Desde la majestuosa Sabana Grande en el departamento de Sucre, la ciudad de Sincelejo se levanta con el orgullo de ser una de las capitales más bellas y culturalmente ricas de la costa Caribe colombiana. Sin embargo, detrás de la brisa cálida y el espíritu trabajador de su gente, se esconde una realidad sombría y asfixiante que oscurece el día a día de miles de familias. Hoy, Sincelejo no solo es un referente geográfico, sino que se ha convertido, lamentablemente, en un punto de tránsito obligado para el flagelo del narcotráfico y el microtráfico. Las rutas clandestinas atraviesan la ciudad en todas las direcciones: de oriente a occidente y de sur a norte, dejando a su paso una estela de violencia y descomposición social que amenaza con destruir el tejido de esta vibrante comunidad.
La insubordinación, la ambición desmedida y el control de las plazas de vicio han encendido una chispa que hoy es un incendio incontrolable. En el año 2023, esta guerra silenciosa catapultó a Sincelejo a las listas de las ciudades más peligrosas del país, un título trágico que sus habitantes rechazan, pero que padecen en carne propia. Hoy, los ciudadanos viven atrapados en un mortal fuego cruzado entre dos gigantes del crimen organizado: el histórico y temido Clan del Golfo y un nuevo grupo disidente que se hace llamar “Los Norteños”.
El Origen de una Fractura Sangrienta
Para entender la magnitud del terror que hoy camina por las calles de Sincelejo, es necesario mirar hacia el corazón de estas estructuras criminales. Durante años, el Clan del Golfo mantuvo una hegemonía aplastante sobre el territorio, imponiendo su ley a sangre y fuego bajo el mando de temibles figuras como el alias “35”, quien, increíblemente, continúa moviendo los hilos del terror desde la comodidad de una celda en prisión. Sin embargo, la lealtad en el mundo del crimen es tan frágil como el cristal.

Problemas de malos pagos, asesinatos internos no justificados y profundos ajustes de cuentas generaron un resentimiento irreversible en las filas de la organización. Un grupo de hombres, liderados por un individuo conocido bajo el alias de “John Smith”, decidió separarse de las autodefensas y formar su propio ejército. Así nacieron “Los Norteños”. Esta disidencia no surgió para buscar la paz, sino para reclamar su tajada en el lucrativo negocio del microtráfico y la extorsión. Desde entonces, han desatado una cacería sin cuartel, desafiando el poderío de los llamados “paracos” y sumiendo a los barrios periféricos en una espiral de violencia donde la vida parece no valer nada.
Los Niños de la Guerra: Carne de Cañón en los Barrios
Quizás el aspecto más desgarrador de este conflicto es quiénes son los verdaderos soldados en las trincheras de asfalto. Las estructuras criminales, en su afán por multiplicar su alcance territorial sin arriesgar a sus altos mandos, han puesto la mirada en el eslabón más vulnerable de la sociedad: los jóvenes y menores de edad. En Sincelejo, las pandillas de barrio —tales como Los Goleros, Los PJ, o Los Dementes— han sido seducidas e instrumentalizadas por el dinero sucio.
El relato de las calles es espeluznante. Adolescentes que deberían estar empuñando lápices y cuadernos, hoy empuñan machetes y armas artesanales, conocidas popularmente como “hechizas”. Se enfrentan a muerte por el control de una esquina, por defender las “caletas” (las ollas de expendio de drogas) y por imponer el respeto del bando que los patrocina. Las cicatrices en sus cuerpos son los mapas de una guerra absurda; relatan historias de machetazos en la oscuridad, de pedradas letales contra la autoridad y de balas traicioneras por la espalda que han dejado a muchachos inválidos para toda la vida. Para estos jóvenes, el concepto de “limpieza” —acabar con el bando contrario o eliminar a los traidores dentro de sus propias filas— se ha normalizado, anestesiando a toda una generación frente al dolor ajeno.
Extorsión y Bombas: El Precio de Trabajar en Sincelejo
Si en las calles periféricas la sangre corre entre las pandillas, en el corazón económico de la ciudad, los comerciantes mueren lentamente por la asfixia del miedo. La extorsión se ha convertido en una industria feroz y altamente competitiva. Hoy en día, un dueño de un negocio no solo tiene que lidiar con los retos económicos del país, sino que debe pagar un macabro “impuesto de seguridad” para mantenerse con vida. Lo que resulta verdaderamente insoportable es que, con la división criminal, muchos comerciantes están siendo obligados a pagar a ambos bandos.
El modus operandi de estos grupos no tiene piedad. Todo comienza con una intimidante llamada por WhatsApp o la aparición de un panfleto clandestino debajo de la puerta del local. Si el comerciante duda, se resiste o simplemente no tiene el dinero, la advertencia se transforma en tragedia. El caso de reconocidos establecimientos como “La Llanera la 21” o el comercio “Tembelec” han quedado marcados en la memoria colectiva del terror: ataques despiadados con granadas de fragmentación que no solo destruyeron infraestructura, sino que cobraron vidas inocentes, como la de un humilde vigilante que solo hacía su trabajo. Es una mafia sin rostro, donde los cabecillas son apenas siluetas y alias que nadie conoce, pero cuyo poder destructivo es absoluto.
Un Silencio Institucional que Ensordece
Ante esta avalancha de violencia, la ciudadanía grita pidiendo auxilio, pero a menudo siente que clama en el desierto. Existe una preocupante sensación de abandono. Cuando la prensa independiente o los líderes sociales intentan buscar respuestas en las autoridades que deben garantizar el orden, se topan con un muro de contención. Figuras de alto rango, como el Coronel Aimer Alonso del comando de Policía del departamento de Sucre, o el Coronel Cano de la Infantería de Marina, han optado en ocasiones por guardar silencio ante los medios. Esta negativa a hablar públicamente siembra dudas inquietantes entre los miles de sincelejanos aterrorizados. ¿Qué hay detrás de este silencio? ¿Acaso las instituciones están desbordadas o existe algo que la luz pública no debe ver?

En contraste con este hermetismo, el alcalde de Sincelejo, Yahir Acuña, intenta proyectar una imagen de control y esperanza. Recurriendo incluso a herramientas de inteligencia artificial para demostrar que Sincelejo es una ciudad “segura”, el alcalde defiende una aproximación más humanista. Su administración ha impulsado el programa “Jóvenes de Paz”, una iniciativa valiente que busca rescatar a los muchachos de las garras del conflicto, ofreciéndoles una salida del microtráfico y la violencia. Según las cifras oficiales, esta estrategia ha logrado reducir los homicidios de los escalofriantes 120 casos anuales en 2023, a unas 60 muertes en años recientes. Sin embargo, para una población de poco más de 300,000 habitantes, perder a 60 seres humanos en masacres y ajustes de cuentas sigue siendo una cifra inadmisible y dolorosa.
El Siniestro Fantasma del Paramilitarismo
Esta violencia no nació ayer. El departamento de Sucre tiene una memoria histórica profunda y dolorosa, marcada por la sombra perenne del paramilitarismo. Figuras valientes como Juan David Díaz, hijo del exalcalde de El Roble, Tito Díaz —asesinado brutalmente en el año 2003—, caminan hoy rodeados de robustos esquemas de seguridad, asumiendo el peligroso rol de defensores del territorio.
Para activistas como Díaz, el pasado nunca se fue del todo; solo cambió de nombre y de métodos. Su denuncia pública es firme: no están dispuestos a regresar a las épocas oscuras donde un grupo armado controlaba absoluta e impunemente el departamento. Denuncian la hipocresía de las liberaciones de figuras nefastas del conflicto armado, como Salvatore Mancuso o Salvador Arana, exigiendo no solo castigo, sino la verdad completa sobre quiénes fueron los aliados políticos y económicos que financiaron ese terrorismo y que hoy, dos décadas después, siguen disfrutando de total impunidad.
¿Un Futuro Posible o una Guerra Interminable?