y portafolio de cuero, que preguntó por la hacienda los arrayanes con una tranquilidad que no encajaba con alguien que conociera la historia del lugar. Clemencia supo que algo estaba cambiando. El hombre de traje era el licenciado Próspero Villanueva, notario de confianza de los Montenegro, y llegó al pueblo con una misión que en dos días ya sabía todo el valle.

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