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Maromero Páez: Tiene 60 años y no creerás el TRISTE estado en que vivee

Maromero Páez: Tiene 60 años y no creerás el TRISTE estado en que vivee

cuatro títulos mundiales, 99 peleas y un hombre vestido de novia entrando al ring. Mientras todos los demás perseguían la grandeza con disciplina militar, con sacrificio monacal, con la vida entera puesta sobre el altar del campeonato, Jorge Páez hacía algo que la industria del boxeo nunca le perdonó del todo.

 hacía reír, hacía llorar de asombro, convertía cada combate en una función que nadie olvidaba, ganara o perdiera. Lo que nadie entendió entonces y lo que muy pocos se han atrevido a decir en voz alta es que Jorge Páez nunca quiso ser el mejor, quiso ser libre. Su nombre completo es Jorge Adolfo Febles Páez. El mundo del boxeo lo conoció como Maromero, el payaso del ring, el acróbata, el showman que tomó un deporte de sangre y sudor y lo convirtió en circo literalmente porque de allí venía, porque allí nació, porque allí aprendió que la vida sin

espectáculo no vale la pena de ser vivida. Lo que te voy a contar no es la historia de un ascenso y una caída. Eso sería demasiado simple, demasiado cómodo. Es la historia de un hombre que renunció conscientemente a algo que todos persiguen, que pudo ser más grande de lo que fue, que lo sabía y que eligió otra cosa de todas formas.

 ¿Cuántos de nosotros tendríamos ese valor? Hay cuatro cosas que nadie te explicó sobre Jorge Páez. La primera es porque el boxeador más talentoso de su generación decidía bailar braid dance antes de sus peleas en lugar de entrenar como un obseso. La elección que hizo cuando tenía 23 años y que definió todo lo que vino después.

 La segunda es el momento exacto en que pudo convertirse en leyenda absoluta, la pelea que ganó, el título que defendió nueve veces y porque decidió que eso no era suficientemente importante. La tercera es lo que realmente pasó cuando perdió todo su dinero. No fue ignorancia, no fue estupidez, fue algo mucho más profundo, algo que tiene que ver con este hombre entiende la vida desde que era un niño que dormía sobre Aserrín.

 Y la cuarta es porque hoy a sus 59 años predica en Las Vegas como testigo de Jehová. La respuesta te va a incomodar porque cuestiona todo lo que creemos sobre el éxito, sobre el sacrificio, sobre lo que se supone que debemos hacer con el talento que Dios nos da. Te aviso cuando llegamos a cada una, pero primero hay que ir al principio.

 Al principio de verdad. 1965, Mexicali, Baja California. Circo, hermano Solvera, imagina la escena. Una carpa rasgada por el viento del desierto, el olor aerrí húmedo y estiercol de caballo. Afuera, los payasos terminan su rutina de la noche mientras adentro una mujer grita. No hay hospital, no hay médico. Hay una abuela con las manos expertas de quien ha visto nacer y morir bajo esa misma lona.

 Y allí, entre el ruido de los animales y las risas del público, que todavía no sabe lo que ocurre al otro lado de la carpa, nace Jorge. Eso no es una metáfora, es literal. Jorge Páez nació bajo una carpa de circo. Creció entre acróbatas, malabaristas, trapecistas y payasos. Su familia no visitaba el circo los domingos. Su familia era el circo.

Desde los 5 años, Jorge aprendía a caminar en la cuerda floja, a hacer volteretas sobre la tierra apisonada, a caer de espalda sin lastimarse, a controlar su cuerpo en el aire como si la gravedad fuera una sugerencia y no una ley. Pero el circo tenía un problema que nadie en las revistas de boxeo mencionó jamás.

 La gente se colaba, entraban sin pagar, robaban lo poco que la familia tenía. Y su tío Heriberto Febles Solvera, el patriarca de aquella troppe itinerante, tenía una solución tan simple como brutal. Jorge, tú te encargas. El niño tenía 7 años, pesaba 30 kg y su trabajo era expulsar intrusos a puñetazos. Así aprendió a pelear, no en un gimnasio con espejos y sacos de cuero, no con un entrenador certificado que le enseñara la guardia correcta, en un circo de noche golpeando a ladrones, protegiendo la carpa, que era el único hogar que su

familia conocía. Aquí hay que decir la verdad. La industria del boxeo construyó sobre Jorge Páez una fachada de payaso irresponsable, de talento desperdiciado, de hombre que no se tomaba en serio su oficio. Esa fachada fue una mentira conveniente porque un niño que aprende a pelear para proteger a su familia no está jugando, está sobreviviendo y eso deja una marca que ningún entrenador del mundo puede borrar.

 Nunca vio el boxeo como un deporte. lo vio como espectáculo. Para él, una pelea sin show era como un circo sin payasos, técnicamente correcto, pero vacío, sin alma, sin razón de ser. Cuando tenía 14 años, su tío Heriberto lo llevó a un gimnasio de boxeo en Mexicali. No porque hubiera descubierto en él un talento especial, porque necesitaban dinero.

“Puedes ganar algo peleando”, le dijo. “Pero tienes que entrenar en serio.” Y Jorge entrenó. Tr meses de disciplina total. Llegaba a las 5 de la mañana cuando el desierto todavía estaba frío. Corría 10 km. pegaba al saco hasta que los nudillos sangraban y la piel se abría y había que envolver las manos de nuevo y seguir.

 Pero hay un detalle que lo cambia todo. Llegó su primera pelea, un torneo local en Mexicali. Jorge ganó por knockout en el primer round y cuando sonó la campana final, cuando el árbitro levantó su brazo, Jorge no hizo lo que hacen todos los boxeadores. No levantó los puños al cielo, no miró a la tribuna con cara de guerrero.

 Hizo una voltereta, una maroma perfecta en medio del ring. La gente enloqueció. El árbitro no sabía qué hacer. Su rival lo miraba como si hubiera perdido el juicio y su tío Eriiberto desde la esquina con esa mezcla de orgullo y desesperación que solo conocen los que aman a alguien que no puede ser domesticado, le preguntó después, “¿Por qué hiciste eso?” “Porque soy del circo, dijo Jorge.

Yo no solo gano, yo entretengo” y allí nació el maromero. 6 de noviembre de 1984, San Luis, Río, Colorado, Sonora. Debut profesional, 19 años, contra Efrentineo. Ganó por Knakau técnico en el tercer road. Cuando terminó la pelea hizo su maroma. La gente aplaudió de pie. Lo que ocurrió después no fue casualidad, nunca lo es.

 Los siguientes 3 años fueron un huracán. Pelea tras pelea, knockout tras knockout, pero no por la técnica sola, sino por el show que venía con ella. Maromero empezó a entrar al ring bailando break dance. Se rapaba el pelo con diseños imposibles, palabras escritas en la nuca, símbolos, dibujos que ningún otro boxeador se habría atrevido a llevar.

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