En el corazón palpitante de Colombia, donde la memoria histórica lucha a diario contra la constante amenaza del olvido y la impunidad, las recientes revelaciones de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) han provocado un auténtico terremoto político, social y emocional. La espeluznante e indignante cifra de 7.837 jóvenes asesinados cruelmente por agentes del Estado, bajo la perversa modalidad de los mal llamados “falsos positivos”, ha dejado al descubierto una herida profunda que sigue sangrando en el alma nacional. Sin embargo, para Ana Páez, vocera indiscutible y símbolo de resistencia del colectivo Madres de Soacha (Mafapo), esta cifra monumental es apenas la punta del iceberg. Con la firmeza inquebrantable de quien ha enfrentado el infierno en vida, Páez asegura que el verdadero saldo de esta maquinaria de muerte supera fácilmente las 10.000 víctimas. A través de un testimonio desgarrador, valiente y sin tapujos, esta “madre coraje” ha decidido alzar la voz nuevamente, esta vez para acorralar a los altos mandos de la época, desenmascarando las mentiras institucionales y apuntando directamente al expresidente Álvaro Uribe Vélez con una frase que resonará para siempre: “El que la hace la paga”.
La historia de los falsos positivos es, sin lugar a dudas, uno de los capítulos más macabros, dolorosos y oscuros en la historia contemporánea de América Latina. Durante años, miles de jóvenes en estado de vulnerabilidad, muchos de ellos provenientes de zonas marginadas y olvidadas por el Estado como Soacha, fueron engañados despiadadamente con falsas promesas de empleo. Todo fue una trampa mortal; fueron llevad
os a lugares recónditos, asesinados a sangre fría y posteriormente presentados ante la opinión pública como feroces guerrilleros abatidos en combate. Todo esto, según denuncian las víctimas, fue impulsado por un macabro sistema institucional de recompensas, días libres y ascensos militares que premiaba y fomentaba el derramamiento de sangre inocente. Ana Páez relata con una claridad estremecedora cómo, lejos de recibir dichas recompensas, la espiral de violencia llegó al punto en que los propios reclutadores terminaron siendo silenciados y asesinados para no dejar evidencias ni cabos sueltos. Esta maquinaria de terror intentó borrar de la faz de la tierra no solo los cuerpos de las víctimas, sino también sus nombres, su dignidad y su existencia.
El Despertar de las “Locas”: 18 Años de Resistencia Inquebrantable
Cuando las primeras madres, presas de la angustia, comenzaron a notar la desaparición sistemática e inexplicable de sus hijos, el Estado y gran parte de la sociedad les respondieron con la peor de las crueldades: burlas, escepticismo y un estigma destructivo. Fueron tildadas públicamente de “locas”, de “víboras”, y de ser mujeres revoltosas que, por su condición humilde, no merecían ser escuchadas. La arrogancia del poder les dictó que a sus hijos, por ser pobres y provenir de Soacha, absolutamente nadie los iba a reclamar. Pero cometieron un error garrafal y fatal: subestimar el amor incondicional y la fuerza arrolladora de una madre. Ana Páez recuerda cómo, partiendo desde la más absoluta miseria emocional, “raspándose contra el suelo”, estas valientes mujeres se transformaron en feroces investigadoras y abogadas empíricas. Vencieron el terror paralizante que el sistema intentó imponerles y recorrieron la agreste geografía nacional, enfrentándose al horror puro al escarbar en fosas comunes en lugares tan lejanos como Ocaña y Cimitarra, donde Ana finalmente halló los restos masacrados de su amado hijo. Han transcurrido 18 años de ríos de lágrimas, pero también de un empoderamiento absoluto donde el miedo ha sido desterrado para siempre.
La JEP y los Cara a Cara con los Verdugos
El tortuoso camino hacia la justicia ordinaria estuvo plagado de obstáculos burocráticos y decepciones profundas que laceraron aún más el corazón de las Madres de Soacha. Según relata Páez con visible frustración, muchos de los responsables directos de los asesinatos fueron juzgados de manera laxa o, en el peor de los casos, fueron descaradamente premiados y enviados a cómodas misiones internacionales en el Sinaí, burlándose abiertamente en la cara de las familias destruidas. La llegada de la JEP representó un rayo de esperanza y un cambio de paradigma crucial en la historia de Colombia. Recientemente, en la ciudad de Bucaramanga, Ana tuvo la oportunidad histórica y dolorosa de enfrentarse cara a cara con los militares comparecientes que acabaron con la vida de su hijo. Fueron dos días de audiencias exhaustivas y emocionalmente devastadoras donde los soldados de bajo rango finalmente confesaron sus atrocidades. Sin embargo, aunque este es un paso vital, el proceso sigue estando dolorosamente incompleto. Los gatilleros han hablado, pero el eslabón principal de la cadena criminal sigue escondido bajo el manto de la impunidad.
La Exigencia a los Altos Mandos: ¿Quién Dio la Orden?
El clamor rotundo y actual de las Madres de Soacha ya no se centra de manera exclusiva en los soldados rasos que apretaron el gatillo. Muchos de ellos, señala Ana con una empatía sorprendente, eran jóvenes campesinos con apenas educación básica primaria que fueron manipulados, engañados y utilizados como simples peones en un tablero de ajedrez manchado de sangre. La gran pregunta que retumba de esquina a esquina en todo el país y que exige una respuesta inmediata e inequívoca es: ¿Quién dio la verdadera orden? Ana Páez y las miles de víctimas exigen, con un tono firme e innegociable, la presencia obligatoria de los máximos responsables jerárquicos de las Fuerzas Armadas y del gobierno de aquella época oscura. Exigen ver sentados en el banquillo de los acusados de la JEP al general Mario Montoya, al general Padilla de León, y a figuras intocables como Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe Vélez. Demandan una audiencia pública monumental donde estos líderes asuman, de una vez por todas, su responsabilidad directa por las políticas e incentivos que desataron esta masacre sistemática en todos los rincones de la nación.
El Desprecio por el Dolor: La Negación Sistemática de la Derecha
A pesar del peso aplastante de las confesiones, las pruebas forenses y las contundentes sentencias proferidas, el dolor de las víctimas sigue siendo humillado por un sector político que se niega rotundamente a aceptar la cruda realidad. Ana Páez expresa una profunda indignación, repulsión y tristeza ante las irresponsables declaraciones de políticos de derecha, como el congresista Miguel Polo Polo y el propio expresidente Uribe, quienes en un acto de crueldad intentan deslegitimar los desgarradores hallazgos de la JEP, tildándolos de vulgares mentiras o meras estrategias de campaña política. Uribe, en un intento desesperado por evadir el escarnio público, ha arremetido en sus redes sociales contra figuras de la oposición, acusándolos de orquestar una farsa. Pero para Mafapo, esto no tiene absolutamente ningún tinte partidista. Las víctimas no pertenecen a ninguna maquinaria política; su único partido es la memoria inquebrantable de sus hijos masacrados. Ana deja sumamente claro que la politización mezquina de su duelo es una ofensa imperdonable y una falta de respeto atroz hacia las miles de familias que, con expedientes y cuerpos exhumados en mano, demuestran que el infierno fue real.
“Tú Me Asesinaste a Mi Hijo”: El Mensaje Frontal a Álvaro Uribe

Quizás el momento más impactante, catártico y escalofriante de las recientes declaraciones de Ana Páez es su mensaje directo, implacable y sin censura al expresidente Álvaro Uribe. Recordando un tenso encuentro en los pasillos de la Casa de Nariño años atrás, Ana relata cómo el entonces mandatario de los colombianos intentó apaciguarla con falsas promesas, asegurándole mirándola a los ojos que “el que la hace la paga”. Hoy, armada de una valentía inigualable que solo el dolor más puro puede forjar, Ana le devuelve esa misma frase como una sentencia histórica e irrevocable. Dirigiéndose a él sin un ápice de temor, le sentencia: “Tú me asesinaste a mi hijo, tú Álvaro Uribe… él no me mató a mi hijo con sus propias manos, pero me lo mandó a matar”. Esta acusación directa refleja el convencimiento absoluto y documentado de las víctimas de que las presiones y políticas de seguridad emanadas desde la cima del poder fueron el motor principal que obligó a los batallones a producir “resultados” a base de cadáveres inocentes. La negativa del pueblo de Soacha a permitirle la entrada a sus calles es el claro reflejo de una sociedad que jamás perdonará a quien consideran el arquitecto principal de su máxima desgracia.
El Rechazo Rotundo al Retorno de la “Seguridad Democrática”
En el complejo marco de la coyuntura política y electoral actual, ha surgido desde las entrañas de ciertos sectores conservadores la alarmante y macabra propuesta de revivir la política de la “Seguridad Democrática” e incluso de nombrar a Álvaro Uribe como un eventual Ministro de Defensa. La respuesta instintiva y visceral de las Madres de Soacha ante esta posibilidad es un rotundo y definitivo rechazo. “Por nada del mundo lo vamos a permitir”, declara Ana con una mezcla indescifrable de horror y justificada furia. Para ellas y para millones de ciudadanos, el retorno de estas políticas significaría abrir de par en par la puerta de entrada a una nueva ola incontrolable de terror, persecución, violaciones a los derechos humanos y muerte. La simple sugerencia de colocar al mando militar a la figura bajo cuya sombra institucional se registró la mayor cantidad de ejecuciones extrajudiciales en la historia moderna del país es considerada una burla macabra, un insulto a los caídos y un peligro inminente de altísimo riesgo para toda la sociedad civil.
Un Llamado Desesperado a la Solidaridad Nacional
En el ocaso de su testimonio, Ana Páez hace un llamado desesperado, urgente y profundamente conmovedor a toda la sociedad colombiana y a la comunidad internacional. Ruega que el país no las abandone a su suerte, que rodeen a las víctimas con empatía y que reconozcan que ellas no son cifras de un periódico, sino una “historia viva” que respira, llora y lucha encarnizadamente todos los días desde hace casi dos décadas. Agradece con el alma en la mano a todas aquellas personas e instituciones que han creído en su palabra y han ayudado a arrinconar a los negacionistas. Su advertencia final resuena como un trueno: esta lucha titánica no quedará jamás en la impunidad. Si es necesario caminar incansablemente y paralizar la Plaza de Bolívar de Bogotá con miles de víctimas provenientes de todos los rincones del territorio nacional, lo harán sin pestañear. Las Madres de Soacha le han demostrado al mundo entero que el amor maternal trasciende la muerte misma, y que su persistencia es perfectamente capaz de hacer temblar y derribar los muros más gruesos de la impunidad estatal. La memoria no se negocia, a las víctimas se les respeta y, como ellas mismas sentencian con un eco que ensordece al país entero: la verdad, tarde o temprano, siempre saldrá a la luz.