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El Papa León XIV obliga al Padre Espinoza cazar pruebas en mexico…un audio filtrado alerta Vaticano

Esa noche todavía lo perseguía en pesadillas. Con respeto, Santo Padre, eso fue diferente y además casi me matan. Lo sé, por eso lo necesito. Necesito un hombre que no le tema a la muerte cuando defiende la verdad. El sacerdote apretó el rosario entre sus dedos. Las cuentas estaban tibias. ¿Qué necesita que haga? Hubo una pausa larga.

Afuera, un gallo cantó desafinado. En la lejanía, el rumor constante del tráfico de la ciudad que nunca dormía. ¿Alguna vez ha escuchado hablar del clan Trevi Andrade? Espinoza frunció el ceño vagamente un escándalo de los 90, ¿no? Un productor y una cantante acusados de abuso de menores. Creo ese fue el escándalo público.

 Pero hubo algo más, algo que nunca salió a la luz. Hace tres semanas nuestros servicios de inteligencia interceptaron un audio. No le voy a mentir, padre. Al principio pensamos que era una broma macabra, pero después de analizarlo, la voz del Papa tembló ligeramente. Hay personas muy influyentes en el mundo del espectáculo mexicano, involucradas en prácticas que van mucho más allá de supersticiones o rituales inofensivos.

¿Qué tipo de prácticas? Pactos, rituales de sangre, manipulación psicológica con componentes espiritualmente peligrosos. Y lo peor, están reclutando a personas jóvenes, vulnerables. El audio menciona nombres, padre, nombres que usted reconocería. Espinoza sintió un escalofrío a pesar del calor pegajoso de la noche.

Fe, valores, familia y jóvenes, la consigna del padre Ángel Espinosa de los Monteros | Comunidad | Guayaquil | El Universo

 ¿Y qué necesita de mí? Que investigue. Que hable con víctimas, con testigos, que obtenga pruebas de lo que realmente está pasando. No busco un escándalo mediático. Busco salvar almas. Si hay gente perdida en esa oscuridad, quiero traerla de vuelta. Pero Santo Padre, yo no soy investigador, no tengo recursos. No, padre Espinoza.

 La voz del Papa se volvió firme. Cuando David enfrentó a Goliat tampoco tenía recursos, solo tenía fe y un propósito justo. Yo le estoy dando el propósito. La fe ya la tiene. Espinoza tragó saliva. ¿Cuándo quiere que empiece? Ya empezó. Dentro de 6 horas recibirá un mensaje con el contacto de su primer informante. Que Dios lo proteja, padre.

 La línea se cortó. Espinoza no pudo volver a dormir. Se quedó sentado en la cama pasando las cuentas del rosario entre sus dedos una y otra vez, mirando como la luz gris del amanecer se colaba por la ventana. Afuera, Tepito despertaba con su sinfonía habitual, vendedores montando puestos, música norteña a todo volumen, el silvato del camotero, los gritos de tortas, tortas calientes.

 a las 9 de la mañana, mientras celebraba la misa de diario ante sus 15 fieles de siempre, doña Lupita, don Tomás, las hermanas Gutiérrez y el grupo de señoras del Rosario, su teléfono vibró en el bolsillo de la sotana. Terminó la bendición final. se despidió de todos con besos en la frente, como siempre hacía, y revisó el mensaje.

 Era de un número con código de área de Querétaro. Padre, me llamo Rocío. Trabajé como corista en la industria del entretenimiento durante 8 años. Sé cosas que nadie más se atreve a contar. Puedo darle nombres, fechas, lugares, pero tiene que ser en persona y tiene que ser hoy. Café La Habana, colonia Roma, 3 pm. Vaya de civil.

 Si ve que traigo acompañantes o si nota algo extraño, no se acerque. Esto es más peligroso de lo que imagina. Espinoza miró el crucifijo sobre el altar. Jesús lo miraba con esos ojos de dolor y comprensión. Señor, susurró, no sé si soy el hombre indicado para esto, pero si tú me pusiste aquí, dame la sabiduría para ver la verdad y el valor para no huir de ella.

 A las 2:45 pm, padre Espinoza bajó del metro Insurgentes vestido con jeans desgastados, una camisa a cuadros y una gorra de los diablos rojos del México que había comprado en un puesto de teito. Se sentía ridículo. Hacía años que no andaba sin sotana en público. Caminó por la Álvaro Obregón esquivando a oficinistas apurados, parejas de la mano, perros hipsters con pañoletas.

 La colonia Roma olía distinto a Tepito. Café de especialidad en lugar de café de olla, pan artesanal en lugar de pan dulce del Bimbo. Aquí la gente caminaba con audífonos inalámbricos y llevaba laptops MacBook. Era otro México dentro de México. El café La Habana estaba en una esquina con mesas en la banqueta. Espinoza se sentó en una al fondo dándole la espalda a la calle, pero con vista a la entrada.

 ordenó un café americano que le supo amargo y caro. A las 3:07 pm ella llegó. La reconoció de inmediato, aunque nunca la había visto. Caminaba mirando hacia atrás cada pocos pasos. Llevaba lentes oscuros a pesar de que el día estaba nublado y sus manos temblaban cuando abrió la puerta del café. Era joven, quizás 30 años, delgada hasta el punto de preocupación, ojeras profundas.

 que ni el maquillaje ocultaba. Se sentó frente a él sin decir nada, puso su celular boca abajo sobre la mesa y se quitó los lentes. Sus ojos estaban rojos. “Padre, sí, deme un segundo.” Sacó una cajetilla de cigarros y encendió uno con manos temblorosas. Le dio una calada larga. Exhaló el humo hacia un lado.

 Perdón, dejé de fumar hace dos años, pero desde que decidí hacer esto, no puedo dormir. Tranquila, hija, estás haciendo lo correcto. Rocío soltó una risa amarga. Lo correcto, padre. Si alguien se entera de que estoy aquí, mi carrera termina. O algo peor. Nadie lo va a saber. Tienes mi palabra. Ella lo estudió en silencio. Luego asintió.

 ¿Sabe por qué acepté hablar con usted? No. Porque hace tr meses mi mejor amiga, otra corista, se suicidó. Tenía 23 años. En su nota decía, “Ya no puedo vivir con lo que vi. Ya no puedo cargar con este secreto.” La voz de Rocío se quebró. Yo sé lo que vio y sé que no fue suicidio. Espinoza sintió que el estómago se le contraía.

 ¿Qué vio tu amiga? Rocío apagó el cigarro con violencia en el cenicero. Primero necesito que me prometa algo. Si yo le cuento esto y después me pasa algo, usted va a terminar lo que empecé. Va a exponer a toda esta gente. Te lo prometo. Por Dios, por Dios. Rocío sacó su celular y lo desbloqueó. Buscó en la galería de fotos y le mostró una imagen.

Era una fiesta. Gente elegante, copas de champán, luces de colores, pero al fondo, apenas visible, había algo más. Velas negras dispuestas en círculo, símbolos pintados en el piso. Esto fue en Cuernavaca, 2019. una fiesta de celebración para el lanzamiento de un disco. Yo estaba ahí con mi equipo de coristas.

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