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La mujer del invierno

La mujer del invierno

La criatura cayó sobre la mesa de madera con un golpe húmedo.

Clara soltó las pinzas y dio un paso atrás, llevándose la mano a la boca para contener el grito.

Lo que se retorcía frente a ellos parecía un gusano oscuro, largo y brillante, cubierto de una sustancia viscosa que reflejaba la luz de la lámpara. Se movía con espasmos rápidos, desesperados, como si intentara regresar al lugar del que había salido.

Elias observó aquello con una expresión vacía, incapaz de comprender por completo lo que estaba viendo. Luego el dolor desapareció.

No disminuyó.

Desapareció.

Su respiración agitada comenzó a calmarse poco a poco. Sus hombros dejaron de temblar. Por primera vez desde que Clara lo conocía, el rostro de aquel hombre no parecía endurecido por una tortura invisible.

Clara tomó un frasco vacío y atrapó a la criatura dentro antes de cubrirlo con un paño.

—Dios mío…

Elias leyó sus labios.

Ella se giró hacia él.

—¿Desde cuándo tienes eso dentro?

Él negó lentamente.

No lo sabía.

Durante varios segundos permanecieron mirándose en silencio. El viento golpeaba las ventanas de la casa mientras la nieve seguía cayendo afuera, cubriendo el rancho con una quietud fantasmal.

Clara volvió a tomar el cuaderno.

“Necesitamos ir a un médico.”

Elias respondió de inmediato.

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