II.
—No, hijo. Yo quería estudiar, pero tuve que trabajar desde los 12 años para ayudar a mi familia.
—¿Y por qué no pudiste estudiar después?
—Porque cuando eres un niño pobre, tu tiempo se va solamente en sobrevivir.
Aquella conversación impactó profundamente al pequeño Gustavo. Esa noche le dijo a su madre:
—Mamá, yo no quiero que mi tiempo se vaya solamente en sobrevivir. Quiero tener mucho tiempo para ayudar a otros niños como nosotros.
Carmen lo abrazó.
—Entonces tienes que estudiar mucho, hijo. La educación es lo único que puede cambiar nuestro destino.
A los 7 años, Gustavo había desarrollado una rutina que lo distinguía de los demás niños del barrio. Se levantaba temprano, ayudaba a su madre con los quehaceres de la casa, asistía a la escuela pública local y por las tardes, mientras otros niños jugaban futbol en la cancha del barrio, él se sentaba en la puerta de su casa a observar y pensar.
—¿En qué piensas tanto, Gustavo? —le preguntó Doña María, la vecina.
—Pienso en cómo hacer para que todos los niños tengan las mismas oportunidades —respondió con una seriedad impropia de su edad.
Los adultos se reían con cariño, pero Gustavo hablaba completamente en serio.
Todo cambió para Gustavo el día en que descubrió la biblioteca pública de Sipaquirá. Tenía 8 años cuando su maestra, la señorita Esperanza, organizó una excursión escolar para que los niños conocieran la biblioteca municipal. La mayoría de sus compañeros se aburrió entre tantos libros, pero Gustavo sintió que había encontrado un tesoro.
—Señorita —le preguntó a la bibliotecaria—, ¿puedo leer cualquier libro que quiera?
—Claro, niño —respondió Doña Esperanza, la bibliotecaria—. Los libros están aquí para que todos aprendan.
Gustavo no podía creer que existiera un lugar donde el conocimiento estuviera disponible gratis para cualquiera.
Ese mismo día, Gustavo tomó prestado su primer libro, Simón Bolívar, el Libertador. Era un libro grueso, con palabras difíciles para un niño de 8 años, pero él estaba decidido a entenderlo por completo. Llevó el libro a casa y esa noche le pidió a su madre que lo ayudara con las palabras que no conocía.
—Mamá, ¿qué significa independencia? —preguntó Gustavo.
Carmen hizo su mejor esfuerzo.
—Significa ser libre, hijo, no depender de otros.
—¿Y por qué Bolívar quería que América fuera independiente?
—Porque otros países mandaban sobre nosotros y no nos dejaban decidir por nosotros mismos.
Gustavo leyó la biografía de Bolívar tres veces en dos semanas. Cada vez entendía más detalles, conectaba más ideas.
—Mamá —dijo emocionado—, Bolívar era como nosotros. Vio que las cosas estaban mal y decidió cambiarlas.
Carmen sonrió.
—Sí, hijo, pero Bolívar venía de una familia rica.
—Pero las ideas no necesitan dinero, mamá. Las ideas son gratis.
Desde ese momento, Gustavo estableció una rutina que mantendría durante toda su infancia. Todos los sábados caminaba 20 minutos hasta la biblioteca. Devolvía el libro de la semana anterior y tomaba prestado uno nuevo. Siempre biografías de líderes latinoamericanos: José Martí, Benito Juárez, José de San Martín.
—¿Por qué solo lees sobre políticos? —le preguntó su hermano menor, Juan Fernando.
—Porque quiero entender cómo cambiaron sus países —respondió Gustavo—. Todos empezaron viendo problemas que otros no veían, o que otros veían pero no se atrevían a cambiar.
La bibliotecaria, Doña Esperanza, comenzó a fijarse en aquel niño que llegaba religiosamente todos los sábados.
—Gustavo es especial —le dijo a Carmen durante una visita a la escuela—. Lee libros que muchos adultos no entienden. Hace preguntas muy inteligentes sobre política e historia.
Carmen se sintió orgullosa, pero también preocupada.
—¿No es raro que un niño de 8 años prefiera leer sobre política en vez de jugar? —le preguntó a Doña Esperanza.
—Carmen, su hijo tiene una mente excepcional. No lo desanime, apóyelo.
En casa, Gustavo había instalado un pequeño rincón de estudio en la mesa de la cocina. Después de hacer la tarea, pasaba 2 horas al día leyendo el libro de la biblioteca. Tomaba notas en un cuaderno viejo, escribiendo las ideas que más lo impactaban.
“Bolívar dijo que gobernar es aplicar justicia”, escribió en su cuaderno a los 8 años. “Martí dijo que la política es el arte de unir a la gente para el bien común. Juárez dijo que el respeto al derecho ajeno es la paz. Quiero hacer esas tres cosas cuando sea grande”.
Su madre encontró el cuaderno una tarde mientras limpiaba. Al leer las notas de su hijo de 8 años, Carmen se conmovió hasta las lágrimas.
—Este niño no va a tener una vida normal. Va a ser algo importante en el mundo.
Gustavo comenzó a aplicar lo que leía a su vida diaria. Cuando vio que el niño más pequeño de su clase era molestado por niños mayores, Gustavo intervino.
—Mi libro dice que los fuertes deben proteger a los débiles, no maltratarlos.
Cuando su maestra castigó injustamente a un compañero, Gustavo se acercó a ella después de clase.
—Señorita, ¿puedo explicarle lo que realmente pasó?
La maestra le reportó a Carmen:
—Gustavo siempre defiende a los demás. Es un líder natural. Los otros niños lo respetan porque siempre dice la verdad. Y siempre busca soluciones justas.
Carmen Urrego trabajaba de sol a sol para asegurarse de que sus hijos, especialmente Gustavo, pudieran estudiar. Se levantaba a las 4:30 a. m. para preparar el desayuno, el almuerzo y dejar todo listo antes de salir a su primer trabajo del día: limpiar la casa de la familia Rodríguez en el barrio alto de Sipaquirá.
—Gustavo necesita libros —le decía Carmen a su esposo—. Es muy inteligente. Si lo apoyamos ahora, puede llegar lejos.
Gustavo Petro Navas ganaba poco y de manera irregular en la construcción.
—Carmen, apenas nos alcanza para comer. ¿Cómo vamos a comprar libros caros?
Carmen tomó una decisión que cambiaría el futuro de su familia. Empezó a trabajar los fines de semana cuidando niños de familias adineradas para generar ingresos extra destinados exclusivamente a la educación de Gustavo.
—Este dinero es sagrado —le decía a su esposo—. Es para el futuro de nuestro hijo.
Cada peso extra que Carmen ganaba los fines de semana iba para cuadernos, lápices, uniformes escolares para Gustavo y, de vez en cuando, un libro propio que él pudiera conservar.
—Mamá, no trabajes tanto —le decía Gustavo cuando la veía agotada.
—Hijo —respondía Carmen—, trabajo para que tú no tengas que trabajar cuando eres niño, para que puedas estudiar en paz.
La familia Rodríguez, donde Carmen trabajaba, tenía una amplia biblioteca familiar. Un día, Carmen reunió valor para hablar con la señora Rodríguez.
—Disculpe, señora, mi hijo Gustavo ama leer. ¿Tiene algunos libros que ya no use y que pudiera regalarle?
La señora Rodríguez, inicialmente sorprendida, decidió conocer a Gustavo.
—Traiga a su hijo el sábado —le dijo a Carmen—. Quiero ver qué clase de niño es.
Cuando Gustavo llegó con su madre, la señora Rodríguez lo encontró en la biblioteca leyendo Cien años de soledad, que había tomado del estante.
—¿Entiendes ese libro? —le preguntó la señora Rodríguez.
—Algunas partes son difíciles —respondió Gustavo con honestidad—. Pero me gusta cómo García Márquez cuenta la historia de familias que quieren cambiar su pueblo.
La señora Rodríguez quedó impresionada con la madurez del niño. Desde ese día, comenzó a regalarle libros usados a Gustavo.
—Carmen, su hijo es excepcional. Asegúrese de que siga estudiando. Estoy segura de que va a hacer algo importante en la vida.
Carmen atesoró esas palabras en su corazón como confirmación de que sus sacrificios valían la pena.
En casa, Gustavo había notado el creciente cansancio de su madre.
—Mamá, ¿por qué trabajas tanto? —le preguntó una noche cuando Carmen llegó especialmente tarde.
—Porque creo en ti, hijo —respondió Carmen—. Porque sé que vas a usar tu educación para ayudar a otras familias como la nuestra.
—¿Cómo sabes que voy a ayudar a otros? —preguntó Gustavo.
—Porque ya lo haces —sonrió Carmen—. Defiendes a los niños en la escuela, compartes tus útiles con quienes no tienen. Siempre tratas de que todos sean tratados por igual. Eso me dice que, cuando crezcas, vas a luchar por la justicia.
Carmen comenzó a ahorrar cada centavo para comprarle a Gustavo una pequeña biblioteca personal. Todo niño debería tener sus propios libros, pensaba. Después de ocho meses de ahorro extremo, logró comprar un pequeño librero de madera y doce libros usados sobre historia y política latinoamericana.
—Es tu biblioteca, hijo —le dijo Carmen a Gustavo en su noveno cumpleaños—. Para que siempre tengas el conocimiento cerca.
Gustavo abrazó a su madre, llorando.
—Mamá, cuando sea presidente, voy a asegurarme de que todos los niños pobres tengan bibliotecas como esta.
Carmen se rio con ternura.
—Presidente, eso es muy difícil, hijo.
—No, mamá —respondió Gustavo con determinación a los 9 años—. Ya lo decidí. Voy a ser presidente para que ninguna madre tenga que trabajar tanto para que su hijo estudie. Voy a hacer que la educación sea gratuita y buena para todos.
Esa noche, Carmen escribió en su diario personal: “Mi hijo Gustavo dice que va a ser presidente. No es una fantasía de niño. Lo dice con una convicción que me da escalofríos. Creo que realmente lo va a lograr”.
En la Escuela Primaria República de Colombia, Gustavo rápidamente se distinguió como el estudiante más brillante de su clase. Su maestra de cuarto grado, la señorita Mercedes, notó que Gustavo no solo obtenía las mejores calificaciones, sino que también hacía preguntas que demostraban una comprensión profunda de temas complejos.
Durante una clase de estudios sociales, la señorita Mercedes preguntó:
—¿Por qué creen que existe la pobreza en Colombia?
Mientras otros niños de 9 años daban respuestas simples, Gustavo respondió:
—Porque hay personas que toman decisiones que benefician a unos pocos y perjudican a muchos. ¿Y por qué los pobres no han tenido la oportunidad de participar en esas decisiones?
La maestra quedó impactada por la respuesta. Después de clase, se acercó a Gustavo.
—¿Dónde aprendiste eso?
—En los libros que leo en la biblioteca —respondió Gustavo—. Bolívar decía que la educación es la base de la igualdad. Si todos pudieran estudiar, todos podrían participar en las decisiones importantes.
La señorita Mercedes decidió darle a Gustavo responsabilidades especiales. Lo nombró monitor de disciplina, responsable de mediar conflictos entre sus compañeros.
—Gustavo tiene una habilidad natural para escuchar todos los lados de un problema y encontrar soluciones justas —le reportó la maestra a Carmen.
—¿Cómo resuelves los problemas entre tus compañeros? —le preguntó Carmen a Gustavo.
—Fácil, mamá. Escucho a todos, busco la verdad y propongo soluciones que sean justas para todos, como los líderes sobre los que leo en mis libros.
En quinto grado, Gustavo organizó la primera asamblea estudiantil en la historia de la escuela.
—Nosotros también tenemos derecho a opinar sobre nuestra escuela —argumentó ante la directora—. En mis libros dice que la democracia significa que todos participan en las decisiones que los afectan.
La directora, la señora Patricia, inicialmente se resistió a la idea.
—Los niños no entienden de administración escolar —argumentó.
Pero Gustavo persistió.
—Señora directora, nosotros somos quienes pasamos más tiempo aquí. Sabemos cuáles son los problemas y podemos proponer soluciones.
Finalmente, la directora aceptó una asamblea estudiantil mensual donde los niños pudieran presentar problemas y sugerencias. La primera propuesta de Gustavo fue crear una biblioteca estudiantil donde los niños donaran libros que ya no usaban para que otros pudieran leerlos gratis.
—¿De dónde sacas esas ideas? —le preguntó su amigo Carlos.
—Se trata de ver problemas y pensar soluciones —respondió Gustavo—. Mi mamá dice que las quejas sin propuestas no sirven. Las quejas deben venir acompañadas de soluciones.
El proyecto de la biblioteca estudiantil fue tan exitoso que la alcaldía de Sipaquirá lo adoptó como modelo para otras escuelas.
—El niño Gustavo Petro propuso algo que nosotros los adultos no habíamos pensado —reconoció el alcalde durante una visita a la escuela.
En sexto grado, el último año de primaria, Gustavo escribió un ensayo titulado ¿Qué haría si fuera presidente de Colombia? Su maestra lo guardó como recuerdo porque lo consideró excepcional para un niño de 11 años.
“Si yo fuera presidente”, escribió Gustavo, “me aseguraría de que todos los niños colombianos tuvieran los mismos libros, los mismos maestros, las mismas oportunidades. Eso significaría que ninguna madre tendría que trabajar tanto para que su hijo pudiera estudiar. Haría que la educación fuera tan buena que cualquier niño pobre pudiera lograr lo que quisiera. También me aseguraría de que los campesinos tuvieran su propia tierra, de que los trabajadores ganaran salarios justos y de que los políticos no robaran el dinero del pueblo. Haría de Colombia un país donde nacer pobre no significara ser pobre para toda la vida”.
Cuando la maestra leyó el ensayo a Carmen, ambas se emocionaron.
—Señora Carmen —le dijo la maestra—, su hijo no está fantaseando, está planeando. Tiene una claridad sobre lo que quiere hacer con su vida que la mayoría de los adultos no tiene.
Al graduarse de la primaria, Gustavo recibió un reconocimiento como el mejor estudiante de su clase. En su discurso de despedida, dijo:
—Gracias a mis maestros por enseñarme a leer y escribir. Gracias a mis compañeros por enseñarme a trabajar en equipo. Gracias a mi mamá por enseñarme que la educación puede cambiar el mundo. Nos vemos cuando sea presidente.
Los adultos aplaudieron, pensando que era un comentario tierno de un niño, pero Gustavo hablaba completamente en serio.
A los 12 años, mientras se preparaba para entrar a la secundaria, Gustavo ya había desarrollado características de liderazgo que permanecerían con él toda la vida. En el barrio La Paz, era conocido como el niño que siempre ayudaba a resolver problemas. Cuando los niños del barrio tenían conflictos, sus madres los mandaban con Gustavo.
—Vayan a ver al hijo de Carmen —decían—. Él sabe cómo arreglar pleitos.
Gustavo había establecido un sistema de mediación infantil que funcionaba mejor que muchos sistemas de justicia de adultos.
—¿Cómo haces para que todos queden contentos? —le preguntó Pedrito, un niño del barrio.
—Porque no busco culpables, busco soluciones —respondió Gustavo—. Cuando dos personas se pelean, no importa quién empezó, lo que importa es cómo van a llevarse bien de ahora en adelante.
En la iglesia del barrio, Gustavo organizó un grupo de niños para ayudar con tareas comunitarias: limpiar la plaza los domingos, ayudar a los ancianos con las compras y enseñar a leer a los niños más pequeños.
—La comunidad nos pertenece a todos —explicaba Gustavo—. Todos tenemos que cuidarla.
El padre Miguel, el párroco, quedó impresionado con la iniciativa de Gustavo.
—Este niño entiende el concepto de servicio público mejor que muchos políticos adultos —le comentó el padre Miguel a Carmen—. Lo motiva ayudar a los demás, no el beneficio personal.
Gustavo había comenzado a observar la política local con interés crítico. Asistía a las reuniones del Concejo Municipal los sábados por la mañana, sentado en la galería del público.
—¿Qué hace ese niño ahí? —preguntaban algunos concejales.
—Estoy aprendiendo sobre democracia —respondía Gustavo cuando le preguntaban directamente.
—¿Qué piensas de las reuniones del Concejo? —le preguntó Don Alberto, un concejal de Sipaquirá.
—Hablan mucho, pero resuelven poco —respondió Gustavo—, y toman decisiones sin preguntarles a las personas que van a ser afectadas.
Don Alberto se interesó por las observaciones del niño.
—¿Qué harías diferente?
Gustavo respondió:
—Antes de decidir sobre un problema, iría a hablar con las personas que están viviendo ese problema, y después de decidir, volvería para decirles qué se hizo y por qué.
Carmen se enteró de que su hijo asistía a reuniones políticas y al principio se preocupó.
—¿No es peligroso que un niño se meta en política? —le preguntó al padre Miguel.
—Carmen —respondió el sacerdote—, la política no es peligrosa cuando se hace por las razones correctas. Su hijo está aprendiendo a servir.
En la secundaria que empezaría el año siguiente, Gustavo ya tenía planes específicos.
—Voy a crear un periódico estudiantil —le dijo a su madre—, para que los estudiantes sepan qué decisiones toma la administración y puedan dar sus opiniones.
—¿Y si a la dirección no le gusta? —preguntó Carmen.
—Entonces aprenderé sobre libertad de expresión —sonrió Gustavo.
A los 12 años, Gustavo había leído biografías de 47 líderes latinoamericanos y mundiales. En su cuaderno personal, había escrito las características que consideraba esenciales en un líder: honestidad, valentía, capacidad de escuchar, conocimiento de la historia, amor por los más necesitados y paciencia para los cambios largos.
—¿Tú tienes alguna de esas características? —le preguntó su hermano Juan Fernando.
—Algunas sí, otras las estoy desarrollando —respondió Gustavo—. Por eso sigo leyendo y practicando. Ser líder es una responsabilidad enorme; no se puede improvisar.
Cuando cumplió 12 años, Carmen le preguntó qué regalo quería.
—Mamá, quiero que me prometas algo —dijo Gustavo.
—¿Qué, hijo?
—Que cuando sea presidente, estarás en la primera fila en mi posesión.
Carmen lo abrazó.
—Te lo prometo, hijo, pero tú tienes que prometerme que nunca olvidarás de dónde vienes.
—Nunca, mamá —respondió Gustavo—. Todo lo que haga como presidente será para que otros niños como yo no tengan que crecer viendo a sus madres trabajar tan duro, para que todos los niños tengan las mismas oportunidades.
Esa noche, Gustavo escribió en su diario: “Tengo 12 años. En 18 años seré abogado. En 30 años seré senador. En 40 años seré presidente. Cada día, desde hoy en adelante, me prepararé para cumplir esa responsabilidad”.
Cincuenta años después de aquella pregunta de un niño de 7 años sobre por qué algunos niños nacen ricos y otros pobres, Gustavo Petro se convirtió en el 134.º presidente de Colombia. El niño que leía en la biblioteca pública de Sipaquirá había cumplido exactamente la promesa que se había hecho a sí mismo durante su infancia.
En su discurso de posesión presidencial, Petro recordó sus orígenes.
—Yo fui ese niño que caminaba descalzo por barrios pobres preguntándose por qué existía la desigualdad. Fui ese estudiante que iba a la biblioteca todos los sábados porque los libros me daban esperanza de que el mundo podía cambiar. Fui el hijo de una mujer trabajadora que se sacrificó para que yo pudiera estudiar. Fui ese joven que decidió dedicar su vida a transformar las condiciones que generan pobreza en Colombia. Y ahora soy el presidente que se asegurará de que ningún niño crezca con las limitaciones con las que yo crecí.
Carmen Urrego, ahora de 85 años, estaba en la primera fila durante la posesión, cumpliendo la promesa que le había hecho a su hijo 50 años antes. Cuando Gustavo la saludó desde el podio, ambos recordaron todas las noches de estudio a la luz de las velas, todos los libros que compartieron, todos los sueños que parecían imposibles para una familia pobre de Sipaquirá.
—Mi madre me enseñó que la educación es el único camino seguro para cambiar el propio destino —continuó Petro en su discurso—. Por eso mi gobierno garantizará que todos los niños colombianos tengan acceso a una educación de calidad, sin importar si nacen en Sipaquirá, Bogotá o el rincón más remoto de Colombia.
Las políticas que Petro implementó como presidente reflejaban directamente las preguntas y observaciones de su infancia. Educación gratuita y de calidad para todos los niños. Programas de alimentación escolar que garantizarían que ningún niño fuera a la escuela con hambre. Bibliotecas públicas en todos los municipios de Colombia.
Durante una cena familiar privada en la Casa de Nariño, Petro le dijo a su madre:
—¿Recuerdas cuando me pregunté por qué algunos niños son ricos y otros pobres?
—Sí, hijo —sonrió Carmen—. Nunca pensé que esa pregunta te traería hasta aquí.
—Mamá, no me trajo hasta aquí. Me dio la misión que estoy cumpliendo aquí.
En su primer año de gobierno, Petro visitó la biblioteca pública de Sipaquirá, donde había descubierto su amor por los libros.
—En esta biblioteca —les dijo a los niños presentes—, un niño de 8 años decidió que iba a cambiar Colombia. Ustedes también pueden tomar esa decisión.
Una niña de 9 años le preguntó:
—¿Cómo sabemos si podemos ser presidentes?
—Porque todos los presidentes empezaron siendo niños que hacían preguntas importantes —respondió Petro—. Si te preguntas cómo mejorar la vida de otras personas, ya tienes lo más importante para ser líder.
Durante su presidencia, Petro estableció el programa Cada Niño un Líder, inspirado en sus propias experiencias de infancia. El programa identificaba niños con cualidades de liderazgo en escuelas públicas y les brindaba mentoría, libros y oportunidades de participación cívica desde una edad temprana.
—Mi infancia me enseñó que los grandes cambios comienzan con grandes preguntas —explicó Petro durante el lanzamiento del programa—. Queremos que los niños de Colombia crezcan haciendo las preguntas correctas y desarrollando las habilidades para encontrar las respuestas.
Doña Esperanza, la bibliotecaria que le había prestado su primer libro, fue invitada como huésped a la Casa de Nariño. Los periodistas le preguntaron:
—¿Sabía que aquel niño de 8 años iba a ser presidente?
—Sabía que era especial —respondió—. Pero lo más especial era que leía para ayudar a otros, no solo para destacarse él mismo.
En su quinto año de gobierno, Petro regresó al barrio La Paz de Sipaquirá para inaugurar un centro educativo con el nombre de su madre, el Centro Educativo Carmen Urrego. En su discurso, dijo:
—Este centro representa lo que yo quería cuando era niño: que todos los niños tengan las mismas oportunidades, sin importar dónde hayan nacido.
La historia del joven Gustavo Petro ahora se enseñaba en escuelas de toda Colombia como ejemplo de que los grandes sueños pueden cumplirse con educación, perseverancia y compromiso con el servicio público.
—No importa qué tan pobre sea tu familia —les decían los maestros a sus estudiantes—, lo que importa es qué tan grandes son tus sueños y qué tan dispuesto estás a trabajar por ellos.
Al final de su presidencia, Petro reflexionó sobre el niño que había sido.
—Aquel niño de Sipaquirá, que se preguntaba por qué existía la desigualdad, encontró la respuesta: existe porque la sociedad lo permite. Y también encontró la solución: educación, oportunidades y líderes comprometidos con la justicia social.
Petro concluyó:
—Mi presidencia ha sido la respuesta a las preguntas de mi infancia. Cada política que implementamos, cada programa que creamos, cada decisión que tomamos ha estado guiada por el deseo de aquel niño de 7 años de crear un país más justo para todos.
La historia de Gustavo Petro demostró que los grandes líderes no nacen con un destino especial, sino con una curiosidad especial, preguntas importantes y la determinación de convertir sus sueños de infancia en una realidad adulta.
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