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El pescador MEXICANO que sobrevivió en el océano… hablándole a un muerto  

El pescador MEXICANO que sobrevivió en el océano… hablándole a un muerto  

Imagínate una playa minúscula perdida en el Pacífico, a casi 11,000 km de México. Una mañana de enero, dos mujeres caminan por la arena y ven algo raro. Un hombre tirado en la orilla, el pelo larguísimo, rubio, decolorado por el sol, la barba poblada, la piel quemada, está casi desnudo en ropa interior y cuando intentan despertarlo, él abre los ojos, las mira y no entiende nada de lo que dicen, porque ellas hablan marshalés y él habla español.

 Ese hombre se llama José Salvador Alvarenga y acaba de pasar 438 días solo en el océano. No semanas, días, 14 meses, lo que tarda un bebé en aprender a caminar. Eso es lo que Albarenga pasó en una lancha de fibra de vidrio de 7,5 m, sin motor, sin radio, sin GPS, sin red, sin caña, sin nada, bebiendo agua de lluvia cuando llovía y cuando no llovía su propia orina y sangre de tortuga.

 Hoy te voy a contar como un pescador que salió de Chiapas para una jornada de 30 horas terminó del otro lado del mundo. ¿Cómo sobrevivió cuando el médico de la Universidad de Duke calculó que tendría que haber muerto? ¿Qué pasó con el chico de 22 años que iba con él? ¿Y por qué años después de regresar a casa sigue durmiendo con la luz encendida? Te aviso una cosa antes de seguir. Esta historia es real.

 Está verificada por la prensa internacional, por una entrevista de CNN, por un libro entero del periodista Jonathan Franklin, que pasó 40 horas hablando con él y tiene partes muy duras. Si llegas hasta el final, vas a entender por qué su frase, la que le repetía al cielo cada mañana, sigue dando vueltas en mi cabeza meses después de haber empezado a investigar esta historia.

 Vamos al principio, a una madrugada de noviembre de 2012 en la costa de Chiapas. El 17 de noviembre de 2012, en el puerto de Paredón Viejo, cerca de Tonalá, un hombre prepara su lancha para salir a faenar. Se llama José Salvador Albarenga, pero en Chocogüital, el pueblo donde vive, casi nadie lo conoce por ese nombre.

 Lo llaman La chancha. Es salvadoreño de un pueblito de Aguachapán llamado Garita Palmera. Llegó a México 15 años atrás con su hermano camino a Estados Unidos como tantos centroamericanos. Pero el viaje se le quedó corto. Le gustó la costa de Chiapas, le gustó el mar y se quedó pescador de tiburones. 15 años en el oficio.

 Esa mañana su compañero habitual, un amigo que se llama Ray, no aparece. Alvarenga necesita salir igual porque el viaje ya está pagado y los compradores esperan tiburón. Así que toma a alguien que estaba por ahí. Un chico joven de 22 años que apenas tiene experiencia en mar abierto. Se llama Ezequiel Córdoba. Ese detalle es importante porque marca el resto de la historia.

 Si Rey hubiera llegado a tiempo, Ezequiel Córdoba no se sube a esa lancha y todo lo que está a punto de pasar le pasa a otra persona. Cargan la lancha, una hielera celeste de casi 2 met para guardar la pesca, comida para un día, agua, anzuelos, lo justo para una jornada que va a durar 30 horas. Eso es lo planeado. Salir, llenar la hielera de tiburón, volver.

 El primer día va bien, el segundo también, pero al tercer día en mar abierto se les viene encima una tormenta, una de esas tormentas del Pacífico mexicano que se forman rápido, que levantan olas de varios metros y que dejan a una embarcación pequeña completamente a merced del agua. El motor falla, la radio se moja, el GPS deja de funcionar y empiezan a tener que tirar al mar todo lo que pesa, incluida la pesca del primer día, para que la lancha no se hunda.

Cuando amanece, la tormenta se ha calmado, pero la costa de Chiapas ya no se ve por ningún lado. Los han desviado mar adentro y a partir de ese momento no van a hacer otra cosa que alejarse cada vez más. En tierra, el jefe de Alvarenga organiza una búsqueda. La marina mexicana sale, pero el mal tiempo no levanta.

 A los dos días la búsqueda se suspende y a Albarenga y a Córdoba oficialmente los dan por desaparecidos. Para sus familias, en pocas semanas por muertos. Lo que ninguno de los dos sabe mientras se ven alejarse del horizonte mexicano es que están entrando en una de las corrientes oceánicas más largas y más constantes del planeta, la que cruza el Pacífico de este a oeste y que esa corriente, si los mantiene a flote el tiempo suficiente, los va a llevar al otro lado del mundo.

Las primeras dos semanas son las del aprendizaje y son brutales. Lo primero que se acaba es la comida, la que llevaban para un día, lo segundo es el agua. Y entonces empieza la pregunta que cualquier persona en su situación se hace y a la que casi nadie sabe responder. ¿Qué se come en medio del Pacífico cuando no tiene red ni anzuelo ni nada? Alvarenga, que llevaba 15 años en el mar, sabía algo, pero tuvo que aprender lo que no sabía a base de hambre.

 Empezó a cazar con las manos, literalmente. Esperaba a que se posara un pájaro en el borde de la lancha y se lanzaba sobre él. A veces lo agarraba, a veces no. Cuando lo agarraba le rompía el cuello, lo abría y se comía la carne cruda, pero descartaba el estómago. Y aquí hay un detalle que a mí me dejó pensando varios días.

 Alvarenga en sus entrevistas dijo que los estómagos de los pájaros del Pacífico estaban llenos de plástico y de basura. Pájaros de mar abierto en una zona donde no se ve tierra en ninguna dirección con bolsas y restos en el estómago. Ahí esa lancha a la deriva ya te está contando una segunda historia sobre el océano que ningún documentalista te cuenta también como un hombre que llevaba semanas mirándolo.

Después aprendió a cazar peces metiendo los brazos al agua y agarrándolos. Tortugas marinas igual. Las subía a bordo, las mataba con un cuchillo improvisado y bebía la sangre cuando el agua de lluvia se agotaba. Y tiburones pequeños, los que se acercaban a la lancha, a esos los agarraba con la cola.

 El agua, cuando llovía lo daba todo. Recogía cada gota en bidones, en envases, en cualquier cosa hueca. Cuando no llovía durante días, bebía su orina. Esa frase, dicha así suena película, pero Alvarenga la repitió en distintas entrevistas y en su libro Sin dramatizar. Para él era un hecho. Cuando no había nada más, eso era lo que había.

 Y aquí entra un dato que me parece fascinante. Cuando Alvarenga apareció en las islas Marshall, los médicos que lo examinaron estaban desconcertados. No tenía escorbuto. El escorbuto es la enfermedad clásica de los marineros del siglo XVIII, la que se les cae los dientes y se les abren las heridas por falta de vitamina C.

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